Copista del rey Alfonso, La

Yael Guiladi · Capítulo 12 de 30

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Copista del rey Alfonso, La

Capítulo XI

Por primera vez desde su boda con Alfonso, Violante sintió en lo más hondo de su ser que, en efecto, era una reina. Fuera cual fuese la proposición que los dignatarios pisanos le presentasen a su esposo, tanto si era a favor del reino como si no, ella les estaría eternamente agradecida.

Nunca había sido objeto de tal admiración, jamás recibió tantos cumplidos, tan irresistibles lisonjas, tanta exquisita galantería. Las delicadas muestras de urbanidad que le prodigaron los italianos, la fascinación que brillaba en sus ojos cuando hablaban con ella, la hicieron sentirse algo aún más importante: una reina, desde luego, pero también una mujer atractiva, apetecible, incluso seductora. Mientras más la adulaban, mayor era su regocijo, descubriendo en sí misma la capacidad de coquetear con tanta elegancia como ellos.

Violante se deleitaba con estas sensaciones placenteras durante el banquete que su marido ofrecía en honor de los miembros de la embajada de Pisa. Con su refinado sentido estético, Alfonso había ordenado que toda la corte vistiera trajes de terciopelo negro recamado con hilos de oro, para amortiguar el contraste con las túnicas de púrpura y los mantos de paño dorado que los engalanaban a él y a la reina. Hasta los más mínimos detalles de esta opulenta aunque solemne escenografía habían sido diseñados como telón de fondo para el brillante despliegue de color que hacía tan célebres a los italianos. Con absoluta naturalidad y donaire, los delegados pisanos lucían sus galas escarlatas, verdes y ocres a juego con los imponentes rubíes de los anillos que relucían en sus dedos, mientras desmembraban bogavantes, sorbían ostras o saboreaban crujientes empanadas rellenas de lenguados de excepcional suavidad. Pulcramente y con precisión, manipulaban los cuchillos de mango de oro cortando alondras y palomas rellenas sazonadas con clavo y piñones blancos; amén de las tajadas de carne de ciervo, los solomillos de ternera y el suculento y sabroso lechón que asaron entero en un espetón. Las enormes copas de oro, escanciadas sin cesar con los más selectos vinos escogidos por Alfonso, se alzaban una y otra vez en honor de los huéspedes, en una sucesión de elegantes brindis mutuos.

Pero la gran sorpresa que Alfonso reservó para sus invitados italianos vendría al final del banquete. Cuando los criados sirvieron las natillas, las frutas y los confites, un grupo de coristas e instrumentistas, sencillamente ataviados con apagados tonos azules y rojos, entraron en fila en el gran comedor. Se situaron entre los dos ramales de la mesa en forma de U, frente a los miembros de la realeza que ocupaban el asiento honorífico de la cabecera y entre los agasajados, sentados a ambos lados. Mientras los músicos afinaban sus instrumentos, concertando los rabeles con las cítaras y las flautas con las vihuelas en tanto que el atezado moro aplicaba el oído a su guitarra rasgueando las cuerdas antes de apretar las clavijas, Alfonso explicó a sus invitados lo que iban a oír: poemas en alabanza de la Virgen, escritos y musicalizados por él mismo:

—La primera cantiga se titula Santa María, estrella del día,y es una súplica para que «Nos muestre la vía hacia Dios». Como oiréis —agregó en un tono demasiado didáctico para el gusto de los pisanos—, el coro se repite al final de cada estrofa, rimando con el último verso.

Mientras los italianos se lamentaban para sus adentros, sin duda aquellas coplas serían interminables, Alfonso seguía hablando, aunque ahora con afectación, como si se desaprobara a sí mismo modestamente:

—La forma, claro está, es de origen árabe, pero gustosamente la he adoptado y adaptado, porque como poeta considero que se trata de un extraordinario desafío. Pero basta de prolegómenos. La música no se hace para hablar de ella, sino para oírla.

A una señal suya, los ministriles irguieron la espalda a la vez, los niños del coro dejaron de zangolotear, los cantores se aclararon la garganta.

Entonces todos respiraron hondo, y la música se derramó sobre el silencio de los comensales. Pura como el sonido de una campana de plata tañendo al despuntar la aurora, las voces se elevaron al unísono para luego bifurcarse armoniosamente: la voz más grave prolongándose sin cesar servía de fondo a la dulce y piadosa melodía que salía de las atipladas gargantas de los niños. Los invitados de Alfonso escuchaban cortésmente, ladeando las cabezas en un gesto de interés mientras marcaban el lánguido compás tamborileando con los dedos en las rodillas. Para alivio de los italianos, la cantiga no fue larga ni los estribillos del coro tediosos. Cada interpretación se cantó en diferentes polifonías, ora dominando los tenores, ora al unísono, ora el atiplado candor de los niños elevándose una vez más por encima de la masa coral. Incluso los sofisticados oídos italianos consideraron que tanto la

composición como la ejecución eran magistrales, y la armonía, no del todo desagradable.

Cuando la música cesó, colmaron de elogios a Alfonso por la diversidad de su talento artístico, encomios que él aceptó con un orgullo que apenas se molestó en disimular. ¡Y cuánto se ufanaba Violante de su virtuoso marido!

Estimulado por los homenajes de sus convidados, Alfonso reanudó sus explicaciones con más vehemencia que antes:

—La próxima cantiga no se parece mucho a lo que estáis acostumbrados a oír, ni por el tema ni por la forma. Refiere el milagro que Nuestra Señora le concedió al rey de Marrakech, quien derrotó a otro rey moro de la parte enemiga gracias a la intervención divina. Como podréis oír, el estilo musical está en perfecta armonía con la índole del acontecimiento.

—¿La Virgen intervino a favor de un moro? —preguntó perplejo el más joven de los pisanos.

—¿Y por qué no? —contestó Alfonso secamente—. Como dice el poema: «Aunque sean gentes de otra ley y descreídas, la Virgen ayuda a quienes más la aman».

Escépticas cejas se enarcaron, acá y allá, entre los italianos; pero cuando las percusiones de un compulsivo tambor moro anunciaron la

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llamada marcial de la chirimía morisca,

un sobresalto los arrancó de la

somnolencia que les había provocado el suntuoso banquete. Evidentemente, los miembros de la embajada de Pisa no estaban acostumbrados a esta música tan extraña, cuyas estridencias destrozaban sus sensibles tímpanos a tal punto que ya no podían reproducir con los dedos el desconocido ritmo.

Durante toda la representación, se movían inquietos, malhumorados, restregándose contra el respaldo de las sillas, haciendo girar rápidamente los anillos en sus nerviosos dedos mientras las estrofas seguían desgranándose con sus monótonos versos. Cuando el cantar concluyó, la reacción de los huéspedes fue de evidente indiferencia.

—Absolutamente inaudito —se vio obligado a murmurar el jefe de la delegación, un diplomático a carta cabal.

—Siendo un monarca tan devotamente cristiano, resulta muy tolerante que incorporéis tantos rasgos de la música de los infieles en la vuestra, y que les permitáis tocar sus instrumentos en vuestra corte —agregó, con menos tacto que su superior, el miembro de menor rango de la embajada.

—Hace muchos años que los moros están en estas tierras —respondió Alfonso, esta vez bruscamente, a la apenas velada crítica—. Es más, ninguna cultura, proceda de donde proceda, debe ser menospreciada.

Gracias a Dios, la última cantiga se cantó en un alegre canon cuyo pegajoso ritmo de danza hizo que los pisanos lo marcaran con los pies. De no haber sido por eso, lo más probable es que hubieran dado alguna que otra cabezada…

Cuando se acabó la fiesta, y los huéspedes y cortesanos se dispersaron, Violante, pletórica de su recién adquirido amor propio, siguió a su marido hasta el dormitorio, donde le preguntó abiertamente cuál era el objeto de la visita de los pisanos:

—¿No habrán venido sólo para proponernos un convenio comercial, verdad?

—No, claro que no. Es más, mucho más que eso. Mi queridísima reina, es la Corona del Sacro Imperio Romano lo que han venido a ofrecerme.

Violante lo miró detenidamente, en silencio, sin comprender.

—¿No lo ves? —exclamó Alfonso, emocionado y eufórico en la fiebre de su imaginación—. Como nieto de Federico II de Suabia, quien fuera emperador durante treinta años, tengo legítimo derecho a la candidatura.

Después de su muerte, poco antes de la de mi padre, su hijo y sucesor, mi tío Conrado, heredó la corona; pero ahora que está muerto, yo tengo el derecho a sucederlo. Los pisanos han venido a ofrecerme su apoyo ante los príncipes alemanes para mi elección.

—Pero… ¿por qué los pisanos?

—Porque ellos y sus partidarios en Italia, el partido de los gibelinos, defienden el mismo principio político de la dinastía Hohenstaufen, de la cual mi madre y mi abuelo, el emperador, eran descendientes; es decir, que los papas no tienen derecho a ejercer ninguna tutela sobre los soberanos cristianos cuyo poder y autoridad deben ser absolutos dentro de sus respectivos reinos.

—Entonces el Papa no confirmará tu elección.

—Alejandro dio a entender a los pisanos que lo desea. Las excelentes relaciones que mantengo con él están basadas en el mutuo respeto de nuestras respectivas esferas de influencia. A diferencia de otros, yo nunca he interferido en sus disputas con los gibelinos en Italia.

—Pero estas perpetuas luchas por el poder entre el Emperador y el Papa, el Estado y la Iglesia, güelfos y gibelinos, con los reyes y príncipes de

Europa constantemente tomando partido, es un asunto realmente muy complicado —perseveró Violante—. Si resultaras elegido, te verías implicado en todo eso. ¿Es eso lo que realmente ambicionas? El Sacro Imperio Romano está tan lejos y es tan irrelevante para nosotros aquí, en Castilla, donde tenemos incontables problemas que resolver por nuestra propia cuenta: nobles disgustados, levantiscos moros, amenazadores marroquíes…

—Pero ésa es precisamente la cuestión, ¿no lo ves? Cuando sea investido con el poder y el prestigio de sacro emperador Romano, ni un solo barón cristiano, ni un solo señor de la guerra árabe, se atreverá a desafiarme. Mi autoridad sobre Castilla será absoluta, tal y como yo concibo que ha de gobernar un soberano, y conseguiremos el puesto de honor que merecemos entre los países cristianos de Europa. No pienso dejar escapar esta oportunidad. Estoy decidido. Pero, ¿por qué te calientas la cabeza con todos estos enredos políticos?

—Porque te amo y quiero que tu reinado sea el más grande que Castilla haya conocido jamás.

—Así será, te lo prometo, grande en hechos y grande en palabras. Pero ahora, dime, futura emperatriz, ¿qué opinas de las cantigas que acabas de oír?

—Preciosas —respondió Violante como era de rigor, aunque de hecho no tenía buen oído para la música.

—Los italianos estaban absolutamente pasmados ante la variedad de temas y estilos que tenemos en España para enriquecer nuestras hazañas artísticas, pero sólo les he mostrado una pálida muestra de lo que tengo en mente. Antes de culminar la obra que he concebido, habré compilado, para versificar y musicalizar, cientos de milagros atribuidos a la Santísima Virgen María, tanto por los más eruditos como por las leyendas populares; tanto aquí, en nuestro propio reino, como en otras tierras de la cristiandad.

A esos milagros, añadiré cantigas de loor de mi propia cosecha, iguales que las que has oído esta noche, y luego ambas, poesía y música, serán encuadernadas en un solo volumen. Pero no me detendré ahí. Para ilustrar ciertos milagros, las páginas estarán miniadas, y las iluminaciones de mis poemas serán tan magnificentes como esos versos de amor, exquisitamente adornados, que tuviste la delicadeza de enviarme.

Alfonso hizo una pausa y, tras depositar un agradecido beso en el muy largo cuello de su esposa, prosiguió:

—Quiero que esa obra sea el manuscrito más exquisito que jamás se haya visto en Europa. Un contrapunto de arte, literatura y música sin parangón, la más grandiosa realización cultural de nuestro tiempo. Tendrás más de un motivo para estar orgullosa de mí, querida reina.

Entonces, cambiando súbitamente de actitud, manifestó una efusión de intimidad que Violante hacía tiempo ya no ansiaba:

—Esta noche estuviste radiante. —Mientras hablaba, le quitó la diadema y empezó a acariciar indolentemente sus cabellos—: Los italianos no dejaron de agasajarte toda la noche. Eso me puso un poco celoso.

Violante se sonrojó, un poco turbada, sintiéndose algo culpable, pero de hecho muy satisfecha.

—Ya sabes —siguió él—, pura palabrería: fachenda de mujeriegos. En la cama, no hay quien me supere. Eso también se lo demostraremos al mundo entero con la numerosa progenie que vamos a engendrar. Ven, mi reina.

Aunque físicamente no hacían una buena pareja, ella le sacaba una cabeza, y era escuálida en contraste con su tendencia a la gordura, la pericia de Alfonso era tal que se las apañó para hacer el amor con su mujer sin mirar, mucho menos tocar, sus dientes de caballo, y casi sin rozar sus húmedos, desmesurados y carnosos labios. Menos por deseo que por cumplir con su deber, consiguió arrancarle ciertas deleitosas sensaciones, pero como Violante nunca había tenido un amante, creyó que esas cosas solían ser así.

∗ ∗ ∗

Don Salomón ibn Zadok de Toledo, también llamado don Zulema, y don Isaac ibn Yatom comían despacio durante la cena del sabbath.

Pausadamente bebieron vino y escogieron distraídamente las frutas amontonadas en la larga mesa, sin hacer caso del barullo que los rodeaba mientras Ana trajinaba de aquí para allá llevando a los niños a la cama.

—No puedo comprenderlo, no comprendo nada —repetía gravemente don Zulema, clavando la vista en el vino mientras removía su copa—. ¡Un hombre de su inteligencia engañado de esta manera! Sea lo que sea lo que el Papa o los pisanos hayan podido hacerle creer, Alejandro nunca confirmará su elección al trono como sacro emperador Romano. Porque la sola mención de la dinastía de los Hohenstaufen es un anatema para la

Santa Sede. Se rumorea que el supuesto apoyo de Alejandro a la candidatura de Alfonso no es más que una componenda papal para debilitar a los gibelinos. El objetivo es dividir sus alianzas: por una parte con Manfredo, hijo bastardo de Federico, cuyas tiránicas tendencias temen; y por otra, con Alfonso, cuya lejanía acogen favorablemente. Es el viejo recurso de «divide y vencerás». Puede que yo esté equivocado, pero es como si Alfonso estuviera completamente ajeno al semillero de intrigas que entraña el conflicto entre el Imperio en rápida desintegración y la Santa Sede. Y, por si fuera poco, el rival de nuestro soberano es Ricardo de Cornualles, quien le disputa el título, aunque no cuenta con el apoyo papal.

En fin, yo estoy aquí, en Galicia, para emprender mi nueva misión.

—¿En qué consiste?

—Como almojarife mayor, encargado de recaudar los tributos reales, tengo que ir por todas partes incitando a los cogedores para que trabajen con el máximo celo, aconsejándoles la manera de reunir la cantidad indispensable para sobornar a los electores alemanes con vistas a que voten por Alfonso en su candidatura al trono imperial. ¡Necesitamos veinte mil marcos por cada elector alemán! ¡Es un escándalo! ¿Cómo un hombre de su erudición no comprende que yendo en pos de esa ilusión lo único que conseguirá será incrementar aún más el malestar entre los nobles? Para ellos, el Sacro Imperio Romano sólo significa una cosa: peticiones suplementarias de dinero para financiar su candidatura. Corrígeme si me equivoco, pero dentro de poco nuestro dinero será devaluado, creando otro motivo de queja. Por ambicionar una distante corona, Alfonso está poniendo en peligro la que ya tiene. Si pudiera ver cómo su hijo dilapida la gran herencia que le dejó, Fernando se revolvería en su tumba.

—¿Nadie ha intentado hacerle entrar en razón?

—No creo que nadie se atreva. A lo mejor la reina lo ha intentando, pero sus esfuerzos, en el mejor de los casos, habrán sido insuficientes. Lo más que ella puede hacer es llevarlo a la cama de vez en cuando, contenta de conseguirlo a pesar de todas sus rivales. No, el sentimiento general es que, pese a su propensión a la veleidad, en este asunto, la aspiración del rey es irrevocable.

—¿Cuál es la reacción de la Iglesia, aquí en Castilla, con respecto a sus aspiraciones imperiales?

—También está creando animosidad en el clero, porque está interviniendo en algunas de las más lucrativas fuentes de ingresos

eclesiásticos, una parte del diezmo, por ejemplo. Eso forma parte de su fe en el poder absoluto, lo cual incluye, por supuesto, la oposición a cualquier forma de interferencia de la Iglesia en su gobierno.

—Lo que me cuentas no augura nada bueno para nosotros, ¿no te parece? Contigo al frente de las rentas del país, y con los muchos judíos que has nombrado como cogedores, no vamos a granjearnos precisamente la simpatía del pueblo…

—Mientras llenemos sus arcas, Alfonso nos protegerá. Aparte de nosotros, ¿quién podría hacer ese trabajo? Los nobles no saben hacer otra cosa que combatir, y los campesinos sólo saben cultivar la tierra. Somos los únicos capaces de administrar sus finanzas.

—Con la ventaja adicional de que, si vuestro trabajo no le parece satisfactorio, puede castigaros sin arriesgarse a provocar una sublevación armada.

—A ese peligro siempre hemos estado expuestos.

—Si lo piensas bien —reflexionó Isaac llenando la copa vacía de don Zulema—, nosotros podríamos convertirnos en una conveniente moneda de cambio en medio de las pugnas entre la Iglesia y el Estado. A cambio de la autorización para catequizarnos con el fin de convertirnos, como está permitido en Aragón, según creo, el clero podría considerar la posibilidad de aportarle rentas adicionales al rey.

—Lejos de eso, no ha dado ninguna señal de encaminarse en esa dirección. Alfonso nunca ha creído en la conversión forzada, aunque, por supuesto, nunca se sabe… Ha cambiado de opinión tan a menudo en tantas otras cuestiones…

—Pero, a juzgar por lo que me has contado, no lo hará en lo que concierne al Sacro Imperio Romano.

—No. Por eso no temo que se desvíe. Lo único que tenemos que hacer es tratar de que nuestros servicios sean indispensables para él.

—Así es, pero tal y como lo veo, no sois los únicos a quienes la Iglesia podría amenazar. ¿Qué pasa con nuestros eruditos y traductores, quienes, por iniciativa del rey, están poniendo toda clase de conocimientos a disposición del pueblo?

—Ésa es otra de las obsesiones de Alfonso. En su nuevo código de leyes hay una cláusula estipulando que los tutores deben enseñar a leer y a escribir a sus pupilos.

—¿Crees sinceramente que los curas se quedarán de brazos cruzados mientras ven cómo pierden poco a poco el dominio exclusivo que ejercen sobre la enseñanza?

—Para serte franco, amigo mío, he estado demasiado ocupado con los problemas fiscales para detenerme a pensar en ese asunto.

—En cambio, a mí me preocupa muchísimo, ya que un tal don Álvaro, un monje exclaustrado del monasterio cisterciense de la isla de Tambo, está participando codo a codo con mi hijo Manuel en la traducción del Régimen de Salud, de Maimónides, trasladando su versión romance al latín. No puedo dejar de intuir que lo han enviado como una especie de censor, como si existiera la sospecha de que Manuel, de alguna manera, pudiera adulterar el texto original en detrimento del rey. ¿Acaso hay un medio más eficaz para desacreditar el trabajo que nuestros eruditos realizan al servicio del rey?

—No creo que tengas que meterte en eso. La importancia del proyecto es tan íntima para Alfonso, que no debe prestar oídos a calumnias tan perversas. Sin embargo, la situación es bastante alarmante. Lo más que puedo decirte es que si Alfonso tuviera un ápice de perspicacia política, renunciaría a su candidatura al Sacro Imperio Romano y se consagraría a problemas más próximos e inmediatos, aquí en su patria; pero, como ya dije, es poco probable que lo haga. Con una disposición de ánimo legalista, está decidido a defender la legitimidad de su aspiración a un título que supone le traerá inmenso prestigio, tanto en Castilla como en otros países europeos. Me gustaría pensar que tiene razón. Gracias a su erudición, o tal vez a pesar de ella, puede que esté dotado de una clarividencia mucho más grande de la que le atribuimos.

Isaac suspiró pensando en la perpetua inseguridad del pueblo judío y, levantándose pesadamente, fue a trancar la puerta, pues ya había anochecido.

—El tiempo lo dirá —dijo mientras acompañaba a don Zulema al fondo de la casa, donde Ana había dispuesto una mampara que creaba un espacio para uso exclusivo de su distinguido huésped.

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