Copista del rey Alfonso, La

Yael Guiladi · Capítulo 21 de 30

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Copista del rey Alfonso, La

Capítulo XX

Con los ojos vidriosos de pánico, Davico se puso rígido durante un momento de angustia antes de dejar escapar un gemido, tan potente que a Beatriz le costó creer que hubiera brotado de unos pulmones tan diminutos.

Pero ella fue la única que lo oyó. Tan grande era el alboroto en la casa de Ibn Yatom poco antes de la cena del Seder, que nadie se enteró del terrorífico grito de Davico provocado por aquel caos tan opuesto a la paz de la semisoledad de Combarro.

La casa estaba más abarrotada que de costumbre: sirvientes revueltos con amos, invitados tropezando con anfitriones, niños ayudando o insistiendo en ayudar a sus mayores, críos ahuyentados por una oronda cocinera de cachetes colorados y reluciente nariz que sacaba del fuego una caldera borboteante. En todos los escabeles y bancos disponibles había escudillas llenas hasta el borde de lozanas y crujientes hojas de lechuga, y platos llanos repletos de huevos duros, tan apiñados unos con otros que parecían racimos de cantos rodados lamidos por el mar. Las flamantes

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fuentes de cerámica esmaltada estaban colmadas de matzá horneada

para la ocasión: un presente que la comunidad hebrea de Burgos le había enviado a Isaac en agradecimiento por el tratamiento gratuito a sus miembros necesitados; y sobre un cofre cercano a la puerta, otro regalo de algunas familias judías de León: tres enormes jarras de vino elaborado especialmente para la fiesta.

Para sumarse a la efervescencia general, una ininterrumpida afluencia de mensajeros acudía a la puerta trayendo obsequios de otros pacientes: ricos y pobres, cristianos y judíos, que aprovechaban la ocasión para expresar su gratitud por la devoción con que el médico los atendía.

Cuidadosamente apartada en un rincón, había una alta jarra de cristal con un asa argentada primorosamente labrada en forma de caballito de mar y, a su lado, un cofre de madera con seis cinceladas copas de plata. Una viuda que vendía amuletos en Villalcázar de Sirga había enviado una servilleta de batista bordada con cardos en verde y malva, pespunteada con un modesto toque de hilo plateado. Inmediatamente la desplegaron para cubrir la matzá que Isaac debía romper como parte del ritual de Pascua. Y también

dispusieron las innumerables canastas de selectas frutas primaverales, de dulces de todas clases, unos en cajas de marfil, otros en simples cestas de mimbre, que se servirían al final de la comida. Sólo una persona parecía no perder de vista ni un detalle en medio del interminable chaparrón de regalos: Miriam, la hija de diez años de Ana. Agachada junto a la puerta, sin llamar la atención con su frágil apariencia, sus brillantes ojos se movían rápidamente de aquí para allá, mientras mentalmente tomaba nota de cada obsequio y del nombre del remitente para que sus padres pudieran identificar a los donantes cuando la barahúnda hubiera terminado.

Meciendo a Davico suavemente en sus brazos para calmarlo, Beatriz buscó a Manuel en la habitación. Pero no estaba allí. No era extraño que hubiera buscado refugio en cualquier otro lugar, lejos del barullo. Se sintió aliviada al no encontrarlo. Así tendría tiempo para concentrarse en el papel que desempeñaría mientras estuviera reunida con la familia. Desde luego, Pascualita estaba allí, y no de paso, sino como si de alguien de la casa se tratara. Siempre al lado de Ana, solícita y complaciente, hacía todo lo que le pedían, llevando y trayendo montones de cuencos, contando y ordenando mazos de cucharas e hileras de copas, separando gruñones niños que se tiraban de los pelos. Era otra más de la familia. Beatriz notó una punzada de angustia mientras Pascualita le destinaba una vacua sonrisa de bienvenida.

Poniéndose afablemente su invisible máscara, Beatriz la saludó jovialmente, ofreciendo su mirada más risueña. Habría hecho falta un observador mucho más perspicaz que Pascualita para adivinar que detrás de esa obsequiosa y alegre fachada latía un trepidante corazón de madre.

Pensando en su precaria situación, no era del todo improbable que algún día Beatriz se viera obligada a confiarle su hijo a aquella dócil, aunque inocente, criatura. Por primera vez, una duda rondó por su mente: ¿había sido juicioso desdeñar tan tajantemente la oferta de matrimonio que Manuel le hizo al principio? Si ahora fuera su esposa, no estaría expuesta a los riesgos y amenazas que le acarreaban su solitaria, obstinada e independiente situación…

Luchando a brazo partido contra esas lamentaciones que tan sólo aumentaban su desesperación, Beatriz se abrió paso cuidadosamente a través de la atestada sala hasta llegar a la alcoba donde Ana solía alojar a sus huéspedes más distinguidos. Allí el desorden era de otra clase. Los vestidos nuevos de la familia, o los viejos recién lavados, colgaban por todas partes, preparados para la fiesta. Meticulosamente, Beatriz desplazó

un par de vestidos, corrigiendo cualquier pliegue o arruga tras haberlos cambiado de lugar. Cuando consiguió despejar un lado de la cama, acostó a Davico, profundamente dormido después del agotador viaje. Se acurrucó junto al niño para impedir que se cayera y dormitó a ratos hasta que Ana suavemente la despertó:

—Don Isaac está a punto de empezar —le cuchicheó.

Con rápidos y nerviosos movimientos, Beatriz se arregló el pelo, alisó su arrugado vestido, despertó a Davico, y acudió a la estancia principal de la casa. Allí donde el caos había reinado toda la tarde, imperaba ahora el orden. En el centro de la habitación había una larga mesa de caballete con un mantel de lino de bordes festoneados con delicados hilos de oro: uno de los bienes de la dote de Ana que sólo se usaba en aquella ocasión. Frente a cada asiento, en impecable orden, había un cuenco, una cuchara, una servilleta y una copa; dominando la mesa, estaban las bandejas de lechugas y huevos, las frascas de vino y montañas de matzá; los ramilletes de flores dispuestos entre los platos, lo salpicaban todo con pinceladas de colores malva, rojo y amarillo. Cuando familiares e invitados ocuparon sus asientos, don Isaac se sentó a la cabecera de la mesa. Llevaba una túnica de oscuro terciopelo adornada con hilo plateado, atavío que durante generaciones llevaron los cabeza de familia de los Ibn Yatom. Nada más alzar su copa de plata para entonar la bendición que precedía a la lectura de la Hagadah se impuso el silencio, ni un niño cuchicheó, ni un invitado movió un solo músculo. Una vez más, Isaac ibn Yatom dio las gracias a Dios por mantenerlos con vida, sustentarlos y guiarlos hasta aquel momento.

De vez en cuando, durante la lectura de la tradicional historia del éxodo de los judíos de Egipto, Juan evaluaba a Pascualita con sus astutos, aunque juguetones y atractivos ojos. Pero Pascualita rehuía su mirada.

Bajando sus párpados vacunos de cortas pestañas, la muchacha clavó sus estúpidos ojos castaños en sus rechonchas rodillas. Juan no podía dejar de pensar en cuánto se parecía ella al cuarto hijo, al simplón que no sabía preguntar representado en la Hagadah. Justo lo que él necesitaba: total libertad para satisfacer sus caprichos mientras ella cuidaba estólidamente del hogar… pero, ¡ay!… era a Manuel, y no a él, a quien Pascualita destinaba sus miradas cuando, una que otra vez, levantaba sus anhelantes ojos.

En cambio, Manuel no dejaba de contemplar a su amada Beatriz, a lo cual ella respondía sonriendo; pero con una sonrisa demasiado deslumbrante, afectada, forjada con esa frágil dureza que conocía de sobra y que creía haber borrado de ella para siempre. De todos los presentes, sólo él sabía que aquella alegría era fingida, pues presentía que estaba profundamente inquieta, pero ella no respondía a la ansiosa pregunta de sus ojos. Ni tampoco tuvo ocasión de hablar con ella a solas aquella noche. Tal vez al día siguiente…

∗ ∗ ∗

Tan animada fue la noche del Seder como benditamente tranquila la mañana siguiente. En cuanto concluyó la recitación de la Hagadah

«conforme a lo prescrito por la ley y la tradición», y se cantaron las acostumbradas canciones, entre populares y religiosas, los invitados santiagueses y de los alrededores, se retiraron. Los desafortunados viajeros que, debido a imprevistos retrasos y contratiempos, no podrían llegar a tiempo a sus hogares para la víspera de la Pascua, se pusieron en camino antes del amanecer, pues querían estar con sus familias y protegerlas durante el resto de la semana festiva. Sólo los Ibn Yatom se quedaron, y Pascualita, a quien Ana invitó a hacer noche allí.

Inquieto y agitado toda la noche, de repente Davico se despertó con un grito de terror, pues aún estaba desorientado en aquel ambiente desconocido. Beatriz, que había conciliado un sueño ligero sólo hacia el amanecer, alargó una soñolienta mano para calmarlo, pero fue en vano.

Cansada e irritada, se levantó y zarandeó al niño nerviosamente mientras le daba el pecho. Davico no se calmaba. Y ella tardó en darse cuenta de que los pechos que él mamaba intermitentemente estaban secos. De creer las consejas de las ancianas, hubiera jurado que esto era obra de Álvaro, quien con su mala idea habría conseguido que su leche cesara de manar…

Inmediatamente se dirigió a la chimenea con el llorón Davico a horcajadas en la cadera. Rodeándolo con un brazo, con su mano libre intentó prepararle unas gachas.

—¿Puedo cargarlo un momento? —preguntó Pascualita que, despertada por los gritos de Davico, se había acercado silenciosamente para ver qué pasaba. Con su cara rolliza, aún abotargada y rosicler por el sueño, extendió maternalmente los brazos.

—Si quieres… —consintió Beatriz de mala gana.

Plácidamente, Pascualita meció al tenso y chillón niño en la blandura de su amplio seno. Milagrosamente, se tranquilizó.

—Pareces cansada —le dijo a Beatriz mientras soplaba las gachas para enfriarlas antes de dárselas al hambriento crío.

—¿Por qué no te vas a dormir? Yo me ocuparé de darle de comer a Davico.

El instintivo resentimiento de Beatriz al ver que la intrusa usurpaba su papel de madre muy pronto dejó paso a un sentimiento de gratitud ante la sencilla bondad del alma ingenua de Pascualita. En sus manos, Davico estaría seguro.

Aún Beatriz dormía, y su hijo ronroneaba feliz en los brazos de Pascualita, cuando Isaac regresó de Santiago tras atender, temprano en la mañana, a un mercader judío que al parecer se había excedido en el banquete del Seder de la noche anterior. Mientras echaba pie a tierra frente a la casa, un mensajero se detuvo a su lado, y aunque no llevaba ningún blasón en sus vestidos, Isaac supo inmediatamente por su mirada despabilada y su talante cortés, que se trataba de algún emisario enviado por la reina.

—Soy Isaac ibn Yatom —dijo anticipándose a la pregunta del jinete—.

¿Por casualidad es a mí a quien buscáis?

—Sí, señor. Traigo una carta para entregárosla personalmente.

Sin desmontar del caballo, el correo sacó una carta lacrada de la bolsa de piel que pendía de su cinturón y se la extendió a Isaac. Igual que las anteriores misivas de la reina Violante, el redondo sello rojo de lacre estaba sin estampar, lo cual era para el médico una inequívoca señal de su procedencia. El mensajero declinó la invitación que le hizo Isaac para que pasara a refrescarse. «¿Acaso esa cautela se debía a los rumores que se oían acerca de los judíos en esta época del año?», se preguntó vagamente Isaac.

Sin embargo, de buena gana aceptó el puñado de monedas que el médico puso en su callosa palma, y acto seguido volvió grupas para cabalgar velozmente hacia Santiago.

Isaac ató su caballo, se sentó sobre un viejo banco de piedra cubierto de musgo, a pocos pasos de la puerta de su casa, y deselló la carta de la reina.

¡A mi querido amigo y confidente, salud y gracia!

Hace mucho tiempo que he sido bendecida con la indispensable ecuanimidad para ordenar mis ideas y ponerlas por escrito y, de este modo, hasta cierto punto, desahogarme con vos, mi silencioso y fiel interlocutor.

Desde la última vez que os escribí, he estado muy preocupada. Menos mal que nuestro segundo hijo, Sancho, vino sano y salvo al mundo. Ahora que Beatriz, la hija bastarda de Alfonso, le ha dado un hijo al rey de Portugal, es esencial que aseguremos nuestra directa y legítima descendencia trayendo al mundo tantos niños como podamos. Las enfermedades y los riesgos de las batallas, amén de toda clase de traidoras conspiraciones, suponen amenazas tan graves para la vida de los príncipes que cuanto más sean los legítimos herederos potenciales al trono, mejor. Por suerte, creo que estoy otra vez embarazada. Con la crianza y educación de tres niños, tendré muy poco tiempo en el futuro inmediato para solazarme y darme el gusto de compartir mis pensamientos con vos.

Como seguramente habréis oído, mi marido echó a su vasallo muslim Ibn Mahfot del enclave de Niebla, poniendo fin a la presencia mora en el Algarve. Aunque ha tenido cuidado de no discutir el asunto conmigo, según me han informado por otra vía, piensa renunciar a sus derechos sobre esa región, que tanta disputa ha creado entre nosotros y los portugueses, en favor de su nieto Dinis, el hijo de su querida Beatriz. ¡Cuánto la sigue amando! ¡Y cuánto indignará a los nobles del reino esta injustificada concesión: otra afrenta que añadir a las que ya acumulan contra él!

No sé cómo interpretará Mohamed, rey de Granada, la conquista de Niebla por Alfonso, ni la expulsión de los moros de Écija, cuyo resultado, ni que decir tiene, ha sido un masivo éxodo de la población musulmana de las inmediaciones. Todo esto es una contradicción flagrante con el espíritu de tolerancia que hasta ahora había mostrado hacia los moros. Como ya creo haberos confiado, advierto una ambivalencia en el carácter de mi esposo, algo que considero inexplicable, por mejor decir: alarmante. Sólo me queda rogar a Nuestro Señor Jesucristo que su actitud hostil hacia los moros no provoque a Mohamed hasta tal punto que se vea precisado a entrar en acción…

Otros sucesos que también me preocupan están teniendo lugar en Roma. La elección de Urbano IV ha obligado a mi esposo a reanudar su campaña en pro de la confirmación de su elección como Sacro Emperador Romano. Sin embargo, esta vez las circunstancias no pueden ser más

desfavorables, pues por motivos particulares el Papa cuenta con el respaldo de los enemigos de Alfonso, la recientemente derrotada liga de los güelfos.

Me horroriza pensar en la reacción de los nobles cuando vean prolongarse la sangría del tesoro, fondos que mi obstinado esposo, en busca de un efímero imperio, no vacilará en derrochar.

Como veréis, mi paciente confidente, estoy llena de aprensión en cuanto al futuro de nuestro reino, que un día será de nuestro hijo. Mientras tanto, a veces me pregunto si a pesar de su sabiduría Alfonso no se habrá ofuscado con la realidad del poder o, más bien, con las realidades que limitan incluso el poder absoluto que ejerce tanto por derecho propio como por profunda convicción. Mi más ardiente deseo es que mis temores sean infundados, convencerme de que él es más previsor que yo o cualquiera de sus súbditos. Quiero creer que es capaz de vislumbrar en el futuro beneficios políticos que hoy nos parecen, en el mejor de los casos, carentes de utilidad; y en el peor, peligrosos para el reino de Castilla y León.

En vísperas de la celebración de vuestra Pascua y de nuestra Semana Santa, os deseo lo mejor a vos, querido don Isaac, y a los miembros de la familia Ibn Yatom. Ruego a Dios, que es nuestro padre, que no se desate la violencia antijudía que tantos problemas podría acarrearos a vos y a vuestros seres queridos durante la semana festiva.

V.

«¡Cuán rápidamente ha madurado Violante!», se sorprendió Isaac mientras doblaba la carta una y otra vez hasta conseguir deslizaría en el pequeño bolsillo interior de su manga. Evidentemente, la maternidad y la despiadada lucha por el poder en cuyo vórtice estaban ella y sus vástagos, la habían fortalecido; y mientras sus hijos crecían, previsores oportunistas se acercarían a ella para aconsejarla y apoyarla. Tarde o temprano la reina acabaría depositando su confianza en alguno de esos cortesanos, y entonces el papel de confidente que le había adjudicado estaría de más.

Con una punzada de pesar, el médico se levantó, un poco más pesadamente de lo habitual, según le pareció, y entró en su casa. El efímero papel que desempeñaba en la vida de los demás como testigo ajeno de sus

sufrimientos físicos o sus pesadumbres morales le había permitido entrever los entresijos del alma humana, pero sólo en este caso se trataba de las interioridades de una reina. Breves como el vislumbre que tuvo de sus intimidades, atesoraría aquellas cartas de Violante para sus descendientes, no sólo como prueba concreta de la confianza que la reina había depositado en él en sus horas de solitaria ansiedad, sino también como un testimonio de la debilidad, ¡oh cuán humana!, de los grandes y poderosos de este mundo.

Encontró a Manuel solo, jugando malhumoradamente con un cuenco lleno de frutas. Cogía un albaricoque al azar, lo hacía girar un poco entre los dedos y, tras devolverlo al recipiente, repetía el gesto con un melocotón.

—¿Córdoba o Beatriz? —le preguntó Isaac con dulzura.

—A decir verdad, ninguna de las dos. Pero hay algo que angustia a Beatriz.

—Anoche parecía bastante animada.

—Demasiado animada. La conozco, padre. Cuando quiere, es una farsanta muy hábil. Puede adoptar cualquier pose y mantenerla convincentemente durante mucho tiempo. Sólo quien la conozca íntimamente puede distinguir entre la apariencia y la realidad.

—¿Será su mortificación por vuestra inminente separación lo que intenta disimular?

—A lo mejor, pero presiento que es algo más serio.

—Entonces sólo puede ser Álvaro. Sabes lo que pienso de ese hombre.

Fue un error dejarla sola en Combarro, expuesta a sus intenciones.

—Tonterías, padre. Álvaro quedó totalmente desacreditado por el rey en persona. ¿Qué daño puede hacerle ahora que está inerme?

—Las personas como él, solitarias y amargadas, son capaces de vengarse haciendo caso omiso de la realidad. Y a pesar de su cuestionable pasado, o quizá gracias a él, es probable que incluso se vea a sí mismo como un leal defensor de la fe, poseedor del mandato de una divina autoridad superior a la del rey. Ojalá me equivoque, pero creo que nada lo detendrá en lo que considera un recto proceder. Habla con Beatriz, hijo mío.

Si mis suposiciones resultaran acertadas, sería mejor para todos nosotros que me informaras sin falta antes de vuestro viaje al sur. Por otra parte, no olvides que también hay un niño huérfano, un desamparado que tener en cuenta.

—Huérfano en el sentido formal, tal vez, pero no en esencia con una madre como Beatriz. A veces pienso que en su cuerpo de mujer habita la

fuerza de un hombre. Además, conmigo siempre cerca, no se puede decir que Davico sea un desamparado.

—No obstante, si hay algún problema en la familia, por más que nos afecte, es esencial que yo lo sepa por si acaso fuera preciso emprender alguna acción.

—De acuerdo, padre —asintió Manuel con filial respeto—. En seguida hablaré con Beatriz.

Pero Beatriz, evidentemente, no quería hablar con Manuel. Durante casi toda la semana de Pascua se las arregló para no estar a solas con él.

Unas veces porque Davico estaba llorando, otras porque Ana necesitaba que le echaran una mano para remendar el viejo mantel de lino, a fin de preservarlo para las futuras generaciones, o incluso porque en un arranque de actividad Beatriz se ofrecía para convidar a la familia a tortitas de matzá al estilo sevillano, como su padre le había enseñado a prepararlas.

Tanta energía desplegó que resultó contagiosa, propagando una chispeante alegría en toda la casa. Aunque Manuel no se dejó engañar por esa treta, le disgustaba ser él quien rompiera el encanto, demoliendo la artificiosa fachada. Pero hacia el final de la semana festiva, empezó a alarmarse al ver las ojeras de Beatriz contrastando con la falsa alegría de sus ojos. Ante la interrogativa mirada de su padre creciendo cada día con más insistencia, Manuel se sintió obligado a tomar una determinación.

Al caer la noche se fue a dormir como de costumbre junto con el resto de la familia. Permaneció inmóvil en la cama y sin pegar ojo hasta estar seguro de que todos, incluyendo al llorón Davico, estaban profundamente dormidos. Entonces se levantó sin hacer ruido y fue hasta la alcoba que Ana les había destinado a Beatriz y su hijo. Tal como esperaba, encontró a ésta completamente despierta. Se acercó despacio, se sentó en el borde de la cama y la besó en una mejilla. En vez de una dulce suavidad fueron saladas lágrimas lo que sus labios encontraron. Al contacto de su tierno abrazo, ella se desmoronó, débil y desgraciada. Manuel la dejó sollozar tranquilamente, cogió su cabeza y la apoyó en su hombro hasta sentir que ella se distendía.

Sólo entonces empezó a preguntarle.

Zafándose resueltamente de su abrazo, Beatriz se incorporó y le sostuvo la mirada. Poco a poco, con frases titubeantes pero coherentes, le relató a Manuel su encuentro con Álvaro. A medida que le revelaba cada hecho, cada nuevo detalle, las implicaciones iban quedando claras para él.

Su consternación iba en aumento: primero, por la anunciada acusación de

brujería y la amenaza de muerte que eso suponía; y después, por la oferta de conversión y la increíble alacridad de Beatriz al aceptarla. ¿Era esto último la solución que en dos ocasiones ella le había insinuado cuando él la previno del peligro que entrañaba la obsequiosidad de Alfonso? ¿Era eso lo que subyacía en su enigmática frase «jugando el mismo juego que Alfonso», cuyo significado no quiso revelarle? Pero el aspecto más desconcertante, el más aterrador de su exposición, era la ciega confianza que depositaba en la justicia del rey. ¿Qué era lo que le hacía estar tan segura de que él, un monarca cristiano que no sólo poseía la balanza de la justicia sino también la del poder más absoluto, se mostraría indulgente con una judía? Al fin y al cabo, era imaginable que hubiera actuado impulsivamente, tratando de contemporizar; o que realmente creyera en sus altisonantes declaraciones de tolerancia y buena voluntad. Pero, a pesar de toda su ingenuidad en lo referente a Alfonso, ella debía de haber tenido razones más poderosas para subordinar su destino a la interpretación de un poético capricho nacido de un regio antojo.

«¿Un regio antojo?» Un relámpago de celos le reveló a Manuel la verdad con luz cegadora. No era a la justicia de Alfonso, sino a su amor, a lo que ella pretendía apelar. Consumada simuladora, le había mentido en su cara, justificando a la ligera lo que había pasado en Sevilla entre ella y el rey, y restándole importancia para suprimir sus sospechas y evitar sus celos, que era lo que más la obsesionaba. La pasión que habían compartido desde la última visita de Alfonso a Combarro, el sentimiento de unión que ella le inspiró cuando renunció a su íntima reticencia y correspondió a su amor con todo su ser, no había sido más que su escena cumbre, otra farsa cuyo propósito era engatusarlo para conseguir su imperecedera adoración, a tal punto que luego no le importara de qué manera su regio amante se aprovechara de ella. Horrorizado, Manuel se descubrió dando crédito a la esencia de las acusaciones de Álvaro, aunque por diferentes motivos. Pero con todo… ¿podía el amor haberlo ofuscado a tal punto que no pudiera distinguir entre la verdadera y la falsa Beatriz?

En la quietud de la casa dormida, Manuel no pudo desahogar la rabia que aumentaba con su confusión. Su pétrea y helada cara le inspiró a Beatriz más terror que si él hubiera montado en cólera. Era la única persona en la que podía confiar, el único de quien había esperado alguna compasión.

Si la amaba, ¿por qué le negaba ese pobre consuelo? Tan glacial, tan despiadada era su mirada, que no se atrevió a preguntarle. De buenas a

primeras, se había convertido en un extraño para ella: hostil, inaccesible.

Levantándose súbitamente de la cama, Manuel la miró con un desprecio que la paralizó.

—El compromiso que has contraído es un asunto exclusivamente tuyo.

Puesto que ésta era la independencia que querías, asúmela con todas sus consecuencias. Ni tus razonamientos, ni tus pretextos tienen la menor importancia para mí. Pero es mi obligación proteger el nombre de la familia y, sobre todo, a Davico. Ahora mismo discutiré el asunto con mi padre y, si está de acuerdo, pondremos al niño bajo su tutela.

—¿Me lo quitaréis?

—Una vez me pediste que no dejara de velar por él.

—Una cosa es velar por él, y otra ponerlo bajo vuestra tutela legalmente.

—Evidentemente no estás en condiciones de garantizar ni siquiera tu propia seguridad, mucho menos la del niño. Alguien tiene que asumir la responsabilidad de cuidarlo. Debemos protegerlo de las fatales consecuencias de las acusaciones de Álvaro, en caso de que se confirmen, y ésa es una posibilidad que no me atrevo a descartar. Sin embargo, en el mejor de los casos, suponiendo que te otorgaran el «privilegio» de abrazar el cristianismo para salvar tu vida, la familia hará todo lo necesario para, al menos, rescatarlo de las garras de la Iglesia. Afortunadamente, aún estamos a tiempo para conseguirlo.

—No puedes quitármelo. Eres la persona menos indicada para hacerlo.

—¿Y crees que voy a permitir que lo lleves a la pila bautismal? ¡Cuán incoherente estás empezando a ser, querida parienta! Hace un momento manifestabas que el motivo principal de tu decisión era su bienestar. De ser así, la conveniencia de las medidas que intento tomar debería resultarte obvia. A buen seguro, es infinitamente mejor la benigna tutela de mi padre que la influencia de fanáticos todavía más extremistas que Álvaro.

Beatriz estaba espantada. Hasta Manuel, el único apoyo en el que creía poder confiar incondicionalmente, se había vuelto contra ella. Todo lo que hizo fue volverle la cara, recostarse en la cama y llorar quedamente sobre la almohada. Y mientras se esforzaba en reprimir los sollozos, él hacía otro tanto para ahogar la compasión que le inspiraba. En aquel momento, Manuel hubiera deseado odiarla.

Entonces la dejó y fue a despertar a su padre. Cuando salieron afuera, para no despertar a la familia, Manuel desencadenó su furia contenida. En

un torrente de rabia y de celos, resentimiento y confusión que se derramó sobre los afilados escollos de su pavor, relató atropelladamente a don Isaac su versión de lo que Beatriz acababa de contarle. Mientras escuchaba, esforzándose por encontrarle sentido a la diatriba de Manuel, el médico pareció envejecer diez años. Sus mejillas palidecieron y se hundieron hasta que su cara quedó chupada, y sus manos, siempre tan seguras y sólidas, empezaron a temblar. Más que su propia aflicción, lo que le dolía era la total confusión en la que se hallaba su hijo. Aquella reacción ante la difícil situación de su parienta era tan extrema que confirmó lo que Isaac y su esposa venían barruntando desde hacía tiempo. Sólo un hombre profundamente enamorado, cuya confianza había sido traicionada, podía sentirse tan afectado. En virtud de aquella pasión, podían hacerse concesiones, pero aunque el estallido de Manuel estuviera motivado por su amor a Beatriz, las circunstancias del caso eran lo bastante graves como para suscitar en Isaac profunda alarma.

—Una copa de vino nos vendrá bien —dijo cuando su primogénito se apaciguó un poco.

—Iré a buscar una frasca —se ofreció Manuel con la voz aún trémula.

Sentados en el musgoso banco que estaba a pocos pasos de la casa, al claro de luna que bañaba con frígida palidez sus ojerosos y cansados rostros, padre e hijo bebieron a sorbos en ansioso silencio. Poco después, animado por el vino, Isaac habló, moderando la urgencia de sus palabras con el amable tono que solía emplear para calmar a sus pacientes:

—Tenemos que escribir una demanda de tutela sin pérdida de tiempo.

Como eres el más literato de los dos, te encargarás de su redacción. Mañana al amanecer iremos juntos a Burgos. Si cabalgamos toda la noche, estaremos allí en dos días. En cuanto los rabinos autoricen el documento, regresaremos para que tú y Beatriz podáis iros a Sevilla. A más tardar, será un día después de lo que habías previsto. Desde luego, Davico se quedará aquí, al amoroso cuidado de Ana y Pascualita.

—¿Estás seguro de que los rabinos aceptarán firmar un documento redactado por mí?

—Tú escribes mucho mejor que ellos.

—¿Tan ignorantes son?

—Digamos que su educación es lamentablemente deficiente.

—Entonces, por despecho, tal vez nos pongan algún impedimento.

—No se atreverán a hacerlo conmigo. Tarde o temprano necesitarán mis servicios. Antes que se me olvide, incluye una estipulación aclarando que, cuando yo falte, te designo a ti como sucesor tutelar del hijo de Beatriz.

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