Copista del rey Alfonso, La
Capítulo V
La reina Violante chilló de dolor:
—¿Dónde está el maestre García?
Sus damas de compañía se miraron unas a otras consternadas, tartamudeando, balbuciendo y retorciéndose las manos con desesperación.
—A la hora sexta mandé que viniera y las campanas ya están anunciando vísperas y aún no ha llegado.
—En…, en…, en este momento no está en condiciones de prestaros asistencia, majestad. Está muy indispuesto —aventuró la mayor, la más escuálida, austera y autoritaria de las mujeres.
—No puede estar enfermo. Es mi médico de cabecera.
—Cierto, majestad, pero no es más que un simple mortal. Estará aquí tan pronto pueda.
—¿Qué es lo que tiene?
—Un empacho de ostras, majestad.
—¡Glotón! ¿Qué clase de médico es éste, que se da un atracón y luego ni siquiera es capaz de curarse a sí mismo? ¡Y mientras él padece su propia estupidez, yo tengo que aguantar este suplicio en la pierna! ¡Oh, qué desgracia! ¡Lo sabía, nunca debí haber venido a esta peregrinación! Ha sido un error, como todo lo que he hecho en mi vida. Id a buscar un médico de por aquí, el mejor que podáis encontrar en esta despreciable comarca tan lejana, tan triste, tan húmeda, tan sacrosanta y, ¡oh!, tan indeciblemente deprimente.
—Ya habíamos pensado en esa probabilidad y nos hemos informado, majestad. Parece que el único físico competente en la región es un judío llamado Isaac ibn Yatom. Pero no sabemos si debemos llamarlo, teniendo en cuenta las leyes que prohíben que los médicos judíos atiendan a los cristianos.
—¡Oh, qué desgracia! —gimió Violante—. ¿Por qué todo no son más que trabas para una reina? ¿Acaso ignoráis que si hay una ley que nadie obedece es precisamente ésa? ¡Pardiez, el rey tiene por lo menos tres médicos judíos a su disposición!
—Entonces… ¿contamos con vuestro permiso para ir a buscar a ese judío?
—Lo tenéis para hacer cualquier cosa que me alivie este atroz dolor, pero no hace falta que nadie se entere en el arzobispado.
Las mujeres cambiaron miradas entre sí y, tras una inclinación de cabeza de la mayor, dos de las más jóvenes salieron de la habitación.
Consumida por la impaciencia, mientras esperaba que sus damas de compañía trajeran al médico, Violante se desahogó en un torrente de improperios en su lengua materna, el húngaro. Aunque eran palabras que su séquito no comprendía, la entonación era tan inequívoca que podían adivinar su significado…
Fuera, en la plaza que había frente al palacio arzobispal donde se alojaba la reina con su comitiva, las jóvenes miraban a su alrededor, desconcertadas en medio de la creciente penumbra del crepúsculo. La llovizna primaveral, que caía incesantemente desde que llegaron a Santiago de Compostela, seguía lustrando el empedrado, tapizándolo con un musgo de oscuros destellos y obligándolas a caminar con suma precaución por miedo a resbalar. Sin saber adónde dirigirse para encontrar a don Isaac, cruzaron la plaza en dirección al hospicio de peregrinos con la esperanza de obtener allí alguna información sobre su paradero. Para ellas fue poco menos que un prodigio que, nada más entrar en la hospedería, al primero que preguntaran fuera el médico en persona, quien estaba a punto de irse a casa. Por la exquisita calidad de sus vestidos, Isaac ibn Yatom comprendió enseguida que las mujeres formaban parte del séquito real que había llegado pocos días atrás.
—¿En qué puedo ayudaros, honorables damas? —preguntó con una cordialidad teñida de respeto.
—¡El mismo apóstol Santiago nos debe de haber traído hasta vos! —
exclamó una de ellas en su inmensa alegría mientras la otra se persignaba
—. Sin pérdida de tiempo, debéis atender a su majestad, la reina Violante, en el palacio del arzobispo. Su médico de cabecera está enfermo y ella necesita un físico con urgencia.
—¿Qué mal aqueja a su majestad?
—Al final de su peregrinaje, cuando bajaba los peldaños de la catedral, resbaló y se cayó. Llovía y los escalones están traicioneramente gastados.
Mucho nos tememos que se ha roto la pierna derecha.
—Lo lamento en el alma, pero no soy digno de curar a tan ilustre personaje. Yo sólo soy un modesto médico rural que atiende a los humildes peregrinos a lo largo del Camino.
—También la reina es una humilde peregrina.
—Pero no una peregrina cualquiera. Con gusto atendería a su majestad, como lo haría con cualquiera que precisara mis servicios, pero tengo miedo de infringir las leyes del rey acudiendo en auxilio de su consorte, y menos aquí mismo, en la sede del arzobispado, donde suelen concebirse los principios que sustentan tales decretos.
—Su majestad está desesperada, don Isaac, y nos aseguró que hasta el mismo rey hace caso omiso de esas leyes. Eso sin mencionar a todos los demás. Pero si queréis, podemos escabullirnos por una puerta accesoria para que el cura no os vea —se congració la más emprendedora de las dos mujeres.
—Por favor, don Isaac —imploró la otra con lágrimas en los ojos—.
No podéis dejar que ella sufra de ese modo. Tiene un dolor terrible. Si fuera preciso, nosotras responderíamos por vos.
—Bueno, está bien —condescendió don Isaac, con desgana pero resignado.
Juntos avanzaron contra el orvallo que el viento soplaba del oeste en forma de ráfagas barriendo la vasta plaza. Los tres pasaron rápidamente por el siniestro edificio de granito gris del arzobispado, y entraron por la pequeña puerta de servicio. En medio de una casi total oscuridad, buscaron a tientas la estrecha y tortuosa escalera que conducía a las plantas superiores, pero en cuanto se acercaron a las habitaciones reservadas para uso real, encontraron corredores profusamente alumbrados con antorchas que crepitaban sobre candelabros empotrados en los húmedos muros. El aposento donde habían alojado a la reina era menos austero de lo que don Isaac esperaba. Desde luego, allí no faltaban las colgaduras de terciopelo azul orladas con brocados de oro, ni las sábanas de fina batista ribeteadas de encajes, ni los descomunales cojines de plumas que siempre viajaban con ella…
La bondad que emanaba de la cara del médico, cuya tez los vientos de Galicia habían curtido hasta volverla rubicunda, además de sus sedosos cabellos grises, le daban un aspecto tan benigno que su regia paciente enseguida se sintió aliviada.
—Es una fractura limpia —la tranquilizó deslizando sus manos desde la rodilla de la reina hasta su bien torneado tobillo—. Veo roturas como ésta muy a menudo. Son muy comunes entre los peregrinos. Sentiréis un poquito de dolor mientras reduzco el hueso, eso es todo. ¡Vaya! Ya está.
—Pero si no he sentido nada.
—Tengo mucha experiencia colocando huesos rotos —sonrió Isaac mientras buscaba una férula del tamaño adecuado en su gastada bolsa de cuero para entablillarle cuidadosamente la pierna.
—¿Cuánto tiempo tendré que esperar para caminar de nuevo?
—Pocas semanas, majestad.
—¡Oh, qué desgracia!- se lamentó Violante deshaciéndose en lágrimas
—. De aquí tengo que viajar hasta Sevilla para encontrarme con mi esposo el rey. No puedo aparecer ante él en estas condiciones.
—¿Por qué no, majestad? Como esposo vuestro que es, estoy seguro de que el rey Alfonso os comprenderá.
—No me entenderá. Y vos tampoco —sollozó la reina, infeliz como la niña que en verdad era.
—Os ruego que me perdonéis, Majestad, pero ¿qué es lo que no entiendo?
Obedeciendo a un impulso, la reina despidió a sus damas de compañía.
Aquel médico rural parecía tan compasivo, tan humanitario, que ella cedió a la desesperada necesidad de desahogarse.
—Alfonso no me entiende, don Isaac, porque no me ama. Jamás me ha amado. Él sólo tiene ojos para doña María Guillén, que fue su amante cuando aún yo era demasiado joven para casarme con él. ¡No hay más que ver cómo se enternece cuando contempla a la hija bastarda que tuvo con ella! Pero ésa no fue la única humillación que tuve que soportar. Por si fuera poco, mi marido también manifiesta un desmesurado afecto por su otro vástago ilegítimo, su hijo Alfonso Fernández, que le dio la rica y guapa Elvira Rodríguez. ¡Y no sé cuántas mujeres más han pasado por su cama!
Todo cuanto sé es que estamos casados hace más o menos cuatro años, y aún no he logrado darle un legítimo heredero, aunque nuestros médicos aseguran que tengo una constitución completamente normal. Supongo que se debe a que él no me ama y nuestra unión no es dichosa. Esperaba que esta peregrinación cambiara mi suerte, pero lo único que he conseguido es volverme menos atractiva a sus ojos de lo que ya era.
Por un instante don Isaac miró a la reina no como paciente sino como mujer, y aunque la tenue luz de los candelabros ardiendo en las primeras sombras del anochecer pudieran favorecerla, en realidad tenía pocos encantos para seducir a su fogoso marido. A nada se parecía tanto como a un caballo con su larga y enjuta cara, aquella mirada inexpresiva y los grandes dientes cuadrados sobresaliendo de unos labios húmedos y abultados. Su padre, el rey Jaime de Aragón, la había prometido en matrimonio a Alfonso cuando no era más que una niña, pero la boda se aplazó hasta que ella creció un poco. Aunque físicamente ya era del todo una mujer, para Isaac estaba claro que en lo más hondo de su corazón seguía siendo una niña, una chiquilla inocente que un príncipe indiferente había desposado únicamente por conveniencia política, y luego la había agraviado profundamente.
—¿Qué debo hacer, don Isaac?
—Debéis comportaros con el orgullo y la dignidad de vuestro rango —
fue el consejo que le dio el médico a aquella patética criatura, desdichada en su realeza—. Deberíais recuperar el amor propio ante vuestro esposo con naturalidad y confianza. Podríais mostraros interesada por sus obras y sorprenderle con vuestras habilidades.
—¿Qué habilidades?
—Pues, bien, alguna aptitud tendréis para algo… Todo el mundo tiene alguna, según su vocación. ¿Qué os entretiene más en los momentos de ocio? ¿La música, la danza, la poesía, la pintura…?
—La pintura. Sí, eso me gusta.
—Entonces podéis ilustrar un poema de amor compuesto por vos.
—Soy incapaz de escribir poesía.
—Pero vos sois reina, mi niña, sois reina. Tendréis que aprender a actuar como tal. Ordenadle a cualquiera de los muchos poetas cortesanos que vuestro marido protege, que escriba un soneto anónimo para vos.
—¡Claro que sí! Por supuesto. Nunca se me había ocurrido algo así.
Gracias, don Isaac. Siempre os recordaré por este consejo.
Incorporándose entre sus cojines y sintiendo que tanto el dolor de su cuerpo como el de su alma remitían, Violante recuperó algo de su juvenil vitalidad mientras seguía hablando:
—No podéis imaginar cuán sola me siento desde que me casé. Mis padres se niegan a escuchar mis penas. Dicen que debo cumplir con mi deber sin quejarme. Y no me atrevo a confiar en las mujeres de mi séquito
por miedo a que me traicionen revelándole mis confidencias al rey. Me gustaría veros en otra ocasión para hablar de nuevo.
—Vuestros mensajeros siempre podrán encontrarme en algún lugar entre Santiago y León. Pero ahora, majestad, os ruego que me permitáis retirarme. Es prudente para un hombre de mi edad regresar a casa antes de que caiga la noche. Os deseo una rápida recuperación, buen viaje, y un feliz encuentro con su majestad el rey.
Don Isaac hizo una reverencia, salió de la cámara real y emprendió el camino de regreso bajando los desiguales escalones hasta ganar la puerta de servicio, por donde había entrado en el arzobispado. Ciertamente, reflexionó mientras se alzaba el capucho para protegerse de la pertinaz llovizna, estaba acostumbrado a escuchar las confidencias de los pacientes.
Para ellos era fácil abrir sus corazones, porque se trataba de un extraño, alguien totalmente ajeno a sus vidas a quien probablemente nunca volverían a ver. Pero en los años que llevaba ejerciendo su profesión, jamás le había tocado enterarse de las intimidades de la realeza. ¿Y por qué no? Después de todo, no eran más que seres humanos de carne y hueso, que sufren y sanan igual que los demás. ¡Pero cuán infinitamente más solitarios, puesto que no tenían iguales, y, aunque libres en apariencia, cuán prisioneros de su elevada jerarquía! Definitivamente había desdichados en todas partes: un mal endémico de la condición humana, suspiró mientras espoleaba al caballo hasta alcanzar un impetuoso trote. Cuando se acercaba a su hogar, no muy lejos al oeste de Santiago, sus meditaciones se interrumpieron al ver una pareja que cabalgaba delante de él a cierta distancia, y que ahora se detenía ante la puerta de su casa. A pesar de la densa oscuridad, creyó distinguir la silueta de Manuel, pero la otra parecía ser la de una mujer.
Debía de ser un error… La luz era engañosa… Una ilusión… «¡Lo que me faltaba, más pacientes!», suspiró de nuevo, cansado al final de otra agotadora jornada de trabajo. Nadie mejor que él sabía que los padecimientos humanos no tenían fin. Así pues, no era tan extraño que los fieles se creyeran merecedores del paraíso más allá de la sepultura…
∗ ∗ ∗
Durante todo el viaje desde Salamanca, Manuel respetó escrupulosamente la decisión de Beatriz de afirmar su independencia sin contar con nadie. Jamás comentó nada acerca de la excesiva palidez que le
notaba cada mañana antes de ponerse en camino de nuevo, y fingió ignorar su aversión a cualquier clase de alimento hasta bien entrada la mañana.
Durante un rato se divirtió pensando en prepararla para la atmósfera imperante en casa de Ibn Yatom, pero pronto renunció a esta idea por temor a que ella interpretara sus comentarios como una maniobra para integrarla en una familia de la que, evidentemente, no quería forma parte. Además, él sabía perfectamente bien que las palabras no podrían describir con fidelidad el alboroto que allí solía reinar.
Como era de esperar, la escena que descubrieron cuando entraron en aquella casa construida a la buena de Dios era la mar de caótica.
Incontables niños de diversas edades correteaban por todas partes, unos jugando a los dados, otros mordisqueando bizcochos, éstos tirándose de los pelos, aquél lloriqueando mientras se chupeteaba el confortante pulgar.
Abriéndose paso presurosamente en medio de esa multitud de duendecillos, había varios criados, unos mondando frutas, otros cocinando, el de más allá lavando, el más sufrido de los cuales era el que trataba de barrer y limpiar.
Un señor que ya peinaba canas dormitaba en una esquina sumando sus intermitentes ronquidos a la barahúnda; en otro rincón, una muchacha giraba sobre sí misma moviendo los hombros mientras se probaba lo que parecía un flamante chal; y en la puerta, dos campesinos sentados en un banco, con las rígidas piernas estiradas, aguardaban algo pacientemente, sin moverse, en silencio. Imperturbable, Ana, la señora de la casa, se movía como pez en el agua en medio de esa mezcolanza de gente, ora acariciándole la cabeza a un niño quejumbroso, ora limpiándole a otro los mocos, ora elogiándole a la zagala su recién estrenado echarpe multicolor, ora diciéndoles a los campesinos que su esposo no tardaría mucho, que si querían un vaso de cerveza mientras lo esperaban… Sin estar del todo segura de la identidad del anciano que dormitaba en un rincón, le dirigió una amable mirada y lo dejó que siguiera roncando.
Así las cosas, ni el regreso de Manuel de su largo viaje ni la llegada de Beatriz a la casa causaron ninguna sensación particular.
—¿Una parienta lejana? ¡Ay, mira qué bien! —comentó Ana cuando Manuel le presentó a Beatriz—. Haz que se sienta como en su propia casa, querido hijo. Por ahora puede dormir en la cama de Juan.
—¿Dónde está Juan?
—Creo que fue a pescar.
—¿ACombarro?
—Eso supongo.
—¡Oh! —exclamó Manuel visiblemente contrariado.
—¿Cuál es el problema?
—Bueno. Es que necesito la casita de campo para poder concentrarme en la traducción.
—Pero a buen seguro Juan no te molestará. Yo sé que es un poco inquieto, pero ya estás acostumbrado a eso, ¿verdad, querido?
—Cuando no estoy trabajando, no tengo inconveniente. Pero esta vez se trata de una obra muy especial, y el resultado tiene que ser impecable.
Beatriz irá conmigo para trabajar como copista.
—Oh, querido, me temo que lo encontrará todo revuelto y sucio. Hace mucho que no paso por allí, y Luna está demasiado vieja para hacer más de lo que hace.
—Me parece que hay un malentendido —interrumpió Beatriz—. Mi intención es alquilar una vivienda para mí.
—¡Oh! ¿De veras, querida? ¡Qué extraño! Por lo general, todo el mundo quiere quedarse con nosotros.
—Quiero tener mi propio hogar porque estoy esperando un hijo.
—¡Un niño! ¡Qué ilusión! Aquí nunca hay suficientes niños, ¿verdad?
—exclamó Ana, eufórica.
El repentino anuncio de Beatriz no sorprendió del todo a Manuel. Sus náuseas matinales durante el viaje desde Salamanca le habían permitido sospechar algo.
—Cuando vuestro esposo se reúna con vos le dará la mejor de las bienvenidas —prosiguió Ana efusivamente, como si conociera a Beatriz de toda la vida.
—Incorregible, eres irremediablemente incorregible —suspiró Manuel con indulgencia antes de abrazar a su madre y dejar que las dos mujeres se conocieran mejor.
—Mucho me temo que no podrá reunirse conmigo. Soy viuda.
—Oh, pobrecita mía. Entonces deberás estar con nosotros cuando llegue la hora. Manuel, tienes que ocuparte de eso. No podemos tener una parienta dando a luz sola en esa aldea dejada de la mano de Dios.
—Pero por supuesto, madre.
—¿Por supuesto qué? —se dejó oír la afectuosa voz, entre burlesca y fingidamente brusca, que Isaac ibn Yatom adoptaba en la intimidad de su hogar—. ¡Bienvenido a casa, hijo mío! ¡Dichosos los ojos que te ven! —
murmuró, abrazando a Manuel—. Pensé que mi vista me había engañado cuando os vi delante de mí en el camino. ¿Qué tal fue el viaje?
—Largo y lleno de caminos pedregosos en mal estado, en una palabra, bastante deprimente. Moros que iban, cristianos que venían, desolación por todas partes.
—¿Y nuestras tierras?
—Devastadas.
—Como era de suponer. Tenemos que tomar una decisión al respecto.
¿Y quién es esta joven?
—Una parienta, descendiente de la rama de la familia de Sevilla que creíamos extinguida hace tanto tiempo.
—¿De veras? ¡Qué curioso! Tendrás que contarme todo eso, querida
—dijo Isaac mirando a Beatriz con sus cansadas pupilas reavivadas por la curiosidad.
—Beatriz ha hecho este viaje para verte —prosiguió Manuel—. Por lo visto, el nombre de Ibn Yatom sigue siendo venerado en Andalucía y ella quiere saber si es cierto todo lo que se cuenta sobre él.
—Entonces tenemos muchísimo de qué hablar. ¿Qué pasa, Ana, por qué no me traes un poquito de cerveza antes de que empecemos a hablar?
—Ahora no —repuso Ana, jovial pero enérgica—, primero Beatriz debe bañarse y descansar del largo viaje. Ven, querida —añadió, pasándole maternalmente un brazo por la cintura mientras la conducía a otra estancia de la casa.
Aprovechando la pausa en la conversación, los dos campesinos se levantaron.
—Perdonadnos, a mi hermano Diego y a mí, por importunaros de esta manera, don Isaac. Sólo queríamos daros las gracias por haberle curado el pie a la pequeña Teresa. Esta mañana dio sus primeros pasos, y aunque fray Antonio dice que es debido a la intervención del apóstol Santiago en respuesta a los rezos y ofrendas de mi pobre mujer, yo sé que se debe a vuestras manos. Lamento tener que deciros que la tonta de mi esposa, en muestra de gratitud, entregó nuestros escasos ahorros a la Iglesia. Por eso no dispongo de dinero para pagaros, pero juro por mi hija que no dejaré de abasteceros regularmente de huevos y pollos mientras tenga fuerzas para criarlos.
—Me alegra mucho saber que la niña está mejor —alentó don Isaac al hombre dándole una palmada en el hombro—. Además, yo sé que mi mujer
estará encantada con vuestros regalos. En nuestra mesa siempre hay muchas bocas hambrientas que alimentar. Gracias por vuestra amabilidad. Ahora id en paz, y ojalá podáis vos y vuestra familia salir adelante.
Cuando los dos hombres salieron arrastrando los pies, Isaac se volvió a su hijo:
—Y ahora, querido hijo, ¿quién es exactamente esta parienta perdida hace tanto tiempo que has traído a casa?
Manuel le refirió las circunstancias de su encuentro con Beatriz a la sombra del viejo ciprés, su crónica del vínculo familiar y lo poco que ella tuvo a bien contarle sobre su vida. Cuando lo hubo escuchado, Isaac se dio un masaje en la nuca con un gesto de fatiga mientras meditaba.
—En tu opinión, ¿se puede confiar en todo eso? —preguntó al cabo de un largo silencio.
—Esa es mi impresión.
—A menudo las apariencias engañan, hijo mío, y deberías protegerte contra el generoso y cándido carácter que has heredado de tu madre.
—Lo sé, padre, pero dos cosas están claras. En primer lugar, ella no es precisamente una pobre de solemnidad y, en segundo, tiene buen corazón y es capaz de ganarse la vida y mantener a su hijo valiéndose de sus propios medios.
—Si es así, y si no pretende convertirse en una carga para la familia,
¿por qué ha recorrido todo ese camino para encontrarnos? A buen seguro, en este momento, le preocupan cosas más urgentes que averiguar qué ha
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sido del áloe y qué uso le damos al Gran Antídoto.
—Como ya te dije, padre, mostró muy poca disposición a confiar en mí. Sólo puedo creer lo que me insinuó cuando nos encontramos por primera vez.
—¿Y qué fue?
—En esencia, esto: que habiendo perdido a su marido, perdió su camino.
—Y… supongamos que ella no coincidió contigo al pie del ciprés por azar.
—Sobre eso podríamos estar especulando eternamente. Por decirlo así, ella aprovechó la oportunidad que apareció en su camino. Si fue por apatía o por curiosidad, o simplemente porque no se le presentó otra alternativa, quién sabe. En cualquier caso, ha tenido una insólita suerte encontrando al mismo tiempo la familia y una remuneración a expensas del rey.
—¿De modo que deseas darle el beneficio de la duda?
—No veo motivos para no hacerlo.
—Tienes razón. Supongo que tendré que acostumbrarme a confiar en tu opinión. Si cometes un error, ya eres lo bastante adulto para asumir la responsabilidad de tus actos. Solamente así adquirirás la experiencia y la prudencia necesarias para ser el cabeza de familia cuando yo ya no esté.
—En ese caso, padre, no quisiera ni pensar que cometo un error.
—Así sea, hijo mío. Desde luego, tu madre ayudará a Beatriz en el parto. Ya sabes cómo es. Tiene un corazón más grande que el universo.
—Igual que tú, aunque nunca lo hayas querido admitir —bromeó Manuel mirando con afecto a su padre.
—Esa es mi profesión, ayudar a los que sufren; mientras que tu madre colecciona mutilados y mendigos sólo por puro placer. Además, yo no soy tan altruista como tú pareces pensar. Para mí, trabajar entre los peregrinos es como tener una ventana abierta al mundo. Cuando exploro sus gargantas, cuando los sangro, cuando curo y vendo sus llagados pies y entablillo sus huesos rotos, ellos me cuentan lo que ocurre en Francia, en Alemania, en la corte pontificia y hasta en sitios tan lejanos como Inglaterra. Si no fuera por eso, la vida como médico rural pudiera llegar a ser realmente tediosa.
—Vamos, vamos, padre, yo vi el destello de satisfacción en tus ojos cuando esos campesinos te dieron las gracias.
—Su aprecio me impresiona mucho más que el agradecimiento que recientemente he recibido de la reina.
—¿La reina? —repitió Manuel, estupefacto.
—Sí. La joven Violante. Al igual que otros muchos, se rompió una pierna en los traicioneros escalones de la catedral y su médico de cámara también estaba demasiado enfermo para asistirla. ¡Pobre niña, soberanamente desdichada! Pero basta de hablar sobre este asunto —a pesar de la evidente curiosidad de su hijo, Isaac cambió bruscamente de tema, pues de haber seguido hablando, hubiera traicionado las confidencias de su paciente, cosa que jamás hacía—. Con toda esta charla, hemos olvidado lo más importante, que es tu viaje a Córdoba. Sígueme contando.
—¿Qué más te voy a contar? Los campos están en la más absoluta desolación, padre, son enormes, pero están devastados. ¡Sólo Dios sabe cuántos bandidos han galopado por allí diezmándolo todo a su paso, y cuánta sangre ha empapado esas tierras!
—Pero siguen siendo fértiles. Piensa en eso, pues podrían ofrecerle un futuro al hijo que tendrá Beatriz. El problema es saber quién se asentará allí mientras tanto…
—¿Tal vez Juan?
—Ya he tratado el asunto con él. No parece interesarle, y no estoy seguro de que sea suficientemente responsable para asumir semejante tarea.
—Ni ninguna otra —agregó Manuel, realista pero sin malicia.
—Es posible, aunque precisamente quizá por eso podría calmarse estableciéndose allí. A decir verdad, cuando yo era joven, a menudo pensaba que si la paz llegaba a España estando yo vivo, me dedicaría a cultivar el áloe otra vez para tratar de redescubrir sus propiedades. La paz ha llegado demasiado tarde para mí, pero ahora que tenemos la extensión de tierra necesaria para cultivar la planta en grandes cantidades, estamos obligados a hacerlo en memoria de nuestros antepasados. No en balde bregaron tanto para salvar un vástago, llevándolo, generación tras generación, adondequiera que iban en su constante ir y venir entre los bandos que contendían.
—Realmente ha demostrado una increíble vitalidad, pues ha sobrevivido allí donde ha sido plantada. Incluso ha florecido aquí, donde ninguno de nosotros le presta demasiada atención.
—Quizás algún día uno de tus hermanos menores muestre vocación por la medicina y prosiga el estudio de esa planta y de sus virtudes.
—Y Beatriz descubrirá la verdad que se oculta detrás de las leyendas que cuentan en Andalucía.
—¿Beatriz? Lo dudo. Tal vez su hijo…
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