Copista del rey Alfonso, La

Yael Guiladi · Capítulo 26 de 30

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Copista del rey Alfonso, La

Capítulo XXV

Después de la visita de Alfonso, la vida empezó a ser para Beatriz como una vez había creído que sería tras los muros de un convento: una vida sin las vejaciones a que están expuestas las mujeres solas de todas las edades, clase y condición; una existencia exenta de las ansiedades y sinsabores de la cotidianidad, que transcurre en una atmósfera de silenciosa calma. En ningún otro lugar ni momento experimentaba mejor esa tranquilidad que cuando paseaba sola por el jardín del claustro, privilegio ahora concedido mientras las monjas se ocupaban en sus trabajos caseros y las beatas se dedicaban a sus bordados, sus cánticos o sus conversaciones en voz baja. Mientras deambulaba entre los arcos armoniosos que arrancaban ágilmente de las delgadas columnas, entre los macizos de flores que impregnaban el aire con un delicado perfume, allí donde sólo el ocasional zumbido de una abeja subrayaba el silencio, era como si la hubieran ungido con un dulcísimo bálsamo que penetraba hasta las profundidades de su ser inundándola con una calma que nunca había imaginado que pudiera alcanzar. Tal vez Dios la había hecho padecer tanta consternación para hacerla más consciente de la bondad que Él derramaba sobre aquéllos que lo merecían. Era a este pacífico estado que había aspirado en aquellos momentos de angustia, cuando lo único que deseaba era retirarse del mundo de los hombres para vivir el resto de sus días en paz. La soledad no le preocupaba. Como tan gráficamente la había descrito Álvaro, la soledad empezaba a convertirse en su inseparable compañera, alguien que no daba problemas ni pedía nada. Tampoco le molestaba excesivamente el motivo de su forzoso aislamiento. Si la abadesa quería seguir manteniéndola alejada de las otras monjas para que de ninguna manera pudiera

«contaminarlas», que así fuere. Desde que la habían trasladado al ala norte, donde residían las mujeres laicas, sus días en la iluminada y bien aireada celda transcurrían rápidamente sin tropiezo alguno. Pergamino tras pergamino, las cantigas de Alfonso brotaban elegantemente de su mano.

Seguía comiendo a solas, pero su dieta había cambiado: unos días eran aromáticas sopas de ajo; otros, delicado pavo ligeramente endulzado con peras; los viernes, pescado con patatas hervidas; y los domingos, como

postre, un plato de esponjosos bizcochos de almendra. Beatriz seguía rezando a la hora prima invocando la bendición divina para el día que empezaba, y a completas para bendecir la noche, pero al resto de las oraciones no tenía que asistir. Sólo durante el crepúsculo, cuando se ponía el sol y ella salía a tomar el aire mientras las monjas y las beatas cenaban en el refectorio, la añoranza de Davico la desbordaba. Sin evocarla, su existencia en tanto que ser humano al que estaba indisolublemente ligada, solía levantarse con una irresistible fuerza vital llenando por entero su ser.

Todos los demás pensamientos, consideraciones y aspiraciones quedaban eclipsados. Semejante a una cuenta que al pasar entre su pulgar y el índice se soltara del rosario, una lágrima se desgranó de lo más recóndito de su alma al recordar aquella prolongación suya y de Benito que había perdido, pero que de algún modo tenía que recuperar.

Más tarde, después de completas, cuando regresaba a su celda y ya se disponía a dormir, solía oír los pesados pasos de sor Teresa acercándose desde la capilla hasta su puerta para echarle la llave por fuera; aquel ruido de pasos, noche tras noche, le revolvía el estómago. ¿Qué iba a hacer si de nuevo la perversión de aquella mujer resultaba más poderosa, más avasalladora, que su abnegación? Pero al ver que pasaban las semanas sin que la que fuera su catequista entrara en la celda, su miedo disminuyó.

Despojada por mandato real de la autoridad que había ejercido sobre su catecúmena, siempre que se cruzaban sor Teresa guardaba las distancias, fría pero cortés. Beatriz respondía con una expresión franca, amistosa y respetuosa a la vez, como queriendo tranquilizar a la monja, dándole a entender que no aprovecharía su privilegiada relación con el rey para revelar su escandalosa conducta. Ya bastante castigo tenía que padecer reprimiendo sus retorcidos apetitos.

El incidente había concluido cuando Beatriz advirtió que la llave de su celda había pasado de manos de sor Teresa a otras hermanas. Ligeros pasos se acercaban ahora hacia el anochecer y una discreta mano echaba la llave en su puerta, casi silenciosamente gracias a la lubricada cerradura. Con idéntico sigilo, la misma mano anónima la abría al primer canto del gallo.

Por fin, empezó a entender la razón de que la llave hubiera cambiado de manos. Desde que la habían alojado en el ala norte, hubo muchas noches en que no conciliaba el sueño a causa de unos sonidos cuya naturaleza no podía dejar de reconocer. Ahora estaba claro: la mano que cerraba su puerta asía la llave que abría otra para dejar entrar a alguien cuya identidad nunca

conocería, pues habían tomado toda clase de precauciones para impedirlo.

Beatriz trató de desentenderse de lo que implicaban sus deducciones, pues amenazaban condestruir el idílico microcosmos que se había creado, y en el cual se movía inocentemente. Pero como noche tras noche se sucedían los sordos suspiros, los gritos y los trémulos gemidos de placer traspasando el silencio de los muros que la rodeaban, no le quedó más remedio que admitir que en toda la obra de Dios no había poder capaz de reprimir el imperioso e indomeñable instinto de vivir, lo cual es también una creación divina. Así que un cálido desvelo se apoderaba de su cuerpo mientras las imágenes mezcladas de Benito y de Manuel se arremolinaban en su imaginación. Por encima de ambos, aparecía el monstruoso espectro de su vacía soledad, la aridez de su existencia que, de repente, se le antojaban repugnantes. Entre la paz de su alma y la pasión de su corazón, la abrumadora fuerza del amor tenía que acabar imponiéndose. Ahora comprendía la sed de amor de Álvaro. ¿Por qué no había visto eso en sí misma? Tenía que recuperar los efluvios de la vida no sólo por Davico, sino también por ella, y por el hombre cuyo amor había desdeñado tan irracionalmente, y por quien ahora suspiraba. ¿Qué importaba la diferencia de edad si se amaban con la misma intensidad y, aunque ella hubiera sido más lenta en corresponder, su amor no era menos vehemente? Comprender esta verdad fue, tal vez, un gran regalo de Dios, un milagro realizado exclusivamente para ella…

A partir de aquel momento, una nueva y febril impaciencia dominó a Beatriz. Cada día desplegaba un gran esfuerzo para mantener su pose de humilde buscadora de la verdad cristiana, una «verdad» que cada noche era desmentida al otro lado de los espesos muros que la rodeaban. Ahora lo único que deseaba era acabar su copia cuanto antes, someterse al bautismo y salir de aquellos muros que la aprisionaban amenazando con asfixiarla.

De alguna manera tenía que encontrar la forma de llegar a Manuel, aunque para ello tuviera que adoptar el disfraz de una excéntrica beata y recorrer los campos llevándole la palabra de Dios al infiel; sonrió irónicamente para sus adentros, paseándose a media mañana por el jardín del claustro mientras las hermanas rezaban la hora tercia. Poco antes de que las oraciones acabaran, Beatriz volvió a su celda, y en cuanto las hermanas se dispersaron yendo cada una a sus respectivas tareas, reanudó su trabajo calladamente.

Tan tranquilo y silencioso era el convento que el más mínimo murmullo en el claustro era suficiente para distraerla. Aguzando el oído, reconoció las voces de la abadesa y de sor Teresa. Intrigada, puso a un lado la pluma y se

levantó. Entonces se acercó despacio a la puerta de su celda, y tras empujarla suavemente con la palma de la mano para amortiguar el ruido, la abrió un poco.

—Todo el cuadro de violetas está marchito —se quejaba la abadesa.

—El color de la pasión de Nuestro Señor. Plantadas y atendidas con nuestras propias manos —se lamentó sor Teresa consternada—. Pero, ¡qué casualidad que este arriate esté justo en la esquina, muy cerca de su celda!

Yo sabía que era un error interrumpir su educación cristiana. En cuanto nos descuidamos, el diablo se introduce en ella.

—Vamos, vamos, hermana, no cometamos el pecado de levantar un falso testimonio —dijo la abadesa conciliadoramente mientras se agachaba para examinar las marchitas flores—. A lo mejor alguna plaga las atacó.

—¡No las toquéis! —exclamó sor Teresa deteniéndose enérgicamente el brazo de la superiora—. No sea que el diablo haga que estén envenenadas.

—Si tanto te empeñas… —concedió la abadesa sonriendo a medias con indulgencia—, pero alguien tendrá que averiguar qué es lo que pasa.

Llamaré a Salah para que venga a echar un vistazo.

—¿Otro infiel en nuestro sagrado recinto?¿Por qué no le preguntáis a cualquiera de los peones que trabajan en las tierras que el rey nos acaba de otorgar?

—Porque no saben absolutamente nada de los jardines que plantaron los musulmanes. Olvidas, hermana, que todo aquel que cuida las creaciones de Dios también es una criatura suya.

Sin hacer ruido, Beatriz cerró su puerta, y siguió copiando, pero a partir de ese momento ya estaba alerta, buscándole alguna explicación a la muerte de las flores o, mejor dicho, conjeturando cómo interpretarían las hermanas tanto marchitamiento…

∗ ∗ ∗

Salah se quedó de una pieza cuando el guardia real le ordenó que acudiera al sacrosanto bastión de las mujeres. Amilanado, se acercó a los muros del convento tratando desesperadamente de volverse invisible.

Tímidamente, con el alma en vilo, llamó a la puerta, y mientras la abadesa lo conducía hacia el marchito rincón del jardín, llevaba los ojos clavados en el suelo, sin mirar a los lados. Con la rapidez que le daba la experiencia,

examinó las ajadas hojas y los moribundos tallos donde descubrió unas superficiales manchas blancas que delataban la presencia de un devastador bicho que segregaba un polvillo color de cera. Tras murmurarle su hallazgo a la abadesa, arrancó las plantas afectadas para impedir que la plaga se propagara.

En cuanto oyó ruido en el claustro, Beatriz saltó y pegó la oreja en la puerta.

—Cuando esté seguro de que no quede traza del bicho —le oyó decir a Salah—, sustituiré las violetas por una especie más resistente.

Dicho esto, el jardinero se escurrió con la premura y el sigilo de una serpiente, tomó la puerta y salió del vedado recinto.

Beatriz suspiró aliviada. De momento, estaba libre de la sospecha de haberle echado un mal de ojo a las violetas, pero a partir de entonces, durante sus paseos diarios, se dedicó a observar atentamente las otras variedades del jardín. Para su consternación, advirtió que, poco a poco, los bordes de los pétalos carmesíes de las rosas se tornaban oscuros; los perfumados alhelíes, agrupados en una delicada combinación de rosados y malvas, estaban ajados, y los sutiles pétalos de las sanguíneas anémonas se desparramaban sin brillo dejando al descubierto sus centros de ébano antes de caer, inertes. Cuando Salah volvió con un saco lleno de esquejes para plantarlos en el rincón de donde arrancó las violetas, ella dejó su puerta entreabierta. Aunque al parecer trabajaba con ahínco, su pulso era tan inestable que cogió una emborronada hoja de vitela antes desechada y se puso a copiar sin ton ni son varios versos mientras escuchaba lo que, en opinión de todas las hermanas, no era más que una señal del castigo divino por sus colectivas transgresiones.

Chasqueando la lengua sin que nadie lo oyera, Salah inspeccionó el marchito jardín, pero no encontró trazas del insecto, ni de ninguna otra plaga. Mientras él palpaba el envés de una hoja aquí o acariciaba allá un pétalo con su dedo nudoso y enfangado, sor Teresa, en un silencio reprobador, miraba a la abadesa con una expresión que decía a las claras:

«¿No os lo dije?».

Finalmente, Salah se irguió, rascándose ora la frente, ora el flaco trasero, y, consciente de donde estaba, bajó los ojos y farfulló:

—Puede que algo no funcione en las acequias, pero no estoy seguro.

—¿Por qué no?

—Porque soy jardinero, no acequiero.

—Entonces traed a uno.

—Eso no será fácil. No quedan muchos en Sevilla. La mayoría huyó durante las revueltas.

—Alguno quedará por ahí.

—Trataré de informarme.

—Y daos prisa.

Intimidado por el tono perentorio de la abadesa, Salah se esfumó.

Cuando se quedaron solas, sor Teresa se volvió a su superiora:

—¿Cómo podéis traer a otro descreído a nuestro convento después del estrago causado por los que ya han mancillado este inmaculado recinto?

—Vamos a revisar la reguera antes de prejuzgar —cortó secamente la abadesa.

Aunque en ningún momento aludieron a Beatriz, ya estaba prevenida, atenta a la potencial sospecha que se cernía silenciosamente sobre ella.

¿Cómo no iba a estar recelosa, si nada más superar un peligroso obstáculo, una nueva amenaza emergía de circunstancias fortuitas y ajenas a su voluntad? ¿Qué sentido tenían su sacrificio y su abnegación si jamás lograría borrar el estigma que le había impuesto Álvaro? De nuevo atormentada por la aprensión, día tras día, permanecía al acecho de las voces de los hombres que, de un momento a otro, rasgarían la calma del universo femenino en la morada conventual. Su futuro dependía de esas voces…

Diez días después llegaron con su andar sosegado, casi furtivo, como para no hacerse notar, como si quisieran desaparecer en la tranquilidad del claustro. Sólo cuando las monjas circulaban alrededor del jardín para acudir a rezar a la capilla, sólo cuando esa ráfaga de tocas a la sombra de la galería agitaba la quietud del patio (semejante a una débil brisa soplando sobre la superficie inmóvil de un lago vallado); sólo entonces ellos se atrevían a alzar un poco la voz en un cuchicheo, irguiéndose apenas y lanzando furtivas miradas en redondo para verlas pasar. Cuando el jardín se hubo convertido en poco menos que un montón de terrones removidos por las palas de los dos hombres, también Beatriz salió a dar su paseo matinal por el claustro, aguzando el oído para detectar algún comentario que explicara el deplorable estado de las flores. Pero los hombres trabajaban en silencio, de sol a sol, día tras día. Con el corazón en un puño, Beatriz llegó incluso a considerar la posibilidad de acercarse a ellos, pero su situación era demasiado frágil, el riesgo demasiado grande…

Tan impacientes como ella, aunque cada cual por diferentes razones, la abadesa y sor Teresa intimaban a los hombres con sus miradas cada vez que pasaban hacia la capilla. Pero ellos, empuñando tenazmente sus picos y palas, fingían ignorar la inquisitiva presencia de las monjas. Una mañana, exasperada por la prolongada estancia de los infieles en el convento, intolerable sacrilegio en su opinión, sor Teresa se detuvo cuando iba a rezar tercia para exigirles una explicación. A punto de salir en su paseo matutino, Beatriz se paró en seco en el umbral de su celda y, sin que la viera su ex catequista, pues le daba la espalda, escuchó toda la conversación. Era Salah quien contestaba a las preguntas capciosas de la monja:

—Éste, mi compañero, ha confirmado mi sospecha de que el origen del problema son las acequias. Las cañerías principales son de mala calidad, muy porosas, así que la mayor parte del agua se pierde. Hay que reemplazarlas todas, pero eso nos llevará algún tiempo. Hay que traer arcaduces nuevos desde Córdoba.

—¿Por qué desde Córdoba?

—Porque yo vengo de allí —terció el compañero de Salah—, y puedo garantizar la calidad de los arcaduces que hacen en esa ciudad.

—¿Cómo queréis que creamos las palabras de este extraño? —espetó sor Teresa volviéndose severamente al pobre Salah.

—Porque es pariente mío y puedo responder de su buena fe —

murmuró.

—Eso no basta.

—Entonces, podéis preguntarles a las personas para las cuales trabajo

—replicó Tahir con extraordinaria calma—. Todo lo que sé en materia de instalación de cañerías de riego me viene, desde generaciones atrás, a través de mis antepasados. Ellos arcaduzaron en Madinat al-Zahra en los días del gran Abderramán, estuvieron al servicio de los príncipes de Granada y trabajaban para la renombrada familia Ibn Yatom, tanto en Córdoba como en Granada, hasta que abandonaron las tierras de al-Andalus durante las luchas entre las taifas y se fueron al norte. Pero ahora sus descendientes han regresado, y actualmente trabajo para uno de ellos, Manuel ibn Yatom. Si queréis, podéis preguntarle a él sobre mi integridad.

Beatriz se apoyó contra la jamba de su puerta mientras sor Teresa contestaba:

—Comentaré el asunto con la abadesa y mañana os informaré de nuestra decisión.

Beatriz se retiró a su celda. Su pensamiento iba como un rayo por delante de su tembloroso cuerpo. No había un minuto que perder. Fuera cual fuese el riesgo, ahora tenía que afrontarlo. Por lo poco que ella conocía a la abadesa, parecía improbable que se molestara en enviar un mensajero hasta Córdoba para recabar las referencias de Manuel acerca de la probidad del acequiero. El hecho de que Tahir hubiera facilitado esa posible recomendación era más que suficiente. Por tanto, en breve Tahir volvería a Córdoba en busca de los caños…

Cuando la monumental silueta de sor Teresa desapareció entre las sombras de la capilla, Beatriz salió de la celda. Tras trepar por el montón de tierra removida en que se había convertido aquel jardín que ella tanto había amado, se dirigió ágilmente hacia Tahir. Pero antes de que pudiera hablar, él levantó la cabeza mirándola con un brillo de alivio y alegría en los ojos:

—Vos debéis de ser doña Beatriz —exclamó—. Gracias a Dios que os he encontrado. No tenía la menor idea de cómo ni dónde buscaros.

Beatriz le indicó por señas que hablara en voz baja. En un susurro conspirador, él continuó:

—Don Manuel me pidió que os dijera que Davico está bien, y yo también puedo confirmároslo.

—¿Vos? ¿Cómo podéis confirmármelo?

—Lo vi dando sus primeros pasos en el jardín una tarde que fui a hablar con don Manuel.

—¿Me estáis diciendo que está en Córdoba? ¿Con Manuel?

—Y con Pascualita, quien lo cuida.

¡Pascualita en Córdoba con su Davico! ¿Por qué? Una nauseabunda punzada de celo… pero no tenía tiempo para dar rienda suelta a sus sentimientos. Con la boca de pronto seca, murmuró:

—Decidle a Manuel que estoy bien y que tengo intención de reunirme con él antes de lo que imagina.

—¡Ojalá todo os salga bien! Pero puede que no sea tan fácil como pensáis. Las cosas no van bien en Andalucía. Sin embargo, recordad que, pase lo que pase, la casa de Ibn Yatom será siempre un sitio seguro para vos y la familia de la que forméis parte. Le prometí a mi amo Manuel que os diría esto. No lo olvidéis.

Por una vez, Beatriz no se fió de su talento para disimular, por lo menos no lo bastante como para emprender su paseo matinal. Felicitándose de que las monjas estuvieran aún rezando, regresó a la intimidad de su

celda, donde, a salvo de sus indiscretas miradas, podría relajarse, al menos durante un rato. Con la espalda contra la puerta cerrada, respiró profunda, rítmicamente, para superar el desmadejamiento de sus miembros aplacando el vértigo que se arremolinaba en su cabeza hasta que pudiera pensar con más claridad. ¡Conque a Davico su madre sustituta lo había llevado a Córdoba! Eso sólo podía haberse hecho con el consentimiento de don Isaac.

Pero… ¿por qué? ¿No podía haberse ocupado Ana de él por más tiempo?

Fuera cual fuese la razón, le era indiferente. El hecho era lo que contaba.

Pascualita, Manuel y su hijo… La visión de los tres viviendo como una familia común y corriente, la sensación de que habían usurpado su lugar, empezó a torturarla. ¿Acaso Manuel, cansado de esperar su liberación de las garras de Alfonso y de la Iglesia, había mandado buscar a Pascualita, resignándose a casarse con ella, quizás en parte para proporcionarle a Davico la atención conveniente? ¿O había ido la joven a Córdoba por su propia voluntad con la esperanza de que, tarde o temprano, él sucumbiría a sus súplicas, aunque sólo fuera para que ella se ocupara de Davico? En cualquier caso, el resultado seguía siendo el mismo. Tenía que irse de allí sin perder ni un momento. Si tomaba en serio la advertencia de Tahir, tendría que actuar antes de que estallara el disturbio al que había aludido.

Desde todos los puntos de vista, el tiempo era lo esencial. Pero no había modo de irse del convento antes de copiar los poemas del rey y sin consumar su conversión. Aún con las manos temblorosas, cogió el jarro que estaba al lado de su cama y se sirvió un cubilete de agua. Tras beber un largo trago, se sentó a la mesa, empuñó la pluma y, en un supremo esfuerzo de voluntad, reanudó el trabajo.

Apremiada por el inexorable paso del tiempo, Beatriz descubrió una fuerza que no sabía que poseyera. Tiesa, absorta, trabajó sin parar desde el alba hasta el crepúsculo, día tras día, con una rapidez y precisión que la sorprendió a ella misma. El simple hecho de imaginar a Pascualita al lado de Manuel, complaciente, sosegada, con su cuerpo joven y opulento, le inspiraba un ímpetu sobrehumano. Los celos de que había sido víctima, y tan injustamente, los celos que tanto temía y de los que se había protegido tan arduamente, estaban carcomiéndole el corazón, exactamente como ella siempre había sabido que sería. La única manera de averiguar si había o no motivos para tener celos, era yendo a Córdoba. A Córdoba, y pronto…

Trabajó incansablemente, olvidándose de los días, de las semanas, enfrascada en un supremo y sostenido esfuerzo. Y mientras la canícula se

acercaba, otra consideración vital surgía para espolearla: a menos que acabara su obra antes de que el rey huyera del tórrido calor de Andalucía en busca de un clima más fresco, se vería obligada a aguardar su regreso, hacia el otoño, para que la autorizara a dejar el convento. Pero entonces se puso a pensar en medio del terror de sus solitarios despertares, qué pasaría si los disturbios que Tahir había insinuado se desataran de un momento a otro, coincidiendo precisamente con la ausencia de Alfonso. ¿Sería cierto que había para ella un refugio seguro en Córdoba? Pero ¿cómo encontrar el modo de llegar hasta allí si la revuelta se extendía por toda la región? Su pluma corría sin cesar, poema tras poema, página tras página, precipitándose impetuosamente hacia la emancipación de su enclaustramiento, hacia la reconquista de la libertad y de su amor.

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