Copista del rey Alfonso, La
Capítulo IV
Durante el largo viaje desde Córdoba hasta Salamanca, Beatriz habló poco. Tras decir lo indispensable para aclarar su identidad, volvió a guardar silencio encerrándose en sí misma. A los reiterados esfuerzos de Manuel por hacerla hablar, contestaba con monosílabos, con la mirada perdida en lontananza. Una mirada glacial, apagada, extinguida. Cada vez que con la mejor voluntad él se ofrecía para ayudarla con su mulo o con su fardo repleto de pertenencias y provisiones, ella lo rechazaba, cortés pero enérgicamente. Estaba tan tensa, y a la vez tan frágil, que Manuel temía que estuviera en un tris de quebrarse, como una ramita seca a fines del estío.
Por su parte, Beatriz sabía que debía desahogarse; pero no ahora, no inmediatamente. En realidad, desde la muerte de Benito, no había llorado su pérdida. No había tenido tiempo. Y ahora que estaba decidida a enfrentarse sola con la realidad de la vida, despreciando la autocompasión y desdeñando la piedad de los demás, no podía permitirse llorar. Ni tampoco su pariente debía descubrir en ella ninguna señal de debilidad, para que eso no se convirtiera en una forma de dependencia de él. Más tarde, cuando las aguas volvieran a su cauce, podría aflojar tranquilamente ese rígido autodominio… Sólo cuando pasaron a trote corto por las escabrosas piedras del viejo puente romano, cuya arcada parecía extenderse sin esfuerzo sobre el Tormes, un tímido destello de interés iluminó su inanimada expresión, como un sol asomándose furtivamente entre nubarrones. Era un poco antes del ocaso, y la luz y el calor esmaltaban las piedras de Salamanca bruñéndolas con un resplandor dorado que bañaba la cuesta donde se encontraba la ciudad.
—Creo que me gustaría quedarme aquí algún tiempo —dijo cuando se acercaron a la universidad a través de calles empedradas donde resonaban los pasos apurados de los preocupados estudiantes y la risa de los más alegres. En el delicado crepúsculo, los eruditos, en pequeños corros, discutían sobre temas trascendentales, mientras los clérigos y los fieles acudían presurosos a la catedral para asistir a vísperas.
—¿Entonces no pensáis seguir conmigo para encontraros con mi padre?
—Por supuesto que quiero encontrarme con él, pero ya que estoy aquí, sería una tontería desperdiciar la ocasión de buscar una colocación.
—Como queráis —dijo Manuel sin tratar de disuadirla—. Mañana tengo que consultar unos códices en la biblioteca de la universidad, y antes de irme debo proveerme de papel para mi borrador.
—¿Hay fabricantes de papel aquí, en Salamanca?
—Sí. Una pareja de árabes de Játiva que lograron huir y, con el tiempo, establecieron un taller aquí. Su papel es un poco más tosco que el que hicieron los maestros artesanos árabes en al-Andalus, pero es más barato que el pergamino y bastante bueno para un borrador. Estaré aquí un par de días, así que tendréis un poco más de tiempo para escoger entre quedaros aquí sola o aceptar mi propuesta. Me alojaré en la casa de un colega —añadió con aire de indiferencia cuando se acercaban a la plaza del mercado—, pero podéis pasar la noche en una posada que está a la vuelta de la esquina. Nos encontraremos allí mañana por la tarde, y entonces podéis comunicarme lo que hayáis decidido.
Resueltamente, Beatriz entró sola en la posada. Impávida bajo la mirada aviesa del posadero, le pagó una cantidad adicional al precio del hospedaje para poder dormir en una alcoba que había detrás de un tugurio, sucio y lleno de humo, donde pernoctaban otros huéspedes. Allí, una mampara la protegería del fisgoneo, y de las groseras insinuaciones, de los otros viajeros que se alojaban en el mesón.
—Os las dais de dama, ¿no? —sonrió satisfecho el posadero—.
Cualquiera diría que sois una mujer ligera de cascos, sin duda alguna pendoneando siempre por esos caminos de Dios con total independencia.
Seguramente la asquerosa regla os ha impedido devengar el salario de vuestro vergonzoso oficio. En fin, no dejéis ninguna mancha de sangre en el colchón o tendréis que pagar una sanción.
Beatriz no estaba preparada para una humillación tan mordaz. Sus defensas eran demasiado vulnerables para soportarlo. Apenas estuvo detrás de la mampara, se metió debajo del mugriento jergón y sollozó quedamente.
Pero no lloraba sólo por el insulto, ni siquiera por los prejuicios que suelen acosar a una mujer sola; lloraba a causa de la realidad que la sugerencia de Manuel le había obligado a afrontar: el espantoso frío que inunda la viudez.
Por primera vez desde que falleciera su esposo, se había visto obligada a tomar una importante y razonada decisión sin consultarlo con nadie, pues, tras la muerte de su padre, sólo confiaba en Benito. No solamente estaba
privada de su amor, aquella pérdida que no se había permitido llorar, sino también de sus consejos. Tenía que elegir inmediatamente. Una de dos: o se quedaba en Salamanca, independiente y libre para elegir su camino en la vida, o iba a Santiago de Compostela al encuentro de una familia de la que no sabía nada y acompañada por un pariente de quien dependería para ganarse el sustento. Su capacidad de razonar se abismaba en las incoherencias que engendraba su trastorno. La nostalgia de Benito, su amor, su ternura, su bondad, interrumpía la ilación de sus ideas haciéndola oscilar caótica, irracionalmente, de una opción a otra, como un péndulo desquiciado.
Exhausta a causa de los fútiles esfuerzos para dominar el tumulto que hervía en su alma, lloriqueó en sueños antes de que empezara el alboroto nocturno de borrachos y parranderos. A primera hora de la mañana, cuando se despabiló, desorientada, todo estaba en calma, salvo los irregulares ronquidos de un beodo que venían del otro lado de la mampara, más parecidos a los gruñidos de un animal que a sonidos humanos. Al incorporarse, buscó a tientas la causa del desasosiego que la embargaba hasta que brotó a raudales del fondo de su conciencia, desbordándola con tanta fuerza que le devolvió su impasible lucidez. A la repentina claridad del amanecer, su dilema aparecía en su cruda desnudez: sola ante el vacío de su mundo interior, tenía que seguir escogiendo entre dos alternativas desconocidas…
Ya completamente despierta, se levantó con las primeras luces.
Evitando pisar las corpulentas formas que dormían tumbadas en el suelo, aquí una nariz picada de viruelas moviéndose nerviosamente, allá el espeso chasquido de una lengua estropajosa por la resaca, salió de puntillas de la sofocante posada que apestaba a vino rancio y a sobaquina. Afuera, en el mercado, respiró a pleno pulmón el aire puro de la madrugada mezclado con el apetitoso olor a pan recién salido del horno. De repente, experimentó un hambre canina. Compró un panecillo crujiente y un poco de queso de cabra, y empezó a engullir la blanda masa aún caliente. Comiendo mientras caminaba, vagó entre los pintorescos puestos de frutas, pasando por alto las miradas indiscretas de los vendedores, que no perdían de vista su desamparada, solitaria y sombría silueta recortándose contra la naciente luz del nuevo día.
Poco a poco Salamanca se desperezaba. A esa hora, los primeros en salir a la calle eran algunos estudiantes tensos, serios, que acudían temprano
a la biblioteca para obtener antes que nadie las obras que necesitaban consultar, y también en busca de un asiento cercano a las ventanas para enfrascarse en la lectura. Los menos aplicados se despegaban de las sábanas más tarde, remoloneando mientras comían algún tentempié barato, aquellas tentadoras rebanadas de pan con tocino expuestas en los tenderetes del mercado, y sólo entonces acudían perezosamente a las clases de filosofía y derecho, astronomía y matemáticas, anunciadas para el día.
—¡Vamos a ver, guapetones, par de pícaros! —exclamó una cajera del mercado con sus regordetes brazos en jarra, una pelirroja de voluminosos pechos que se dirigía entre bromas y veras a dos jóvenes clientes—. No puedo pasarme la vida viviendo de vuestros horóscopos ni de vuestras seductoras promesas. ¡Majos, si el viernes no me habéis pagado lo que me debéis, en vez de frescas y crujientes pastas, os daré pan de la semana pasada, seco, duro y mordisqueado por los ratones!
Sin inmutarse, entre ávidos bocados y zalamerías, los deudores se turnaban protestando y prometiendo. Y luego se escabulleron para unirse a unos estudiantes rezagados que acudían a sus clases corriendo a lo largo de calles empedradas, despeinados y con los sayos al vuelo mientras sujetaban frenéticamente sus manojos de pergaminos.
A pesar de la preocupación por su dilema personal, Beatriz sintió vibrar a su alrededor el pulso de la ciudad cuyo espíritu vital manaba desde su corazón: la universidad que el rey Alfonso había fomentado.
Intuitivamente, siguió a la multitud de estudiantes que afluía hacia el centro de enseñanza. Cuando llegó al sobrio arco de la portada, le llamaron la atención los relieves de piedra que lo adornaban: diminutas figuras que no levantaban más de un codo representando copistas y eruditos, graves, encorvados; unos leyendo en libros abiertos, otros escribiendo sobre tablillas. Aquel estilo de decoración escultórica no lo había visto en Sevilla.
«¿Lo habrían traído los franceses a través del Pirineo?», se preguntó mientras los estudiantes la empujaban arrastrándola hasta el patio y apretujándose a su alrededor. Pero al llegar al vestíbulo de la universidad, reconoció en los intrincados motivos geométricos del techo la maestría de los artesanos árabes que ella tan bien conocía. Al ver aquel artesonado, una efímera sonrisa se dibujó en su tenso y meditabundo rostro. No cabía duda de que Alfonso había ordenado aquella obra como parte de su «plan general»…
Cuando pasó por el umbrío corredor y miró a través de las puertas entreabiertas, empezó a respirar anhelante el conocido olor de la tinta mohosa, las emanaciones de los vetustos pergaminos y de la gastada vitela que rezumaban las paredes. Pero su placer duró poco. Al ver lo que se ofrecía a sus ojos, se le cayó el alma a los pies: hilera tras hilera de enjutas y pálidas caras de estudiantes copiando interminables tratados de Derecho Romano que, bien lo sabía ella, estaban destinados a la cohorte de juristas traídos de todos los confines de la cristiandad con el fin de redactar un código de leyes que unificara jurídicamente el reino de Alfonso. Sólo el raspear de las plumas, el crujido de las hojas, un cauteloso raspado de las erratas borradas y algún carraspeo ocasional perturbaban el silencioso ensimismamiento de los copistas. Pero, ¡por supuesto!, la realidad volvió a golpear el péndulo de su entendimiento, esta vez balanceándolo vertiginosamente entre la decepción y el consuelo. Nadie solicitaba sus servicios allí donde había tantos estudiantes en apuros, afanosos de abalanzarse sobre la primera oportunidad de ganar una miseria mientras proseguían sus estudios. Instantáneamente, sus ilusiones de libertad e independencia se pulverizaron como las frágiles hojas de un antiquísimo manuscrito.
La elección se produjo por sí sola. A la mañana siguiente dejaría atrás las doradas piedras de Salamanca y cabalgaría con su pariente hacia un futuro que le era imposible prever.
Entonces se sintió invadida por una oleada de náusea. Al principio, la atribuyó a su aprensión ante la vida que le esperaba, pero tras meditarlo un poco sospechó que la causa podía ser otra. En efecto, su ciclo menstrual nunca era regular y la más leve alteración en su rutina cotidiana podía interrumpirlo. Tanto ella como Benito solían achacar a esas faltas el hecho de que tras muchos años de matrimonio no hubieran tenido hijos. Pero nunca se desesperaron, siempre amándose, siempre esperanzados, y él jamás se lo reprochó. ¡Qué triste, y al mismo tiempo, cuán maravilloso milagro sería que un niño estuviera creciendo en su seno: personificación y prolongación del lazo que los unía! Su amor había sido tan intenso que se fundieron en cuerpo y alma en un solo ser. A raíz de su muerte, ella sintió que una parte de su cuerpo se desgarraba dejándole abierta una herida allí donde siempre había sentido la presencia de Benito. El nacimiento de esa criatura vendría a mitigar su dolor restañando la herida y llenando ese vacío que la habitaba tras la pérdida de su esposo. No se atrevía a concebir una
esperanza, ni tampoco a vislumbrar un desengaño. La naturaleza seguiría su curso, y ella la seguiría resueltamente…
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