Colapso
Capítulo 28
Kathia
—¡Kathia! —me llamó Giovanna entre la gente.
Traté de esquivarla acelerando el paso y saliendo del tumulto, pero ella insistió como buena Carusso que era. No se daba cuenta de que no quería hablar con ella, no quería tener nada que ver con ella. Y tampoco estaba en mis plenas facultades como para soportar tenerla cerca. Bastante tenía ya con estar allí.
—Kathia… —Finalmente me cortó el paso—. ¿Estás esquivándome? —
Resoplé y me sentí muy furiosa conmigo misma al darme cuenta de que seguía confiando en ella.
—¿Has disfrutado? —Mi voz sonó más ronca de lo normal. No estaba acostumbrada a hablar tras haberme tomado una pastilla de Ketamina.
Giovanna frunció el ceño, extrañada, y negó varias veces con la cabeza.
—¿A qué te refieres? —preguntó.
—Eres una zorra —mascullé y la aparté de mi camino con un empujón
—. No sé por qué demonios confié en ti. —Continué caminando creyendo que aquello la haría desistir y me dejaría tranquila de una maldita vez.
Pero me equivoqué.
—Kathia, espera… —dijo tras de mí—. No tenía elección. —Por tanto sabía perfectamente a lo que me refería. No tendría por qué haberse extrañado tanto.
—Ya, claro —repuse irónica—. Esa es buena.
Me cogió del brazo y me obligó a mirarla.
—Mauro estaba allí… —dijo brusca, sin hacerse una idea de lo mucho que cambiaba mi punto de vista tras haberla escuchado—. Tenía que
engatusar a Valentino, no podía permitir que lo descubrieran…
¿Por eso se había acostado con él? ¿No podía permitir que su querido amante descubriera a un Gabbana? ¿Qué demonios quería decir con aquello? ¿Y por qué se ponía tan nerviosa cuando nombraba a mi primo?
Entrecerré los ojos y la acusé con la mirada hasta que logré que ella bajara la cabeza y empezara a estrujarse los dedos, demasiado inquieta.
—¿Qué tienes con Mauro Gabbana, Giovanna? —Lo pregunté despacio, dando el hincapié necesario a cada una de mis palabras para determinar su reacción.
Ella tragó saliva y le tembló ligeramente el labio, pero no se atrevió a mirarme fijamente.
—Yo… —jadeó. Y fue suficiente.
—Te has enamorado de él… —susurré muy bajo.
Giovanna cogió aire entrecortadamente y miró al cielo. Después se recompuso el cabello con un gesto un tanto alterado y se decidió a mirarme.
—¿Te das cuenta de que acabo de darte la opción de que me destruyas ante Angelo Carusso? —Lo admitía.
—¿Qué quieres decir?
—Que si mis intenciones no fueran sinceras, lo habría negado.
Tal vez aquella conversación habría durado más, pero la música se detuvo y la gente comenzó a aplaudir emocionada dirigiendo su atención hacia el escenario central. Giovanna también miró, pero lo hizo suspirando y más pendiente de lo que acababa de hablar conmigo que del hecho de que su tío acababa de ponerse ante un micrófono para soltar un discursito.
—Muchos os preguntaréis “¿qué demonios hace ese viejo parando la fiesta?” —Carcajadas entre la gente, náuseas en mí. Un temblor en Giovanna—. No es mi intención interrumpir esta magnífica reunión, pero no puedo quedarme sin deciros que es un orgullo para mí que estéis aquí esta noche, en mi casa. En la mansión Carusso. —Más aplausos.
Acerqué mi mano a la de Giovanna y la envolví sabiendo que ella no tardaría en responder a la caricia. Ambas estábamos metidas en grandes problemas al habernos enamorado de un Gabbana. Definitivamente las cosas entre nosotras jamás volverían a ser como antes. Ahora compartíamos demasiado.
—Por eso quiero proponer un brindis. —Angelo alzó su copa de champán y permitió que su esposa se acercara a él y le envolviera los hombros en un meloso abrazo—. Nos alzamos triunfantes sobre nuestros enemigos. ¡Por el poder!
—¡Por el poder! —gritó la gente.
—Hijo de puta… —susurré y Giovanna apretó más mi mano.
Angelo le entregó la copa a Olimpia y volvió a acercarse al micrófono.
—Ahora me gustaría poder bailar con mi hija… —dijo orgulloso.
Toda la atención se puso en mí y la gente comenzó a retirarse hasta formar un pasillo que me dejaba el camino libre hacia la pista central de baile. Angelo se bajó del escenario y caminó parsimonioso hasta el maldito centro.
—No pienso ir… —murmuré sin quitarle ojo al Carusso, que me miraba con media sonrisa en los labios.
Tuve un fuerte escalofrío y un latigazo me recorrió la espalda hasta erizarme el vello de la nuca. Aquella era la señal de que no debía tentarme demasiado sino quería tener problemas. Estaba bajo los efectos de la ketamina, era cambiante, y cualquiera de mis reacciones podía poner en peligro a los Gabbana.
—Debes hacerlo, Kathia —siseó Giovanna ajena a lo que realmente me ocurría—. Es solo un baile.
—No es mi padre —espeté.
—Aun así todo el mundo lo piensa.
Todo el mundo me importaba una mierda. Pero empecé a caminar sin ser consciente de que incluso había comenzado a sonreír. Acepté la mano que Angelo me ofrecía y le pasé una brazo por los hombros al tiempo en que la orquesta empezaba a interpretar Over the love del grupo de Florence.
Tragué saliva obligándome a tomar las riendas de mi fuero interno.
Angelo se movía lento y elegante, trasladándonos con sutileza por la pista de baile bajo la mirada tierna de todo los invitados.
Cerré los ojos.
Jamás había bailado así con Cristianno…
—¿Diste tú la orden? —pregunté al tiempo en que imaginaba a Cristianno paseando entre la gente. Contuve una lágrima.
—No necesitas que te diga algo que ya sabes. —Lo que respondía con un sí a todas mis preguntas.
Él había matado a Cristianno y ni siquiera se había manchado las manos.
Mi sangre comenzó a bullir como una pastilla efervescente y apreté los dientes hasta que me crujió la mandíbula. Si hubiera dejado que mi cuerpo reaccionara libre tal vez le habría arrancado la yugular de un mordisco y después escupido en su maldita cara. Pero Enrico me miraba y sabía que, si me veía responder así, algún Gabbana caería esa noche.
Así que me contuve.
Y me concentré en la repentina agitación de varios de los esbirros que vigilaban la fiesta. Se movían de un lado a otro y varios de ellos abandonaron con paso ligero el jardín, perdiéndose en el interior de la mansión. Algo extraño pasaba.
—Señor Carusso… —Uno de los esbirros de Angelo disminuyó el ritmo de nuestro baile—. Tenemos un problema. Será mejor que venga. —
Estaba pálido y miraba a su jefe con fuerza.
Angelo me soltó aprisa y salió tras el esbirro creyendo que yo me quedaría en la pista de baile. Así fue, al menos durante el tiempo que tardó la gente en hacerse con sus parejas y ponerse a bailar. Aproveché el tumulto y me escabullí antes de salir corriendo tras los esbirros.
Llegué al vestíbulo y miré al mí alrededor. Les había perdido la pista…
pero no desistiría. Debía descubrir lo que sucedía fuera como fuese, porque algo en mi interior me decía que tenía que ver con los Gabbana.
Me asomé a la ventana y contuve una exclamación llevándome la mano a la boca. Creo que en ese momento toda la maldita droga se evaporó de mi organismo. Graciella estaba en la verja principal y apuntaba a Angelo con un arma sin prestar atención a que una docena de hombres la apuntaban a ella.
Me aparté de un saltó y noté cómo mi mente se bloqueaba y se hacía añicos. No sabía qué demonios hacer. Había esbirros en todo el porche delantero, me costaría salir e ir hasta mi tía. Necesitaba un arma, algo con lo que poder apartarlos de mi camino.
Tropecé con una de las refinadas sillas que había en la esquina y me apoyé en la mesa para evitar caerme. Mis reflejos no estaban muy por la labor, pero mi instinto más siniestro sí y vio en aquel bonito rincón decorativo el arma perfecta.
Tiré la silla al suelo y le di varias patadas a una de las patas de madera.
Varios invitados que pasaban por allí se me quedaron mirando. Conseguí astillarla y tiré hasta que la arranqué. No haría mucho daño con aquello, pero un buen golpe sí podría propinar. Así que eché a correr sin pensármelo demasiado.
A uno de los esbirros puede esquivarlo agachándome y a otro dando un pequeño rodeo que me complicó un tanto la huida al arrinconarme contra la barandilla. Pero me apoyé en ella, cogí impulso y la salté obviando que rodaría por la hierba por culpa de mis tacones. Me incorporé rápida y salí corriendo antes de darme cuenta de que un tercer esbirro corría hacia mí.
Cada vez lo tenía más cerca y no podía esquivarlo porque me venía de frente. Dar un rodeo hubiera sido perder el tiempo, así que apreté con fuerza la pata y fui ralentizando mi paso. Lo esperé y le solté un golpe en la cara que dejó restos de sangre en la madera astillada. Su cabeza hizo un desagradable gesto antes de caer.
Eché a correr como si se me fuera la vida en ello.
Graciella temblaba y soltó el arma cuando uno de los esbirros le propinó un fuerte puñetazo. Cayó al suelo, totalmente desorientada, y sin ser consciente de que iban a matarla. El maldito esbirro se preparó para disparar… y el chasquido del cargador me propulsó hacia delante con tanto ímpetu que resbalé sobre la gravilla del camino al interponerme entre la pistola y mi tía.
Se me enredó la falda del vestido entre las piernas, pero aproveché el impulso para levantarme. Extendí los brazos en un intento por dar el alto.
—Teníamos un acuerdo, ¿recuerdas? —jadeé por el esfuerzo y el miedo.
Angelo abrió los ojos sorprendido por mi intromisión, pero rápidamente se recompuso y me miró malicioso. Aquella mirada me confesó el poco tiempo que tenía para poner a salvo a Graciella. Iban a matarla de todos modos.
—Esto no tiene nada que ver, Kathia. —Angelo quiso jugar conmigo.
—Ningún Gabbana corre peligro si a cambio obedezco —le recordé.
—Este Gabbana en concreto se ha plantado en mi fiesta con toda la intención de matarme. ¿Esperas que sea benévolo?
—Mataste a su hijo. ¿Esperas que ella lo sea? —Graciella se levantó poco a poco y la coloqué tras de mí atenta a la cantidad de armas que nos apuntaban.
Fui retrocediendo hacia la verja, empujándola con pequeños empellones en los pies. Graciella jadeaba y su aliento impactaba en mi cabello transmitiéndome más temor del que demostraba. Me cogió de la mano y apretó con fuerza. Si hubiera sabido que podía, me habría dado la vuelta y la habría abrazado.
—Angelo, deja que se vaya —supliqué.
Sarah
Valerio detuvo el coche y se bajó veloz segundos antes de percatarnos de la presencia de Kathia protegiendo a Graciella.
—¡Angelo! —gritó Valerio acercándose a la verja.
Le seguí cauta, observando cómo Mauro y Emilio se colocaban junto a Valerio echando mano de sus armas. Enseguida apuntaron a Angelo y… a Enrico.
Tragué saliva al verle unos metros detrás de los esbirros del Carusso, con las manos escondidas en el pantalón de su bonito traje y semblante del todo tranquilo. Me miró circunspecto. Y muy frío.
—Valerio Gabbana en mis dependencias, eso sí que es extraño —
parloteó Angelo acercándose a Graciella. Kathia no se lo permitió—. ¿Has visto lo que has provocado, Graciella? Ahora es probable que pierdas a otro hijo por no haber pensado las cosas.
—Nadie va a perder a nadie, Angelo —dijo Valerio paciente y tratando de serenar las cosas—. Nos llevamos a mi madre y dejamos esto como un encuentro fortuito, ¿entendido?
Lentamente fui acercándome a Graciella y la cogí del brazo. Kathia suspiró al verme.
—¿Es por eso por lo que has traído a tu jefe de seguridad? —Angelo señaló a Emilio, pero este no se intimidó ni un ápice.
—No era mi intención provocarte. —Me encolerizó ser testigo de la sumisión de un Gabbana. Eso mostraba cómo estaban las cosas.
—Olvidemos esto, Angelo —medié de pronto. Sé que no tendría que haber abierto la boca, pero fui puro instinto. Y me arrepentí de ello en cuanto vi a Mauro y a Valerio fruncir los labios.
Angelo puso su atención sobre mí.
—¿Y quién coño eres tú? —espetó antes de sonreír—. ¡Ah, sí! ¡La puta de Mesut Gayir!
Se me heló la sangre al percibir el despreció con el que me habló, y no pude remediar dirigir la mirada hacia Enrico, que continuaba impasible, inerte. Completamente quieto y contenido.
—¡Basta! —exclamó Kathia empujándonos a Graciella y a mí hacia atrás. Estábamos muy cerca del coche—. No consentiré que esto se alargue más, ¿me has oído? —Le plantó cara al que una vez creyó su padre—. Deja que se vayan.
Angelo permaneció unos segundos sin mediar palabra, absolutamente concentrado en Kathia.
—Muy bien —dijo sin más.
De pronto… se oyó un disparo.
Y después… empecé a sangrar.
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