Copista del rey Alfonso, La
Capítulo XV
Sentado en el vano de la ventana del arzobispado, Alfonso removió los fondillos, pues la fría humedad que rezumaba el alféizar le había entumecido las nalgas. Malhumorado y taciturno, miró hacia abajo, a la muchedumbre apiñada en la plaza, frente a la iglesia de Santiago de Compostela. Eran los rezagados que no habían tenido la suerte de entrar en el templo abarrotado. La cicatriz de su ceja izquierda enrojecía a medida que aumentaba su enfado. Como medida de discreción, había enviado un correo en cabeza con instrucciones estrictas para que el arzobispo no anunciara su llegada. Más aún, había dejado su séquito atrás, en León, después de inspeccionar los vitrales recién instalados en la nueva catedral, esas altas vidrieras que lo colmaron de satisfacción, pues podían rivalizar en profusión y escala de colores con las de York y las de Chartres. Creyó que sólo acompañado por su discreta escolta, podría pasar inadvertido cuando entrara en Compostela. Pero todo fue en vano. La noticia de su llegada se divulgó provocando la situación que tanto se había esmerado en evitar. Si había algo que no podía soportar, era la confusión entre lo sagrado y lo profano. De haber querido aparecer en toda su majestad ante sus súbditos, no hubiera escogido aquel lugar, pues detestaba interrumpir la devoción de los fieles desviando su atención de lo divino a los asuntos mundanos.
Con sentimientos encontrados de fascinación y disgusto, vio a un jorobado que cojeaba abriéndose paso entre la multitud mientras les pedía limosna a los ingenuos peregrinos deseosos de asegurar el milagro que anhelaban. Cuando el mendigo llegó al otro extremo de la plaza, se metió en la penumbra de una callejuela y, con movimientos rápidos y furtivos, se despojó del bulto de trapos que llevaba atado a la espalda por debajo de la andrajosa túnica. Ya sin giba, se irguió transfigurado en un joven delgado de estatura normal. Hábilmente despeinado, los mechones de pelo lacio caían sobre su frente ocultándole parcialmente los ojos. De pronto se sacó de la manga una bolsita en la que introdujo los dedos para sacarlos manchados de unos polvos grisáceos con los que se restregó los ojos hasta dar la impresión de tenerlos muy hundidos en las cuencas. Entonces, con paso vacilante, avanzó a tientas como si se abriera paso en la oscuridad, y
emergió de nuevo en la plaza, donde se quedó quieto, con los ojos cerrados, interpretando el papel de ciego tan magistralmente como lo habría hecho cualquiera de los mimos que Alfonso había visto actuar en la corte.
Pero los falsos pordioseros no eran los únicos que vivían a costa de los inocentes creyentes. Diestros rateros, rapaces posaderos, persuasivos vendedores de filtros y amuletos, y expertos en toda suerte de descaradas bellaquerías explotaban el sagrado sepulcro convirtiéndolo en una lucrativa fuente de mal habidas ganancias.
Alfonso se dio un masaje en las sienes con la yema de los dedos tratando de aliviar el enloquecedor dolor de cabeza que le había provocado su altercado con el arzobispo. El prelado le había rogado que le hiciera el honor de asistir a misa por la mañana y que aceptara recibir la comunión de sus manos, pero el rey se negó rotundamente. Ya él había cumplido con sus deberes religiosos a lo largo de la ruta compostelana, en la apartada quietud de su capilla favorita, la de la Santísima Virgen de Villálcazar de Sirga, algo apartada del Camino, entre Burgos y León. Envuelto en el halo dorado de los trigales, aquel templo estaba hermoseado por una fachada de doble arco, cuyas portadas, primorosamente esculpidas, en vez de alzarse una al lado de la otra, formaban un ángulo casi recto. Lo extraordinario era que las cinco finas columnas de una portada convergían tan imperceptiblemente con los tres pilares de la otra, que era como si no hubiera vértice. Semejante maestría artística nunca dejaba de infundirle a Alfonso admiración y devoción por la destreza y la ingenuidad que Dios había otorgado al hombre. Y la suave caricia de las espigas de trigo ondulando hacia la capilla, la envolvía en un aura de natural santidad. ¿Acaso había un lugar más propicio para que la Virgen realizara sus milagros? Milagros que él había consignado fielmente en sus Cantigas, aunque el que más le gustaba era el de la noble dama francesa que recobró la vista en aquel tranquilo oratorio a su regreso de Compostela. ¡Cuánto debió de regocijarse al salir de las tinieblas en que estaba sumida y ver aquella vasta extensión de oro desplegándose ante sus ojos!
Ahora lamentaba haberse detenido en Compostela en su viaje de León a Galicia, pero a lo largo de la ruta jacobea, no había otro sitio indicado para descansar. De todas maneras, le hubiera gustado irse antes de que la misa terminara. Allí estaba ahora su caballerizo, anunciándole que los caballos aguardaban en la puerta trasera del Arzobispado. ¡Que el pomposo prelado explicara la ausencia de su majestad como mejor le pareciera!…
Al principio tuvo una atávica añoranza que le hizo pensar en un viaje a las Rías Bajas, un anhelo de aspirar profundamente, de sentir en su cara la vigorizante y salada brisa del océano que impregnaba su infancia soplando a lo largo del recuerdo de aquellos tiernos años carentes de preocupaciones.
Pero fue la reiteración de sus dolores de cabeza, cada vez más intensos, lo que le obligó a viajar desde León, sin dar aviso, hasta aquella extensa región de su reino. Desesperado por encontrarle alivio a su crónica enfermedad, aunque nunca confesaba aquel achaque, quizá su presencia en Combarro incitara al joven traductor a hacer un mayor esfuerzo para concluir cuanto antes su tarea.
Tan modesta era su escolta que los aldeanos de Combarro confundieron a Alfonso con un hidalgo de poca monta venido de alguna comarca del interior a contemplar el prodigio del proteico océano. A la entrada del pueblo, una niña sentada con las piernas cruzadas se hacía una pulsera ensartando pacientemente pequeñas conchas. A una pregunta de los guardias, les señaló la casita de campo de Ibn Yatom, situada en el otro extremo de la bahía. Tras quitarse el sombrero, el rey ordenó a sus hombres que bajaran hacia la playa y los condujo a galope tendido a lo largo de la orilla mientras la brisa agitaba sus cabellos relucientes al sol como el oro de la arena. Al entrar en el sendero que llevaba a la casa, se detuvo bruscamente, se apeó y les dijo a sus hombres que lo esperaran mientras él seguía a pie por el camino sembrado de conchas.
Como aquel día Manuel y Álvaro trabajaban juntos, Beatriz fue a abrir la puerta. Por un instante, se quedó de piedra, pasmada ante la visión del rey sin escolta, parado en el umbral; pero enseguida recobró la presencia de ánimo y adoptó la misma compostura que había manifestado cuando él la sorprendió en el Estudio General.
—Majestad —murmuró con una profunda reverencia.
En medio del silencio de los dos hombres, esa palabra resonó como un estallido sacándolos de su abstracción. Como impulsados por un resorte, ambos se pusieron en pie volviéndose hacia el rey e inclinándose en señal de respeto. Pero Alfonso apenas reparó en los traductores. Indicándole con la mano que levantara la cabeza, le dijo a Beatriz:
—Definitivamente, ésta es la tierra de los milagros. Desde que supe que vuestro marido había muerto, todos mis hombres os han estado buscando a lo largo y ancho de mi reino, pero nunca se me hubiera ocurrido pensar que pudierais estar aquí.
—Manuel es pariente mío —le informó Beatriz, tranquila y respetuosamente.
—Entonces sois la copista del Régimen —dijo pensativo mientras deslizaba un dedo por la hendidura de su mentón con esa ambigua mezcla de vacilación y fascinación que ya antes ella había percibido en él.
—Sí, con la venia de su majestad.
—¡Qué feliz coincidencia!
Poco a poco, a regañadientes, Alfonso dejó de contemplar a Beatriz y se volvió a los dos traductores, que seguían inclinados.
—Levantaos, mis queridos eruditos, levantaos. Así que vos sois el joven Manuel, del linaje de los Ibn Yatom —dijo evaluándolo con rigor—.
Vuestro apellido no me es desconocido, y vuestro parentesco con Beatriz confirma el origen de su notable habilidad no sólo como copista, sino también como políglota.
Volviéndose a ella, continuó:
—Ahora que la he encontrado, no volveré a perderla de vista. Ninguno de mis copistas ha conseguido transcribir las Cantigas con una letra tan elegante como la suya. Solicitaré sus servicios cuando el Régimen esté terminado, para lo cual espero no falte mucho. Ardo en deseos de conocer las recomendaciones de vuestro gran sabio judío.
—Haré todo lo posible por satisfacer a su majestad —dijo Manuel.
—Cuento con vos para afirmar una vez más la tradición del gran Ibn Yatom —ordenó Alfonso antes de volverse a don Álvaro—: ¿Yqué tal va la versión latina?
—Voy al mismo ritmo de mi joven colega, pero me gustaría que los eruditos del monasterio de la isla de Tambo verificaran la versión final antes de someterla a vuestra consideración.
—Seguramente estarán muy ocupados con la traducción del Antiguo Testamento que será incluida en mi General e Grande estoria —
comentóAlfonso, cogiendo al azar una página recién copiada que Beatriz había dejado secándose en la mesa. Sus ojos recorrieron rápidamente los caracteres castellanos, homogénea y perfectamente alineados, y entonces la miró a ella con una sonrisa de admiración llena de inequívoca seducción.
—¡Por supuesto, señor! —confirmó Álvaro.
—Mañana, bien temprano, antes de irme de Galicia —anunció Alfonso dejando de nuevo la página en la mesa—, quiero asistir a misa en el monasterio cisterciense para visitar a los monjes y estimularlos en su trabajo. Haced los preparativos necesarios para disponer de una barca.
—Se hará como su majestad ordena. Le anunciaré al prior vuestra visita. Con vuestro permiso, quisiera rogar humildemente que se me concediera el honor y el inmenso privilegio de acompañaros a la isla de Tambo…
—Privilegio concedido —respondió distraídamente el rey.
—¿Dónde he de encontrarme mañana con su majestad?
—Cerca de Pontevedra, en la hacienda de don Payo Gómez Charino, señor de Rianxo, quien con tanto denuedo peleó a mi lado durante la reconquista de Sevilla.
Con una inclinación de cabeza y arqueando las cejas para darle a entender que se encontrarían de nuevo, el rey se despidió de Beatriz y salió de la casa. Mientras los dos traductores acompañaban al monarca bajando por el escabroso sendero hasta el pequeño grupo de guardias que esperaba, Manuel creyó detectar una nueva agilidad en la forma de andar de don Álvaro, un brío que nada tenía que ver con su paso de lobo, siempre mesurado…
Cuando la real comitiva dobló el promontorio en el cabo de la bahía de Combarro hasta perderse de vista, Álvaro se sacudió las alpargatas cubiertas por la arena que levantaron los caballos al echar a correr y, sin decirle una palabra a Manuel, se fue en busca de un barco digno de transportar al soberano de Castilla y León hasta la isla de Tambo.
Aliviado al verlo partir, Manuel regresó a toda prisa por el sendero y abrió de golpe la puerta de la casa. Pero al ver a Beatriz sentada en el mismo lugar de siempre, trabajando tranquilamente, se detuvo en seco.
—¡Maldita sea! —avanzó hacia ella—. ¿Cómo puedes estar ahí sentada, tan fría y reconcentrada, copiando sin parar como si no hubiera pasado nada? Aunque, ahora que lo pienso mejor, ¿por qué no iba a ser así?
Después de todo, quizá tengas razón. A lo mejor soy demasiado joven e inexperto para comprenderte. ¿Cómo pude haber sido tan ingenuo y dejarme engañar por todo tu sentimentalismo al hablar del imperecedero amor que sientes por Benito?
Beatriz experimentó el malestar de antaño revolviéndole el estómago, la misma náusea que siempre la abrumaba cuando Benito se exaltaba en sus ataques de celos. Unos celos que, tanto entonces como ahora, eran infundados. Hoy como ayer, permaneció en silencio mientras Manuel vociferaba:
—¡Tenía que haberme dado cuenta de que eres capaz de fingir con el mismo talento que despliegas en tus pantomimas! ¡Figúrate, realmente llegué a creer cuanto decías acerca del indisoluble lazo que te unía a tu difunto esposo, lo creí tan sinceramente como tú lo describías y, mientras tanto, en realidad resulta que ansías las manifestaciones de cariño del mismísimo rey!
Con premeditada parsimonia, Beatriz dejó de copiar y se volvió a su pariente:
—Por favor, no me obligues a repetirte que te estás comportando como un niño malcriado. Es indecoroso que des semejante espectáculo antes de enterarte de todos los hechos.
—Los hechos son una cosa; pero que te los callaras es algo muy distinto. Ni una sola vez mencionaste que conocías personalmente al rey, mucho menos que habías copiado sus Cantigas.
—Nunca se presentó la ocasión de decírtelo. Fue todo tan fugaz, y los hechos posteriores, tan trágicos, que para mí todo aquello perdió su significado.
—Pero no para el rey, a juzgar por su forma de tratarte. Literalmente te comía con los ojos.
—Yo no soy responsable de la conducta de Alfonso, como tampoco de la de Álvaro, pero no puedo reprender a mi soberano. Sin embargo, no hice nada para animarlo, como podrías tener la honradez de reconocer. En ningún momento me cegó la regia adulación. Al contrario, le tenía miedo, pues como soy la parte más débil, sé que al final saldré perdiendo. ¿Cuál es la verdadera razón de su «forma de tratarme», como tú dices?… Es un enigma para mí. Sospecho que todo se debe a que soy judía, y por eso atraigo su interés, aunque no sé si es para descubrir mis diabólicos poderes o para convencerme de que me convierta a la fe cristiana. Nuestros encuentros fueron tan breves y aislados que no me permitieron averiguar ni lo que pensaba ni sus intenciones.
—¿Cómo fueron exactamente?
¡Qué bien conocía ella ese tono recriminatorio! Sucintamente, Beatriz le contó su primer encuentro con Alfonso en el Estudio General, y los otros dos, cuando el rey le enseñó las Cantigas. En el papel de confidenta que él le había asignado, Beatriz se mostraba tan reticente ahora como antaño; tan cautelosa entonces ante las irracionales sospechas de Benito como ahora ante las de Manuel. Una vez más, aquella inexorable cadena de amor posesiva y celosa amenazaba con aherrojarla, subyugándola con los anillos entre dulces y agrios de su abrazo. Y ahora, al ceder a la súplica de Manuel, podía estar añadiendo otro eslabón, esta vez causado por ella misma.
Muy serio, Manuel reflexionó un rato. Y luego dijo gravemente:
—La próxima vez no esquivarás al rey tan fácilmente. Adonde quiera que vayas, te perseguirá, y las consecuencias bien podrían resultar desastrosas para ti, para nosotros, incluso para toda la familia. Esta nueva amenaza es tan grande que la de Álvaro palidece por su insignificancia. No tenemos tiempo que perder: hay que escoger. No podemos permitirnos el lujo de seguir recreándonos con nuestras respectivas actitudes y sentimientos. Deberíamos casarnos y huir a Francia.
—¿Para qué? ¿Para evitar un peligro cuya existencia es hipotética, y al precio de exponernos a otros riesgos, mucho más concretos, que a buen seguro sí podemos prever y, para colmo, causados por nosotros mismos?
Manuel permanecía incrédulo:
—A pesar de todo lo que has debido soportar a causa de tu vulnerabilidad, ¿aún insistes en considerarme un riesgo?
—Ahora que has visto con tus propios ojos cómo las infundadas sospechas y los injustificados celos engendran incomprensión y fútil rabia, deberías juzgar mejor el sentido común de mi criterio. En cuanto a exiliarme por mi propia voluntad de mi patria, me resulta espantosa la idea de perder lo poco que me queda: mi recién encontrada familia y un trabajo que amo, que constituye mi sustento y que, por suerte o por desgracia, da la casualidad que depende por entero de las lenguas de este país. Abandonar España es un paso demasiado drástico para darlo solamente en nombre de suposiciones acerca de cosas que puede que nunca ocurran. ¿Recuerdas el consejo del sirviente Moisés? «Tanto lo que uno teme como su opuesto puede suceder, ya que ambos caben dentro de lo posible.»
—Una sentencia a la que das diversas interpretaciones adaptándola a cada situación particular —replicó Manuel amargamente—. Puede que mi sugerencia sea drástica; pero, desde mi punto de vista, es oportuna. Tendrías
que darte cuenta de que, a menos que sigas mi consejo, dispongo de pocos medios para defenderte de lo que nuestro soberano piensa hacer contigo.
—Soy absolutamente capaz de protegerme a mí misma.
—¿De un rey cuya reputación en asuntos de esta clase es más que dudosa? ¿Precisamente tú, «la parte más débil», como tan sabiamente te has definido?
—Creo disponer de los medios para defenderme sola.
—¿Cómo?
—Jugando el mismo juego que Alfonso.
—¿Y eso qué significa exactamente?
—Si se presenta alguna vez la ocasión, ya lo entenderás.
Al verla reanudar su trabajo tan fría, racional y dueña de sí, Manuel sintió el irresistible deseo de romper el lazo que lo ataba a Beatriz privándolo de su independencia mientras ella conservaba la suya tan resueltamente. Pero aunque tal era su voluntad, el corazón se lo prohibía.
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