Colapso

Alessandra Neymar · Capítulo 12 de 50

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Colapso

Capítulo 10

Kathia

Cuando Mauro me despertó y se despidió de mí en el vestíbulo del Edificio Gabbana no creí que el día se me haría tan asquerosamente largo.

Primero, regresamos a la consulta del doctor Messina justo a tiempo de la llegada de Olimpia —que vino acompañada de su inseparable séquito de arpías, entre ellas Annalisa Costa, su cuñada Úrsula y la puñetera Marzia—.

Giovanna tuvo que dar mil y una excusas cuando la vieron allí conmigo.

Pero finalmente, no sucedió nada. Era un día maravilloso, según la señora Carusso, y no quería que nada lo fastidiara. Ni siquiera se dieron cuenta de que llevaba puesta una chaqueta de Cristianno.

—Deberías quitártela —me susurró Giovanna cuando nos montamos en el coche.

—Ni lo sueñes —le dije.

A partir de ese instante, todo fueron horas soportando catálogos de vestidos de novia, catering, comentarios exasperantes sobre mi enlace con Valentino y demás tonterías. Incluso fuimos a ver cómo iba la rehabilitación de la mansión Carusso, que estaría lista en unos días. Pero apenas presté atención. El aroma de Cristianno se impuso a todo y me acompañó constantemente.

Cuando creí que el día había terminado y que al fin podría encerrarme en mi habitación, me vi sentada en una mesa del elegante y reputado restaurante Antica Pesa, en el barrio de Trastevere, con toda la cúpula Carusso a mi alrededor. Habían convocado una cena para celebrar el regreso de Marzia y que todo estaba saliendo a pedir de boca. Algo que a Giovanna no le sentó muy bien, ya que el cuerpo de Carlo Carusso todavía

estaba fresco, y nadie parecía tenerlo en cuenta. Ni siquiera su maldito hermano.

Vino, champán, exquisitos platos y más vino, acompañado de conversaciones fervientes sobre el poder y la mafia. Tanta era la emoción que ponían en ello que ni siquiera se dieron cuenta de que me escapé al baño.

Abrí el grifo y me mojé la cara con tanta vehemencia que creí que terminaría asfixiándome. No había forma de huir, cada día sería igual que ese. Tenían una boda que preparar y Olimpia y Annalisa querían que fuera la sensación de la temporada. Estaba absolutamente atrapada.

Suspiré observándome dentro de aquel vestido de Escada negro, medio escondido bajo la chaqueta de Cristianno. El agua resbalaba por mis mejillas y me dio la sensación de estar llorando. Por un momento toda mi rabia se almacenó en mis manos y me estrujé las mejillas consciente de que el maquillaje peligraba. Negué con la cabeza, tragué saliva y volví a mojarme la cara notando una extraña sensación de alerta sobre los hombros.

Esperé unos segundos antes de levantar la mirada y ver el rostro de Marzia reflejado en el espejo a unos metros de mí.

Lo había intuido. Sabía que tarde o temprano llegaría ese encontronazo.

Se sobreentendía que su regreso a Roma era por el placer que le causaba saber que yo había perdido a Cristianno como ella perdió a Marcello. Me lo había repetido mil veces con sus miradas esporádicas y ejecutoras, solo que no había tenido oportunidad de cazarme a solas. Hasta ahora.

Marzia torció el gesto, se deleitó con mi deteriorado aspecto y sonrió complacida con lo que veía. Tenía el pelo un poco más largo y se había recortado el flequillo provocando que su rostro resultara más arrogante y astuto de lo que ya era. También había adelgazado y por mucho que se empeñara en mover las caderas con cada paso su cuerpo había perdido bastante feminidad.

—Duele, ¿verdad? —Cruzó las manos tras la espalda y casi instintivamente me preparé para el enfrentamiento que se avecinaba—.

¿Sabes lo primero que pensé cuando vi el cadáver de Marcello? —Dejó un espacio para que yo contestara y sonrió—: Que ojalá algún día Cristianno

terminara de la misma forma para que supieras lo que se siente. —Ahí estaba su nombre y toda la tensión brutal que su mención conllevaba.

No le permitía a nadie que le mencionara. Ni siquiera Angelo se atrevía a desobedecer esa orden tácita que les impuse a todos. Ya habían experimentado mi reacción y nadie se atrevía a repetir, porque la última vez que alguien nombró a Cristianno, yo terminé tirando toda una mesa y atacando al que osó hablar de él.

Tragué saliva notando un tirón en las manos. Había empezado a clavarme las uñas en la palma y eso provocó que sintiera un punzante dolor en las cicatrices de mis muñecas; aún no estaban del todo cerradas y corrían el riesgo de abrirse.

—Ni se te ocurra nombrarle —gruñí ahogada y luchando por no derrumbarme ante la que una vez creí mi hermana.

—¡Ah, sí! —exclamó dándose un pequeño golpecito en la frente—. Mi madre me ha advertido de tu estúpida prohibición. —¿Así que lo sabía y aun así me provocaba? Maldita zorra—. Pero ¿sabes?… —Se acercó a mí, ignorando mis temblores, y susurró—: yo no pienso obedecerla.

Una corriente envenenada de ira me oprimió dejándome inmóvil y adueñándose completamente de mi cuerpo. Supe que lo había manifestado al ver el rostro complacido de Marzia y unos ojos titubeantes de absoluta alegría. Se acercó un poco más a mí y me acarició la frente al tiempo que cogía un mechón de mi pelo y lo enroscaba tras mi oreja con pereza, disfrutando de mi sometimiento.

—Qué desgracia que no pudiera verle abrasándose entre las llamas. —

Terminó susurrando, sabiendo que me desgarrarían sus palabras y me enviarían de vuelta a aquella noche.

Temblé. Esa supremacía que definía lo que realmente era, mi auténtica naturaleza, se reveló. Los días en los que arremetía quedaban muy lejos, sí, pero mis músculos me gritaron una y otra vez que atacara, que me impusiera y, que si decidía contenerme, aceptara las represalias: más dolor, más tormento, una despedida de lo que una vez fui.

Cerré los ojos y pensé en él. En su cuerpo, en sus manos, en su boca, en sus ojos… de un perfecto azul capaz de paralizarte tanto por pasión como por odio. Percibí la misma fuerza que me embargaba cuando le había tenido

cerca, ese poder que yo ya tenía, pero que se acrecentaba con su presencia.

Cristianno no habría querido que terminara siendo el harapo de un Carusso… Ni yo tampoco.

Miré a Marzia sabiendo que mis ojos se habían convertido en puro hierro ardiendo. Y ella empezó a dudar, oscilando lentamente hacia atrás, creyendo que yo no me daría cuenta del cambio que se había dado entre las dos. Puede que no tuviera el control, pero ahora ella tampoco.

—No vuelvas a mencionarle —volví a gruñir en voz baja—. No vuelvas a hablar de él, ni siquiera pienses en su maldito nombre porque te arrancaré el alma con mis propias manos, ¿me has entendido? —No me di cuenta de que había empezado a moverme hacia ella hasta que Marzia empezó a retroceder.

—No puedes imponerte —protestó nerviosa—. Sabes que tienes todas las de perder.

—Que lo pienses no significa que sea cierto.

—Ya lo creo que sí, Kathia. —Ahora sonaba tensa, sabía que la situación se le iba de las manos a cada segundo que pasaba—. Estás atrapada… y Cristianno lo sabía cuándo murió.

—¡¡¡No le menciones!!! —chillé lanzándome a su cuello.

La empujé contra la pared sabiendo que mi cuerpo haría de barrera ideal para retener su huida. Su cabeza se estrelló contra el dispensador de jabón y lo desencajó un poco. Marzia comenzó a enrojecerse por la falta de oxígeno y empezó a darme puñetazos en los brazos para que la soltara, pero resistí absolutamente concentrada en matarla.

Los puñetazos se convirtieron en patadas, pero continuaron sin ser suficiente. Ella comprendió que no la soltaría hasta que tuviera la certeza de que no volvería a respirar. Así que decidió recurrir a los arañazos y los tirones de pelo, intentando toser en busca de aire.

Estuve muy cerca de verla desfallecer entre mis dedos, pero fue Giovanna la que lo evitó lanzándose sobre mí. Ni siquiera escuché cómo había entrado en el baño. Se interpuso entre las dos hasta que capturó mis manos y me empujó sabiendo que se caería conmigo al suelo. Aun así no me soltó.

—¡BASTA! —gritó forcejeando. Arremetí contra ella ofuscada en ir a por Marzia. Esta se desplomó en el suelo respirando atropelladamente—.

¡Kathia, por Dios, cálmate! Escucha mi voz, nena. No ha pasado nada. Todo está bien —me dijo al oído, esta vez, solo para mí.

—Nada está bien —hablé entre dientes—. Cristianno sigue muerto y

¡esa rata asquerosa no deja de mencionarle! ¡La mataré! —Pataleé sabiendo que estaba haciéndole daño a Giovanna. Pero me dio igual. En ese momento era títere de mis emociones, de mi rabia, de mi odio…

—Vete de aquí, Marzia —dijo evitando que yo viera la sonrisa jocosa de su prima. Pero la oí y eso me superó. Me atraganté con mi propia ira segundos antes de escuchar cómo se cerraba la puerta del baño.

—Kathia… —susurró Giovanna, segundo después, cuando mis forcejeos cesaron.

—Suéltame, Giovanna —ordené inmóvil.

—No, no lo haré.

—¿Por qué?

—Porque sé bien que irás tras ella. —La escuché tragar saliva y después suspirar. Ella no tenía por qué entrometerse y sin embargo allí estaba—.

Estoy contigo, nena.

Cerré los ojos.

—Me odiabas, Carusso —admití recordando los días en que Giovanna y yo nos matábamos con la mirada y aprovechábamos cualquier ocasión para enfrentarnos. Ella no podía esperar que aceptara enseguida ese cambio de actitud. Me sentía muy confusa—. ¿Cómo has tardado tan poco en olvidarlo?

Volvió a respirar profundamente y supe por su mirada un poco más oscura que estaba pensando cómo explicar que ahora ella era el único apoyo que tenía cerca. Se creía que no me había dado cuenta de los mensajes que enviaba a Mauro, de las llamadas a las tantas de la noche o de cómo evitaba que tuviera contacto directo con Valentino o… Enrico. Ese cambio debía de tener una explicación.

—No lo sé… —repuso—, y tampoco lo he olvidado. —Fue soltándome lentamente y se incorporó para poder mirarme a los ojos—. Supongo que algún día lo entenderemos las dos. —Eso esperaba.

—Estás aquí… —murmuré poniéndome en pie. Tuve un pensamiento fugaz sobre lo que habría ocurrido si Giovanna no hubiera entrado a tiempo de separarme de Marzia. Tal vez ahora tendría un cadáver en el suelo.

—Estoy contigo, Kathia. —Y la creía… La creía.

Cerré los ojos y saboreé lo que eso significaba. Hasta el momento, su presencia tenía muchísimo valor y no estaba segura de querer prescindir de ella. En ocasiones, la amistad se encuentra en situaciones inconcebibles y aquel era un buen ejemplo.

—No me traiciones, Giovanna —espeté mirando hacia la puerta.

—No pensaba hacerlo —dijo ella, incuestionable.

Regresamos al salón en el más estricto silencio. Todo seguía igual que minutos antes. La misma conversación, las mismas sonrisas orgullosas. Era difícil ignorar todo aquello.

Marzia no mencionó nada de nuestro enfrentamiento cuando volvió al comedor. Tomó asiento en la mesa —entre su madre y una silla vacía que debía ocupar un Enrico que todavía no había llegado— y me miró de reojo, socarrona, indicándome hasta qué punto tenía ella el dominio de complicarme la noche.

Era difícil ignorarla. Así que agaché la cabeza y me concentré en el plato que acababan de servirme. Cogí aire profundamente y cerré los ojos un instante notando cómo mi vientre se contraía. Era una advertencia.

Lentamente, todo el rumor que me rodeaba enmudeció. Mis oídos se cerraron a la realidad en busca de esa voz que ahora solo habitaba en mis recuerdos. Se me erizó la piel segundos antes de escucharla.

«—Cásate conmigo —susurró Cristianno en mis labios, cortándome el aliento».

Recordé que le miré asombrada y con el corazón latiéndome en la lengua. Que él me acarició la clavícula con la yema de los dedos, que su piel ardía contra la mía y que besó la comisura de mi boca tímidamente, experimentando una incertidumbre que duraría hasta oír mi respuesta. Una vulnerabilidad que me enloqueció.

«—Quiero casarme en Japón… —dije mientras Cristianno acariciaba mi cabello—… Después me cogerás entre tus brazos y haremos el amor hasta que amanezca.

Soltó el aliento, tembloroso, e iluminó la madrugada con su bella sonrisa.

—Suena perfecto —dijo.

—Es perfecto.

—Entonces, así será. —Después me besó y dejó que la locura se adueñara de nuestros cuerpos».

Los dedos fríos de Giovanna enroscándose con los míos pusieron fin a ese recuerdo. Se había dado cuenta de que lo único que había de mí en aquella mesa era mi cuerpo, y de que mi mente regresó al presente obligada por su caricia.

La miré, aún cabizbaja y aturdida, e hice acopio de toda mi razón para que mis fantasías no se impusieran a lo que nos rodeaba. Me trasmitió que si yo seguía divagando, ella, de algún modo, lo haría conmigo y eso supondría una llamada de atención.

Tragué saliva y asentí ante la petición muda que me hicieron sus ojos.

Sus dedos se relajaron entre los míos y me mostró una leve sonrisa.

De repente, un estallido de pólvora provocó el caos en el comedor.

Tardé unos segundos en entender que había sido un disparo, y enseguida deseé que hubiera alcanzado a algún Carusso o Bianchi. Pero con el desorden que se armó a mí alrededor me fue imposible averiguarlo.

Me quedé inmóvil en mi asiento observando cómo las mujeres que segundos antes estaban sentadas parloteando ahora se escondían bajo la mesa arrastradas por sus hombres. Quedaron reducidas a simples cucarachas desparramadas por el suelo y pasillos.

Angelo permaneció sentado, en alerta, y Valentino se escondió tras un muro mientras preparaba su arma y ordenaba a sus hombres que localizaran al intruso. Giovanna se arrodilló a mi lado y tiró de mí para que la siguiera, pero todo mi cuerpo se convirtió en dura roca al descubrir quién había disparado.

Eric apuntaba a Angelo desde el centro del comedor sin pensar en que su vida corría más peligro que la de cualquiera. Conforme estaba la situación en la ciudad —con los Gabbana heridos por la muerte de Cristianno y Fabio— ningún Carusso salía solo de casa. La seguridad que siempre llevaban a su lado era férrea —al menos, tres hombres por persona

—, y aquella noche toda la cúpula estaba allí. Así que más de veinte esbirros vigilaban el local y no tardarían en actuar. Eric solo tenía unos minutos para salir de allí y ponerse a salvo…, por el momento.

Me levanté lentamente de la silla con la mirada clavada en él. Aún no me había visto, pero cuando todas las personas trasladaron su miedo bajo las mesas o a los pasillos, Eric me vio y su mirada se nubló por unas lágrimas que no dejó escapar. Todos los músculos de su rostro contraído se destensaron y sus hombros parecieron desplomarse. Otra persona tal vez no habría notado ese cambio en él, pero yo… yo sí, y me morí de ganas por saltar aquella mesa y correr a abrazarle.

Le supliqué en silencio que se fuera, que huyera de las represalias que se avecinaban, y estuvo cerca de obedecer, pero cuatro hombres le arrollaron cuando se dispuso a disparar. Esta vez la bala si alcanzó a alguien, pero no como ambos deseamos. Angelo se llevó la mano al brazo izquierdo mientras apretaba los dientes. Solo era un rasguño, una herida que requeriría la atención de una rozadura, pero bastó para ordenar la pena máxima.

—Eliminadle —decretó Angelo a sus hombres, y ellos obedecieron casi al instante.

Ni siquiera grité. Me dispuse a salir corriendo tras Eric cuando alguien me clavó las uñas en el brazo, queriendo retenerme. Me mordí las mejillas antes de darme la vuelta y ver a Olimpia arrodillada ante mí.

—Ni se te ocurra salir de este maldito restaurante. —Mastiqué una extraña adrenalina cuando cerré el puño y le solté un puñetazo en la cara.

No esperé a ver su reacción. Eché a correr.

Mauro

Me cagué en la memoria de todos los puñeteros familiares de aquel maldito taxista un instante antes de adelantarle; obviando, por supuesto, quién podía venir en la otra dirección. No había mucho tráfico en la vía Crescenzio casi a las diez de la noche, pero si el suficiente como para tocarme los cojones.

Giovanna me había enviado un mensaje informándome de que Eric acaba de irrumpir armado en el restaurante donde estaban reunidos todos los Carusso. Así que avisé a Alex y me preparé para un enfrentamiento bastante desagradable.

Después de cuatro días sin saber de mi amigo, enterarme de aquello fue como un puñetazo en la entrepierna. Eric no superaba la traición de Luca y mucho menos la muerte de Cristianno y lo demostraba perdiéndose de bar en bar, bebiendo hasta perder la razón y metiéndose en peleas que no siempre ganaba. Dani, Alex y yo habíamos intentado ayudarle, incluso habíamos hablado con Mássimo Albori, su padre, para que se trasladara conmigo al Edificio. Tal vez, si tenía a sus amigos constantemente encima, poco a poco empezaría a sentirse mejor. Pero ni por esas.

Eric no razonaba del todo y yo me sentía un poco más culpable, porque en realidad… lo era.

Me ayudé del freno de mano para hacer un cambio brusco de sentido que provocó que las ruedas de mi recién estrenado Audi R 8 chirriaran hasta el punto de hacerme creer que se saldrían de los ejes. Cómo me alegré de volver a tener mi coche en aquel momento.

Miré hacía el portal del edificio donde vivía Daniela y descubrí a mi amiga discutiendo con un Alex nervioso. Él parecía suplicar y ella se mantenía obstinada. Apenas tardé unos segundos en comprender su queja: quería venir con nosotros y Alex se lo impedía. Y mis ojos también. No teníamos tiempo para debatir aquello. Si las cosas se complicaban, tendríamos a muchas personas que proteger y su presencia haría que su novio corriera demasiado peligro.

Ella terminó entendiéndolo, resignada, porque sabía que intentar hacernos cambiar de opinión ponía más en peligro a Eric. Asintió con la cabeza y permitió que su novio le diera un beso rápido y corriera hacia mi coche. Me pidió con una intensa mirada que vigiláramos nuestras espaldas.

Dani sabía tan bien como nosotros que eso era una tarea muy complicada conforme estaban las cosas con los Carusso.

Arranqué un segundo después de que Alex cerrara la puerta.

—Situación —exigió saber en cuanto me incorporé embalado a la Via Lungotevere Sassia.

Alex preparaba sus dos armas y yo miraba de soslayo la pantalla del salpicadero en la que estaba conectado mi móvil, pendiente de un nuevo mensaje de Giovanna.

El motor rugió cuando ascendí la velocidad y me provocó un tremendo estallido de placer. Cuánto eché de menos a Cristianno en aquel momento.

—Restaurante Antica Pesa —dije pestañeando varias veces, como si aquello fuera a sacarme a mi primo de la cabeza—. Eric ha intentado matar a Angelo. —Y aunque se lo había insinuado por teléfono, a Alex le sorprendió bastante.

Nos miramos de reojo, confesando en silencio lo mucho que nos hubiera gustado que Angelo hubiese resultado herido por uno de los nuestros. Pero eludimos aquel deseo y nos concentramos en lo que nos esperaba al llegar.

—Es imposible tener un enfrentamiento allí. —Un hecho que yo también había supuesto.

La Via Garibaldi era una calle de tránsito moderado, rodeada de callejones en los que apenas se podía circular. Demasiados recovecos para protegerse, sí, pero que también podían dificultar una huida. Toda la cúpula Carusso estaba allí, lo que significaba que toda la seguridad personal también lo estaba. Así que no nos beneficiaba en absoluto salir a tiros, porque perderíamos.

—Lo sé, pero eso no es lo único que me preocupa. —Tragué saliva y rogué en vano que Giovanna hubiera sido lo suficientemente persuasiva como para mantener a Kathia al margen de aquello.

Noté las miradas insistentes de mi compañero de batallas.

—Kathia, ¿verdad? —afirmó Alex con un evidente nudo en la garganta.

Un leve asentimiento le bastó como respuesta.

Resopló y echó la cabeza hacia atrás, golpeándose intencionadamente contra el respaldo. Ambos sabíamos que la presencia de Kathia nos ponía las cosas un poco más difíciles.

Acabábamos de entrar en el barrio de Trastevere.

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