Copista del rey Alfonso, La
Capítulo XIII
Inclinado contra las ráfagas de viento cuajado de aguanieve, el cuerpo de Isaac parecía una lámina de papel doblado. Su caballo, exhausto por el galope desenfrenado a que lo forzó tras la llamada urgente que recibió de El Cebrero, se detuvo bruscamente en la última cuesta cerca del puerto de Piedrafita. Isaac no tuvo más remedio que atarlo a un pino, cuyas ramas se doblegaban bajo el doble asalto del viento y la nieve, y continuar a pie.
Mientras subía a duras penas las últimas leguas que lo separaban del pueblo, la oscuridad se cernía y el aire se enfriaba cada vez más. La cortina de granizo no dejaba ver el contorno de la pequeña iglesia, ni los tejados de paja de las casitas que la rodeaban, ni tampoco la cuadrada mole de la torre-campanario, que el médico sólo pudo distinguir cuando prácticamente la tuvo encima. Muy cerca, una luz mortecina brotaba del hospicio de peregrinos donde le esperaba su paciente.
Isaac llamó prontamente a la puerta de madera empapada. Para su sorpresa, pasó algún tiempo antes que se oyeran unos pasos y el chirrido de los cerrojos abriéndose. Sólo podía haber una explicación para tanta lentitud, y la lúgubre expresión de los saltones ojos vidriosos del hermano lego que lo recibió confirmó su sospecha. Como ocurría de ordinario, el enfermo había fallecido antes de que Isaac pudiera atenderlo.
—Un desagradable asunto —murmuró el joven lego sacudiendo los copos de nieve de la manta de Isaac—. Pero entrad y calentaos un poco —
agregó abriéndole paso entre los peregrinos, comerciantes y viajeros apiñados en torno a un débil fuego—. Voy a buscaros un poco de potaje.
Mucho me temo que es lo único que ha sobrado. Esta tormenta a destiempo hizo que todos los viajeros del Camino vinieran a refugiarse aquí.
En medio del silencio que embargaba a los presentes tras la reciente muerte, el golpetear de la cuchara de Isaac contra el cuenco mientras tomaba el tibio caldo adquirió una resonancia sepulcral. Gradualmente, sus ateridos dedos recuperaron la flexibilidad y todo su cuerpo entró en calor.
Cuando el cuenco estuvo vacío, se lo devolvió al hermano lego y, en voz baja, le preguntó qué era lo que había pasado.
—Fue Pierre.
—¿Pierre, el zapatero francés de Villafranca del Bierzo?
—El mismo. ¿También lo conocíais?
—¿Quién no lo conocía a lo largo y ancho del Camino? Era una verdadera institución, nadie claveteaba unas suelas tan resistentes para andar por estos desfiladeros en invierno, y a cuantos los necesitaran, les ofrecía zapatos. Tan fuertes eran las suelas de sus borceguíes, tan sólidas las correas de sus abarcas, que la gente prefería aguantar con el calzado roto hasta que lo encontraban a él. Sólo entonces tiraban sus zapatos viejos, para ponerse los nuevos hechos por Pierre. ¿Fue un accidente?
—¡Ojalá el cielo hubiera querido que así fuera! Fue algo mucho peor.
De acuerdo con los cabos que he ido atando, un curtidor árabe, de Córdoba, fue a su tienda en el barrio francés de Estella para ofrecerle un fardo de cincuenta pieles. El precio que pedía era más barato que el de los curtidores franceses del pueblo. Como seguramente sabéis, los franceses monopolizan el mercado de las pieles en esta región, y además, con el fin de animarlos a repoblar la comarca, les han concedido exenciones fiscales, fuero del que disfrutan hace mucho. El árabe, al parecer muy agresivo, empezó a despotricar contra lo que consideraba una injusta competencia de los forasteros que estaban arruinando su negocio. Para aplacar al hombre, Pierre consintió en probar sus pieles y le compró un fardo. El curtidor cogió el dinero y puso pies en polvorosa. No bien llegó el mediodía, Pierre abrió el fardo para examinar la calidad de las pieles, pero al contarlas, descubrió que faltaban cinco. Enfurecido, cerró su zapatería y persiguió al árabe hasta alcanzarlo a medio camino entre Estella y El Cebrero. Pierre le pidió las cinco pieles o, en su lugar, el reembolso de una décima parte de la cantidad que él había pagado. El curtidor se puso muy violento, y gritó que lo estaba tildando de mentiroso y tramposo sólo porque era musulmán. Pierre trató de razonar con él, diciéndole que no le preocupaba si era cristiano, muslim o castellano, pues lo único que él exigía era lo que se le debía. En eso, el árabe, defendiendo con frenesí su pundonor, sacó una daga y se la clavó en el pecho, y otra vez en el vientre. El curtidor desapareció antes de que nadie pudiera alcanzarlo. Esos dos piadosos peregrinos que están ahí, que han venido desde Alemania, encontraron a Pierre tirado a la vera del Camino y lo trajeron aquí.
El hermano lego se santiguó enjugándose una lágrima. Acá y allá se dejaron oír suspiros y algún que otro sollozo ahogado, hasta que una voz muy serena se impuso sobre el murmullo de los demás:
—Pongo a Dios por testigo que muy bien yo hubiera podido sufrir la misma suerte, pero el apóstol Santiago me protegió…
—¡Un milagro!
—¡Habla!
—¿Qué fue lo que te pasó?
Las preguntas, impregnadas de pavor, surgían de todas partes. El aludido removió sugran humanidad en el pequeño taburete, y su maciza cara de burgués se dejó entrever al débil resplandor de las llamas. Con gesto deliberadamente lento se arrebujó en su pesada manta antes de empezar a hablar con voz firme y serena:
—Yo también soy comerciante con franquicia, descendiente de uno de los muchos mercaderes de Toulouse instalados en Pamplona desde hace ya más de un siglo. Nuestro negocio es el de los cuchillos de Solingen, y somos la única casa autorizada para vender esta mercancía a los peregrinos en su ruta de ida y vuelta a Santiago de Compostela. Al principiar la primavera, los peregrinos comenzaron a cruzar poco a poco los Pirineos y nuestra cuchillería, cercana al mercado fráncico de Saint-Sernin, ya estaba llena cuando, de pronto, un hombre bastante exaltado irrumpió abriéndose paso a través del gentío. Pidió que le enseñáramos un cuchillo de mango de hueso, y acto seguido se puso a demostrarles a los parroquianos que el mango estaba mal acoplado a la hoja: «En Toledo consideramos inservibles mercancías como ésta. Estamos orgullosos de nuestro oficio y de la calidad
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de nuestros géneros, pero estos francos
vienen con sus baratijas y tratan de arruinarnos vendiéndolas más baratas que nosotros. Los toledanos hacemos las mejores espadas de Europa». Como el pobre Pierre, yo también intenté apaciguar su resentimiento. «Nosotros sólo vendemos simples cuchillos de uso doméstico, de los que se utilizan en la mesa. Nada más lejos de nuestra intención que tratar de rivalizar con las admirables espadas toledanas», le expliqué pacientemente. «Eso lo decís ahora, pero es igual que la Reconquista: un pausado pero firme proceso, gracias al cual habéis ido reduciendo a la ruina a los últimos artesanos árabes en tierras españolas, hasta forzarlos al exilio, a menos que antes hagamos algo para pararles los pies a gente como vos»… y, sin más explicaciones, me pegó un puñetazo que me dejó tambaleando, pero enseguida me recuperé. «¡Si lo que buscas es pelea, salgamos afuera, y lucha conmigo como un hombre!», le dije. Ni corto ni perezoso, me siguió al patio que está detrás de nuestra tienda.
Entonces ocurrió el milagro. El cielo se oscureció y de repente empezó a
llover. En un santiamén, el patio se transformó en una alberca de barro, de modo que el toledano, al arrojarse furiosamente contra mí, resbaló y cayó de bruces torciéndose una muñeca. Con espíritu de caridad cristiana, lo llevamos al hospicio de peregrinos, donde las monjas le vendaron y se encargaron de que siguiera su camino. En agradecimiento a Santiago, el Matamoros, por haberme librado de las manos del infiel, prometí peregrinar hasta su sepulcro en Compostela.
Las exclamaciones de asombro y las jaculatorias se confundían en los labios de los peregrinos cuando, de pronto, una voz aguda y penetrante surgió del oscuro fondo del recinto:
—No olvidéis mis palabras: nunca tendremos paz hasta que no nos libremos de ellos. Digan lo que digan, un musulmán sigue siendo un musulmán. No entiendo por qué el rey Fernando, que en paz descanse, les permitió quedarse en sus casas y en sus tierras después de la Reconquista, concediéndoles además muchos derechos y fueros. ¡Tendrían que haberse ido todos de la península, hasta el último!
—Muchos se han ido por su propia voluntad —replicó una voz conciliadora.
—Sí, pero… ¿y qué pasa con el resto? ¿Acaso no pueden seguir conspirando contra nosotros con su gente en Granada?
—Granada no es una amenaza.
—No estoy tan seguro de eso. Ellos aprovecharán la menor oportunidad para vengarse.
—Sus fuerzas son inferiores a las nuestras. Si osaran levantar la cabeza, lo pagarían muy caro.
—Y eso es exactamente lo que tendría que suceder. Si yo me hallara en el pellejo de Alfonso, expulsaría a todos esos condenados.
—Tenemos mucho que aprender de ellos —dijo la misma voz tolerante de antes.
—¿Qué puede enseñarle un infiel a un cristiano? Cristo nos ha enseñado todo lo que teníamos que saber. Lo que necesitamos son puros cristianos españoles, temerosos de Dios, y que aquí no quede ni un solo musulmán, ni un solo judío.
Isaac y el hermano lego seguían atentamente la discusión. Al aludirse a los judíos, sus miradas se cruzaron. En los ojos de Isaac se leyó una señal de advertencia. Temiendo que una enérgica reacción del médico diera pie a un altercado mayor, el hermano terció inmediatamente:
—Queridos hermanos, ya es muy tarde. Es hora de dormir. Recemos por el alma de nuestro querido hermano Pierre para que Dios lo tenga en su gloria y para que nos bendiga a todos, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, amén.
—Amén —murmuraron todos a una mientras se dispersaban por los rincones buscando un sitio donde dormir. Con una inclinación de cabeza, Isaac le agradeció al hermano lego su intervención, y luego se fue a una esquina abarrotada de peregrinos, donde al fin pudo recostarse y enseguida se durmió.
A la mañana siguiente, el primero en despertarse fue el hermano lego.
Tras bajarse del arcón que estaba pegado a la puerta, encima del cual había dormido, abrió poco a poco el cerrojo para amortiguar el chirrido y salió afuera muy despacio. Isaac, siempre alerta al menor sonido, abrió los ojos, se levantó y, avanzando cautelosamente entre los cuerpos apretujados que dormían a pierna suelta, siguió al joven. Como suponía, lo encontró en el camposanto, a un lado de la iglesia, cavando una fosa para Pierre, cuyo cuerpo sólo habían podido amortajar toscamente a causa de la tormenta de la víspera. El caprichoso clima de la región se había serenado tal como se había turbado, dejando el aire de la montaña depurado en su cristalina claridad.
—Tengo que irme —le dijo Isaac—, pero os agradecería que me dijerais dónde dejasteis mi manta.
—La puse en el arcón que está junto a la puerta, donde dormí anoche.
Hay que ser muy precavido en este hospicio donde se refugia toda clase de gente —dijo dejando de cavar y, apoyándose en la pala, exclamó—: ¡Si supierais cuántos pícaros se disfrazan de peregrinos, os quedaríais boquiabierto! Cosen veneras en sus esclavinas y en sus sombreros, y, haciéndose pasar por piadosos devotos, recorren el Camino hasta el sagrado sepulcro, pero en verdad están aguardando la ocasión propicia para meter sus dedos en la bolsa de los ricos que vienen a implorar el perdón por los muchos pecados que han cometido ante Dios, o en perjuicio de sus semejantes menos afortunados. Por cierto, ahora que hablamos de dinero —
continuó el joven con un timbre de voz avergonzado mientras se miraba los borceguíes enfangados—, resulta que cuando lo trajeron malherido, Pierre no traía encima ninguna bolsa. Evidentemente, su asesino se la quitó. Y
comoquiera que murió antes de que pudierais atenderlo, por las molestias
que esto os ha causado, me siento obligado a compensaros con alguna de las ofrendas caritativas que traen a la iglesia nuestros fieles peregrinos.
—No es necesario.
—Entonces, por lo menos dejadme procuraros algunas provisiones para el viaje. Vuelvo enseguida.
El hermano lego dejó su pala y con su desgarbado modo de andar se apresuró a bajar la cuesta en dirección a una de la casitas con techo de paja que estaba en la linde del pueblo. Mientras tanto, Isaac volvió al hospicio para recuperar su manta. Cuando entró, su olfato fue agredido por el hedor imperante en aquel sitio mal ventilado y repleto de viandantes mugrientos, destilando mal aliento y fétidas ventosidades, todo lo cual se mezclaba con la acritud de la peste a humo que, a falta de chimenea, se filtraba a través del techo de paja de retama y de centeno. Isaac experimentó una especie de acceso de náusea en el estómago. Rápidamente, y aguantando la respiración, cogió su manta y salió al aire libre para esperar al hermano.
Los peregrinos empezaron a salir del hospicio de uno en uno, y luego de dos en dos, para continuar su romería. Los más fervorosos iban descalzos, mientras que los menos vehementes, junto con los comerciantes y otros viajeros, fueron a buscar las monturas que habían dejado atadas detrás del albergue. Acá y allá, Isaac detectaba algunas briznas de conversación cuando de pronto oyó algo parecido a una discusión entre un franco y un hombre de Yorkshire. Para compensar la ausencia de una lengua común, el franco desplegaba elocuentes gestos jactándose de la grandiosidad de la catedral de Chartres, cuyos vitrales eran de un azul tan sublime que no había en el mundo ningún maestro vidriero capaz de superarlos. Pero el de Yorkshire no le iba en zaga hablando. Sin que su titubeante y chapurreado francés le inhibiera lo más mínimo, invitó al franco a su ciudad natal para que admirara la belleza de los cinco ventanales ojivales del transepto septentrional de la catedral.
—Sus vidrieras —afirmó— están coloreadas con una grisalla única en el orbe. Así que puedes quedarte con tus azules de fantasía —refunfuñó mofándose—. Eso hace volver las miradas de los fieles, distrayendo su atención. La sobriedad de los grises de Yorkshire está en total armonía con el espíritu de devoción que debe reinar en la casa de Nuestro Señor.
Y dando una afectada palmada en la grupa jaspeada de su alazán, el inglés le volvió las espaldas y se alejó dejando al franco ultrajado por su insolencia.
Entonces apareció el hermano lego, subiendo la cuesta con un saco al hombro.
—¡Tomad! —le dijo al médico depositando el zurrón en el suelo—: Ahí hay queso, pan tierno, mantequilla, miel y toda la fruta que deseéis. Me hubiera gustado añadir un pollo, pero me temo que nuestra forma de matarlo no concuerda con el ritual judío.
Isaac dio las gracias al joven y bajó la colina en busca de su caballo.
Sólo pensaba en regresar a casa, bañarse, y dedicar algunas horas a un sueño reparador antes de que alguien volviera a reclamar sus servicios.
Estaba colocando la bolsa con las provisiones en su montura cuando un jinete que venía desde El Cebrero se detuvo en seco a su lado y se apeó del caballo:
—En el hospicio me dijeron que os encontraría aquí —dijo dándole una carta cuyo sello de lacre no mostraba ningún emblema.
Isaac le dio al mensajero un puñado de monedas, pero esperó a que se perdiera de vista antes de abrir la misiva, cuya letra ya le era familiar.
¡A mi querido amigo y fiel confidente, salud y gracia!
Mis planes para visitaros se ven constantemente frustrados. Gracias a Dios, otra vez estoy embarazada, y me han aconsejado que en tal estado no debo arriesgarme a emprender ningún viaje. Lo lamento profundamente, porque necesito un sabio y leal amigo a quien poder confiar los temores que me asaltan a causa de la ambición que consume a mi esposo: ceñirse la corona del Sacro Imperio Romano.
No quisiera dar la impresión de estar cuestionando la rectitud de su proceder. Como sabéis, está nimbado por un talento incisivo y una sólida capacidad de raciocinio. Cuando él me explica los argumentos que guían su conducta, quedo absolutamente convencida: la legitimidad de sus aspiraciones, el prestigio que le conferirá semejante investidura, tanto allende como aquende del reino, y, por lo tanto, lo que acaso es más esencial para él, la consolidación de su absoluta autoridad como indiscutible soberano de Castilla.
Desde el punto de vista de Alfonso, la argumentación es impecable.
Además, hasta ahora parece haber triunfado en su propósito. A pesar de la rivalidad del candidato Ricardo de Cornualles, sé que los príncipes
alemanes votarán a su favor. Lo único que falta es obtener la confirmación papal, que se ha postergado, según parece, simplemente debido a la enfermedad de Alejandro.
Me alegro por Alfonso, pero cuando me llega el eco de las murmuraciones del clero y de la nobleza, quienes lo han costeado todo para que él alcance su objetivo, comienzo a dudar. ¿De qué vale la corona de un imperio tan lejano cuando están en juego tanto poder y grandeza si sobreviene una rebelión en nuestra propia tierra?
Es bastante curioso, pero Alfonso no ignora que ahí está el límite del poder absoluto que ambiciona. Por ejemplo, no insiste en la estricta aplicación del código legal uniforme que ha preparado, porque sabe que los nobles se opondrían furiosamente a perder sus tradicionales privilegios, lo que inevitablemente sobrevendrá. Y a pesar de eso, en el asunto del imperio, se niega a tomar en cuenta su reacción. Extraña contradicción, ¿no os parece? He intentado que entre en razón, pero en este punto se mantiene inflexible. Su actitud me desconcierta ya que, tratándose de un erudito, por lo común abarca todos los aspectos de un problema, y entonces muestra una tendencia a ceder un poco para llegar a un acuerdo.
Sus frecuentes dolores de cabeza me tienen muy preocupada, pues ninguno de nuestros físicos, ni judíos, ni árabes, ni cristianos, consigue aliviarlos. Espero que vuestro hijo termine pronto la traducción del Régimen,pues a lo mejor en esas páginas está el remedio para su dolencia.
V.
¡Qué extraordinario papel le hacía desempeñar la reina!, pensó Isaac guardando la carta en su escarcela antes de empezar a cabalgar. ¡Y cuán soberanamente sola debía de sentirse para que se viera obligada a comunicarle sus más íntimas reflexiones a un simple médico de pueblo, un judío, por añadidura, que no se atrevía a responder a sus cartas! ¿Podrían volver a verse alguna vez?, se preguntó mientras descendía hacia los ondulados prados de Galicia, verdes bajo el sol prematuramente primaveral que le calentaba la espalda proyectando su sombra al oeste, en dirección a su hogar.
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