Copista del rey Alfonso, La
Capítulo XXIII
Para Beatriz los días adquirieron una cualidad porosa, cribando las horas inacabablemente, en una suerte de vacuidad. Cada tres horas, desde el amanecer hasta el anochecer, con rigurosa regularidad, sor Teresa la llevaba deprisa y corriendo a través del reluciente y tranquilo jardín del claustro donde le hubiera gustado quedarse un rato; pero la monja, cogiéndola firmemente por el brazo, la obligaba a seguir hasta las más recónditas sombras de la capilla para acudir al rezo de las oraciones canónicas.
Aquella poderosa exaltación, que parecía alcanzar a lo divino, aquellos cantos litúrgicos, la devoción que al principio le inspiraron, poco a poco se fueron extinguiendo a medida que su prístino fervor se iba embotando con la constante repetición. Sólo la solemnidad de la misa dominical, con su fugaz perfume de flores unido al almizclado olor del incienso evocador de misterios, sólo las resplandecientes velas ardiendo en el altar, las casullas brocadas en oro de los sacerdotes y, sobre todo, las puras y virtuosas voces de las monjas ascendiendo al cielo; sólo eso podía aún elevar su alma hasta el único Dios verdadero, cuyos misteriosos atributos, como dictaminaba el dogma cristiano, ella se afanaba en penetrar.
El intervalo entre la prima y la tercia, esas secas, punzantes y tempranas horas de la mañana, cuando su vista era tan aguda como la de un águila y su pulso firme como una roca, estaba consagrado al estudio de los principios del cristianismo, tal como los exponía sor Teresa. Severa, imponente, solía quedarse de pie en la exigua celda, dejando misericordiosamente entreabierta la puerta mientras Beatriz, bajando los ojos, apretándose las manos en el regazo, permanecía sentada en el escabel en una pose de ejemplar sumisión. Con precisión y con una paciencia que desmentía su imponente talante, la monja solía explicarle, frase por frase, palabra por palabra, el significado del credo hasta que finalmente Beatriz fue capaz de recitarlo de memoria. Después de aclararle cada artículo de la fe, la catequista le preguntaba a la catecúmena si tenía alguna pregunta que hacer, pero Beatriz siempre evitaba el desafío respondiendo que todo estaba claro para ella.
Después de la hora tercia, de nuevo sola en su celda, engullía la frugal comida que le dejaban en la mesa durante su ausencia: unos días, sardinas ahumadas; otros, fabada; a veces, pescadilla seca, pero lo más repulsivo era el jamón curado que ella intentaba tragar sin hacer ni una mueca, por si acaso la estaban observando en secreto. Sólo entonces podía sentarse a trabajar aprovechando la escasa luz del día que penetraba en la oscuridad de su celda. Pero tan pronto como su pluma empezaba a ocuparse de los poemas de Alfonso, la campana de la capilla volvía a tañer, interrumpiendo la perfecta coordinación que había conseguido entre sus ojos y su mano. Y
de nuevo la descomunal silueta de sor Teresa aparecía en la puerta, convocándola tácitamente con su rígida presencia a las oraciones de la hora sexta. Durante el resto del tiempo, entre la sexta y la nona, sor Teresa le comentaba pasajes escogidos del Evangelio, que estaba obligada a memorizar. Beatriz hacía exactamente lo que la catequista le decía, sin ninguna vacilación. Así lo hizo hasta que empezó a recitar con fluidez en impecable latín: «… mas Israel, persiguiendo la ley de la justicia, no llegó a conseguir esa ley. ¿Por qué? Porque no fue por el camino de la fe, sino por el de las obras, como si por ellas pudiera alcanzarla. De este modo tropezaron en la piedra de tropiezo, como está escrito: "He aquí que pongo en Sión una piedra de tropiezo y una piedra de escándalo, y el que creyere en él no será confundido"». O también: «En verdad os digo que si no cambiáis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Así, pues, el que se haga pequeño como este niño, ése es el mayor en el reino de los cielos».
Cuando volvía a asistir a las oraciones de la tarde, la luz ya empezaba a declinar. Entre vísperas y completas estaba obligada a trabajar a la trémula y engañosa llama de la vela, y a menudo destruía su copia a la mañana siguiente, cuando la examinaba a la inmisericorde luz del día. Gracias a una especial dispensa, estaba exonerada de la vigilia de medianoche, pero las campanadas llamando a las monjas para acudir al oficio divino la trastornaban. Sin embargo, no se levantaba, ni siquiera osaba moverse, pues sentía el vigilante ojo de sor Teresa, cada vez que pasaba en dirección a la capilla, fisgoneando a través del ventanillo en busca de alguna señal de brujería practicada en el oscuro secreto de la mágica hora de la medianoche.
Hacia el amanecer, el sueño de Beatriz, ligero y agitado, se poblaba con la recurrente pesadilla de un Cristo pantocrátor con todos los rasgos del rey, menos en lo tocante a los ojos. Allí estaban los ojos de sor Teresa,
pequeños, grises, penetrantes, y en aquella escalofriante mirada, Beatriz leía su condenación al fuego eterno por haber incumplido su —Su— voluntad: por no haber terminado la copia; por ser incapaz de entender la naturaleza del Espíritu Santo, incapaz de entrever la Resurrección, de concebir la Asunción; incapaz, incapaz, incapaz de creer… Otras veces soñaba que ella era la Virgen María con una cuna a sus pies, donde Davico chillaba para que lo cogiera en brazos y le diera el pecho, pero no podía, pues sus brazos, pesados como el plomo, estaban paralizados… Angustiada, solía despertarse después de prima, sudando de terror, más cansada de lo que estaba cuando se había acostado a dormir y temiendo que a causa de esa constante fatiga su pulso pudiera temblar. ¿Cómo se lo explicaría a Alfonso cuando fuera a revisar su trabajo?
Cuando llegaron al amén final del credo, sor Teresa volvió a preguntarle si todo estaba claro para ella. Su voz sonaba sospechosamente amenazadora y sus helados ojos, centelleantes y entornados, la miraban fijamente. «Una razonable reacción», pensó Beatriz inmediatamente.
¿Cómo podía demostrarse una verdadera conversión si no surgía ninguna duda digna de ser refutada, si no se presentaba la ocasión de convencer al que dudaba? Beatriz tenía que darle a su catequista una prueba poderosa de que la había convencido…
Tras un instante de tímida y pueril vacilación, murmuró:
—Me confunde un poco el hecho de manifestar mi creencia en un solo Dios, para luego declarar que también creo en nuestro Señor Jesucristo, así como en el Espíritu Santo. Es como si declarase que no creo en un solo Dios, sino en tres.
—Estaba esperando que una persona de vuestra inteligencia preguntara sobre el misterio de la Santísima Trinidad. Pero esto es menos difícil de entender de lo que imagináis, porque Nuestro Señor Jesucristo y el Espíritu Santo son meras manifestaciones de Dios Padre. Imaginad la relación entre Dios Padre y Dios Hijo como la que existe entre la llama y la luz, entre el manantial y el arroyo, entre el sello y lo impreso, siempre complementándose mutuamente. En cuanto al Espíritu Santo que reside en el corazón de todos y cada uno de los cristianos, gracias a esa divina presencia que nos da vida estamos en contacto con Dios.
—Es una clara y bellísima analogía —contestó Beatriz cándidamente, pero evidentemente convencida—, y responde a otra pregunta que surge en mi mente. Si el Espíritu Santo es la parte de la divinidad que da vida,
entonces la inmaculada concepción de la Virgen María se convierte en algo perfectamente creíble.
Escuchando las palabras que fluían con tanta naturalidad de su versátil lengua de comedianta, Beatriz se aterrorizó al darse cuenta de que, con tal de persuadir a sor Teresa de su convicción religiosa, había estado a punto de convencerse a sí misma…
En un súbito acceso de lo que a primera vista parecía ser fervor religioso, sor Teresa abrazó a Beatriz y empezó a acariciarle una mejilla.
—¡Cuánto me alegro, querida hermana, qué feliz me hace oíros decir eso! Mucho me habría afligido si vuestra alma se hubiera obstinado, negándose a aceptar la salvación. Para nosotras no hay mayor consuelo que recibir el perdón de Nuestro Señor Jesucristo por nuestros pecados y la promesa de vida eterna más allá de la muerte. Tú mereces ese consuelo, como deberían merecerlo todos los de tu pueblo que lo niegan a Él. Serás para ellos un ejemplo viviente.
Dejándose llevar por un arrebato de fervor, sor Teresa la besó primero en la mejilla, y después en los labios, conuna efusión que pronto se convirtió en insistencia. Sus manos, apremiantes al principio pero cada vez más febriles, subían y bajaban a lo largo de sus pechos, palpando sus redondeces, avanzando a tientas por los pezones, mientras restregaba lascivamente su pubis contra el de Beatriz. Reprimiendo un gesto de repulsión, Beatriz no se resistió, y cuando ya estaba a punto de librarse del vasto abrazo de la abrumadora mole, la campana empezó a tañer anunciando la hora tercia. Realmente fue un milagro…
En la paz de la capilla, Beatriz se sintió sobrecogida de abominación sólo de pensar adónde podían llevar la supresión de los instintos naturales, la interdicción del afecto y del amor humano; y todo eso en nombre de Jesucristo. Al sentir la caliente y vibrante palpitación del cuerpo de la monja a su lado, un nuevo terror, hasta ahora inconcebible, la estremeció.
¿Qué otras perversiones aún peores podría exigirle sor Teresa a cambio de la certificación de que su fe en el cristianismo era sincera? ¿A qué abismos de iniquidad podían arrastrarla en aquel supuesto refugio de santidad, donde su palabra no valdría nada contra la de la catequista? Afortunadamente, el siguiente día era domingo, un día de silencio, así que tendría tiempo para encontrar una escapatoria de aquella inimaginable depravación.
Al otro día por la mañana, cuando salía de la capilla en compañía de su catequista después de la primera misa, Beatriz se angustió un poco al ver
venir a la abadesa directamente hacia ella. Tras despedir a sor Teresa, afrenta que hizo temblar de frustración la ampolla en la comisura de su boca, la madre superiora, en un gesto afectuoso, condujo a Beatriz del brazo hacia el locutorio. A mitad de camino, mientras cruzaban el jardín del claustro, redujo el paso y le dijo en un rápido cuchicheo:
—Id inmediatamente a vuestra celda y traed la copia de las Cantigas.
La estaban llamando para que se presentara ante el rey… Aquel era el día del Juicio Final… Atolondrada, Beatriz comenzó a rezar un desesperado rosario de plegarias invocando la intercesión de Jesús, María y la plétora de santos que sor Teresa le había metido en la cabeza a macha martillo, entreveradas conlas súplicas de perdón que recordaba haberle oído a su padre durante el Yom Kippur, y con las espontáneas efusiones de su desgraciada alma, implorándole a Dios, al suyo, al de ellos, a todos y a ninguno, que la librara de la ira del rey cuando viera el pobre resultado de su trabajo desde su entrada en el convento; y para que la protegiera del nuevo peligro que entrañaba el morboso abrazo de sor Teresa. Impaciente, examinó los pergaminos que cubrían su mesa y metió en el cartapacio de cordobán sólo los que consideró a la altura de su caligrafía. Y entonces, con el alma en un hilo, volvió a encontrarse con la abadesa en el jardín del claustro.
Alfonso no ocultó la sorpresa que le causó el aspecto de su copista cuando la vio entrar en el locutorio del convento. Su cutis, de suyo cetrino, había adquirido una enfermiza coloración grisácea, y el estado de sus ojos le preocupó gravemente: hinchados y con oscurísimas ojeras, la chispa de lucidez, el destello vivaz que allí siempre brillaba, fascinándolo casi en contra de su voluntad, había desaparecido por completo. ¿Qué le habían hecho, o mejor dicho, qué le había hecho él en nombre de su religión?
Cuando extendió su imperiosa mano hacia el cartapacio, no pudo dejar de advertir el leve temblor en las manos de Beatriz mientras se lo entregaba.
Al hojear los pocos pergaminos que le dio, le lanzó una penetrante mirada antes de ordenar perentoriamente:
—Deseo hablar a solas con la viuda Beatriz.
La abadesa ya iba a marcharse, pero él la detuvo:
—Era nuestra costumbre trabajar con la viuda los domingos por la mañana en el quiosco que está al otro lado del jardín. Costumbre que reanudaremos a partir de hoy.
La abadesa hizo un bondadoso gesto de aquiescencia mientras Alfonso, describiendo un majestuoso ademán, le cedió el paso a Beatriz invitándola a salir de los opresivos muros del convento. Y juntos caminaron, en medio de la luz y el aire fresco, hasta la florida intimidad de su retiro.
—Según las hermanas, sois una catecúmena que promete mucho —
dijo, indicándole que se sentara en el banco de mármol mientras él permanecía de pie, con las piernas separadas, como para dominarla—. Más aún, me han dicho que no han encontrado en vuestra conducta ningún indicio de brujería. Todo lo contrario. Ningún misterioso conjuro a medianoche, ninguna efigie de cera hecha con cabos de vela, ningún diagrama mágico dibujado en los pergaminos desechados ni ninguna inscripción hebrea del inefable nombre.
Beatriz no se mostró sorprendida. Siempre había barruntado que las monjas registraban su celda cuando asistía a rezar a la capilla, siempre supo que nunca encontrarían nada…
—Por simple curiosidad personal, ¿por casualidad, fuisteis vos quien copió la versión castellana de Picatrix, esa obra de nigromancia grecoárabe que tradujo Juda ben Moisés.
—No, señor.
—Bien. Entonces todo está arreglado. Pero me tiene horrorizado la falta de progreso en vuestro trabajo y la inferior calidad de vuestra caligrafía. Los renglones son desiguales; la escritura, irregular; las íes no tienen punto, y las delgadísimas líneas de las letras han perdido su leve y airoso trazo. El cambio es tan alarmante que estoy tentado a creer que realmente era la mano del diablo la que guiaba a la vuestra con tanta maestría. Sin embargo, ahora estáis libres de su poder, pues la luz de la única fe verdadera ha iluminado vuestra alma ahuyentándolo.
—Señor, en mi alma nunca hubo ningún diablo. La causa de que mi caligrafía se haya vuelto lenta e irregular es mucho más sencilla de explicar.
Mi celda apenas está iluminada por un ventanillo, por donde sólo entra la luz del sol durante una o dos horas al día, lo cual me obliga a trabajar al leve resplandor de una vela. Además, la mayor parte de mi tiempo está consagrada al estudio de la doctrina cristiana y los pasajes del Evangelio, y debo asistir a los oficios de todas las horas canónicas.
—En otras palabras, que las hermanas han considerado más prioritaria vuestra instrucción religiosa que la tarea que os he encomendado. Es muy
loable de su parte, pero no era esa exactamente mi intención. Hay que remediar inmediatamente esta situación. Hay una manera muy sencilla de solucionar, sin posibilidad de error, el asunto de la sinceridad de vuestra conversión. Puesto que las monjas me aseguran que la verdadera creencia en nuestra santa fe católica empieza a florecer en vuestra mente y en vuestro corazón, os confiaré lo que considero la clave que revela todo lo que pudiera pareceros incomprensible en nuestra religión. Este concepto reconciliará en vuestra conciencia las creencias judías con la fe cristiana.
Armada con esta noción, podréis convencer de la sinceridad de vuestra conversión incluso al inquisidor más escéptico. Se trata de lo siguiente: como judía, vos creéis en el único y omnipotente Dios, creador de los cielos y la Tierra, y de todo lo que existe. Tan imponente, tan milagrosa es su divina obra de creación que basta para probar de modo deslumbrante que Dios es capaz de realizar cosas que exceden el entendimiento humano.
Puede asumir cualquier forma, engendrar un Hijo a su imagen y semejanza a través de la Inmaculada Concepción, hacer milagros, resucitar a los muertos, puede hacer lo que quiera, cualquier cosa que vuestra imaginación sea capaz de concebir y que esté más allá de vuestra capacidad de soñar.
Una vez que creáis en los sobrehumanos poderes de Dios, en los que ya creéis, poderes para nosotros inexplicables, inconcebibles, cuando hayáis comprendido el concepto de la intervención divina, lo habréis comprendido todo. Lo habéis entendido, ¿verdad? En el pasado me entendíais. ¿Me entendéis ahora?
—Lo entiendo perfectamente, señor, perfectamente.
—Entonces, no dediquemos más tiempo al catecismo. Ahora que me habéis entendido y aceptado los dogmas de la fe y el principio en que se fundamentan, el resto es coser y cantar. De ahora en adelante, copiaréis y sólo copiaréis, y en condiciones adecuadas. Vuestro bautismo puede esperar hasta que hayáis acabado la colección de poemas que os confié cuando entrasteis en el convento.
«¡Ésta, ésta era la verdadera salvación!», trinó el alma de Beatriz en un inmenso aleluya dirigido al cielo. Salvación en este mundo, aquí y ahora, salvación de los malos tratos, salvación de la depravación, salvación del vacío ritual y del estéril dogma, salvación gracias a la intercesión de un benevolente y comprensivo ser humano. ¿Era aquél el milagro que tanto había suplicado? No. Era un sencillo acto de genuina caridad cristiana, o, como decían los sabios judíos, la verificación del adagio: «Ama a tu
prójimo como a ti mismo». ¿Acaso semejante conducta no era lo bastante insólita como para ser considerada un milagro?
OceanofPDF.com