Colapso

Alessandra Neymar · Capítulo 40 de 50

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Colapso

Tercera parte

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Kathia

Había pasado el día dormida junto a Sarah hasta al anochecer, cuando Enrico entró en la habitación vestido de luto y me obligó regresar a la mansión para asistir al velatorio de Marzia, que tendría lugar toda la noche.

No sabía bien qué demonios pintaba yo en aquel velorio siendo la hija de un Gabbana y la homicida involuntaria de la fallecida. Pero debía asistir para no alimentar las habladurías.

Así que tuve que vestirme de negro, ocultar los arañazos con maquillaje y soportar las miradas belicosas de Angelo y Olimpia. Al menos hasta que los pocos invitados que asistieron se creyeran mi dolor por la pérdida al darme el pésame.

Cómo si me importara Marzia…

Aun así no me salió fingir, no derramé una maldita lágrima por la muerte de mi hermana y eso ya fue un punto sugerente entre los asistentes, que de vez en cuando me miraban entre murmullos críticos.

—Al menos baja la mirada, joder —protestó Angelo al darse cuenta de cómo comentaban dos mujeres que había sentadas frente a nosotros, al otro lado del féretro—. Estás provocando que la gente empiece a hablar.

Agaché la cabeza, pero no porque obedeciera, sino porque apenas fui capaz de contenerme.

—¿Cómo puedes pensar en guardar las apariencias teniendo el cuerpo de tu hija presente? —rezongué.

—En estos momentos estoy pensando en mil cosas, querida. —Angelo me observó y descubrí su deseo de quedarse a solas conmigo—. Tú y yo tenemos una conversación pendiente.

—Bien. —Vacilé, pero él no se dio cuenta.

En cambio yo si me fijé en las miradas que le envió Enrico y en la forma que estas tuvieron de doblegar a Angelo. Aquellos dos habían hablado y se habían dicho cosas que todavía pululaban sobre sus cabezas.

Cosas que a Angelo le afectaron de alguna manera y le costaba disimular.

—Tengo que salir de aquí… —Nadie me detuvo.

Una bocanada de aire frío entró en mis pulmones liberándome por unos segundos. Todo rastro de la fiesta que había habido en el jardín la noche anterior había desaparecido y la enorme explanada volvía a lucir su inmenso prado verde salpicado de árboles y bonitos arbustos.

Me apoyé en la barandilla y miré el cielo que, por primera vez desde que Cristianno murió, lucía salpicado de estrellas que brillaban vigorosas, como si quisieran advertirme de algún cambio.

Suspiré y tragué saliva notando el peso de mi cuerpo.

¿Qué voy a hacer con mi vida ahora que ya no estás en ella, mi amor?

Le dije a Cristianno contiendo las repentinas nauseas que me embargaron de súbito. Aquel había sido uno de los peores días desde que le perdí. Y

más que nunca necesité sentir su calor. Una simple caricia suya lo habría borrado todo.

—No te quedarás en la mansión —dijo Enrico tras de mí, sobresaltándome. Le miré por encima del hombro, sin llegar a conectar con sus ojos azules. Pero sí pude ver que tenía las manos guardadas en los bolsillos de su pantalón y que la cabeza no terminaba de estar recta—.

Acabo de instalarte con Giovanna en Prati. Estarás solo con ella hasta nueva orden y solo tendrás que cruzarte con Olimpia o Valentino si es para hablar o preparar algo relacionado con la boda, ¿me has entendido? —Por supuesto que sí.

Le había entendido tan bien que fue inevitable sentir aquella maldita oleada de placer que me causó saber que no dormiría en la mansión.

Volví la vista al frente y apreté los ojos preguntándome por qué demonios Enrico había hecho aquello. ¿Por qué se comportaba tan próximo a mí, incluso cálido y amable? Aquel cambio en él había surgido en horas, no era comprensible.

Entonces noté una caricia. Un dedo tímido que se enroscaba al mío antes de acercar toda su mano. Percibí la tibieza de su piel y me odié al deleitarme en ella y en las sensaciones tan maravillosas que me proporcionó. Todas las terminaciones nerviosas de mi cuerpo estallaron.

Y me aparté de golpe. No podía permitirme alojar aquellos sentimientos por el asesino de Cristianno. Aun así, no dejé de sentirlos cuando me dispuse a irme.

Supe que Enrico me observaba por la fuerza que sentí sobre la nuca.

Apreté los puños y los dientes y me permití hablar.

—No sabes cuánto necesito que seas el hombre que fuiste una vez. —

Esa era la verdad, aunque me perturbara tanto como la pérdida de mi amor.

De repente Enrico me cogió de la mano y tiró de mí hasta envolverme entre sus brazos.

Lo primero, y también lo último, que sentí fue rechazo. Todo mi cuerpo tensionado por su contacto, mi fuero interno entrando en una violenta batalla contra mi sentido común. Y yo en mitad de una nada, adorando aquel contacto como lo hacía antes.

Mauro

Ver a Eric no me hizo ningún bien porque tuve que contener mis lágrimas para soportar las suyas. Y aunque había dormido, todavía no me sentía lo bastante sólido. Me movía por inercia, caminaba sin saber cómo coño lo conseguía y pensaba… pensaba demasiado.

Kathia dormía profundamente ajena a que yo la observaba desde un rincón de la habitación. Encogida en forma fetal, respiraba hondo cada pocos segundos y sus piernas emitían pequeñas convulsiones. Supe que no tenía un sueño agradable, pero al menos dormía. Como lo había hecho casi durante todo el día junto a Sarah. Así me lo había explicado Enrico tras haberle acorralado antes de que se fuera del Edificio. Y eso fue lo único que pude sonsacarle. Lo demás, se lo guardó él y los extraños moratones y arañazos de Kathia.

Suspiré, ahuequé las sábanas entorno a ella y le acaricié la frente antes de salir. La intención era largarme de allí. Pero una vez más, mis extraños instintos me llevaron a Giovanna.

La oscuridad me dio la bienvenida cuanto entré en su habitación.

Tan solo un hilo de luz que sobresalía de la puerta del baño iluminaba la estancia. De ella, también surgía el vaho que desprendía el agua caliente de la ducha. Giovanna estaba ahí dentro… desnuda… y no comprendí por qué mi mente evocó esa imagen e incluso la deseó.

Me apoyé en la mesa de estudio y me crucé de brazos. Mi fuero interno me advertía, me decía que me largara de allí si no estaba seguro de lo que hacía. Y así era, no tenía ni puñetera idea de lo que quería conseguir. Pero no me moví. Ni siquiera cuando Giovanna salió del baño con un albornoz blanco resaltando sus mejillas rojas. Pude ver el balcón de sus pechos y la curva tremendamente insinuante de su clavícula, que me hizo contener el aliento y desear mucho más de su piel.

La respuesta de mi cuerpo fue inmediata. Tan vehemente que comencé a sentir unas palpitaciones que jamás creí que despertaría Giovanna. Apreté los dientes y un poco más los brazos entorno a mi torso.

Aquello era ilógico…

Hasta que me miró…

Y todo cobró sentido de golpe.

Giovanna tragó saliva y no supo bien cómo reaccionar. Aunque tampoco hizo falta porque su cuerpo lo dijo todo por ella. Se ruborizó, los hombros se le tensaron y comenzó a respirar temblorosa.

Torcí el gesto y me deleité con el poder que ejercía sobre ella.

—Hoy he tenido que despedirme de mi madre por primera vez en mi vida. —Hablé como si ella hubiera tenido la culpa de ese hecho.

Por suerte, Giovanna comprendió que no era un reproche. Sino la fuerte necesidad de confesárselo a alguien… A ella. Y ese hecho hizo que se pusiera aún más nerviosa.

—¿Por qué me lo cuentas? —Quiso saber, todavía inmóvil.

Me encogí de hombros.

—Supongo que confío en ti después de todo —admití la verdad—.

Quizá, si hemos aprendido a hablarnos con respeto, tal vez podremos

desahogarnos el uno con el otro.

—Yo lo hice una vez —espetó avanzando hacia mí. Recordé enseguida la noche en que estuvimos sentados en el Templo Esculapio.

—Yo lo hago ahora —contraataqué, concentrado en cómo se movía su cuerpo.

Tragó saliva y se ahuecó el cabello húmedo con las manos. Después se reforzó el nudo del albornoz con gesto nervioso y se mordió el labio. Sus nervios florecerían, y ahora evitaba mirarme a la cara.

—Creo que después de la intrusión de Graciella, anoche en la mansión, es lo mejor —comentó deteniéndose a solo unos pasos de mí—. Nadie sabe cómo reaccionará Angelo ante eso.

—No te he pedido tu opinión —protesté y me incorporé guardando las manos en los bolsillos de mi vaquero.

Gesto que provocó que nos separaran apenas unos centímetros.

—Entonces, ¿qué buscas? —susurró y su aliento resbaló por mi boca.

—No lo sé… —Curiosamente cerré los ojos—. No sé lo que me está ocurriendo.

El silencio nos envolvió y dejó que escuchara con absoluta perfección los fuertes latidos de su corazón. El sonido de su respiración surgiendo veloz de sus labios, entrecortado. Incluso percibí la necesidad de que se colaba entre nuestros cuerpos. Por un segundo me sentí vulnerable, incapaz de decidir sobre mí mismo. A medio camino entre la expectación de lo que iba a ocurrir entre nosotros, y la inseguridad de si estaba bien o mal. Pero de algún modo todo aquello desapareció en cuanto noté cómo Giovanna levantaba una mano y la acercaba a mi mejilla.

Abrí los ojos y la miré.

Era extraño que, teniendo cierta experiencia en el campo sexual, esa fuera la primera vez que alguien me proporcionaba una caricia como aquella. Contuve el aliento. Creo que ninguno de los dos esperábamos sentir tanto con tan poco. Porque lo dedos de Giovanna dudaron y no supieron cómo continuar hasta que yo acerqué mi mano a la suya y la guié hacia mi boca.

Sentí el calor de la punta de sus dedos perfilar mis labios mientras ella observaba con una atención tímida.

De repente tragó saliva, se mordió el labio y se envalentonó hacia delante. Me besó y esperó unos segundos en mi boca sin saber que yo me daría cuenta del temblor que recorrió su cuerpo al sentirme.

Con la misma rapidez con la que decidió besarme, Giovanna se apartó y me observó impactada. ¿Qué era lo que acababa de ocurrir? ¿Cómo debía interpretar aquel sentimiento?

Giovanna se alejó de mí rápidamente.

—Será mejor que te vayas… —tartamudeó llevándose las manos a la cabeza. Creyó que si se tocaba el pelo, disimularía el desglose de emociones que manifestaba.

—¿Por qué? —pregunté al tiempo en que ella se daba la vuelta y me clavaba una mirada encendida.

—Porque no sé quién soy cuando estoy contigo. —Me reprochó, como si yo tuviera la culpa de lo que sentía. Y tal vez era así, pero no había sido intencionado. Giovanna no había sabido mantener sus sentimientos a raya, yo no la había obligado a que se enamorara de mí. Una briosa oleada de furia me atravesó porque no la entendí, ni tampoco me entendí a mí mismo

—. No tengo el control.

—No necesitas tenerlo —mascullé y ella ladeó la cabeza dejando que ahora sus ojos mostraran una extraña nostalgia.

—Mauro… —susurró. Mi nombre sonó especialmente intenso—…esto que siento no es recíproco. —Creo que la admiré demasiado en aquel momento. La altivez de Giovanna rayaba lo insoportable, era increíble que estuviera hablando de aquel modo tan honesto.

Di un paso hacia ella, más molesto de lo que pensaba.

—No decidas por mí, Giovanna. —Porque ni yo mismo podía hacerlo.

—Y tú no creas que dejaré que me hagan más daño. —Retrocedió conforme yo me acercaba.

—Yo no soy Valentino. —No era el hombre que se la tiraba y después le daba la patada, una y otra vez desde hacía un par de años. Y no lo sería nunca. Porque ni siquiera comprendía qué coño hacía allí, reclamándola como si fuera mía.

—Precisamente por eso —admitió y me dolió que me creyera capaz de hacerle daño.

Dios sabe que en otros tiempos se lo habría hecho si hubiera surgido la oportunidad, pero no ahora. Ya no podía. No quería.

Llegué hasta ella y la empujé con suavidad contra la pared dejando su cuerpo atrapado por el mío. Me observó temerosa mientras mis dedos buscaban pausados el cinturón del albornoz. Lo deshice maravillándome con el aroma que desprendía su piel.

—Mauro… —siseó Giovanna que permanecía quieta y expectante. Con el corazón a mil revoluciones.

Agaché la cabeza y me escondí en su cuello. Comencé con un suave beso en la curva. Ella se estremeció y dejó escapar un gemido.

—Tú lo has empezado… —susurré mientras mis manos se colaban bajo el albornoz. Su cintura desnuda me dio la bienvenida erizándose bajo mi caricia—. Deberías haber contado con que desearía más que un simple beso.

Fui dejando un reguero de besos por su cuello y me deslicé por su mandíbula buscando de nuevo su boca, que me esperaba entreabierta.

Capturé sus labios con más parsimonia de la que esperaba y saboreé el dulzor de su lengua al encontrarse con la mía. Me enrosqué ávido a ella.

Giovanna llevó sus manos hacia mis hombros y me atrajo hacia ella hasta que nuestros cuerpos quedaron completamente pegados. El calor de su piel desnuda traspasó la tela de mi ropa y tuve una sacudida al notar sus dedos colándose bajo el cuello del jersey.

Subí mis manos por su cintura y envolví su pecho con un poco de fuerza, poseyéndolo por completo al tiempo en que movía mi pelvis contra la suya. Giovanna se aferraba con más fuerza a mí y consiguió quitarme la chaqueta sin dejar de besarme un instante.

El deseo ascendía y nuestros besos empezaban a ser un poco más intensos, tanto que comenzaba a faltarme el aliento.

Ella jadeó en mi boca cuando deslicé una de mis manos por su entrepierna desnuda. Una fuerte humedad me envolvió los dedos y sentí un latigazo que me atravesó los lumbares. Creí que tendría el mayor orgasmo de mi vida, y ni siquiera me había desnudado.

Introduje uno de mis dedos en ella segundos antes de que contuviera una exclamación.

—No hagas que sea solo sexo —jadeo Giovanna entre susurros al mirarme—. Contigo no lo soportaría…

—No iba a serlo. —Me sorprendió percibir la seguridad de aquellas palabras. Casi tanto como la respuesta de Giovanna, que tiró de mi jersey y se deshizo de él a toda prisa.

Acarició la piel de mi torso, contemplándome con fijeza mientras yo me esmeraba en su placer. Pero ella tiró de mi mano y se la llevó a su cintura consumiéndome en un abrazo. Tuve un estremecimiento al notar su pecho desnudo contra el mío. Piel con piel. Latido con latido. Necesitaba con urgencia estar dentro de ella, saber que me pertenecía y que yo le pertenecía a ella.

Le arrebaté el albornoz, la capturé por la cintura y la levanté del suelo segundos antes de tumbarla en la cama. Me tendí sobre ella regresando al refugio de sus labios y al calor que desprendía su piel cuando la tocaba.

Aquello estaba sobrepasando los límites que me había establecido. Era increíble que Giovanna estuviera despertando en mí tal ansiedad y deseo.

Había llegado a un punto (y no sé cuándo había sucedido) en que no podía apartarme de ella. Extrañamente seguía sin saber lo que sentía, pero la necesitaba. La necesitaba demasiado. Y no sabía si ella se había dado cuenta de ello, pero no escatimé en mostrárselo con mi forma de besarla y acariciarla. Aquello no sería una simple noche de sexo, loca y desenfrenada, sin ataduras ni compromisos. Aquello duraría, y me gustaba que así fuera.

Me gustaba sentir aquella exquisita agonía.

Giovanna se hizo con el cinturón de mi pantalón, lo desabrochó e hizo lo mismo con el botón. Enseguida introdujo sus manos bajo la tela rígida del vaquero y poseyó mis nalgas incitándome a que le proporcionara más presión. Obedecí al tiempo en que engullía su aliento con un beso ardiente, casi violento.

Me aparté de ella, me desnudé bajo su atenta mirada y me acuclillé ante sus piernas. Giovanna incorporó la cabeza para mirarme, pero no soportó ver cómo mi boca se acercaba al punto más excitable de su cuerpo y se desplomó en la cama conteniendo un gemido que aumentó el ritmo de su respiración.

Comencé soplando aquella zona erógena. Después saboreé la humedad que desprendía mientras la miraba. Giovanna se retorcía bajo mis caricias, incluso enredó sus dedos entre mi cabello y tiró suavemente de él.

Quise deleitarme un poco más en su sabor, pero mi cuerpo no pudo resistirlo por más tiempo. Y volví a su boca mientras acomodaba mi pelvis contra la suya. Apenas tuve que esforzarme por entrar en ella. Fue puro instinto. Nuestros cuerpos se encontraron y tuve que hacer un gran esfuerzo en adentrarme con lentitud. Giovanna cerró los ojos mientras yo capturaba sus manos y extendía sus brazos por encima de la cabeza. Aquel simple gesto la llevó a abrir más las piernas y a que su espalda se encorvara provocando que mi presencia en su interior fuera mucho más intensa, incluso violenta. Ahora era yo quien gemía.

—Mírame… —le exigí, porque le haría el amor sin apartar un instante mi mirada de la suya. Y ella aceptó mostrándome unas pupilas resplandecientes, cargadas de pasión.

—Me arrepentiré de esto —jadeó al tiempo en que yo comenzaba a moverme con acometidas lentas y profundas.

—Tú no quieres arrepentirte… —suspiré y me acerqué a su boca—…

Ni yo tampoco.

Un estremecimiento la recorrió y se removió debajo de mi cuerpo hasta que logró deshacerse de la opresión de sus brazos. Me envolvió los hombros mientras acompasaba su pelvis a la mía y me empujó contra ella enroscando sus piernas a mi cintura hasta que supo que me tenía completamente atrapado…

…En todos los sentidos.

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