Colapso

Alessandra Neymar · Capítulo 23 de 50

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Colapso

Capítulo 21

Mauro

No eran más de las cuatro de la madrugada cuando hicimos el intercambio en el aparcamiento de la calle Largo Eduardo Talamo, bajo la circunvalación de Tiburtina. Todos se habían ido disipando conforme entrábamos en Roma y allí solo quedábamos los hombres de mi equipo.

Cada uno cogió su vehículo y se largó sin decir palabra mientras que Diego, Eric, Alex y yo nos repartíamos en dos coches para llevar a Wang a un lugar seguro.

Pero al chino no le quedaba mucho tiempo. Le habíamos oído jadear constantemente, hacer muecas de dolor y murmurar silenciosos quejidos en su idioma. Nadie imaginó que tendía una peligrosa herida de veinte centímetros en la pelvis con un grosor que casi asustaba. Se la vi cuando le bajé de la furgoneta y él se arrodilló en el suelo entre temblores.

No supe bien de qué se trataba hasta que llegué al piso franco que teníamos en Caltagirone, a unos cinco kilómetros de Roma. Wang empezó a convulsionar y le tumbamos sobre la mesa. Le levanté la camisa para estudiar con mayor detenimiento la herida y enmudecimos. Mi primera reacción fue llamar a Hugo Terracota, nuestro médico particular de la clínica Santa Teresa, pero tras prestarle mayor atención supe que era una pérdida de tiempo. La herida no estaba recién hecha. Debía de tener al menos una semana por el desagradable encostrado grisáceo oscuro que había a su alrededor. El corte supuraba constantemente y se percibía que había perdido demasiada sangre.

—No tiene buena pinta, ¿verdad, Gabbana? —jadeó Wang con una extraña sonrisa deforme en los labios.

Tragué saliva. Acababa de comprender cuánta falta nos hacía su supervivencia.

Cogí aire. Aquello no estaba planeado.

—Tienes que hablarme, Wang —le dije inclinándome sobre él—. Tienes que contarme por qué demonios te tenían retenido los Mirelli y cuánto sabes del Proyecto Zeus.

Tosió un instante antes de que Eric se acercara a él y le limpiara el sudor de la frente con un pañuelo de tela.

—Tú lo sabes bien… —gimió—. Sino ¿por qué los has eliminado a todos?

Negué con la cabeza.

—A todos no… —Solo a los Mirelli. Pero algo me dijo que se refería exactamente a ellos.

Esta vez sí pareció sonreír cómodo.

—No hablaré más, Gabbana… —afirmó cerrando los ojos—. No diré más hasta ver a… a Enrico Materazzi.

—¿Qué tiene que ver Enrico en esto?

—Solo hablaré con él. Más te vale darte prisa, no creo que aguante demasiado.

Miré a mis compañeros sin saber muy bien cómo encajar aquel imprevisto. Wang se moría y Enrico no estaba allí… ¿Qué demonios se suponía que debía hacer?

Joder.

Sarah

Empujé a Enrico y eché a correr escaleras arriba.

En mi cabeza huir no pareció tan difícil. Solo tenía que llegar a mi habitación, salir a la terraza y saltar el pequeño muro que separa mi edificio de la azotea del contiguo. Y estuve tan cerca de conseguirlo que no me detuve a pensar en que Enrico me capturaría.

Acaricié el muro cuando él me cogió de la cintura con fuerza y me llevó de vuelta a la habitación. Forcejeé, intenté deshacerme de sus manos

golpeándole en el pecho, en los hombros, en los brazos. Incluso intenté morderle o darle un cabezazo, pero a él no parecía afectarle nada de aquello. Me soltó arrinconándome contra la pared, me colocó frente a él y atrapó mis manos para detenerme.

Se llevó mi aliento asfixiado al besarme. Su lengua se coló en mi boca y se enroscó a la mía consumiéndome en un beso ardiente.

Me perdí en él… me quedé tan quieta que por un momento solo pude pensar en el increíble tacto de sus labios poderosos sobre los míos.

Pero recapacité y arremetí de nuevo contra él.

Intenté apartarme, esquivarle, detener aquel beso que cada vez se volvía más violento y duro. Pero lo único que logré fue más insistencia por su parte y flaqueza por la mía. Cada vez tenía menos fuerzas para evitar aquello.

—Lloras… —Supe que así era porque saboreé una lágrima—. Eso lo hace todo mucho más interesante… —ronroneó.

—Disfrutas con la idea de someterme, ¿verdad? —gemí al mirarle.

Dios mío, cuanto deseé que Enrico no fuera aquel maldito hombre.

Cuanto deseé que me abrazara y me dijera al oído que todo era mentira, que me amaba y que su actitud hasta el momento era justificable. Luché en dar con él tras su penetrante mirada, pero no lo encontré… Porque no existía…

Todo había sido un maldito engaño.

—¿La idea? —Frunció el ceño—. Ya te he sometido, amor… Estás justo donde quería que estuvieras… —Llevó una de sus manos hacia mi pecho y lo envolvió haciendo la presión exacta para que me odiara a mí misma por desearle. Después enterró la cabeza en mi cuello y comenzó a recorrerlo.

—Por favor… —supliqué tirando de sus hombros. Como si eso fuera a detenerle.

—¿Por favor qué, Sarah? —jadeó llevando sus labios a solo unos centímetros de los míos.

—Deja que te olvide… —Aquella forma de mirarme arrasó conmigo, empujándome a la noche en que me enamoré de él como una maldita desgraciada. Volviendo a experimentar una vez más la enorme intensidad de Enrico Materazzi.

—No… —susurró tan bajo que no estuve segura de sí fue real.

Estampó sus labios contra los míos y me devoró en un beso hambriento y enloquecedor mientras me capturaba por la cintura y nos arrastraba a la cama. Creí que me tumbaría en ella, que me arrancaría la ropa y me tomaría, pero optó por saborear el momento sin importarle mi confusión.

Se detuvo y me colocó a horcajadas sobre su regazo. Enrico apretó mis caderas contra su pelvis y coló su lengua en mi boca con tanto erotismo que no pude evitar gemir. Él respondió del mismo modo, y suspiró encargándose de que notara su excitación en la zona más erógena de mi cuerpo.

—Echaba de menos tu boca… —jadeó, y yo perdí toda voluntad.

Olvidé lo que estaba bien o mal, lo que había hecho, a quién había matado.

No fui capaz de pensar en nada más que en su cuerpo contrayéndose entre mis piernas, apasionado y loco por terminar desnudos y pegados el uno al otro.

Me dejé llevar, aun sabiendo que la culpa me carcomería después, y enterré mis dedos en su cabello. Enrico gimió dentro de mi boca como consecuencia y yo le tiré del pelo asqueada por mi locura por él. Después bajé las manos y las introduje bajo su camisa, acariciando la piel de su vientre y subiendo lentamente. Me detuve sobre su corazón. Entre beso y beso no podía escucharlo latir, pero lo noté apresurado. Las pulsaciones disparadas. Por mucho que quisiera fingir, una persona no tiene control sobre esas funciones. Enrico estaba sintiendo. Que ese sentimiento fuera bueno o malo era una incógnita, pero de algún modo aquel momento volvía a ser nuestro.

Me quitó la camiseta y enterró su boca en mi pecho aferrándose con fuerza a mi cintura un instante antes de tumbarme en la cama. Pero él no me siguió. Se quedó en su lugar, sentado frente a mis piernas entre abiertas y mirándome con la suficiente intensidad como para que contuviera el aliento.

Con las pupilas más encendidas que nunca.

Esperó unos segundos observando mi cuerpo, al que apenas le faltaba una prenda para su completa desnudez, y acercó una mano a mi rodilla.

Supe lo que se proponía segundos antes de que la empujara, abriendo aún más mis piernas. Enrico me quería completamente expuesta, y mi fuero

interno cometió el error de dejarle hacer. El libre albedrío entre los dos no era una buena idea, pero aun así se impuso. Y él saboreó la promesa de lo que venía a continuación.

Deslizó sus dedos por mi muslo, manteniendo mi mirada, observando cada expresión de mi rostro. Me propuse no dejarle entrever nada y mostrarme fría, pero exhalé de placer cuando sus dedos acariciaron el centro de mi cuerpo. Arqueé la espalda, ahogando una exclamación y apretando los labios por el deseo. Enrico observaba concentrado, vulnerable. Aquella no era la mirada de un asesino. Ni siquiera la de un mafioso despiadado. Era la mirada de un hombre que quería… hacerme el amor.

—Dijiste que nunca había sido tu amante… —jadeé, porque las caricias cada vez eran más intensas—. Que no era más que una…

—Sé lo que dije… —me interrumpió inclinándose lentamente hacia mí, sin dejar de acariciarme—. No suelo hablar a menos que esté seguro de lo que voy a decir.

Tuve un escalofrío de resentimiento y lujuria al mismo tiempo.

—Entonces, ¿qué haces aquí, acariciándome de esta forma?

—¿Te gusta? —Me aferré al edredón y lo estrujé entre mis dedos.

Enrico acrecentó la presión entre mis piernas proporcionándome una terrible punzada de placer. Se acercó a mi boca y la rozó con su lengua—.

Contesta, Sarah.

—Maldita sea, sí —gemí.

—Pues déjame hacer y laméntate si quieres después. —No tuve tiempo para reprocharle nada porque enterró sus labios en los míos.

Acomodó su cuerpo entre mis piernas e hizo fricción con su pelvis sobre la mía. Le abracé y Enrico se desplomó sobre mí dejando que mis brazos envolvieran por completo su torso. Incluso me dio la inercia suficiente para que repitiera el gesto con las piernas. Rodeé su cintura con ellas sin esperar con ello que la presión se hiciera más fuerte.

—Le mataste… —resoplé—… delante de ella… —Mil imágenes de Kathia y Cristianno empezaron a asolarme. Todo el placer que mi cuerpo estaba sintiendo por Enrico se convirtió en un maldito calvario insoportable.

—Así es… —jadeó él antes de mirarme—. Acabé con Cristianno. —Tal vez habría sido menos duro oírselo decir si una mueca de orgullo no se hubiera paseado por sus labios.

—Hijo de puta… —siseé sin apenas voz.

Gruñó y supe que habría arremetido contra mí de no haber sido por la interrupción de su teléfono. Su cuerpo se tensó y, con negación, se alejó de mí y echó mano al bolsillo de su pantalón.

—¿Qué? —dijo cortante y con los dientes apretados. Mientras tanto fui incorporándome, alcancé la camiseta y me la puse esquivando las miradas fijas de Enrico. Él no quería que me vistiera—. De acuerdo… Voy para allá.

—Colgó y cogió aire—. ¿Sabes que esto no termina aquí, verdad?

—¿Por qué no? —espeté encogiéndome.

Enrico sonrió y se acercó a mí.

—Porque a mí me gusta jugar y tú no puedes resistirte, amor. —Se fue dejando un terrible vacío en mi pecho.

El sonido lejano de la puerta cerrándose coincidió con mi reacción.

Cogí lo primero que tuve a mano y lo estampé contra la pared haciéndolo añicos mientras profería un grito de frustración. Me llevé las manos a la cabeza y me desplomé en la cama rompiendo a llorar.

—Perdóname, Cristianno, perdóname —sollocé enajenada, totalmente desconsolada.

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