Cuando las luces se apagan

Erika Mann · Capítulo 8 de 16

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Cuando las luces se apagan

VII Compañeros de infortunio

VII

 

Compañeros

 

de infortunio

 

La gente aún acudía a la iglesia de nuestra ciudad siempre que quería. Así pues, era evidente que la libertad religiosa existía en abundancia.

 

La celda a la que llevaron a nuestro joven campesino resultó ser una habitación bastante espaciosa con olor a sótano. Una luz tenue se filtraba por entre dos ventanas con rejilla. La espera, el examen y la marcha por las calles (esposado) quedaban ya afortunadamente atrás. Sin embargo, y a pesar de lo temprano que era, los otros dos prisioneros que había en su celda ya estaban estirados en sus estrechos bancos de madera. Cuando el nuevo recluso entró, ambos se apoyaron en los codos y siguieron con mirada curiosa a su nuevo compañero de infortunio. Uno de ellos se levantó para ayudar al celador, que arrastraba los pertrechos del nuevo prisionero: un colchón y una manta gruesa y dura que parecía hecha de algún sucedáneo de papel. Al tenderse en el colchón y cubrirse con la manta, Xaver pensó: «Por la noche esto va a pesar como si fuera de plomo, pero poco me va a calentar».

El celador desapareció y el prisionero que se había puesto de pie le ofreció un trozo de pan, pero el muchacho no tenía hambre.

—¿Por qué está usted aquí? —⁠le preguntó al prisionero, amable.

—¡Por imbécil! —respondió—. Me lo tengo merecido. ¿Por qué no podía tener la boca cerrada?

Entonces le contó su historia. La otra noche había ido a una taberna a beber una jarra de cerveza en compañía de varios amigos, hombres y mujeres. El resultado de su indulgencia fue un incontrolable ataque de risa en el transcurso del cual soltó varios chistes subidos de tono sobre el Führer. En particular, había prometido que por cada hijo que el Führer trajera al mundo, él engendraría media docena para que combatieran en la batalla por el espacio vital alemán. Entonces se había reído y había añadido que seguramente moriría sin descendencia, pues su modelo era el Führer y desgraciadamente, al ritmo que iba, este no iba a tener ningún hijo, eso estaba claro. Todos se habían mostrado de acuerdo y habían reído con él. Todos menos el hombre de la Gestapo que había en el rincón y que fue tomando nota de sus palabras en su libreta.

—No hace falta que le cuente nada más — ⁠concluyó⁠—. Ahora estoy aquí, y me lo tengo merecido.

A continuación se presentó: se llamaba Fritz Breuninger y era empresario. Era una pena que lo hubieran apartado de su negocio justo ahora que las cosas le iban tan bien. Le preguntó al campesino qué le había llevado a él a la cárcel.

Xaver contó su historia y afirmó rotundamente que, por lo que a él se refería, no creía que se lo hubiera merecido. Al contrario, era una vergonzosa injusticia. No solo eso, dijo, sino que le sorprendía que el otro aceptara de aquella forma su sino.

—Aunque estuviera bromeando, no dijo nada que no fuera cierto. En todo caso, no pueden meterle en la cárcel por un chiste. Eso no es una injusticia, es una sucia trampa —⁠dijo.

Fritz Breuninger hizo un gesto de terror y se llevó un dedo a los labios.

—Por el amor de Dios, hombre — ⁠susurró⁠—. ¡Que las paredes tienen oídos!

El tercer hombre soltó un «¡Shhht!» impaciente y sostenido. Quería dormir, pero Fritz Breuninger y el joven campesino continuaron con su conversación, aunque bajaron el tono de voz hasta que apenas se oyó un murmullo.

—¿Y en qué negocio estaba metido? —⁠preguntó Xaver⁠—. No sería una tienda, ¿verdad?

Le costaba imaginar que en aquellos momentos las cosas pudieran irle bien a un tendero.

—¡Dios nos libre! —dijo el otro ⁠—. ¿Sabe a qué me dedicaba? A fabricar esas señales que ponen en las carreteras a la entrada y la salida de los pueblos: «PROHIBIDA LA ENTRADA DE JUDÍOS». Cada señal me costaba dos marcos, pero me serví de un pequeño truco. Fui a la oficina del guarda rural, una de esas agencias de nueva creación, y pedí un certificado que estipulara que mis señales eran una gran contribución a la causa del nacionalsocialismo. Era todo lo que necesitaba. A continuación me subí a mi motocicleta y me dediqué a ir de un pueblo a otro. En cada pueblo iba a buscar al alcalde y le decía: «Le traigo las señales que el partido quiere que se coloquen a la entrada y a la salida de cada pueblo. Necesitará dos señales y cuestan catorce marcos cada una». Bueno, ¿verdad?

El mozo estaba pasmado.

—Pero… pero… no tenían que ponerlos, ¿verdad?

—Eso es lo que usted cree —⁠se rio Fritz Breuninger⁠—. Pero en cuanto veían el certificado del guarda rural, aquellos palurdos pensaban de otra forma y eso es lo único que importa. Y si uno de ellos se ponía pesado y se negaba a comprar las señales, no tenía más que preguntar, en tono educado y apenado, claro está, por la oficina del jefe de tropa del lugar; eso no fallaba nunca. El alcalde perdía su aplomo y yo me libraba de dos señales más. A veces había cuatro o cinco carreteras que llegaban a la ciudad, eso eran entre cincuenta y seis y setenta marcos que me dejaban entre cuarenta y ocho y sesenta de beneficio neto. Dígame, ¿puede encontrar un negocio mejor en alguna parte? Pero entonces no se me ocurre nada más que irme de la lengua como un burro y echarlo todo a perder.

El campesino recordaba perfectamente las dos grandes señales de PROHIBIDA LA ENTRADA DE JUDÍOS que había a la entrada y la salida de su pueblo.

—¡Por Dios! —exclamó—. ¿Y nadie puso trabas a su negocio? Quiero decir, ¿no salió a relucir en el juicio?

Fritz Breuninger se rio.

—¿Juicio? Pero ¿usted de dónde sale? No hubo ningún juicio. El tipo de la Gestapo tomó sus notas, me denunció y me metieron en la cárcel. Fin de la historia. Además, el mío era un negocio en marcha, certificado y plenamente en la línea del espíritu nacionalsocialista; nadie podía decir nada en contra. Pero yo no debería haber actuado como un idiota, haciendo esos chistes estúpidos en la taberna. Me daría de cabeza contra la pared por ello.

Xaver experimentó una ligera sensación de asco mientras intentaba poner orden en la confusión que habían provocado las palabras del otro hombre. Ahí estaba un chantajista mentiroso, lleno de arrepentimiento y contrición por haber cometido el crimen de «soltar la lengua como un imbécil». En cambio, en lo tocante a su verdadero crimen, aquel negocio maligno y mezquino de las señales de carretera, lo consideraba un «espléndido negocio» y tenía la conciencia tan limpia como la nieve tierna. Sentado en su banco, el muchacho, que no tenía un carácter especulativo, hizo un esfuerzo por desentrañar aquella situación. «Aquí hay algo que falla —⁠pensó⁠—. Algo no funciona en Alemania. No puede ser que yo esté aquí por haberles dado cebada a mis gallinas y que este tipo, este tal Breuninger, haya terminado aquí por sus chistes. Y que su “espléndido negocio” fuera perfectamente legal, que nadie pudiera decir nada en contra. Todo esto está mal, está mal y es un pecado total, incorregible».

Temblando de frío, se quedó dormido bajo el peso de su áspera manta.

Por la mañana, los prisioneros recibían tan solo un cuenco de agua para lavarse. A continuación sé abría una rendija de la puerta y les entregaban el desayuno, que consistía en un trozo de pan y un brebaje marronoso. Breuninger le contó que al verlo por primera vez había creído que se trataba de café, pero que al probarlo había decidido que se trataba de té. El doctor Gebhardt, el otro prisionero, había intentado convencerle de que era chocolate. Finalmente, el celador había zanjado la discusión diciéndoles que el caldo del desayuno se llamaba «bebida matutina». Quedaba claro que no querían ponerle nombre a la criatura y tal vez fuera mejor así. El mozo descubrió que el pan de la prisión era aún más difícil de digerir que el que se podía comprar en «libertad». No solo era pesado y pastoso, sino también asquerosamente arenoso, pero Breuninger se lo tragó con un apetito voraz.

Xaver se enteró de que el doctor Gebhardt era pastor, pastor protestante.

—¿Y por qué…? —preguntó el muchacho con los ojos como platos.

Desde luego, había oído que habían encarcelado cientos y miles de miembros del clero, tanto católicos como protestantes. Pero saber algo era una cosa y comprobarla empíricamente otra muy distinta. Él se había sentido inclinado a creer algunos de los cargos que el régimen había presentado contra la Iglesia, pero este doctor Gebhardt era inocente, el chico lo supo en el mismo momento en el que lo vio. Era un hombre delicado que transmitía una extraña mezcla de seriedad y alegría, y cuyo rostro reflejaba una callada dignidad que hacía que sintieras simpatía por él antes incluso de que abriera la boca.

—¿Por qué? —preguntó Xaver de nuevo y sacudió la cabeza con incredulidad. Tenía escritos en el rostro los pensamientos que lo habían rondado en sueños, aquella desesperada sensación de que todo en Alemania era un error y un pecado.

—Es una larga, larga historia — ⁠dijo el pastor⁠—. Y hubo muchos motivos para mi detención, aunque la razón principal fue mi último sermón. ¿Quieres que te confiese algo?

El muchacho asintió.

—Nunca, ni una sola vez en mi vida, he dicho aún «¡Heil Hitler!». ¿Acaso bastará con eso?

Xaver no podía apartar los ojos del sosegado y dulce rostro del pastor.

—Pero ¿por qué? —preguntó una vez más⁠—. ¿Por qué no quiere decir «Heil Hitler»? Es el saludo alemán, ¿no?

En aquel momento, Fritz Breuninger interrumpió la conversación.

—Muchacho, no tienes nada que hacer con el doctor. Es obstinado como un demonio. Perdón, doctor; solo quería decir que es usted muy obstinado. Al fin y al cabo, uno tiene que aceptar las cosas como son si quiere sobrevivir.

El campesino observó a aquel tipo de pies a cabeza, con un distanciamiento nada disimulado. «Ese es el problema, ni más ni menos. Ahí es cuando todo se vuelve un error y un pecado. Hay cosas que no se deben aceptar como son y el pastor tiene toda la razón del mundo si prefiere ir a la cárcel antes que hacer algo que considera un pecado. Sin embargo, es cierto que yo mismo he dicho “¡Heil Hitler!” bastante a menudo sin pararme a pensar si había algo de malo en ello».

—Dígame, doctor —preguntó entonces ⁠—, ¿tuvo alguna vez problemas por culpa del saludo alemán?

—Ya lo creo —respondió el pastor⁠—. Me degradaron, me trasladaron de Frankfurt, donde había ejercido desde hacía años, a vuestra pequeña ciudad. Pero hasta ahora había estado muy a gusto en mi nueva parroquia. Hay apenas dos mil protestantes en esta ciudad, pero es una buena comunidad. Yo llevaba una vida tan retirada como me permitían las circunstancias. En un par de ocasiones me insultaron por la calle y en otra ocasión me atacaron. Pero eso no era lo peor; lo peor era que no tenía paz interior. Era espantoso ver que la gente, casi todo el mundo, cedía casi sin luchar ante cualquier fuerza impía y diabólica. Y era particularmente espantoso ver cómo muchos miembros del clero falseaban la palabra de Dios por obedecer las órdenes del Estado. Predicaban sobre el Führer como si se tratara del Salvador y habían olvidado la distinción entre el «bien» y el «mal», pues su único criterio se basaba en lo «útil» y en aquello que era «deseado por los poderes superiores», «favorecido por los poderes superiores» o «prohibido por los poderes superiores». Y cuando hablaban de los «poderes superiores» esos pecadores no se referían ni a los poderes del cielo, ni a la religión, ni a la luz divina que podría haber disipado la oscuridad que poblaba sus almas; cuando decían «poderes superiores» se referían al líder de distrito del partido, a la Gestapo o al gobierno del Reich.

»Me sentía inquieto e infeliz. A menudo pensé que debería caer otro diluvio que fuera una señal de que “los poderes superiores”, y me estoy refiriendo a los que habitan el cielo, no se habían olvidado de nosotros y nos rechazaban de plano, sino que aún nos consideraban dignos de su castigo y capaces de arrepentimiento, pues el peor de mis temores era que los poderes divinos hubieran renunciado a nosotros por habernos alejado tanto de ellos.

Al pastor se le quebró la voz, pareció que de cansancio. A Xaver se le encogió el corazón. Nunca antes había escuchado un sermón con tanto entusiasmo. Al fin y al cabo, el doctor Gebhardt acababa de pronunciar un sermón en honor a sus compañeros de celda: el empresario Fritz Breuninger y el muchacho de pueblo que estaba acostumbrado a asistir a la misa desde que era niño, la Iglesia era parte de su vida cotidiana, como respirar y comer, pero nunca había ocupado un lugar dominante en su corazón. Con la llegada de los nazis, la transformación de la Iglesia no había afectado a su conciencia. Sin embargo, ahora se daba cuenta, aterrorizado, de que se encontraba entre aquellos a quienes se había referido el pastor, los que habían cedido «casi sin luchar ante cualquier fuerza impía y diabólica».

«¡Y que tenga que tomar conciencia de esta espantosa realidad por las palabras de un pastor protestante! —⁠pensó el mozo⁠—. Soy católico y es la primera vez que escucho a un cura protestante. Pero eso da igual, nada importa que me bautizaran en la fe católica o protestante, lo que importa es lo que el cura dice, si tiene razón, si tiene coraje y si se refiere al “bien” cuando habla de “Dios”. Este protestante tiene razón y se refiere al “bien”, me gustaría oírle hablar más. Me gustaría escucharle y que me contara todas esas cosas de las que tomé conciencia anoche y que aún no entiendo».

Pero Fritz Breuninger, cuyo espíritu alegre y liviano era poco dado a la reflexión, estaba más interesado en el aspecto criminal del «caso Gebhardt» que en el moral.

—Bueno —dijo, volviéndose hacia el pastor⁠—, y díganos, ¿qué fue eso tan horrible y peligroso que dijo en su discurso, doctor? ¿Fue algo indecente?

Sus impúdicos y atolondrados ojos azules se posaron sobre el rostro de pastor.

—No, amigo mío —respondió este—, desde luego no fue nada indecente, y me temo que usted habría considerado que no valía la pena.

A Xaver le pareció que responder a la estúpida pregunta de Breuninger con tanta amabilidad era una muestra de algo más que mera consideración cristiana, pero en realidad no parecía que el pastor se la hubiera tomado mal.

—Hoy es martes —dijo— y no toca afeitado hasta el viernes. ¡Pero mirad qué barbas tenemos ya!

Era verdad, ambos tenían una barba casi cerrada, tanto el pastor como Breuninger, cuyo pelo rubio quedaba equilibrado por la pelambrera rojiza del mentón. El mozo era el único que tenía la piel más o menos suave. También era el único que llevaba aún su propia ropa, la camisa de diario y el jersey de lana encima. Los otros dos, con sus uniformes de recluso, parecían los criminales desesperados en los que Xaver había soñado hacía tiempo, los ladrones y asesinos que frecuentaban sus sueños de infancia.

Durante el tiempo de «recreo» se encontraron con los demás prisioneros. Todos salieron de sus celdas con barba de varios días, macilentos y flacos, con los ojos vueltos hacia la luz del sol, de la que disfrutaban tan solo una vez al día. Había varios policías montando guardia. Era un consuelo saber que allí no había soldados de las tropas de asalto de servicio. Desde luego, los policías habían recibido un «reciclaje» en el espíritu nazi, pero a pesar de ello no eran realmente nazis sino oficiales; habían conocido otros tiempos. Trataban al pastor con cierto respeto cordial. Incluso se dirigían a él como «doctor», mientras que a los demás prisioneros los llamaban por su nombre.

El doctor Gebhardt no tomó parte en el paseo acreedor del patio, sino que se quedó apoyado en el muro de la pared, en compañía de quienes tenían los pies doloridos. Cuando se quitaba las gafas su rostro adquiría un aspecto cadavérico, con aquellas mejillas hundidas y aquella piel tan pálida en la que contrastaba la mirada febril de sus penetrantes ojos. Tal vez fuera debido a la miopía, pero sus ojos parecían estar iluminados por un fuego indefinible. Era como si tuviera la mirada vuelta hacia el interior y aquella abstracción espiritual enfatizara la intensidad de su presencia física.

Se suponía que los prisioneros no tenían permiso para hablar durante el paseo recreativo. A pesar de aquella orden, sin embargo, el campesino recibió valiosa información de parte del hombre que caminaba tras él. Se enteró de que una vez al mes había un transporte que iba de la cárcel al campo de concentración. Todos consideraban que los «criminales» tenían suerte, pues el campo de concentración no tenía nada que ver con ellos: tenían el «privilegio» de cumplir sentencia íntegramente en la cárcel. La situación era distinta para el contingente de «presos políticos». Muchos de ellos no sabían siquiera de qué se les acusaba, no tenían ni idea de la duración de sus condenas y temblaban solo con pensar en el campo de concentración. La orden de «traslado» podía llegarles en cualquier momento y, entonces, de nada servían ni la «buena conducta» ni la inocencia absoluta.

Dentro de las celdas, la vida seguía su rutina habitual. El quinto día de estadía de nuestro joven amigo llegaron dos presos nuevos. Uno era un soldado de las fuerzas de asalto de uniforme. Antes de entrar en la celda, y tal como se hacía con todos los presos, le habían quitado los tirantes. También le habían confiscado el machete y el reloj. El otro prisionero era un apuesto suizo del cantón de Tesino que hablaba alemán con un marcado acento italiano y que presentaba un estado de frenética agitación. Lloraba, rezaba y soltaba maldiciones sin parar. Cuando Fritz Breuninger, con su carácter alegre e imprudente, le preguntó por qué lo habían llevado allí, respondió con una retahíla de maldiciones, aunque había un deje de súplica en su voz.

—Tengo que salir de aquí, tengo que salir inmediatamente — ⁠exclamaba una y otra vez⁠—. Soy un oficial suizo, tengo que presentarme para cumplir con el servicio militar. Estaba de visita en Alemania por motivos de salud y de estudios. Mis padres me escribieron cartas de recomendación para varios monasterios de la zona, que es donde siempre me hospedo y como. Un día salí a pasear con el padre Bonifacio y nos arrestaron a los dos. No sé dónde está el padre y tampoco sé qué quieren de mí. Dicen que estaba espiando y que quería llevarme secretos a Suiza. ¡Están locos de remate! Tengo que salir de aquí, tengo que presentarme a cumplir con el servicio. ¡Soy un oficial suizo!

Fue el doctor Gebhardt quien, todo amabilidad y simpatía, intentó calmar y consolar al joven.

—Usted es extranjero —le dijo—. Le va a ir mucho mejor que a los demás. Su cónsul intervendrá, de eso estoy seguro, y como, efectivamente, no existe ningún cargo en su contra, tendrán que ponerle en libertad.

Pero Fritz Breuninger, molesto por el trato de favor del que gozaba joven suizo, protestó:

—Vamos, doctor, que no tenemos prisa. El caballero ha declarado ser un oficial extranjero que fue detenido en compañía de monjes. Así pues, su arresto fue un asunto serio, ¿no? Prepárese para pasar seis meses de vacaciones bien buenos entre nosotros —⁠le aconsejó al suizo, que ya había comenzado a recuperar el coraje⁠—, porque no va a costarle menos, créame.

El joven soldado les confesó que tenía cierta experiencia carcelaria. Tenía la cabeza cuadrada y el pelo corto y tieso como un cepillo. Su comentario inmediato fue que aquella cárcel era «un agujero de mala muerte», ni punto de comparación con la cárcel de Núremberg, donde lo habían encerrado la última vez.

—¡Tendríais que haber visto qué ventanas tenían allí! —⁠exclamó⁠—. ¡Así de grandes! Un día incluso creíamos que iban a quitar los barrotes, pero no cayó esa breva. Fuera, en el patio, había una verja de hierro antigua, con pájaros y flores y florituras, pero la arrancaron para llevarla a una fundición, para el plan cuatrienal. En su lugar colocaron una reja con alambrada de púas, naturalmente. Pero, aun así, había más probabilidades de fugarse que aquí.

No era que estuviera pensando en escaparse, se apresuró a añadir el soldado. Era solo que le interesaban esas cosas, nada más.

A pesar de los cordiales intentos del doctor Gebhardt por animarle, parecía que el joven suizo se sentía más atraído hacia el soldado que hacia sus otros compañeros de celda.

—Usted es soldado —le dijo—. ¿Cómo puede ser que haya terminado aquí?

El soldado soltó una carcajada seca, nasal.

—Nuestro líder de grupo tiene una casa de campo. No, más que una casa es una mansión, créanme, un castillo en toda regla, con un lago con cisnes y una bodega tan grande como el lago. Hace dos años era más pobre que una rata y hace seis no era más que un ex empleado de banca al que habían condenado por desfalco. Fue amnistiado con la llegada de Hitler al poder, porque era un veterano del movimiento. Y ahora tiene un castillo. Constantemente tenemos que oír que nuestros líderes cobran un pequeño salario y se sacrifican por la patria. Bueno, eso me ponía furioso, porque mi salario sí era pequeño, no me daba ni para comprarme un schnapps, mientras que el líder de grupo se presentaba cada día borracho al servicio; venía directamente de la bodega privada de su castillo privado.

»¿Saben qué hice? Conseguí un cartel y pinté en letras bien grandes: HE COMPRADO ESTE CASTILLO Y SU BODEGA CON MI PROPIO SALARIO: EL LÍDER DE GRUPO. Y colgué el cartel en la fachada de su casa de campo. Dio la casualidad de que el líder de grupo estaba fuera de casa aquel día, estaba de servicio… en la bodega de un amigo suyo; de modo que el cartel estuvo allí colgado veinticuatro horas y lo vio todo el mundo. Y a todos les pareció gracioso; no lo descolgó nadie, ni siquiera la policía. Pero cuando el jefe regresó a su casa se acabó la broma. Alguien debió de delatarme, tal vez fue mi hijo, que me vio trasegando con pinturas por casa. En cualquier caso, el gordo se puso hecho una furia y aquí me tenéis. ¿Alguien tiene un cuchillo?

Los prisioneros, pasmados, le aseguraron que les habían quitado los cortaplumas; ¿de dónde quería que sacaran un cuchillo?, preguntaron. El soldado se sacó el zapato y el calcetín derecho y, con mucho cuidado, despegó una metálica que llevaba sujeta a la planta del pie. Era un recorte de lata, les explicó.

—Hay que ser previsor —dijo—. Jamás iría a una cárcel sin llevarme un cuchillo. ¿Veis? Corta bien. Se puede utilizar para muchas cosas.

Los otros se quedaron boquiabiertos. Fritz Breuninger silbó entre los dientes.

—Creo que voy a aprender muchas cosas — ⁠dijo.

Entonces le habló al soldado de su «negocio» y le preguntó si no era una pena haber perdido aquella pequeña mina de oro «yéndome de la lengua como un imbécil».

Cada mañana los prisioneros debían entregar sus bancos, colchones y mantas, pero los últimos dos días habían permitido al doctor Gebhardt conservarlos. Demacrado, casi translúcido, estaba tan débil que le era literalmente imposible mantenerse en pie. Sin embargo, y a excepción del locuaz Fritz Breuninger, era el más animado de todos: hablaba con los demás presos, discutía, los exhortaba y les daba ánimos. A menudo recitaba poesía, no solo del cantoral, sino también de escritores seculares como Eichendorff o Claudio. ¿Por qué se sabía tantos poemas de memoria?, le preguntaron sus compañeros de celda.

—Sabía que un día terminarían trayéndome aquí — ⁠respondió⁠— y que entonces no tendría libros ni ninguna fuente de consuelo aparte de mí mismo, de modo que me preparé. Aprendí todos estos poemas para poder mantenerme cuando llegara el momento.

Una tarde, al final de un día que había dejado su rastro gris y monótono, como todos los demás (excepto el día en que el joven suizo había tenido una especie de ataque y los celadores lo habían tenido que atar) el joven campesino se acercó al pastor en oscuridad de la celda y susurró:

—Doctor, ¿de qué trató su discurso? ¿Qué dijo para que lo arrestaran?

El pastor respondió:

—Era un día de penitencia. Subí al púlpito y ofrecí las plegarias de costumbre; entonces me volví hacia mis feligreses y dije: «Nunca nuestro pueblo ha necesitado una penitencia pública tanto como hoy, pues lo que ha pasado en los últimos años y lo que sucedió en noviembre, cuando las casas de plegaria de nuestros hermanos judíos fueron consumidas por las llamas, claman al cielo e invocan sobre nosotros el juicio de Dios. Y la Iglesia debe asumir su parte de culpa en todo lo sucedido, todo lo que nos llenó de miedo y dolor. Arrepentimos e implorar el perdón de Dios para nosotros y nuestro pueblo, hundido en el pecado, y para nuestra Iglesia, que se ha descarriado del mensaje del Evangelio, será nuestro deber en esta hora solemne. No nos hemos hecho merecedores de que la luz del Señor nos ilumine con sus rayos y no lo seremos hasta quedar limpios de lo que es una deshonra para todo cristiano.

»Entonces apagué las velas y seguí hablando: “Somos juzgados ante la vara de Dios y a nosotros nos corresponde abrir no solo las orejas, sino también el alma a las acusaciones que se nos formulan. Permitidme que repita esas acusaciones en el nombre de Dios. Acuso a la Iglesia de traición al Señor y, sobre todo, a su mandamiento de amor fraternal, que ha ignorado por completo. Acuso al consistorio de ceder a un miedo cobarde hacia los hombres y de evadir su sagrado deber para con su gente y con la Iglesia. Acuso al arzobispo del Reich Müller de traicionar a la comunidad y conducirla a la idolatría. Nos acuso a todos nosotros de pusilánimes, de falta de fe por haber tolerado unos pecados inauditos hasta ahora entre los cristianos y de haber participado, directa e indirectamente, en los hechos vergonzosos que se han cometido y se siguen cometiendo”.

El muchacho de campo se quedó inmóvil en su banco. Tenía la cabeza apoyada en las manos y, en la oscuridad, vio los ojos resplandecientes del hombre que, con un penetrante y fantasmagórico susurro, iba repitiendo aquella letanía de cargos, un «acuso» tras otro.

—Me detuvieron media hora después de la misa —⁠dijo finalmente el pastor.

Xaver, que tenía un nudo en la garganta por la emoción, carraspeó. No quería decir nada; simplemente acarició levemente la áspera manta bajo la cual yacía el acusador. Por un breve instante, su enorme mano de campesino reposó sobre la colcha. Y entonces rezó. Pronunció las palabras que solía murmurar durante sus oraciones, mientras su mente estaba ocupada con el ministerio de Alimentación del Reich y todas las preocupaciones que se habrían añadido a las que ya tenían los que se habían quedado en la granja. Por primera vez desde hacía muchos años, aquellas palabras estaban cargadas de trascendencia y sentido. Con un susurro inaudible repitió todas las plegarias que se sabía de memoria, incluso las plegarias infantiles que había pronunciado de niño, antes de irse a dormir.

—Dios amado, lléname de piedad.

Pero, finalmente, lo único que se oyó fue el ritmo regular de su respiración, pues se había dormido.

El cura, por el contrario, no lograba conciliar el sueño. Se atormentaba con reproches y con un sinfín de ideas febriles y confusas. «¿Por qué —⁠se preguntaba⁠— no me marché de este país, por ejemplo cuando me expulsaron de mi comunidad? ¿Podía quedar aún alguna duda de que mi lugar ya no estaba aquí? ¿Acaso no veía a mi alrededor las señales del día del juicio que se acercaba? ¿Fue por el amor ciego a mi tierra natal por lo que decidí quedarme desafiando al sentido común? ¿O fue simplemente por inercia y debilidad? Y el curso de los acontecimientos que me fueron dados observar pero que no pude detener, ¿no se convirtió en una pesada carga y un tormento?». Pero Dios guardó silencio ante sus preguntas. El suyo era un silencio lejano, que parecía emanar de un reino de paz. El pastor, torturado, no osaba levantar la mirada hacia Él, pero finalmente lo hizo:

—¿Qué debo hacer? —preguntó.

—¡Huye! —fue la respuesta.

—Pero ¿cómo voy a huir? —exclamó el pastor de forma inaudible y el corazón se le encogió de miedo⁠—. Estoy solo y me ha llegado el fin; aquí, por lo menos, tengo gente a mi alrededor, tengo amigos.

—Debes abandonarlo todo —dijo la voz, sin piedad.

—¡Pero entonces estaré perdido!

El hombre, tendido sobre el banco de la prisión, se enfrentaba al que está por encima de toda razón.

—Aquí es donde estás perdido —⁠dijo el poderoso⁠—. Solo la muerte te liberará de esta prisión.

—¿Y no es mejor morir en tu patria que al borde del camino, en tierra extraña? —⁠preguntó el pastor, ansioso. Pero la voz repitió:

—No has de morir, aún no. Aún tienes deberes que cumplir.

—No puedo cumplir con ellos, decrépito y mortalmente cansado como estoy.

El hombre se retorció en el banco como si lo estuvieran azotando.

—La fuerza te será devuelta —⁠le respondió su Dios⁠—. Y creerás como ya crees en lo profundo del corazón.

Presa del terror, el anciano buscó refugio bato los muros de la prisión y se enfrentó con aquella voz oscura y triunfalmente despiadada.

—¿Cómo voy a fugarme? —preguntó⁠—. ¡Es imposible! Nadie puede escapar de este lugar.

La voz respondió y en sus palabras pareció adivinarse una leve carcajada:

—Te encuentras ya en el camino correcto.

—Pero carezco de todo —exclamó el hombre⁠—. Del coraje y la fuerza, y del tiempo y la oportunidad. Y aunque logre escaparme, ¿adónde iré? No tengo posesiones y no conozco a nadie en el barrio. No puedo confiar en nadie…

—¡Aquello de que carezcas, confíamelo a mí! —⁠le espetó con repentina severidad la apabullante voz.

A la mañana siguiente, los demás comprobaron con horror el aspecto de su compañero de celda, el pastor.

—Vaya a ver al médico, hombre — ⁠exclamó Fritz Breuninger⁠—. Y que le dé algo. ¡No queremos despertarnos una mañana y descubrir que se ha convertido en un espectro!

Siguió hablando y contó la historia del fantasma de Heinrich, el ladrón y asesino, que hacía apenas seis semanas había sido ejecutado en el patio. Y él, Fritz, había heredado sus zapatillas. Sí, esas eran, esas cómodas zapatillas de fieltro gris. Le iban a traer suerte, se lo decía cada noche el fantasma del ejecutado.

Pero el soldado no permitió que siguiera haciendo bromas a costa del muerto.

—Era un buen amigo mío —dijo con voz amenazante, y el campesino se estremeció al pensar que un miembro de nuestras «orgullosas tropas de asalto», aunque fuera uno que había vulnerado la ley, pudiera presumir de su amistad con un criminal.

—¿Era realmente un ladrón y un asesino? —⁠preguntó Xaver.

—Ya lo creo —dijo el soldado— y nunca lo habrían pescado si no se hubiera roto la pierna durante su último trabajo.

De camino hacia el paseo «recreativo» el doctor Gebhardt fue a ver al médico. Le permitieron llevarse el sombrero y la manta debido a su precario estado de salud. Más tarde, al ver que no regresaba ni al patio ni a la celda, tanto sus compañeros como los celadores asumieron que el médico lo había declarado enfermo y que lo habían trasladado al hospital. Además, aquellos días reinaba en la prisión una confusión general, pues el transporte al campo de concentración estaba por llegar. Provocándole un horror indescriptible le ordenaron a Fritz Breuninger que se cambiara de ropa y empaquetara sus cosas.

—¿Me van a liberar? —preguntó, aunque la voz le tembló y el fugaz brillo de esperanza que cruzó sus atolondrados ojos azules no logró ocultar la sensación de terror que tiñó sus palabras. El celador no respondió.

—¿Y qué pasa conmigo? —preguntó el joven suizo, que repitió por enésima vez que él era un oficial suizo y que tenía que presentarse al servicio, ¡inmediatamente!

—Al campo —dijo el celador y le dirigió una mirada de compasión a Breuninger, que se desplomó medio desnudo sobre el banco, al tiempo que la celda y los rostros de quienes lo rodeaban comenzaban a darle vueltas.

En compañía del «empresario» Fritz Breuninger, abandonaremos la prisión de la ciudad, aquella celda estrecha, oscura y con olor a tierra. Pero no seguiremos al infeliz, desposeído de su prolija confianza, hacia el lugar de terror y dolor que le espera. Echaremos un último vistazo a quienes quedan atrás: primero está el soldado de las tropas de asalto, tipo rudo, duro e imperturbable. A ese lo soltarán, de eso no hay duda. Hay demasiados como él y no pueden tenerlos a todos en la cárcel indefinidamente. Necesitan a los «orgullosos soldados de las tropas de asalto» para mantener a raya al enemigo interior, y más que los van a necesitar cuando llegue la guerra. «Deberemos luchar en tres frentes —⁠había declarado el Reichsführer Himmler⁠—. ¡En las trincheras, en el aire, y en casa!». Todos en Alemania sabían qué quería decir y todos los soldados (incluido el de la prisión) sabían que los destinarían al «frente interior».

En cuanto al joven suizo, su cónsul, tras interminables negociaciones y protestas en nombre de su gobierno, logrará finalmente salirse con la suya. Tendrán que soltarlo a regañadientes, aunque aún pasará varias semanas más en la celda, retorciéndose las manos de pura perplejidad, incapaz de comprender qué sucede.

Xaver va a pasar en la celda más tiempo que nadie; se convertirá en el «veterano» que da la bienvenida a los nuevos, los inicia en los misterios de la vida carcelaria, les enseña el truco del cuchillo de lata y les habla de los prisioneros que han sido liberados o trasladados. Pero será al pastor a quien recuerde con más afecto, pues este tuvo una influencia decisiva en su vida, lo «cambió», o así lo creía el mozo y le proporcionó la determinación necesaria para, una vez cumplida la sentencia, salir adelante y demostrar el alcance de aquel cambio interior. Ahora sabía que uno podía luchar en las filas de los justos, convertirse en un rebelde contra los falsos dioses que se habían encumbrado para controlar el Estado, un soldado del verdadero Dios, cuyo juicio esperaba el mundo. «Lucharé —⁠se dijo a sí mismo⁠—, para que las velas puedan volver a arder en el altar».

Durante dos días nadie reparó en la fuga del Pastor Gebhardt de la prisión de la ciudad. Los celadores creían que estaba en el hospital y el médico creía que estaba en su celda. En el hospital ni siquiera sabían de su existencia. No narraremos la historia de su fuga, que suena como un cuento de hadas. Si lo hiciéramos, nos sentiríamos tentados de recurrir a la palabra «milagro», una palabra que hay que usar con moderación en la narración objetiva. En lugar de ello, escucharemos el relato del hombre que fue rescatado y que ahora está sentado a la mesa de una sacristía, en lo alto de las montañas suizas, y escribe «La historia de la Voz»:

«Cuando el médico me mandó de vuelta a la celda — ⁠leemos en el documento⁠—, me escondí tras una de las columnas hasta que mis compañeros terminaron el recreo y fueron guiados de nuevo al interior de la prisión. Sabía que era o ahora o nunca, pues en aquel momento los hombres que había apostados en el patio se dirigirían a la cantina para comer. Dejarían a un guardia vigilando la puerta y si cruzaba el patio lo bastante rápido, nadie me vería. Pero las grandes ventanas con barrotes de la primera planta daban al patio y cien pares de ojos podían estar observando desde allí. Con la cabeza ligeramente inclinada, pasé con paso vacilante frente a la cocina y hacia la pocilga. En cualquier momento esperaba oír un grito o un disparo. Me temblaba todo el cuerpo y sollozaba de debilidad. ¡Ahora, va a ser ahora!, pensaba. “¡Ciégales los ojos!”, exclamé presa de la angustia y creo que lo dije en voz alta, hasta tal punto estaba fuera de mí. Llegué a la pocilga. La ventana de la cocina estaba a cinco pasos, abierta de par en par. Oí la conversación de las cocineras en el interior.

»¿Que cómo me sentía? La sangre no me llegaba al cerebro, que se negaba a cumplir su cometido. Tuve que hacer un gran esfuerzo para ordenar mis pensamientos y me sentía incapaz del menor esfuerzo físico. Me temblaban las rodillas y tuve que esperar a que el corazón dejara de latirme frenéticamente. La puerta de la pocilga estaba entreabierta y entré. Los cerdos, al notar la presencia humana, se pusieron a gruñir con fuerza y di un respingo, aterrorizado. Mis ojos escudriñaron la pocilga; me pregunté si había algún lugar donde esconderse un rato. Todas las paredes estaban cubiertas con balas de heno, pero no vi ningún vacío. Dejé caer los brazos con impotencia y desespero. Entonces apreté los dientes y una vez más me acerqué cautelosamente a la salida. Mi primer objetivo era la verja que había junto a la ventana; logré llegar hasta allí. Coloqué el pie derecho sobre el alféizar y me agarré a la reja con los dedos de la mano derecha. Intenté impulsar mi cuerpo por encima de la verja, pero ya no me quedaba fuerza en los dedos. Caí violentamente hacia atrás. Terminé de nuevo sobre el montón de basura, medio inconsciente.

»Sollocé en voz alta. Había quedado demostrado: era imposible escaparse. Mi cuerpo se negaba a cumplir con su deber. La oportunidad estaba allí, la Voz había cumplido con su promesa, pero yo había fracasado. Aunque, ¿podía permitir que fuera así? Debía seguir adelante, tenía que demostrarme que era digno de la voz. Debía intentarlo de nuevo y, en esta ocasión, me mantendría tan cerca de la ventana como pudiera. Saqué fuerzas de flaqueza y, en un susurro, dije: “¡Ayúdame!”. De pronto estaba de nuevo en la verja. Una vez más tenía el pie sobre el alféizar y los dedos asidos a la reja. Pero de nuevo fui víctima de mi debilidad. Me pegué a la verja, pero aquel esfuerzo era demasiado para mí. Los dedos estaban a punto de ceder una vez más cuando, de repente, pegué un tirón y acerqué la hoja de la ventana hacia mí. Intenté pasar la pierna izquierda por encima, pero el abrigo me lo impedía. Levanté la rodilla y aparté el abrigo. Me agarré a los gabletes metálicos del tejado y me subí a este. Estaba encima de la hoja de la ventana, que oscilaba de un lado a otro. Solo había logrado pasar la rodilla derecha por encima del gablete. Me quedé un instante más allí colgado y noté cómo me sangraba la mano. Hice un último esfuerzo y, finalmente, logré encaramarme al tejado. Me arrastré a toda prisa y me senté en la cornisa. En el suelo vi una manguera de bombero. Me colgué con las manos del borde de la cornisa y me dejé caer. La distancia hasta el suelo daba miedo, pero salté y aterricé en cuclillas.

»Entonces me levanté y miré a mi alrededor. Jamás olvidaré la paralizante sensación de impotencia y decepción que sentí en aquel momento. Había ido a parar a uno de los patios externos de la prisión. Otra verja, más alta aún que la que acababa de escalar, se interponía entre mí y la libertad. Y aquí no había pocilga. El nuevo obstáculo se alzaba vertical y liso ante mis ojos, encerrando el patio completamente. Recorrí el muro tres veces, como un animal acorralado, y entonces me entraron ganas de dejarme vencer por el cansancio y la frustración y echarme al suelo. Pero una vez más logré mantener la calma. ¿Osaría abandonar a medias el milagro de aquella fuga? Cerré los ojos, respiré profundamente y eché otro vistazo a mi alrededor. Vi que solo había una ventana de la prisión que diera a aquel patio, por lo que era bastante improbable que alguien me viera. Y como aún no me habían descubierto, tenía tiempo por lo menos hasta la hora de cenar. Para entonces, debía haber encontrado la forma de superar también aquel obstáculo.

»Me llamó la atención un frutal raquítico que había a la sombra del muro. No lo habían podado y dos de los brotes alcanzaban más o menos la altura de la pared, pero aun así eran demasiado delgados para soportar el peso de un adulto. Me coloqué entre el árbol y la pared, tomé una rama con cada mano y flexioné los brazos, pero las ramas se doblaron y caí de espalda contra el muro. Sin embargo, este me sostuvo y así, poco a poco, fui trepando por la pared. Me faltaba solo un metro para llegar a lo más alto. Me di un último impulso, avancé un poco y cuando ya parecía que las ramas iban a partirse, me propulsé con los talones. Con ese último paso logré asirme firmemente con una mano en el borde del muro. Será siempre un misterio para mí cómo lo logré. Entonces terminé de trepar, con los pies en la pared y la mano izquierda aún agarrando la rama. Finalmente logré pasar una pierna por encima del muro y, al cabo de un momento, monté a horcajadas en él. El milagro conservaba aún toda su fuerza.

»Miré hacia abajo. Debía de tener un aspecto de lo más pintoresco ahí arriba, con el sombrero y el abrigo. Las manos me sangraban con profusión, pero no sentía el dolor. El suelo, al otro lado, hacía pendiente; no me atrevía a saltar. Además, la pendiente seguía durante un buen trozo. Avancé por el borde de la pared hasta llegar a un murete que formaba un ángulo recto con la parte exterior del muro de la prisión. Quedaba unos dos metros por debajo de donde me encontraba; reuní el valor necesario para saltar y logré aterrizar sano y salvo en lo alto del murete, que sostenía un tejado de guijarro cubierto de cartón alquitranado. Trepé por el tejado y, con la ayuda de un arbusto de saúco que crecía junto al muro, llegué al suelo. Por fin me sequé las manos ensangrentadas en el pañuelo que llevaba en el bolsillo, me coloqué el sombrero recto y con paso uniforme me acerqué a una furgoneta cargada con latas de pintura, alrededor de la cual había varios trabajadores trabajando.

»“El Señor esté con vosotros”, los saludé y me toqué el sombrero. Ni siquiera en aquel momento de extremo peligro fui capaz de pronunciar el pecaminoso “¡Heil Hitler!”. Entonces di la vuelta al edificio y me encontré frente a una enorme puerta doble. Se me cayó el alma a los pies, pero estaba tan metido en la tarea que, instintivamente, calculé a ojo la altura de la nueva pared. Sin embargo, el pasador de la puerta izquierda estaba abierto y al instante me encontré en una de las calles de nuestra ciudad.

»Todo era como de costumbre: mujeres con los cestos de la compra, ancianos sacando el perro a pasear, niños que regresaban del colegio. ¿Había estado soñando todas esas semanas? ¿O estaba soñando ahora? Notaba como si un aro de acero me oprimiera la frente y me escocían los ojos. Le pedí la hora a una mujer que se acercaba. Mi voz sonó tan ronca y apagada que me asusté al oírla, lo mismo que la mujer. Había perdido conciencia de mi debilidad y mi enfermedad. Estaba empapado en sudor de pies a cabeza. Caminé una eternidad. Llegué a un pozo, me lavé las manos ensangrentadas y seguí andando, cada vez más lejos. Crucé calles y callejones hasta que ya no reconocí la ciudad, con sus casas que asomaban por entre la niebla. Pero cuando finalmente me detuve y levanté los ojos hacia los cielos, que no estaban cubiertos de nubarrones de lluvia y que me habían mandado su mensaje la noche anterior, supe con certeza que mis esfuerzos serían recompensados: la fuga tendría éxito, el milagro continuaba obrándose a toda máquina. No iba a morir en el mismo lugar donde habían ejecutado al asesino Heinrich y donde había quedado el buen campesino, mi compañero en aquella noche de gracia. Lamentablemente no puedo salvarle, no puedo liberar a mi compañero. Pero yo estoy salvado, he sido liberado del mal; eso es seguro y cierto…».

 

No seguiremos leyendo «La historia de la Voz», que el Pastor Gebhardt transcribió en el pueblecito de los Alpes donde ahora trabajaba. Siempre que miraba por la ventana de la venerable sacristía, sus ojos se posaban en los prados donde florecía la genciana y, más allá, en las altas cumbres nevadas que penetraban en el azul del cielo. En aquel lugar había vuelto a encontrar la paz tras muchos días de peligro mortal, dando tumbos en su huida febril y de repetidos y misteriosos golpes de fortuna que solo podían explicarse por la fuerza del milagro. Fue conducido hasta nosotros y apareció una noche en la puerta de nuestra casa, a orillas del lago Zúrich, como un espectro. Teníamos noticia de su detención, así que cuando le tuvimos frente a nosotros nos costó creer lo que estábamos viendo.

Desde el día en que había oficiado el bautizo de nuestra hija menor y le había puesto el nombre de Elizabeth, habíamos contado a aquel hombre como uno de nuestros amigos. Creíamos que estaba perdido hasta que el milagro lo trajo a nuestra puerta. Estaba muy pálido, débil y exhausto, casi al borde del colapso. Y, sin embargo, desprendía una gran fuerza. La luz de una prueba superada resplandecía como un halo en su rostro exangüe.