Copista del rey Alfonso, La
Capítulo XII
Aunque amantes, Beatriz y Manuel seguían viviendo cada uno en su casa, porque ella se había empeñado en que así fuera. Sorda a las apasionadas súplicas de Manuel, rechazó cualquier idea de matrimonio.
—Deberías casarte con una buena moza y tener tu propia familia —
insistía mientras daban su paseo matinal por la playa, acariciados por los primeros avisos de brisa primaveral—. Piensa en esta aventura como una de esas locuras que se permiten los jóvenes. Cuando hayas terminado de traducir el Régimen,saldré de tu vida tan deprisa como entré en ella.
—Entonces, en verdad, no me amas.
—Nunca dije que te amase.
—Pero a pesar de todo, compartes tu lecho conmigo. ¿No lo harás sólo porque te devuelvo tu vitalidad, tu joie de vivre?
—No es sólo por eso. Pero en nuestra relación hay un desequilibrio, una grieta que acabará destruyendo el amor que me tienes. Mi experiencia de la vida, de la muerte, del dolor y del nacimiento, me otorgan una madurez que supera a la tuya. Con el tiempo llegarás a resentirte por mi inevitable sentimiento de superioridad, como si se tratara de una indebida supremacía. Te mereces algo mejor.
—¿Y tú? ¿Qué mereces tú? Si sigo el hilo de tu argumentación, sólo mereces un hombre que haya vivido ya los mejores años de su vida, alguien a quien al poco tiempo tendrás que cuidar y alimentar hasta que muera. ¿Es ese el destino que te reservas a ti misma?
—Ya he demostrado que puedo arreglármelas muy bien yo sola.
—Sí, pero al precio de condenarte a una vida vacía en medio de la aridez y la desolación.
—Tal vez, pero menos destructiva que una vida de constante desavenencia y desdicha.
—Me resisto a imaginar que ése será tu futuro.
—Bien, entonces, cuando me haya convertido en una vieja chocha, prometo que dejaré que me recojas y me cuides —se burló Beatriz.
—Y me dejarás anhelándote durante todos esos años entre… A pesar de tus burlas, me niego a creer que seas tan cruel.
—Todo lo cruel que tienen que ser los mayores más juiciosos para preservar la felicidad de los que tienen menos experiencia. ¡Oh, mira! —
gritó agachándose súbitamente para recoger un guijarro negro—. No tiene ni una veta. Es liso, terso y delgado como un trozo de ébano. Tócalo.
Manuel cogió el canto rodado y lo acarició con la yema de los dedos:
—Al tacto parece seda, es tan suave como el desfiladero que hay entre tus pechos donde tanto me gusta reclinar la cabeza.
—¡Demasiado temprano para tanta lujuria! ¿No te da vergüenza, pariente? ¿Qué diría el pobre Álvaro? Vamos, es hora de regresar. Pronto estará aquí, si es que no ha llegado ya —advirtió ella mientras volvían al pueblo, pues, aguzando la vista, vislumbró una silueta de pie en la puerta de la casita de campo. Manuel miró en la misma dirección.
—¡Maldita sea! No es Álvaro. Mira esos horripilantes colores. Es Estrea. ¿Qué demonios estará haciendo aquí?
—¿Vendrá en pos del gran amor de su vida? —bromeó Beatriz mientras apretaba el paso—. Será mejor que vaya a mi casa y te deje con sus encantos…
—¡Ni se te ocurra! Si me ve solo, se me echará encima…
Manuel saludó con frialdad a la muchacha enferma de amor:
—¿Se puede saber qué estás haciendo aquí?
Rápidamente, Estrea se echó al hombro izquierdo el mantón de chillones colores creyendo que era un gesto coqueto:
—Ana me envió para ver si todo estaba en orden. Hace semanas que no vienes a la casa a pasar el sabbath. Está preocupada por ti, y yo también.
—Como puedes ver, estoy en perfecto estado de salud. Pero es verdad que he descuidado a la familia últimamente. Dile a mi madre que lo siento mucho, y que iré sin falta la semana que viene.
—Ella…, yo…, nosotros habíamos pensado que podrías ir hoy conmigo.
—Eso es absolutamente imposible. Tengo que trabajar con mi colaborador. Pero iré el sábado, como he prometido.
—¿Qué es lo que prometes para el próximo sábado? —inquirió Álvaro con aplomo mientras se acercaba al grupo incómodamente reunido en la entrada de la casa.
—¡Oh, buenos días, don Álvaro! Precisamente pensaba ir a mi casa para variar un poco.
—¡Y tanto! «Hay que honrar al padre y a la madre…», como está escrito.
—¡Así es! —murmuró Manuel secamente.
—Entonces, debo irme —susurró Estrea, lastimosa y cabizbaja.
—No, por favor, entra y descansa un poco antes de ponerte otra vez en camino —la invitó Beatriz amistosamente en un vano intento por consolar a la pobre muchacha ofendida.
—No, gracias. Será mejor que regrese. —Estrea volvió bruscamente las espaldas hacia su mula ocultando las lágrimas de mortificación que asomaban en sus ojos. Y sin decir palabra, se montó en el exhausto animal y se alejó.
Cuando Beatriz, Manuel y Álvaro entraron en la casa, ella dirigió una mirada de reproche a su pariente por lo insensible que había sido con la chica, pero él no se conmovió lo más mínimo.
Un poco más animado que de costumbre, Álvaro se sentó enseguida a trabajar. Rápidamente hojeó sus papeles hasta encontrar al párrafo que estaba buscando:
—No estoy del todo satisfecho con este pasaje donde se habla del bienestar emocional del enfermo y del saludable —empezó a decir.
—¿En qué parte está exactamente?
—Aquí, el párrafo que empieza así: «Los físicos advierten que se debe prestar mayor atención a los movimientos del alma sin dejar de tomarlos en cuenta constantemente. Hay que mantenerlos en equilibrio, tanto si se está bien de salud como si se está enfermo, y no dejar que ningún otro régimen prevalezca sobre ellos». Pero es la siguiente sentencia la que no me convence: «El físico debe considerar que todo enfermo tiene el corazón constreñido, mientras que los que gozan de salud tienen el alma henchida y, por eso, debe suprimir las alteraciones emocionales que desembocan en un encogimiento del espíritu». Me gustaría traducirlo de esta otra forma: «El físico debe tratar de garantizar que tanto los enfermos como los saludables mantengan siempre un espíritu alegre, que se libren de las pasiones de la psique que están en el origen de la ansiedad».
—Difícilmente pueda llamársele a eso una traducción fiel.
—Es posible que no sea absolutamente literal, pero conserva el sentido, ¿no crees? Y si así no fuera, la lectura resulta mucho más fluida y el significado resulta diáfano para el lector medio.
Beatriz dejó de escribir un momento para oír la versión de Álvaro, y a pesar de su cariño por Manuel y de que sabía que era un excelente traductor, tuvo que reconocer, mal que le pesara, que a veces Álvaro lo superaba.
El siguiente sabbath por la mañana, Beatriz identificó inmediatamente los suaves golpecitos en su puerta. Que esto le sorprendiera era natural; que le agradara, ya lo era menos. Durante todos aquellos meses, desde su primera aparición, Álvaro había sido un enigma para Beatriz. Su genio áspero, la intensa soledad que parecía cultivar, ejercía sobre ella una peculiar fascinación. Intrigada por su inesperada visita, pensó que era una buena ocasión para explorar la hermética concha en la que se encerraba.
—Entra —dijo recibiéndolo cordialmente—. ¿A qué se debe el placer de tu visita?
—Yo… yo… precisamente vengo para ver si necesitas algo, en vista de que Manuel no está aquí. No debe de ser fácil para ti estar aquí sola con el niño.
—Te agradezco mucho que te preocupes por mí, pero estoy acostumbrada a arreglármelas sola. Detesto la idea de convertirme en una carga para nadie.
—¡Qué curioso que digas eso! —dijo Álvaro y, tras un incómodo silencio, agregó vacilante—: Yo me hice exactamente el mismo propósito cuando murió mi mujer.
—Y parece que te mantienes firme.
—Puede decirse así. Al igual que tú, siempre estuve muy orgulloso de la forma en que conseguí superar mi dolor adaptándome a la soledad.
—¿«Estuve»…? —repitió ella citándolo—. Pero… ¿y ahora?
—Empiezo a dudar de la sensatez del camino que he seguido. A medida que se acerca el otoño de mi vida, no puedo evitar la sensación de que, durante todos estos largos años en los que ni he recibido ni he dado, no he hecho otra cosa que desperdiciar el divino regalo de la vida. Yo… yo…
no te desearía la misma suerte.
—Eso es imposible —repuso Beatriz sacando a Davico de la cuna—.
Olvidas que tengo un hijo.
—Pero Davico crecerá y tú, como yo, envejecerás sola, tal vez no del todo abandonada, pero igualmente sola en lo más profundo.
—Manuel me dijo lo mismo.
—Parecéis muy íntimos, tú y Manuel.
—A Manuel lo quiero como a un hermano menor y, como tal, demuestra un natural interés por mi bienestar.
«¿Cómo reaccionaría Manuel ante esa verdad a medias?», se preguntó Álvaro, pero Beatriz prosiguió:
—Ni él ni tú parecéis daros cuenta de que para mí Benito es insustituible.
—Yo pensaba lo mismo de mi pobre Teresa. Y lo pensé durante tanto tiempo que cuando me di cuenta de mi error, era demasiado tarde para cambiar mi estilo de vida.
—Debes de haberla amado muchísimo.
—Tanto que de buen grado decidí renunciar a todo lo que hasta aquel momento había tenido algún significado para mí: Dios, la Iglesia, mis hermanos de la orden del Císter…
—Lo comprendo muy bien.
Una vez más, un incómodo silencio se hizo entre ellos. Entonces Álvaro giró sobre sus talones hasta quedar frente a la ventana, de espaldas a ella. Mirando al mar, dijo serenamente:
—El otro día, mientras trabajaba con Manuel, eché un vistazo al pasaje que él estaba redactando. Si mal no recuerdo, era algo parecido a esto: «Es sabido, gracias a la observación racional, que pensar en lo que ha acontecido no esnada beneficioso, y que lamentarse y entristecerse evocando el pasado son actividades carentes de intelecto».
Beatriz palideció cuando el eco del argumento de Manuel resonó en los labios de aquel erudito apartado del sacerdocio. Indecisa ante lo que Álvaro había citado, o por lo que eso implicaba, no hizo ningún comentario.
—Haciendo un examen retrospectivo —continuó él—, tengo que confesar que estoy de acuerdo con vuestro gran sabio judío, el sirviente Moisés. El intelecto puede tener muchas definiciones. Entre otras, se podría sugerir que es la habilidad mental para dominar, por medio de la razón, las emociones del alma.
Dicho esto, bruscamente Álvaro dio media vuelta y quedó de nuevo frente a su interlocutora. Al advertir su confusión, enseguida añadió:
—Pero me temo que estoy divagando. No es frecuente que se me presente la ocasión de conversar con alguien que ha emprendido la misma
ruta que yo he transitado. Por favor, perdóname. Si no hay nada en lo que pueda ayudarte, seguiré mi camino.
Había tanta tristeza en Álvaro que Beatriz, en un arrebato de compasión, se sorprendió al oírse decir:
—¿Te gustaría tomar un vaso de vino o tal vez comer algunas frutas, antes de que yo salga a pasear con Davico?
La triste mirada de Álvaro se embriagó de placer, pero al punto se tornó sombría:
—Con mucho gusto, pero no quisiera parecer un intruso inmiscuyéndome en tu intimidad.
—No es ninguna intrusión —le tranquilizó Beatriz amablemente poniendo una jarra, dos vasos y una fuente con peras y manzanas en la mesa que no se tomó la molestia de recoger. Sentados uno frente al otro, en silencio, bebieron a sorbos el vino hasta que Álvaro rompió el hielo:
—¿Por dónde sueles pasear normalmente?
—No voy a ningún lugar en particular. Por lo general, voy a sitios donde no sople mucho el viento.
—¿Has estado en la cala que está más allá del cabo de la bahía de Combarro?
—No.
—¿Te gustaría que te la enseñara? Es un paraíso para los coleccionistas.
—¿Coleccionas conchas?
De nuevo Álvaro vaciló, y bebió un largo trago antes de contestar:
—Pudiera decirse que sí. Eso empezó a raíz de la muerte de Teresa.
Cuando le pagué al médico que no consiguió salvarla, me quedé sin dinero para erigirle un lápida sepulcral digna de su memoria. Entonces cubrí su tumba con miles de conchas de almejas, casi idénticas por su forma y color.
Mientras las buscaba, examinando miles y miles de conchas, empecé a fascinarme con la infinita diversidad de formas de esas maravillosas creaciones: unas grandes como el puño de un hombre, otras pequeñas y delicadas como la uña de un niño. Me quedé con las más singulares. El resto se las di a las aldeanas que aprecian ciertas variedades que yo desecho, pues las ensartan para hacer collares y pulseras que luego venden en el mercado del pueblo. Por mi parte, y aun después de que la tumba de Teresa estuviera cubierta, seguí recogiendo conchas, siempre buscando algún raro ejemplar que aún no tuviera. De este modo, una necesidad se
convirtió en pasatiempo, y el pasatiempo casi en una obsesión. La cala me atrae como un imán y nunca dejo de descubrir allí algo nuevo, como prueba del inefable poder del Creador. ¿Quieres venir?
—Con mucho gusto, pero antes tengo que darle el desayuno a Davico.
—Esperaré.
Con sumo cuidado, Álvaro disimuló su impaciencia mientras Beatriz le daba de comer a su hijo, cucharada tras cucharada, tediosamente, y luego lo abrigaba con una manta escarlata, tras lo cual apagó el fuego arrojándole un jarro de agua… Acostumbrado a una total libertad, hacía mucho que Álvaro había olvidado lo que era adaptarse a las necesidades de otro. En la playa también tuvo que adaptar sus zancadas a los pasos de Beatriz; esperándola cada vez que ella se detenía para arropar más a Davico y protegerlo de la penetrante humedad de la brisa.
Pero en cuanto llegaron a la pequeña ensenada, se olvidó de la irritación que le provocaban esos pequeños contratiempos. Allí, entre las sombrías líneas dejadas por el flujo y reflujo de la marea, en medio del amontonamiento de relucientes algas y maderos arrastrados por el mar, sus avezados ojos discernieron un par de conchas cónicas cuyas costillas, tachonadas de manchas, tenían el aspecto de una piel de serpiente. Dejando atrás a Beatriz con su hijo, Álvaro se adelantó precipitadamente, cogió las conchas y fuehasta la orilla, donde las lavó quitándoles la arena y el musgo pegajoso. Entonces regresó con una en cada palma para mostrárselas a Beatriz.
—Estas estrías son muy poco comunes —dijo excitado con las mejillas mudándole de color—. Estas manchas grandes, alternándose con las salpicaduras casi blancas de diferentes tamaños, presentan una curiosa irregularidad. Y los lunares que destacan sobre el color de fondo de las manchas se difunden de un modo tan insólito que, de por sí, constituyen una rareza. Es un matiz demasiado profundo para llamarle ocre, demasiado pálido para definirlo como castaño, con un tinte rosáceo tirando a rojizo que comunica una sensación de efusión y tersura. Fíjate aquí —dijo alargándole una a Beatriz.
Ella cogió la concha y, tras admirarla un momento, hizo ademán de meterla cuidadosamente en su faltriquera. Pero al advertir que la mano de Álvaro seguía extendida y que devoraba la concha con la mirada vehemente del coleccionista, rápidamente se la devolvió.
Tras meter tiernamente las conchas en una talega, Álvaro se arrodilló y empezó a escarbar frenéticamente entre la rocalla, evidentemente buscando más tesoros, aunque también para encubrir su punzante sentimiento de culpabilidad. Sabía que hubiera debido regalarle la concha a Beatriz. Pero era tan esclavo de su obsesión y su egocentrismo tan estricto, que se sintió incapaz de sobreponerse, de buscar dentro de sí la indispensable dosis de generosidad para darle a otro algo que le era muy querido. Tenía que rectificar su conducta, encontrar otra rareza y obligarse a renunciar a ella: un mero objeto inanimado, a cambio de una sonrisa…
Por fin encontró lo que estaba buscando.
—Ésta es para ti —dijo cogiendo la concha entre el pulgar y el índice para examinarla—. Su nombre en latín es Turbo undulatus,pero yo le llamo simplemente «el turbante». Fíjate cómo se enrosca en un ancho y suntuoso torbellino, para luego enrollarse otra vez en círculos más pequeños y, de nuevo, seguir girando con sus costillas helicoidales hacia arriba, hasta el remate donde las estrías en espirales forman una suerte de pezón. Los colores son espléndidos: verde oliva con manchas blancas y una peca amarilla, como una gema engastada coronándola.
Consciente del deliberado esfuerzo que hacía Álvaro para desprenderse de tan preciado ejemplar, Beatriz preguntó:
—¿Seguro que no la quieres para enriquecer tu colección?
—Segurísimo —respondió Álvaro sin dejar traslucir el más leve indicio de reticencia. Sonriendo, le alargó la concha.
—Eres muy amable —le devolvió la sonrisa Beatriz cuando él la depositó en su palma.
—No del todo. Lo hago porque me produce un placer inhabitual. ¿Qué sentido tiene una vida entera dedicada a la investigación, la clasificación y el coleccionismo, si luego resulta que soy la única persona que lo disfruta?
Había en su voz un tono tan inusualmente cálido y sus ojos rutilaban de modo tan vívido, que a Beatriz le pareció que se había transfigurado, como si el simple acto de compartir algo suyo encendiera en él esa chispa de vida. ¿Acaso aquel gesto dadivoso entrañaba un cierto grado de compromiso por parte de ella?, se preguntó Beatriz vagamente. Por otro lado, haber despreciado su titubeante y casi patético esfuerzo por salir del aislamiento, ¿no hubiera sido contribuir inconscientemente a aquel desperdicio de la vida que antes él había mencionado? Sin saber qué era lo que en realidad se ocultaba detrás de la transmutación de Álvaro, ajena a los
motivos que lo impulsaban a sincerarse con ella, Beatriz le hizo notar que el viento arreciaba, pues ya Davico se quejaba tiritando de frío, y era hora de volver a casa…
—Pero tú quédate. Seguramente hay aquí otros tesoros por descubrir, todos los que durante la última marea fueron arrojados a la playa.
—No hay tesoro que pueda compararse con la dicha de pasear a tu lado.
Ahora desasosegada, Beatriz respondió a su cumplido con una enigmática sonrisa a medias, que no se sabía si era de aprecio o de burla.
Álvaro era incapaz de adivinarlo. Entonces ella volvió a ocuparse de Davico, apretándolo contra sí y ocultando en el hombro su cara irritada por el viento.
—Mi hijo murió al nacer juntamente con su madre —dijo Álvaro en tono grave, como si en secreto la hubiera designado su confidenta.
—Una doble tragedia —murmuró Beatriz, estremecida de compasión.
Recorrieron el resto del camino en silencio. Ambos luchando contra el viento, la flaca silueta de Álvaro se encorvaba mientras Beatriz agachaba la cabeza abrazando a Davico. Cuando llegaron a la casa, ella le dio las gracias, y entró. Esta vez, desconfiando de sus intenciones, no le preguntó si quería entrar.
Al regresar a Combarro, Manuel fue directamente a casa de Beatriz.
Estaba tan alegre y radiante que, al verlo, ella exclamó:
—¡Ya lo sabía! En cuanto me doy media vuelta, te enamoras de cierta jovencita que está acechando tu regreso a casa de tus padres.
—No es que me haya enamorado. Es Estrea…, mejor dicho, que ella, desengañada a causa de mi desapego, ha decidido casarse con un pretendiente que la perseguía con la misma tenacidad con que ella me acosaba. Como no tuvo valor para darle la noticia a mi madre, mandó en su lugar a su hermana menor. Pobre Pascualita, se quedó muy turbada cuando me encontró en la casa.
—¿Pascualita? ¿Cuántos años tiene?
—No tengo ni idea, trece, quizá catorce…
—¿Es bonita?
—No me fijé en eso.
—La próxima vez que vayas a pasar el sabbath con tu familia, te garantizo que la encontrarás desmayada a tus pies.
—Deja ya de empujarme en brazos de ninguna mujer que no seas tú.
Mientras más te resistas, más insistiré. Pero ahora tenemos cosas más serias de que hablar.
—¿Más serias que el eterno amor que le tienes a tu parienta cercana a la edad madura?
—¡Basta ya, Beatriz! No soporto que constantemente ridiculices mi amor.
—¿Qué otra cosa puede ser tan interesante?
—Ven a sentarte junto al fuego, y te lo contaré. Se trata de Álvaro. Al igual que yo, mi padre está preocupado por las consecuencias que pudieran derivarse de su colaboración conmigo. Es como si tuviera las mismas sospechas que yo al principio.
—¿Y a qué conclusión ha llegado?
—Todo es tan complicado que incluso puede resultar inverosímil, pero en estos asuntos uno nunca puede estar seguro de nada… La cuestión surgió durante la conversación que sostuvo mi padre con don Zulema, almojarife mayor del rey. Él es el encargado de recoger el dinero que cubrirá el exorbitante coste de los votos de los príncipes alemanes con vistas a garantizar la elección de Alfonso como sacro emperador romano.
—¿Y qué tiene que ver todo eso con un pobre traductor como tú, o con el asunto de Álvaro?
—Directamente, nada. Pero don Zulema prevé una gran oposición a esa enorme sangría del tesoro del país, que afecta no sólo a la nobleza, sino también, y esto es lo que preocupa a mi padre, a los dignatarios de la Iglesia. No sólo es un judío quien está al frente de la poco envidiable tarea de recaudar parte del diezmo eclesiástico con destino a las arcas reales, sino que también lo son sus asociados. Por eso mi padre teme que el clero se vengue de todos nosotros.
—«Inverosímil» es ciertamente la palabra. Si por una cosa Alfonso es conocido, es por su furiosa oposición a que la Iglesia se inmiscuya en los asuntos del reino, incluyendo las cuestiones fiscales; y, por otra parte, necesita a sus judíos por muchas razones, y por eso los protegerá. Los necesita no sólo como recaudadores, sino como contribuyentes, y los necesita como eruditos, traductores, médicos, secretarios… También los utiliza como intermediarios en sus transacciones con los árabes, quienes
siguen siendo una fuerza importante en Castilla y, por tanto, a tener en cuenta.
—Por supuesto, mi padre sabe todo eso. Pero arguye que, precisamente a causa de esa necesidad que tiene el rey de nuestros servicios en ciertas funciones vitales, la Iglesia tratará de ejercer presión en algunos casos, cuando sus intereses esenciales no estén en peligro.
—¿No estará Isaac un poco más preocupado de la cuenta?
—Es posible. Es un achaque que viene con la edad, pero también viene de la experiencia acumulada durante generaciones.
—No sé si tendrá razón o no, lo cierto es que tú traduces el Régimen a petición personal del rey, y para su particular beneficio.
—Eso es verdad, pero ¿quién puede garantizar que al final mi versión quedará absolutamente fiel al original?
—¡Pero, hombre, los monjes de Tambo, y por medio de Álvaro, naturalmente!
—Eso será si ellos, o si él, quieren. Pero ¿y si no? Poner en tela de juicio la integridad de un judío es fácil, sobre todo para un hombre que no ha dudado en incluir en el código legal que está preparando algo de las viejas leyes visigóticas que nos discriminan tan severamente.
—Las leyes son una cosa, y su aplicación, otra; y su propio interés es también algo muy distinto.
La discusión se interrumpió porque Davico empezó a llorar. Beatriz se levantó para ir a cogerlo y ya Manuel se disponía a marcharse cuando, de pronto, descubrió la concha «turbante» brillando en un rayo de luz primaveral que entraba por la ventana.
—¡Qué concha más bonita! —dijo cogiéndola y examinándola más de cerca.
—¿Verdad que sí? Me la dio Álvaro.
—¿Álvaro? ¿Quieres decir que estuvo aquí?
—Sí. Vino a preguntarme si necesitaba algo en tu ausencia, y luego nos llevó a Davico y a mí a dar una vuelta por la cala que está más allá de la bahía, adonde él va a recoger conchas. Es un experto coleccionista. Lo ha hecho durante casi toda su vida, pobre hombre. Su mujer, a causa de la cual dejó el monasterio, murió durante el parto, junto con el niño. Su soledad da lástima.
—¡Ajá! ¿Así que te hizo un drama y te has dejado engañar?
—Yo sé lo que es perder a un ser amado.
—Entonces también deberías saber cómo me sentiría yo si me privaras del gran amor de mi vida. Es mejor que me ahorres esa pérdida en vez de andar perdiendo el tiempo, consolando a ese monje que colgó los hábitos y que simplemente tiene que pagar el precio de algo que, en su manera de ver el mundo, constituye un pecado mortal.
—La comparación es absurda —contestó Beatriz con vehemencia—.
Darle un poco de compañía a un hombre solitario no es más que una obra de caridad.
A la defensiva, ella no le reveló nada acerca del desasosiego que experimentó cuando advirtió la transfiguración tan radical en Álvaro.
—No en el caso de este hombre —replicó Manuel, tajante, irritado—.
No lo quiero husmeando por aquí cuando yo no esté, ¿entiendes? Y, sean o no justificadas nuestras sospechas, toda precaución es poca.
Sin más, indignado, Manuel abrió la puerta y, de una zancada, salió dando un portazo. «¿Sospechas?», se preguntó Beatriz. ¿No sería más bien un súbito ataque de celos lo que se ocultaba detrás la actitud airada de Manuel? Demasiado bien conocía ella esos síntomas, tan frecuentes en Benito…
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