Copista del rey Alfonso, La
Capítulo XVI
Cuando terminó la misa, el prior del monasterio de la isla de Tambo invitó a su ilustre huésped a dar un breve paseo por el jardín del claustro.
Así darían tiempo a que los monjes llegaran al scriptorium y reanudaran su trabajo, preparados para la real inspección. En contemplativo silencio, el rey Alfonso y el prior pasearon entre los cortos setos que enmarcaban los arriates minuciosamente cuidados. Cuando de modo casi imperceptible empezó a caer una llovizna estival, el prior quiso que el rey se guareciera bajo las oscuras vigas de madera del techo de la galería. Pero Alfonso no aceptó su sugerencia. Recostado contra una de las esbeltas columnas de donde arrancaban los sencillos arcos del claustro, creciendo y multiplicándose hasta rodear el callado recinto donde parecía morar el Espíritu Santo, el rey echó la cabeza hacia atrás y, con una sonrisa pueril, dijo:
—Me gusta sentir la caricia del orvallo veraniego en mis mejillas. Eso me recuerda la generosidad del Señor al concedernos esta infinita fuente de vida. En Andalucía rezamos para que nos caiga del cielo esta bendición.
Mientras el rey permanecía así, en silenciosa meditación, don Álvaro, cuya presencia en el séquito Alfonso había ignorado por completo, ya estaba en el scriptorium haciéndole una consulta a fray Lucas, el mejor arabista del monasterio. Ambos estaban enfrascados en la lectura de los caracteres árabes del texto original del Régimen de Maimónides. Buscaban aquel pasaje inconcluso, relativo al uso del antídoto, que Álvaro había visto en la mesa de Beatriz junto conla nota garabateada: «Poner aparte. No copiar».
Álvaro no disimuló su impaciencia mientras la torpe y áspera uña del monje, manchada de tinta, se deslizaba con angustiosa lentitud sobre la descolorida y adornada caligrafía.
—¡Aquí está, ya lo tengo! —tartamudeó por fin fray Lucas con su torpe pronunciación debido a que rara vez solía hablar.
—¿Qué dice el pasaje anterior? —preguntó Álvaro verificando inmediatamente el fragmento.
El monje leyó lentamente para sí, y luego, con indecisión, laboriosamente, le resumió lo esencial:
—Habla de los efectos de algunos purgantes.
—Eso es correcto. Ahora leedme, en el siguiente pasaje, lo que viene después de: «Nuestra advertencia contra la administración del antídoto, salvo indicación contraria de un eminente físico, se aplica sólo a los enfermos».
De nuevo el fraile tartamudeó:
—«Sin embargo, con respecto a las personas sanas, tomar el antídoto cada diez días forma parte del régimen de salud».
—¿Y?
—¿Se refiere al siguiente pasaje?
—Sí, sí —insistió Álvaro.
—Dejadme ver. Sí… «Los médicos dicen: entre las leyes de la medicina, ningún detalle es absoluto…»
Con excitación apenas disimulada, Álvaro interrumpió al monje:
—Con eso basta. Es todo cuanto quería saber. Gracias, fray Lucas. Sé el gran esfuerzo que significa para vos traducir verbalmente, pero no sólo me habéis prestado un inestimable servicio a mí, sino tal vez también a nuestro querido soberano.
Fray Lucas, quien hacía mucho se había alejado de las glorias mundanas, miró con conmiseración a su ex hermano en la fe, cuyas preocupaciones por las cosas temporales le hacían padecer tal estado de tensión. Con un gesto que denotaba a un tiempo la compasión y la exasperación que le inspiraban el equivocado camino de Álvaro, el fraile volvió con placer a su serenidad para seguir traduciendo del árabe al castellano el Kalila wa Dimna,esa colección de fábulas orientales mundialmente famosa por su terrenal sabiduría.
Acompañado por el prior, el rey entró en el silencioso taller de los copistas con sus paredes tapizadas de libros. Calladamente recorrieron los bancos, los atriles y los pupitres. Ni una sola de las entrecanas y tonsuradas cabezas se levantó del rollo de pergamino, del códice o del lexicón mientras Alfonso se asomaba por detrás de los monjes alargando el cuello para observar la buena marcha del trabajo. Cuando llegó a la mesa de fray Lucas, se entretuvo un poco más a su lado. Una tenue sonrisa se dibujó en su rostro al leer el pasaje que el monje estaba traduciendo: «Los reyes son notoriamente veleidosos: todo sonrisas, te hacen pensar que te aprecian
mucho, pero de repente parecen no conocerte, u odiarte, lo que es mucho peor. Así las cosas, estás expuesto a un viento que sopla con la misma fuerza en direcciones opuestas».
«No falta a la verdad», pensó Alfonso mientras seguía recorriendo las mesas…
En la angosta puerta del scriptorium, Álvaro lo esperaba inmóvil, mirando al rey con inquietud, consumido por la impaciencia pues quería revelarle las alarmantes implicaciones de su descubrimiento. Quizás el momento más propicio fuera durante el regreso a Pontevedra. Acorralado en la pequeña embarcación, el rey no tendría otra opción que escucharlo.
No sin dificultad, dominó su excitación hasta que la visita acabó y el rey, rodeado por su escolta, subió a la barca.
En cuanto el barquero quitó las amarras y el barco se separó del muelle, Álvaro se dirigió a su soberano:
—Majestad, quisiera llamar vuestra atención acerca de un asunto que os atañe muy íntimamente, y que me causa una gran preocupación.
Alfonso miró a su interlocutor conuna mueca de aburrido escepticismo mientras, de mala gana, le indicaba por señas que hablara.
—Se trata de la versión del Régimen que está redactando el joven Ibn Yatom. Acabo de revisar el texto original árabe con fray Lucas. Para mi horror, he descubierto que en su traducción ha omitido un pasaje en el que se advierte a las personas sanas que deben tomar el Gran Antídoto cada diez días.
Ante todo preocupado por conservar el equilibro en medio del zarandeo de la embarcación, mientras trataba de sentarse en los cojines del asiento de madera, Alfonso preguntó con aire ensimismado:
—¿Y por qué suponéis que él haría una cosa así?
—Por razones que sólo Manuel, o su raza, conocen. Se trata de un intento deliberado de privar a su majestad de ese consejo médico que podría serle de una importancia capital.
—¿Con qué propósito, rediós?
—Señor, sospecho firmemente que los judíos ocultan ciertas informaciones para conservar el dominio exclusivo de sus inapreciables preceptos y remedios. De paso, así mantienen su reputación como los mejores físicos de toda España e incluso su influencia sobre los reyes.
Alfonso se desplazó cuidadosamente a lo largo de la tabla que le servía de asiento para esquivar el excremento de una gaviota que estuvo a punto
de caer sobre su manto:
—Habláis de un pasaje concerniente al Gran Antídoto, ¿verdad?
—Exactamente, señor.
—Si no me falla la memoria —observó el rey con deliberada indiferencia, dejando arrastrar una mano ociosamente por el agua—, fue un antepasado de Manuel, Da'ud ibn Yatom, quien descubrió sus ingredientes, y, que yo sepa, no hizo de ello un secreto. ¿No habéis pensado, don Álvaro, que quizá Manuel ha guardado provisionalmente ese fragmento para añadir un apéndice con los consejos de Maimónides, tal vez para incluir una lista de los componentes del antídoto? Dada la estricta naturaleza médica de esa información, es improbable que haya sido incluida en el Régimen, razón por la cual Manuel tuvo que buscarla en otra fuente. Huelga recordaros que siempre he animado a mis traductores con el fin de que hagan tales añadiduras a las obras antiguas por razones de claridad y conveniencia.
—Ya había pensado en esa posibilidad, señor. Pero si, en efecto, tal fuera el caso, ¿quién podrá garantizar que la lista de los componentes añadida por don Manuel sea la correcta y que esté completa? Dado que no existe en el original árabe, ¿cómo podremos comprobarlo los que no somos físicos? El más ligero error o imprecisión, sea voluntario o accidental, fácilmente pasaría inadvertido, y causaría un irreparable daño a su majestad. Cuando lo que está en juego es el bienestar del rey de Castilla y León, tal posibilidad, aunque sea remota, debería tomarse en cuenta.
—Vuestras insinuaciones os deshonran, don Álvaro.
Cauteloso al ver el disgusto del rey, Álvaro se retractó parcialmente:
—¡Pongo a Dios por testigo que no era mi intención poner en tela de juicio la integridad de don Manuel! No obstante, señor, insisto en mi convicción de que los judíos conocen remedios que no quieren divulgar.
¿De qué otra manera se explica que el padre de Manuel, don Isaac, haya sobrevivido todos estos años recorriendo el Camino donde las epidemias son tan frecuentes?
Enojado, Alfonso sacó la mano del agua. Al sacudirla bruscamente, salpicó las gastadas vestiduras de Álvaro:
—Sin duda, debe de tener una fuerte constitución y ha de ser muy cuidadoso tomando medidas preventivas —replicó el rey, menos convencido de lo que hubiera querido aparentar—. Pero no nos dejemos arrastrar por precipitadas conclusiones, don Álvaro. Cuando yo vuelva a pasar por aquí, tomaré cartas en el asunto personalmente. Mientras no
llegue ese momento, y hasta que disponga de una irrefutable evidencia que sustente vuestra suposición, me gustaría seguir teniendo absoluta confianza en mis traductores judíos.
Dicho esto, Alfonso se volvió de cara a proa dejando a don Álvaro con la palabra en la boca, escudriñando la espalda de su soberano en busca de algún indicio que manifestara el efecto de su revelación…
La lluvia matinal había cesado y, mientras el sol iba ganando en intensidad, la humedad suspendida en el aire se disipaba lentamente dejando sólo un pálido velo gris en el cielo. Entonces Alfonso se levantó y, parándose a horcajadas en medio de la barca, se puso de cara al sol para dejar que la brisa acariciase su rostro. No iba a permitir que aquel monje exclaustrado le estropeara ese placer.
La modesta escolta estaba esperándolo en el embarcadero de Pontevedra y, sin decirle adiós ni dedicarle un gesto de agradecimiento a Álvaro, el rey montó de un salto en su inquieto caballo gris perla y se alejó galopando como una centella.
Cuando rebasó la ensenada de los pescadores, disminuyó el trote de su cabalgadura, reacio a abandonar un paisaje que para él simbolizaba la libertad, la ausencia de responsabilidades de su juventud. Allí estaban las cuevas donde de niño había jugado y las calas en las que se había zambullido y pescado alegremente, allá las verdinegras colinas alfombradas de pinos donde había aprendido a cazar, acá las graníticas rocas, ennegrecidas por la lluvia y el mar, a las que tantas veces había trepado. Las formas y matices de su tierra entrañable se reflejaban ahora en el espejo inmóvil de la ría, tiñendo sus aguas con una indefinible sombra verde grisácea sobre la cual revoloteaban las gaviotas graznando en el tibio y húmedo cielo, recortando en el aire delicadas y gráciles figuras.
¿Con qué derecho perturbaba don Álvaro la tranquilidad de aquel breve respiro que había previsto tomarse para olvidarse de los asuntos de la Corona? ¿Por qué trataba de menoscabar su confianza en aquellas personas que siempre habían sido de fiar? Aquel entrometimiento olía a solitarias lucubraciones de viejo resentido, alguien cuya mente estaba impregnada del tradicional fanatismo antijudío. Efectivamente, se podía aducir una circunstancia atenuante: con dos judíos como compañeros de trabajo, ambos miembros de una familia cuyo renombre se remontaba varias generaciones atrás, su envidia era concebible. Alfonso se lamentaba ahora de no haber prestado más atención al joven Ibn Yatom; pero, desde el
primer momento, su irresistible fascinación por la mujer lo distrajo. De no haber sido así, lo hubiera escrutado más a fondo y ahora estaría en condiciones de refutar en el acto las insinuaciones de Álvaro en vez de dejar que se enconaran en su alma marchita en espera de un desmentido. «Sin embargo —pensó Alfonso recapitulando las "revelaciones" de Álvaro—, realmente es muy extraño que el padre de Manuel haya sobrevivido todos estos años en el Camino de Santiago.» Si no fuera porque él mismo tenía en su corte a tantos judíos en calidad de funcionarios y eruditos, todos leales y probados, también podría empezar a abrigar sospechas… Después de todo, no era asombroso que tanta gente creyera a pie juntillas en el pacto de los judíos con el diablo, que protege a quienes le sirven.
En efecto, su curiosidad empezó a divagar. A juzgar por la atracción que Beatriz ejercía sobre él, incluso podría sentirse tentado a suscribir semejantes creencias. No era ni bella ni seductora, y ciertamente no hacía ningún esfuerzo por hechizarlo. Y, a pesar de todo, detrás del estricto recato que asumía en su presencia, él sentía crepitar la vitalidad, una vivacidad chispeante, fascinante, provocativa, desafiante. Decían que una hendidura en la barbilla era la firma de Satán. ¿Acaso el Maligno había puesto a esa judía en su camino para tentarlo? ¡Si fuera así, a lo hecho, pecho! ¡Él podía desafiar al diablo, enseñarle de qué temple estaba hecho! A aquella mujer podía amarla con el pensamiento. Podía situarla en un plano distante, acariciarla con los ojos del espíritu, idolatrarla a la manera de los trovadores. Pero sin permitir que la judía lo profanara a él, ni él a ella. Tenía que consultar con don Todros, su poeta judío, acerca de la forma en que debía declararle sus razones y sus sentimientos para estar seguro de que ella pudiera entenderlos…
«¡Qué curioso —la idea le pasó por la cabeza— que ella tuviera el mismo nombre de su querida hija, la que le dio la mujer que fue el primer gran amor de su juventud, María de Guillén. Y ahora Beatriz, a su vez casada con el rey de Portugal, su tocayo Alfonso III, había dado a luz a Diniz, su primer nieto.»
Cuando la comitiva rodeó la ría de Vigo y se acercó al lugar donde se cruzaba el camino que iba al este, hacia España, con el del sur, en dirección a Portugal, Alfonso sintió el anhelo de abrazar a su hija, tan afectuosa y cariñosa, tierno recuerdo de aquel primer amor, y de comprobar con sus propios ojos el bienestar de su hijo. El nacimiento del niño, heredero de la corona del reino vecino, le venía como anillo al dedo para zanjar, de una
vez por todas, la disputa sobre la región del Algarve que desde tiempo atrás había agriado las relaciones entre las dos casas nobiliarias. Cediendo sus derechos sobre ese territorio a su nieto recién nacido, futuro rey de Portugal, podía reforzar los actuales lazos familiares con un acto político de no poca trascendencia. Desde luego, los nobles impugnarían ese designio, pero era él, y no ellos, quien llevaba la corona; él, cuya misión consistía en ver siempre más allá del mañana. Si quería reconstruir su reino despedazado por la guerra y asumir sus obligaciones como emperador del Sacro Imperio, tenía que mantener la paz en la frontera occidental. Tal vez a su regreso a España ya habría noticias del papa Alejandro confirmando su elección. La victoria de sus aliados, los gibelinos de Pisa, sobre los güelfos en Montaperti debía de haber persuadido a su santidad de la fuerza y justicia de su candidatura.
—¡Cabalgad hacia el sur! —ordenó—. Vamos a sorprender a nuestros soberanos deudos con una amistosa visita a sus dominios.
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