Copista del rey Alfonso, La
Capítulo XXVI
El maestre Luis entró silenciosamente en la alcoba del rey, preparado para resistir el execrable humor de su soberano. Ya vestido con su camisa de batista y los calzones que insistía en ponerse él mismo cada mañana al levantarse, pues juzgaba indecoroso que sus criados lo vieran desnudo, Alfonso miraba hacia abajo por la ventana, taconeando de un modo amenazador. La cicatriz de su ceja izquierda llameaba cuando se volvió para descargar su rabia en el paciente notario.
—¡Ni que todos los ejércitos de Castilla y León estuvieran concentrados allá abajo para batallar contra el infiel! ¿A qué se debe ese ruido de todos los diablos, cuando lo único que hace mi familia es prepararse para viajar a Oporto para pasar el verano en un clima más fresco? ¡Mal rayo los parta, desde altas horas de la noche esos hombres no hacen más que alborotar gritando y maldiciendo hasta quedarse roncos! No he podido pegar ojo en toda la noche.
—Con el debido respeto, señor —dijo el maestre Luis sintiéndose obligado a defender a la familia real—, su majestad, la reina, ordenó que los preparativos se hicieran con el máximo cuidado para garantizar la salud y el bienestar de los príncipes.
—¡Los mima más de la cuenta, siempre rodeándolos de un lujo desmesurado! Eso es un mal ejemplo para el pueblo. Debemos ser espejo de sencillez y frugalidad, como corresponde a la casa gobernante de una nación cuyo tesoro está casi exhausto.
Una mordaz réplica, que pedía a gritos ser pronunciada, estaba en la punta de la lengua del maestre Luis, pero se la mordió prudentemente, aunque sin dejar de pensar: «Si el tesoro está casi exhausto es por vuestra culpa, por obstinaros en perseguir la quimera de ceñiros la corona del Sacro Imperio Romano».
—Además —siguió vociferando Alfonso mientras García, su ayuda de cámara, cuidaba del vestido de su amo—, puede que dentro de poco los infantes deban aprestarse a tomar las armas, tienen que estar hechos para soportar pruebas desde sus más tiernos años. Todos esos mimos los
ablandarán debilitando tanto su resistencia física como su fibra moral.
Tengo que hablar con la reina.
García enjugó la frente del rey, perlada de sudor a medida que aumentaba no sólo el calor de la mañana, sino también su rabia. Luego procedió a ayudar a su amo a ponerse una pequeña túnica de lino a juego con la sobreveste que a continuación le presentó, un poco larga y bordada con una hoja estilizada, al igual que la túnica. Mientras García le ponía las botas de montar de cordobán, Alfonso, apretando los labios de ira, seguía hablando con Luis:
—¡Vete allá abajo, y dile a esa gente que todo debe estar a punto para partir dentro de una hora. No podemos retrasar más el viaje si queremos llegar a tiempo a Aracena para pasar la noche al aire fresco de la sierra, quedarnos el domingo a la sombra del robledal, como pidió la reina, y luego seguir hasta Oporto, donde la reina de Portugal, mi hija Beatriz, nos espera impaciente.
Cuando García y Luis se retiraron, Alfonso volvió a contemplar irritado la escena que se desarrollaba abajo, en el patio: caballos tascando nerviosamente y tediosos rebuznos de acémilas en cuyos lomos los hombres cargaban bultos, cofres y serones con tanta torpeza que tenían que volverlos a descargar en medio de una retahíla de imprecaciones y quejas…
Enfurecido por aquel espectáculo de evidente ineptitud, por no decir de mala fe, Alfonso tuvo que reconocer a regañadientes que la subida del precio de la harina había provocado mucho resentimiento popular. En ese momento, ante la insistente llamada de García a la puerta, Alfonso contestó con un malhumorado: «¡Entra!».
—Acaba de llegar un mensaje del convento, señor. El portador dice que debe ser entregado inmediatamente a su majestad y espera una respuesta vuestra, si es que la hay.
Irascible, Alfonso rompió el sello, pero al ver el inimitable estilo de la mano que suscribía aquellas líneas, el crispado rictus de sus labios se enterneció con una débil sonrisa de placer. Lenta y pensativamente, fue hasta la hornacina donde había dejado su escribanía antes de la partida. Con inquietos dedos, revolvió dentro del largo estuche de plata donde estaban sus péndolas hasta encontrar la finísima pluma de cuervo. Entonces, apoyándose en el estante, escribió una rápida nota sobre un trozo de vitela que, en un extraño gesto de ahorro, había cortado de una hoja parcialmente
usada y dejada aparte. Tras lacrar el billete con el sello real, se lo entregó a su ayuda de cámara.
—Ordénale al mensajero que lleve esto al convento y que se lo entregue personalmente a la viuda Beatriz.
Cuando el maestre Luis volvió para informar a su señor de que todo estaba preparado para el viaje, Alfonso lo desconcertó con una repentina expresión de total indiferencia:
—Diles a la reina y al resto del séquito, excepto a mi escolta, que se vayan sin mí. Quiero oír la misa dominical aquí; los alcanzaré el lunes más allá de Aracena.
Resignado, Luis suspiró para sus adentros mientras intentaba aceptar otro inexplicable cambio de planes y humor de su soberano.
La quietud que cayó sobre el palacio una vez que el real séquito se marchó fue tan deprimente para Alfonso como la inmovilidad que solía flotar sobre los campos de batalla cuando la lucha terminaba. El retumbante eco en los pasillos y en las habitaciones parecía multiplicar el silencio, acrecentando el peso que oprimía su alma. Una intolerable sensación de asfixia le aferró la garganta. ¡Aire! ¡Necesitaba aire! Necesitaba estar al aire libre, lejos de la ceñida y putrefacta ciudad. Necesitaba espacio, calma y soledad para aclarar sus ideas y examinar sus sentimientos antes de que al día siguiente Beatriz obedeciera su orden.
—¡García! —llamó con voz ahogada—. Ensilla mi caballo y llama a los guardias. Vamos a la Huerta del Rey.
Acostumbrados a los repentinos cambios de planes de su amo, lo único que lamentaban los miembros de su escolta mientras galopaban extramuros era que no estaban camino de la costa, donde la bendita brisa del mar les aliviaría del plomizo e implacable sol.
Solo en su pabellón, sentado como de costumbre en el banco de mármol, Alfonso cerró los ojos y dejó que el aire perfumado por las rosas lo acariciase mientras se refrescaba a la sombra después de la calurosa y enervadora cabalgada. Poco a poco, a medida que sus ánimos se serenaban, la imagen de Beatriz, diáfana y pura, le embargó. Él no la había evocado a propósito sino que había brotado espontáneamente, penetrando todas las fibras de su corazón, su pensamiento y su alma. Si esto no era obra del diablo, ¿qué era entonces? Y pese a todo, aunque la había sometido al más severo escrutinio, ni él ni las monjas encargadas de su catequesis habían detectado en su conducta el menor indicio de maldad. ¿De dónde, pues,
emanaba esa curiosa fascinación que ejercía sobre él? Su inteligencia no era suficiente para explicarlo, y belleza no tenía. ¿Acaso surgía de su crepitante vitalidad, esa deslumbrante vivacidad que chispeaba en sus grandes ojos, semejante a la esencia de la vida, y tan esquiva, que le obligaba a perseguirla a pesar de esa inaccesibilidad? De todas las mujeres que había conocido, Beatriz era la única que no había procurado agradarle o seducirle.
Lo único que había solicitado de él era justicia, a lo cual, como súbdita suya, tenía derecho. Tal vez era esa misma integridad, esa pureza preadánica, anterior al pecado original, lo que tanto le tentaba a él, que había gozado de los favores de las mujeres desde su más tierna juventud principesca.
Con todo, Beatriz no era tan virtuosa como para que él se encaprichara tanto. Al fin y al cabo, no había tenido escrúpulos a la hora de corresponder a los requiebros de su pariente, aunque de hecho esa conducta no podía considerarse reprensible ya que la relación no era adúltera. Sin embargo, le amargaba que hubiera preferido a un oscuro traductor en vez de a él, un rey.
¿No sería eso una consecuencia del notorio sentimiento de exclusividad de los judíos, esa creencia en su destino como pueblo elegido de Dios que los llevaba a rodearse con una infranqueable barrera, especie de baluarte contra todas las seducciones, incursiones e invasiones? «Pero, ¿acaso no fuimos nosotros, los cristianos, quienes los forzamos a adoptar esa postura defensiva para sobrevivir?», admitió irónicamente… Manuel y Beatriz eran de la misma clase, miembros de un círculo cerrado, al cual él, con toda su sangre azul, no pertenecía. Así las cosas, ¿qué haría con ella? Con el absoluto poder que tenía sobre su vida y su muerte, el completo control sobre su cuerpo y su alma, podría doblegarla a voluntad. Pero lo que su voluntad quería, él lo desconocía.
¿La castigaría por haber desestimado su egregio amor y, por despecho, ordenaría que la ejecutaran? ¿Insistiría en poseerla para satisfacer su arrogancia y su inexplicable deseo? ¿Indagaría acerca de la sinceridad de su conversión, postergando su decisión y reteniéndola en su poder? ¿O haría justicia y, después de su conversión, la dejaría irse? Tal era la ilimitada libertad, la terrorífica responsabilidad y el perpetuo dilema inherente al ejercicio del poder. La ley tenía su lógica. Pero ¿era lógica la justicia?
¿Bastaba un solo criterio para decretar el destino de los seres humanos?
¿No debería dejar que los movimientos del alma: el amor, la pasión, la compasión, influyeran en su sentencia?
Se dejaría guiar por su instinto. Cuando estuvieran frente a frente, tomaría una decisión.
Ahora escribiría un poema, no dedicado a Beatriz, sino a la Virgen, con la esperanza de que lo inspirase en su infinito amor y sabiduría. Se levantó y fue hasta el alféizar de la ventana de mármol, donde papel, pluma y tintero estaban siempre esperándole. De pie, a la luz del sol que se filtraba a través de la tracería de yeso que protegía la ventana lanzando la sombra de un encaje sobre el papel, empezó: «He escrito muchas cantigas…».
Trivial. Tachó todo el verso. «He compuesto toda suerte de loores…» No, mejor aún: «He escrito cantigas de muchas maneras…».
No le venía la inspiración. Inquieto, salió afuera y dio un paseo bajo el follaje que en un suave abrazo envolvía el pabellón. Se detuvo un momento a observar una hoja cuyo borde se había desteñido a causa de la concentrada luz del sol, dejando una blanca gorguera alrededor del verde intenso de la nervadura. El rumor del agua brollando de los surtidores en los jardines de Salah le sugirió una cadencia gracias a la cual las frases de pronto empezaron a fluir. Volvió al pabellón y, ya sin esfuerzo, comenzó de nuevo: Aunque he escrito cantigas de loor
de muchas maneras,
alabando como conviene
a la que nos enseña caminos
para lograr el bien de Dios,
me parece que no he dicho nada;
que es tan larga la alabanza
de la que nos mantiene,
que nunca se acaba…
Palabra tras palabra, verso tras verso, las estrofas manaban de su pluma. Sólo cuando la luz empezó a declinar, fue consciente del paso de las horas. García le llevó comida, pero él apenas la tocó y, cumpliendo su orden, el ayuda de cámara acondicionó el porche para que su señor pasara la noche allí. Quería ahorrarle a Beatriz la angustia de la espera al siguiente día. Al igual que otros domingos, estaría allí para recibirla.
Y mientras el rey de Castilla y León dormía plácidamente en la fresca noche de su pabellón, Beatriz, emparedada entre cuatro asfixiantes muros,
yacía completamente desvelada, presa de toda clase de temores.
Indudablemente había resistido los rigores de la prueba a la que ella misma quiso someterse. No sólo no habían encontrado motivos que justificaran las descabelladas acusaciones de Álvaro, sino que también tuvo éxito probando que no era una simple devota, sino una auténtica conversa. Y todo ello aparentando que había aceptado, en mente y alma, los sacrosantos principios, la verdad tal cual la decretaba el dogma, tal y como Alfonso tan sucinta y convincentemente la interpretaba. Durante aquella rigurosa prueba, había conseguido controlar sus actos y, por tanto, su destino. Pero sobre los caprichos de Alfonso ella no tenía poder. Lógicamente, ahora él podía aceptar su conversión y dejarla marchar. Pero si bien era un ferviente defensor de la razón, no siempre seguía sus dictados, pues su espíritu indómito era harto conocido. ¿Acaso no había insinuado el deseo de poseerla en cuanto se hubiera despojado del estigma de ser judía? Cuando lo intentara, su enorme experiencia con las mujeres le permitiría sentir la más mínima reticencia en su reacción… ¿Cómo se las ingeniaría para escapar impunemente de las exigencias de su soberano? Ante ella estaba la más difícil de todas las pruebas…
Bañada en su sudor, con el peso del inmóvil aire viciado oprimiéndole el pecho hasta sentir asfixia, Beatriz se revolvía en la cama sin lograr conciliar el sueño. El eco apagado de los jadeos procedente de la celda contigua despertó en ella latidos de deseo, sus muslos se abrieron espontáneamente en respuesta a una especie de ciego impulso animal. ¡Qué flagrante mascarada era todo! ¿Cómo podía ningún Dios, mucho menos un Dios hecho Hombre, permitir la hipocresía de aquel fingido voto de castidad contraído en nombre de su «amor»? Su cuerpo ardiendo, su corazón gritando contra su obstinación, su falso orgullo, su imaginación que había concebido el espectro de una inexistente causa de celos: trágica acumulación de errores que la había llevado a rechazar el sincero amor de Manuel. Si Dios era justo, Él tenía que concederle una oportunidad para enmendar aquel agravio.
OceanofPDF.com