Copista del rey Alfonso, La

Yael Guiladi · Capítulo 2 de 30

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Copista del rey Alfonso, La

Capítulo I

El maestre Luis se santiguó deprisa, respiró profundamente y, antes de entrar en la cámara del rey, se secó las manos, sudorosas de aprensión, frotándolas en la vistosa túnica listada. Sabía de antemano que la entrevista iba a ser conflictiva. La cacería prevista para esa mañana, cuyos preparativos fueron exhaustivos, se había suspendido a última hora. Al parecer, el árabe Sa'id, el experto halconero mayor, tenía fiebre y estaba débil, así que el rey se opuso tenazmente a confiarle sus preciosos pájaros a nadie y, en un acceso de cólera, decidió cancelar la partida de caza.

Eso bastaba para poner de mal humor al rey Alfonso, pero su sufrido notario ya estaba acostumbrado. Otra era la causa de sus temores. En un acto de imprudencia, había pensado que mientras Alfonso estuviera ausente de Sevilla —unos quince días—, podría resolver las dificultades surgidas en el repartimiento de los lotes de tierra concedidos a los nobles. Difícilmente podía haber previsto tan inoportuno contratiempo y, de resultas, ahora el monarca lo llamaba a dar cuenta sin que los documentos estuvieran a punto para la firma real.

Cuando entró en sus habitaciones privadas, encontró a Alfonso X —

indiscutible soberano de Castilla y León— hundido en un sillón de madera, acodado en la intrincada talla del curvado brazo, con la mohína barbilla apoyada en la palma de la mano. La cicatriz debajo de su rubia ceja izquierda enrojeció de ira, temible señal de mal genio, mientras un menudo y pulcro pie, calzado con delicada piel de gama, golpeaba el suelo lenta y uniformemente con ritmo desalentador.

—¡Conque vienes con las manos vacías, maestre Luis!

—Me temo que así es, majestad. El registro de las heredades correspondientes a los doscientos caballeros y nobles designados por vos aún no está terminado.

—¿Y por qué no? Bastante tiempo te he concedido, ¿no?

—No es un problema de tiempo, majestad.

—Y entonces, ¿cuál es el problema?

—La escasez de agrimensores hábiles aquí, en Sevilla, majestad. Los mejores, que eran los árabes, se marcharon ya en tiempos de vuestro padre,

el rey Fernando, inmediatamente después de la reconquista. Por nuestra parte, hemos dado pruebas de una irremediable ineptitud para repartir los olivares, los viñedos, las tierras de regadío y los trigales en las proporciones indicadas por vos.

—Lo que equivale a decir que sin los árabes somos incapaces de medir y distribuir las tierras que les hemos conquistado —dijo bruscamente Alfonso, taconeando aceleradamente mientras su pecosa cara enrojecía de frustración.

—No, señor. La situación no es tan desesperada. Estoy a punto de hallar la solución del problema. En cuanto advertí dónde radicaba la dificultad, hice minuciosas pesquisas para averiguar cómo resolvieron el asunto en el reino de vuestro suegro, en Aragón. Por suerte para nosotros, descubrí que el tratado de geometría exigido para llevar a cabo el censo de las tierras, lo escribió hace años un erudito judío de Barcelona, un tal Abraham bar Hiy-ya, creo. Se trata de un estudio redactado en hebreo y basado, al parecer, en textos árabes. En cuanto corrió el rumor de su existencia, un italiano llamado Platón de Tívoli viajó apresuradamente a Barcelona y, junto con Abraham, tradujo la obra al latín, de modo que se divulgó en toda Europa. Ahora tengo una copia de ese manuscrito en latín, lista para ser enviada con nuestros agrimensores al monasterio cisterciense de la isla de Tambo y ordenar a los monjes, que saben árabe y latín, que les expliquen exactamente cómo deben proceder.

—Maestre Luis, si no te conociera mejor pensaría que no estás en tus

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cabales. ¿Qué sentido tendría haber fundado el Estudio General

aquí mismo, en Sevilla, si ahora tenemos que enviar a nuestros agrimensores hasta la remota isla de Tambo, frente a la costa gallega, con un ejemplar en latín de una obra originalmente escrita en hebreo, basada en principios árabes, para que sea descifrada por unos monjes que evitan cualquier contacto con el mundo exterior? Eso sería como si llevaras tu mano derecha por detrás de la nuca para rascarte la oreja izquierda. Lo único que necesitamos es encontrar el manuscrito original árabe, recurrir a uno de los maestros árabes de nuestra nueva escuela, y que les explique su contenido a los agrimensores en cristiano, en llano romance. ¿No se te ocurrió una solución tan obvia como ésta, maestre Luis?

—Me pasó por la cabeza, majestad, pero me temo que en nuestro pobre castellano no existen los términos apropiados.

—¡Si no existen, los inventaremos! No sólo porque carezcamos de palabras vamos a vernos privados de la pericia y la sabiduría que los árabes han acumulado en tierras de España durante todos estos años.

De repente el pie cesó de taconear. Impulsado por la acción, Alfonso se puso en pie de un salto. Sus brillantes ojos azules llamearon con las chispas de una visión interior, todo su ser vibró con creadora energía y empezó a dar vueltas por la habitación ágilmente, pasándose una mano por la rubia cabellera bastante larga mientras hablaba:

—¿Dices que el tratado usado en Aragón estaba escrito en hebreo?

Entonces debemos tratar este asunto inmediatamente con don Mosca. Él sabrá dónde encontrar una copia en esa lengua y recurrirá a algún judío experto en matemáticas para que ayude a nuestros traductores en caso de necesidad.

—Enseguida iré a ver al ayudante de don Mosca para preguntarle dónde puedo encontrarlo.

—No es necesario. Sé dónde está. Esta mañana lo mandé a que reconociera a Sa'id. Envíale un mensajero con instrucciones para que se encuentre con nosotros en el Estudio General.

—¿Quién os acompañará, majestad?

—¡Pero, hombre, por supuesto que tú! Y trae el tratado en latín.

∗ ∗ ∗

Salah hacía lo imposible por volverse invisible. Rara vez levantaba los ojos para mirar de frente, pues confiaba en que si no miraba al mundo, el mundo tampoco lo miraría a él o, por lo menos, lo ignoraría. Y, en efecto, el mundo casi nunca le hacía caso. Durante el año que duró el asedio a la ciudad, sobrevivió pasando inadvertido, arrinconado entre las herramientas y los sacos de su destartalada cabaña de jardinero de donde al fin salió, hambriento pero ileso. Para su asombro, lo que siempre consideró como su señorío, ya que lo había cultivado cariñosamente toda su vida, había sobrevivido casi tan intacto como él. Tan impaciente estaba la caballería del rey Fernando por acometer victoriosamente las puertas de la derrotada ciudad, capital residual de la España almohade, que pasaron a galope tendido por el principesco vergel de extramuros ignorándolo de la misma manera que habían ignorado a Salah.

Tuvo suerte, pues el joven príncipe Alfonso se quedó prendado del jardín y del pabellón que se alzaba en medio de tanto frescor. Cuando lo visitó por primera vez y ordenó que lo preservaran, no preguntó por aquel jardinero esbelto como un junco que acariciaba delicadamente sus vástagos y pimpollos mientras les susurraba; simplemente se limitó a dar instrucciones para que lo contrataran y siguieran pagándole igual que antes.

En primavera y en las noches de verano, a la cabaña de Salah llegaba el ruido procedente del pabellón donde tenían lugar las fiestas del príncipe y las juergas con sus animados y jóvenes caballeros. Y a veces oía el eco de una risa de mujer mientras Alfonso paseaba con alguna beldad que él imaginaba tan etérea como la luna, bajando por las veredas perfumadas de

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azahar y jazmín que discurrían entre las fuentes de «su» jardín de crucero.

2 ] «Suyo» no sólo por la atención que le dedicaba, sino porque era una

herencia de sus predecesores árabes quienes, con arte consumado, lo habían plantado debajo del nivel de los senderos, de suerte que las hojas y las flores pudieran acariciar las babuchas de los califas y de sus séquitos al pasar. Pero ahora que Alfonso era rey, las cosas habían cambiado. El pabellón se había transformado en una escuela y, en vez de amantes, eran estudiantes quienes paseaban por las sendas, entre los macizos que él plantó hasta formar una deslumbrante alfombra de lirios, rosas, amapolas y narcisos para deleite de sus sentidos.

Esa mañana, como de costumbre, Salah no levantó los ojos cuando oyó piafar a los caballos y hablar a los hombres que echaban pie a tierra a la entrada del jardín. Pero al vislumbrar la calidad de los borceguíes, de refinado cordobán y blandísima piel de gama, que pasaban por el camino que estaba encima de él, adivinó que eran el rey y sus allegados en una visita de inspección al Estudio General.

Don Mosca ya estaba allí, inclinándose con redoblado servilismo para darle la bienvenida a su soberano. Todos entraron en el blanco pabellón octogonal, con don Mosca a prudente distancia, al igual que los demás cortesanos, quienes debían mantenerse alejados de su pequeño y macizo rey para atenuar la enorme diferencia de estatura que había entre ellos y el monarca. Mientras el rey recorría las hileras de estudiantes aplicadamente inclinados sobre las caligrafías arábigas, hizo señas a su médico judío para que se acercara, y le explicó sucintamente la índole de la tarea que tanto urgía.

—Con el mayor de los respetos, majestad —respondió don Mosca en tono bajo y confidencial—, no creo que ninguno de los maestros que están aquí posea los conocimientos matemáticos indispensables para llevar a cabo ese trabajo. El hombre que necesitamos es el rabí Zag. Es nuestro gran experto en cuestiones científicas, y domina tanto el hebreo como el árabe.

También es un verdadero mago inventando vocablos en castellano.

—Entonces me fío de ti, y te encomiendo que él y el maestre Luis trabajen juntos aquí para resolver este problema con la mayor brevedad posible.

—Así se hará, majestad.

—Maestre Luis, tienes permiso para retirarte, pero nunca vuelvas a presentarte ante mí con esa vestimenta. Es impropia de tu cargo.

El notario hizo una reverencia y se alejó a toda prisa experimentando un inmenso alivio, pues lo habían dejado escapar sólo con una amonestación de sastre. Pensaba que Alfonso apreciaría un toque de fantasía moruna en su vestuario, pero no… ¡Cuán imprevisible era su soberano!

Tras unas breves palabras de agradecimiento al enturbantado profesor que, aterrado por la visita del rey, casi se había esfumado entre sus alumnos, Alfonso siguió con su médico por debajo de una arquería adornada con una suerte de delicados espaldares primorosamente estucados a guisa de telaraña, que se prolongaba alrededor del espacio central del pabellón, separándolo del área exterior que en otro tiempo era una especie de galería techada para pasear. Allí, a la tamizada luz de las ventanas protegidas por tracerías de encaje de yeso, estaban sentados los estudiantes más aventajados, trabajando en sus primeros intentos de traducción del árabe al castellano.

—Y ahora, don Mosca —dijo Alfonso en tono más íntimo mientras paseaban alrededor del elevado, iluminado y ventilado lugar—, mis dolores de cabeza no se alivian. Ni tus fricciones con agua de rosas, ni los masajes en mis sienes, ni tampoco las espantosas sangrías detrás de las orejas han tenido el más mínimo resultado. Es indecoroso que el soberano de Castilla y León se vea indispuesto con tanta frecuencia. Si esto sigue así, tanto mis levantiscos nobles como mis más humildes súbditos me perderán el respeto.

Pensativo pero congraciándose, don Mosca escogió sus palabras cuidadosamente:

—Señor, quizás en gran medida esa molestia se deba a una combinación de factores ordinarios, es decir, a un estilo de vida que no concuerda con las arduas obligaciones que corresponden a su majestad, un monarca de vasta visión y gran estatura. Hace unos cincuenta años, nuestro gran filósofo y médico Moisés Maimónides prescribió un régimen especial de salud para al-Malik al-Afdhal, el primogénito de Saladino el Grande de Egipto. Os lo recomiendo afectuosamente como una guía útil a seguir en vuestra vida cotidiana.

—Supongo que esa guía está escrita en hebreo y en árabe, igual que los demás tesoros de sabiduría que vosotros, los judíos, habéis acumulado

—comentó Alfonso algo irritado.

—Así es, majestad.

—Entonces hay que traducirlo al castellano enseguida. Cualquiera que sea el precio, lo pagaré generosamente.

—Me encargaré de eso inmediatamente, majestad.

Los dos hombres estaban a punto de salir del pabellón por una pequeña puerta de madera ricamente tallada que daba al jardín, cuando súbitamente el rey se detuvo. Reteniendo a don Mosca por un brazo, le preguntó:

—¿Es una mujer la que está allí sentada, al pie de la ventana?

—Ciertamente, majestad. Es Beatriz, la hija de don Samuel, de bienaventurada memoria.

—¿No fue uno de los que nos fueron tan útiles en la organización del Estudio?

—El mismo.

—¿Y qué hace ella aquí?

—Cuando se inauguró esta escuela nos ayudó corrigiendo la caligrafía de los estudiantes, pero ahora que tenemos todos los maestros que necesitamos es más útil copiando los manuscritos árabes. Su padre le proporcionó una esmerada educación.

—Eso parece. Desde luego, está casada… ¿no?

—Con Benito Saboca, un ayudante del aduanero del puerto. Pero los tiempos que corren son duros, por eso ella redondea su caudal dándole un buen uso a su educación.

—¡Qué interesante! —susurró Alfonso sin dejar de contemplar la tenue silueta inclinada sobre una pequeña mesa de caballete al pie de la ventana.

—Pero no te dejo atender a tus pacientes, don Mosca, y tampoco te dejo encontrar al rabí Zag. Ahora puedes regresar a la ciudad. Me gustaría quedarme un rato meditando en el jardín que tanto me place.

Cuando don Mosca se fue, el rey Alfonso se acercó a Beatriz por detrás, sin hacer ruido. Asomándose para mirar por encima de su hombro, tan delgado que podían verse los huesos a través de la tela del discreto vestido, dijo:

—Vuestra caligrafía es exquisita, doña Beatriz.

Sacada de su abstracción, sobresaltada, Beatriz levantó la cabeza y se volvió para mirar a su interlocutor. Al instante lo reconoció, se puso en pie y, admirablemente tranquila, se inclinó en señal de respeto:

—Humildemente os doy las gracias por ese elogio tan generoso.

Asombrado al verla tan dueña de sí, Alfonso le hizo un gesto para que levantara la cabeza y entonces la sometió a un riguroso examen. Lenta y deliberadamente, su inexpresiva mirada iba de aquel pelo castaño a la despejada frente, desde sus relucientes ojos en forma de aceitunas a la nariz puntiaguda, a las enjutas y cetrinas mejillas, hasta llegar a la boca, cuyos labios juzgó un poquito finos. Antes de descender al resto del delgado cuerpo de la mujer, la mirada fija del rey se detuvo un momento en la hendidura que adornaba su estrecho y anguloso mentón. Por último, sus ojos recorrieron las largas manos huesudas y las delicadas yemas cuadradas de sus dedos, en los que no detectó ni la más mínima mancha de tinta.

Podría tener muy buen pulso, pero definitivamente no era bella. Y, no obstante, allí vibraba el talento, en aquellas pupilas que iluminaban su rostro con una viveza, cierta expresividad, que desviaba la atención de su falta de atractivos. «Extraña fisonomía», pensó mientras le preguntaba:

—Doña Beatriz, ¿supongo que escribís tan diestramente en castellano como en árabe?

—Quizá más, majestad. Indudablemente soy más rápida en los trabajos menos exigentes.

—¿Y en gallego?

—No conozco esa lengua.

—Sin embargo, es el idioma de nuestros trovadores y sois una mujer con alguna ilustración.

—Siento mucho no haber tenido ocasión de aprenderlo.

—No son muchos los que la han tenido aquí, en Andalucía. Pero tratándose de una persona con vuestra experiencia, a buen seguro podríais

copiar un manuscrito en esa lengua que fuera legible.

—Sin duda, pero sin una cabal comprensión de su significado, no podría garantizar que mi copia estuviera exenta de errores.

—¿Y suponiendo que el autor de la obra en persona os ayudara?

—Eso sería para mí un privilegio y un placer poco comunes —

contestó Beatriz cuyas pupilas destellaron desafiantes ante esa perspectiva

—, y una espléndida ocasión para aprender de un maestro.

—El poeta está delante de vos.

Alfonso miró de hito en hito a Beatriz creyendo que tal revelación alteraría su ánimo, su confianza en sí misma. Pero ella permaneció a pie firme, y sólo una efímera dilatación en el fulgor de sus ojos manifestó cierta sorpresa:

—Me siento profundamente honrada por la confianza que su majestad deposita en mí. Haré todo lo posible para ser digna de ella.

—No creo que sea algo fuera de lugar —contestó Alfonso dejando brillar, por un momento, un indicio de ardor en el sereno azul de sus ojos para atenuar la imponente tesitura de su voz—. Al final del jardín, apartado entre los parrales y los árboles frutales, hay un pequeño pabellón, una copia de éste a escala reducida. Allí, solo, suelo escribir mis versos los domingos, después de asistir a la misa del alba. Id allí el próximo domingo a las nueve de la mañana, y empezaremos.

Dicho esto, Alfonso dio abruptamente media vuelta y se dirigió a la puerta que daba al jardín, donde desapareció. Contemplándolo fija y estúpidamente, los estudiantes lo vieron alejarse, y luego, cuando se perdió de vista, miraron a Beatriz con una mezcla de curiosidad y envidia.

Abrumada por el encuentro con el rey, Beatriz casi no transcribió nada durante el resto del día. Pero a medida que su inicial y espontánea alacridad se iba sosegando, intentó valorar la situación con más serenidad. Una pregunta la aguijoneaba: ¿por qué entre todos los escribientes, calígrafos y copistas de Sevilla, muchos de los cuales la superaban en méritos, la había escogido a ella, una mujer, casada y judía? ¿Había venido el rey al Estudio especialmente para buscarla a ella o actuaba a merced de uno de esos repentinos caprichos por los que era tan conocido? Sea como fuere, y aunque no podía dejar de sentirse halagada por su interés, tampoco podía pasar por alto su recelo acerca de la índole, o la causa, de esa preferencia.

Cuando era un joven príncipe, Alfonso era famoso por sus escapadas amorosas, y aunque solía decir que había cambiado desde que empuñó el

cetro, al morir su padre hacía muy poco, exactamente en 1252, parecía improbable que su natural inclinación se hubiera modificado radicalmente.

Aquella fugaz chispa de admiración que ardió en su mirada no se le iba del recuerdo. Esa era una expresión que, por intuición, ninguna mujer podía ignorar. Sin embargo, ella sabía que no era una preciosidad. Estaba lejos de serlo. ¿Qué era, pues, lo que tanto le atraía? ¿Su inteligencia? ¿Su evidente deseo de aprender? ¿O acaso su condición de judía, algo que aún él no había saboreado, prometía ser una culminante experiencia para aquel tolerante monarca cristiano?

Su entusiasmo ante las perspectivas desplegadas por el rey disminuyó poco a poco. Sin ambición, pero en extremo perceptiva, a diferencia de las ignorantes mariposas nocturnas, siempre había pensado que era peligroso acercarse demasiado al lustre letal de los grandes y poderosos. En esas altas y brillantes esferas, no hay compasión para con el débil. Sin embargo,

¡cuántas mujeres, tanto de ilustre como de humilde cuna, estarían dispuestas a darlo todo con tal de ocupar su lugar en el pabellón real, el domingo por la mañana! Y ella, ¡cuánto más no daría ella, de buena gana, para que lo ocuparan!

«Si al menos pudiera contárselo todo a mi Benito», suspiró mientras la luz del sol languidecía. Empezó a limpiar sus plumas siguiendo un ritual orden jerárquico: primero la que usaba todos los días, la de ganso; luego la de cisne, de gran calidad; y por último, la de corneja, incomparable por la finura de las líneas que trazaba. Maquinalmente cerró los tinteros con tapones de corcho y los alineó pulcramente, dispuestos para el siguiente día.

Ya bastante desdichado era Benito ahora que ella trabajaba, no por placer, sino por pura necesidad. Y guardándose de los celos que estropeaban su, por lo demás, dócil carácter; no le pareció que hubiera motivos para despertar en su esposo una duda cuyo único fundamento residía, hasta ahora, en su íntima e instintiva aprensión.

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