Colapso

Alessandra Neymar · Capítulo 9 de 50

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Colapso

Capítulo 7

Kathia

La vida seguía sin mí… sin él… Vigorosa y ajena a las emociones.

Desde aquella ventana de la consulta podía ver San Angelo al otro lado del río Tíber. Observaba en la lejanía cómo los alumnos entraban en el recinto mientras yo rememoraba los días en que buscaba a Cristianno con la mirada o me indignaba tenerle sentado a mi lado durante las seis horas de clase. Recuerdo que muchas veces le miraba sin que él se diera cuenta y fantaseaba con cómo sería besar su boca y pegarme en su piel. Casi parecía que habían pasado años desde esos momentos, y sin embargo apenas hacía dos meses.

Suspiré y me encogí un poco más en el alfeizar; las rodillas pegadas al pecho, uniéndose a los latidos lánguidos de mi corazón. Sabía que Roberto Messina me observaba paciente mientras mordisqueaba su bolígrafo y garabateaba en su bloc de notas cada uno de mis movimientos.

Mi amor por Cristianno se había convertido en una enfermedad mental para los Carusso, y creían que podrían erradicarla llevándome a un siquiatra de pacotilla que adoraba pasar el tiempo analizándome.

Él esperaba que algún día le dijera algo y yo me pasaba las horas observando Roma, ahora un poco menos bella sin él.

El cielo seguía un tanto encapotado, pero lucía un sol tímido e intermitente. Apoyé la cabeza en la ventana y solté el aliento. El vahó se impregnó en el cristal e inconscientemente acerqué un dedo. Dejándome llevar, dibuje la primera letra de su nombre mientras un latigazo me recorría la espalda. Me tembló el labio y lo mordí con fuerza sabiendo que el dolor

sería lo único que frenaría las ansias de volver a llorar. Pero no me di cuenta de que con aquel gesto desencadenaría aquella visión.

Sus dedos se dibujaron al otro lado de la ventana. Lentamente se posicionaron junto a los míos en busca de una caricia que ninguno de los dos sentiríamos. Contuve el aliento al tiempo en que el sol asomaba y volvía más nítida la forma en que nuestras manos se tocaban a través del cristal.

Cerré los ojos. Una lágrima resbaló por mi mejilla. La respiración regresó con fuerza, como cuchillas perforando mi piel. Cada bocanada de aire resultaba más dolorosa que la anterior. Yo seguía viva… y él no…

Él no.

Tuve un espasmo.

—Aún sentía su calor dentro de mí cuando murió… —Porque minutos antes de su muerte, Cristianno y yo habíamos estado haciendo el amor de un modo intenso y poderoso. Había sentido su vida latiendo en lo más profundo de mi cuerpo y eso lo hizo todo mucho más difícil.

Sus dedos desaparecieron y el cristal me mostró el reflejo del siquiatra, que se incorporó un poco, atento a que yo había decidido hablar tras cuatro consultas de silencio. Me miraba extrañado y curioso al mismo tiempo, sin saber que despertaba en mí una furia irrefrenable.

—Es probable que arañara el suelo mientras… mientras se quemaba…

—¿Por qué demonios tuve que decir aquello? ¿Por qué tuve que cerrar los ojos y permitir a mi mente visualizar aquella escena de nuevo?

Cada segundo de ese recuerdo me resquebrajaba por dentro, pero era mi dolor y no quería compartirlo con cualquiera. No quería que aquel maldito hombre supiera que vi a Cristianno morir y que mi vida ya no tenía sentido sin él.

—Continua, Kathia —me pidió, interesado en seguir, en saber más.

Mauro

Roberto Messina cruzó metódicamente las piernas y echó una ojeada en mi dirección conteniendo todo lo que podía la tensión que le proporcionaba

mi presencia tras aquel espejo.

Angelo Carusso vio peligrar más que nunca sus intereses cuando Giovanna gritó y entró en el salón con las manos y la ropa cubiertas de sangre. A unos metros de allí, Kathia permanecía tendida en el suelo del lavabo, con una toalla cubriéndole la desnudez e inconsciente, mientras el agua de la bañera ondulaba con su sangre. Se había rasgado las muñecas con una pluma, y a los Carusso no les gustó que esa vez lo hiciera tan bien.

Por eso estaba sentada en el alfeizar de aquella ventana, en la consulta de aquel maldito doctor. Y así sería, hasta la boda.

—Háblame —insistió Messina.

Pero Kathia continuó mirando por la ventana.

Sibila me observó de soslayo con preocupación. Ella era la que protegía a Kathia de sí misma cuando Giovanna estaba en el instituto, y la que me avisaba cada mañana antes de entrar en la consulta.

—Esto es una locura —resopló dándole la espalda al cristal que nos mostraba el despacho de Messina.

—Lo sé —murmuré cabizbajo.

—¿Kathia…? —continuó Messina.

—¿Sabe que su presencia me pone muy nerviosa? —masculló Kathia con una voz tan grave que sorprendió a todos. Me provocó un escalofrío que me erizó el vello y mi cuerpo se tensó, preparándose para un momento incómodo.

Roberto mantuvo el tipo mirándola por encima de las gafas.

—Lo lamento.

—No es cierto —gruñó.

—Es lógico que al principio manifiestes rechazo y… —lo interrumpió saltando del alféizar con un movimiento muy brusco.

Se acercó a él, lentamente.

—Mi cometido en esta vida fue, es y será amar a Cristianno —dijo en voz baja, amenazante. Fui consciente de que había dejado de respirar cuando empecé a escuchar los latidos exigentes de mi corazón en los oídos.

De todas las cosas que esperaba oír de ella, aquella fue la más intensa. Ojalá Cristianno hubiera podido escucharlo…—. Todo lo demás no tiene sentido… Por tanto, su trabajo carece de importancia.

Messina se humedeció los labios con parsimonia, cerró el bloc y lo dejó sobre la mesita que tenía al lado. Después se quitó las gafas y miró a Kathia comprensivo, sin saber que la estaba llevando al borde de un ataque de nervios.

—Creo que no lo ha entendido, señorita —repuso—. Mi trabajo, Kathia, es mantenerla con vida.

Salí de súbito de aquel cuarto un segundo antes de que Kathia se lanzara a por el doctor.

—¡¡¡Hijo de puta!!! —gritó en el instante en que entré en la consulta.

Kathia le había cogido de las solapas de la chaqueta y le dio un puñetazo que lo envió de nuevo al sillón. Volvió a cogerlo, dispuesta a pegarle otra vez, pero la detuve sabiendo que forcejearía conmigo hasta que se diera cuenta de quien la retenía.

Le permití que me empujara, que me diera patadas, que incluso me insultara, hasta que la inmovilicé con mi cuerpo y la pared y cogí su rostro entre mis manos. La zarandeé un instante para que me mirara y cuando lo hizo casi me corta el aliento. Sus ojos se clavaron en los míos, enrojecidos, desesperados, con tanta intensidad que apenas pude mantener el control.

—Mírame, Kathia —susurré apoyando mi frente en la suya—.

Concéntrate en mí. —Ojalá ella hubiera sabido lo que me costaba digerir aquello.

Kathia respiraba descontrolada, gemía con cada bocanada de aire y su cuerpo se sacudía casi con violencia. Fue entonces cuando me di cuenta de que había empezado a llorar. Una de sus lágrimas resbaló por mi mejilla.

—Sácame de aquí, Mauro… —me pidió entre jadeos, aferrándose al cuello de mi chaqueta como si su vida dependiera de ello—. Llévame con él…

La abracé y obedecí sin pensar en nada ni nadie más que en ella y en su deseo por estar con nuestro primo.

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