Cuando las luces se apagan
Epílogo
«Por la noche, lectura de Erika en la Library de Cuando las luces se
apagan [1] », anotó Thomas Mann el 27 de diciembre de 1939 en su diario; tres días más tarde, Klaus Mann escribía: «E. nos lee, a él [Fritz Landhoff] y a mí,
el final del libro, la catástrofe del Athenia; conmovedor y acertado»[2]. En pocos meses, Erika Mann había terminado su libro de historias que en realidad debía titularse Our Nazitown y que ya había apalabrado con el célebre editor Paul Willert para la Oxford University Press. Erika Mann había comenzado a escribir el libro durante el verano de 1939, en Arosa, paralelamente a la redacción del libro que escribía junto con su hermano, The Other Germany, de numerosos trabajos periodísticos y, sobre todo, bajo la amenaza, primero, de un conflicto bélico inmediato y a partir del 1 de septiembre, con la invasión alemana de Polonia, de la guerra que acababa de estallar.
Erika Mann, periodista política y reportera antinazi comprometida, se encontraba prácticamente en la misma situación que el joven americano que, en su novela, llega a una ciudad universitaria mediana del sur de Alemania y percibe, por un lado, el peculiar ambiente de romántica cotidianeidad y, por otro, la irritante unanimidad del inminente conflicto bélico. Ella misma había renunciado a la nacionalidad alemana en 1935 después de casarse con el escritor Wystan H. Auden para obtener el pasaporte británico y desde entonces no había osado regresar a Alemania. Observaba el desarrollo de los acontecimientos políticos desde Suiza; allí, donde hasta 1936 estuvo instalada la «tertulia» de su cabaré Die Pfeffermühle (El molinillo de pimienta), reunió material, habló con emigrantes de todos los orígenes sociales, se reencontró con viejos conocidos y fue desarrollando la idea de un libro con «historias reales del Tercer Reich» (ese iba a ser el subtítulo); un libro que tenía que ser un relato verídico y vivo, lo que hoy en día llamaríamos «documental de ficción».
Cuando en 1940 fue publicado en Nueva York por Farrar & Rinehart y en Londres por Secker and Warburg, traducido por Maurice Samuel, era un libro de rabiosa actualidad, algo que se confirmó no solo en el círculo familiar o a través del editor. Hasta llegar al capítulo final, Erika Mann desarrolla historias sobre la guerra y la época, y refleja el día a día y los grandes acontecimientos mundiales mediante una serie de cautivadores episodios. El redactor literario y poeta de la sangre y la tierra, Hans Gottfried Eberhardt, que tras una carrera contra el tiempo y las arbitrariedades administrativas, logra abandonar Alemania en compañía de su familia literalmente en el último minuto, termina siendo rescatado por el carguero estadounidense City of Flint junto con cientos de otros emigrantes que habían naufragado. El barco en el que viajaba con su familia había sido presumiblemente bombardeado y se había hundido. Con ello, Erika Mann incorpora directamente a su narración la «catástrofe del Athenia», que Klaus Mann menciona en su diario. El mercante estadounidense Athenia, que debía llevar a un gran número de emigrantes alemanes de Liverpool a Estados Unidos, se hundió el 3 de septiembre. Fue la primera catástrofe naval provocada por la guerra y causó una verdadera conmoción mundial. En cambio, el City of Flint, que en la historia de Erika Mann rescata a los emigrantes, fue en realidad alcanzado por un acorazado alemán un mes más tarde, el 9 de octubre de 1939; sin embargo, el buque no
se hundió y logró regresar a Estados Unidos[3].
Erika Mann opta por hacer que la familia Eberhardt sobreviva a esa situación aterradora y, con ello, da a su libro un prudente final feliz. No obstante, apenas un año más tarde, en septiembre de 1940, las descripciones de las escenas del barco yéndose a pique cobrarían una significación brutal para la familia de Thomas Mann: la noche del 17 de septiembre de 1940 y como consecuencia del ataque de un submarino alemán, el City of Benares, un vapor de pasajeros británico, se hundía en las aguas del Atlántico Norte con casi cuatrocientos pasajeros a bordo. Entre esos pasajeros se encontraban la hermana de Erika Mann, Monika, y su marido, el historiador húngaro del arte Jenö Lányi. Si bien Monika Mann pudo ser rescatada, su marido perdió la vida. De los noventa y dos niños ingleses que iban a bordo del City of Benares, solo sobrevivieron diecinueve. Erika Mann les dedicó un pequeño
homenaje literario en su libro infantil [4] A Gang of Ten , publicado en 1942. El
libro trata de diez niños de diversas nacionalidades que estudian en una «Nueva Escuela Mundial», en California, y que logran pararle los pies a una banda de saboteadores comandada por un tal Mister X., que opera a las órdenes de Hitler. El final optimista de ese libro infantil y el hecho de que el punto de arranque de la historia sobre la vida cotidiana del «Tercer Reich» esté situado en el futuro no supone una contradicción con la intención estrictamente realista e historicista de Cuando las luces se apagan: más bien son una advertencia (una vez más con propósito claramente historicista) contra el cinismo y la indiferencia política que pretende camuflarse de sentido práctico y de realidad.
La última historia es también un ejemplo en ese sentido. El escritor conservador nacionalista y apegado a la tierra, Gottfried Eberhardt, que pierde su trabajo porque su jefe no le transmite la última circular sobre el trato periodístico de la cuestión del Tirol del sur y, por lo tanto, publica un artículo de corte étnico que, sin embargo, no se ciñe a las últimas directrices gubernamentales, experimenta, a causa de su empeño por emigrar, la pérfida combinación del ansia de enriquecimiento estatal y la arbitrariedad de las autoridades. Eberhardt había invertido su fortuna en pinturas al óleo y tapices antiguos que, con permiso estatal, es decir, abonando unas tasas de exportación abusivas, envía a Inglaterra. A pesar de conservar todos los recibos y todos los sellos, de haber pagado todos los impuestos, e incluso de haber entregado todas sus propiedades al estado nacionalsocialista, la oficina de aduana le niega el pasaporte por culpa de los bienes patrimoniales que este posee en Inglaterra. Si quiere conseguir su pasaporte, Hans Gottfried Eberhardt debe, sin salir de Alemania, vender las pinturas y tapices que guarda en Londres por mil quinientas libras. Sin embargo, resulta imposible reunir la cantidad exigida, por lo que, además, Eberhardt debe pedirle dinero a un conocido de Londres. Pero el vía crucis que supone reunir los sellos, certificados y documentos (tal como describe Erika Mann con gran emoción y vivacidad) aún no ha terminado, falta «el último sello, el definitivo». Y están a punto de negarle ese sello porque el funcionario de turno no encuentra entre los documentos un recibo de dos marcos y veinte céntimos a cuenta del servicio de aguas que Eberhardt ya ha presentado. En este punto, Erika Mann le hace perder los estribos a su protagonista, que protesta airadamente, insulta al funcionario, a quien acusa de ser la encarnación de «los locos que están arruinando Alemania» y, así, en el último minuto, arriesga su propia vida y la de su familia. Sin embargo, el atónito funcionario le devuelve el pasaporte completo. «Deberíamos haber empezado a gritarles a estos majaderos desde el principio. Ni siquiera ahora sería demasiado tarde», le comenta más tarde Eberhardt a su mujer, al explicarle lo sucedido.
Tal como se desprende de los diarios de Thomas y Klaus Mann, Erika Mann escribió ese último capítulo en diciembre de 1939. Habían pasado ya cuatro meses desde que, en dramáticas, degradantes e infamantes circunstancias, los abuelos de Erika Mann, Alfred y Hedwig Pringsheim, habían logrado abandonar Munich literalmente en el último segundo y refugiarse en Suiza. También en su caso se había tratado de una carrera de obstáculos contra la burocracia, y en las cartas que mandó desde Arosa, donde entre otras cosas escribió Cuando las luces se apagan, Erika Mann intentó aconsejar a sus padres como mejor supo. El 20 de julio de 1939, en una carta a su padre relacionada con la emigración de los abuelos Pringsheim, escribió:
1) Que se marchen en cuanto obtengan el pasaporte (no será tan fácil, pues […] según las últimas ordenanzas, después de lograr el pasaporte el emigrante debe presentarse nuevamente en la delegación de Hacienda para obtener el último sello). 2) Que se preparen para el chantaje final y que lo resuelvan lo antes posible para ahorrarse un ataque al corazón. 3) Que, en la medida de lo posible, averigüen cuánto
tiempo puede demorarse el asunto desde el momento de la «subasta»[5].
De hecho, la célebre colección mayólica de Alfred Pringsheim sufrió una
considerable pérdida de valor en la «subasta» solicitada por el Estado[6]. Es posible que la historia de Erika Mann sobre el redactor literario afecto al régimen Eberhardt, que al verse obligado a emigrar planea financiar la nueva vida en el exilio mediante la colección artística que había mandado a Londres y que finalmente se ve obligado a malvender, se inspirase en las vivencias de su abuelo. En cuanto a las desconcertantes y arbitrarias prácticas del régimen nacionalsocialista en relación a los «permisos de salida» (tal como se menciona en la citada carta de Erika Mann de julio de 1939) eran algo habitual y muy extendido.
De hecho, Erika Mann deseaba que todas las historias que se incluyeran en su libro pudieran calificarse de «habituales». En todos los casos, las historias debían basarse en hechos, en realidades comprobables, fuentes verificables y material documentado. Según sus propias declaraciones, en el momento de la redacción disponía de muchísimo más material del que podía
utilizar. En diversas cartas a sus padres[7] se quejó a menudo de su «libro de Oxford», que le proporcionaba gran placer pero también interminables trabajos.
Sin embargo, no hay duda de que este libro la entusiasmaba mucho más que otro que estaba escribiendo al mismo tiempo, conjuntamente con Klaus Mann, titulado The Other Germany, que ilustraba el discurrir de Alemania por la dictadura y la guerra, al tiempo que cuestionaba la supuesta propensión natural de los alemanes hacia las personalidades autoritarias, las tendencias
antidemocráticas y las actitudes de sumisión[8]. Desde una perspectiva historiográfica monocausal el libro repasa la historia alemana desde Martín Lutero hasta Hitler e intenta ilustrar la opinión, expresada con mayor éxtasis, sobre todo, por el inglés lord Vansittart, de que el carácter alemán presenta una inclinación hacia el despotismo fascista. El libro, que gozó de una breve popularidad en Estados Unidos y fue ninguneando en Alemania, no figura desde luego entre las obras maestras de los hermanos Mann, si bien fue una de las fuentes de la literatura política de la época a las que recurrió Thomas
Mann para la redacción de su [9] Doctor Fausto. Are the Germans nazis?, ¿son los alemanes nazis?, es la pregunta que aparece una y otra vez en el segundo libro americano de los hermanos Mann, tras el éxito de Escape to Life (1939). Ese debía ser, originalmente, el título del libro; subrayado todavía más la proximidad temática con el nuevo libro de Erika Mann que, bajo el nombre de Our Nazitown, estaba previsto que apareciera simultáneamente. Ya en The Other Germany, a la pregunta de si todos los alemanes son nazis o de si su procedencia nacional los predispone a una actitud servil y obediente, la respuesta no es que «sí». Sin embargo, el libro plantea otra pregunta que no solo ocupó a los escritores de la familia Mann, sino que se convirtió en uno de los principales temas de la literatura alemana en el exilio y que sigue siendo objeto de investigación historiográfica. La pregunta en cuestión es la que se interroga sobre las causas y los motivos por los que el «pueblo de los poetas y los pensadores», cuyas obras eran admiradas en todo el mundo como símbolo del humanismo y la civilización, no solo fue testigo de la implantación de un régimen bárbaro en su seno, sino que le brindó su entusiasta aprobación.
Las historias que Erika Mann cuenta en este libro se derivan fundamentalmente de esa pregunta, aunque ni aportan una respuesta teórica definitiva ni, naturalmente, pretenden hacerlo. Al contrario, siguen la máxima implícita según la cual uno debe explicar, es decir, convertir en historias verosímiles, palpitantes y verificables, todo aquello que no se puede reducir a un enunciado sencillo y abstracto. Al mismo tiempo, los cuentos ilustran el único principio que se puede extraer de ellos: que solo la voluntad y la capacidad de aprender de la historia garantiza un futuro mejor y más pacífico. Habrá quien asegure que esa didáctica histórica es ingenua y obsoleta, y habrá quien querrá ver en su ímpetu racionalista una moralidad pasada de moda, que la propia historia del siglo XX se encargó de rebatir. Sin embargo, es indudable que la obra profesional y literaria de Erika Mann nace de una perspectiva que (como ella misma siempre resaltó) no procede de la cuna, sino de sus propias experiencias políticas y personales.
Nacida en 1905 en el seno de una familia célebre, Erika Mann vivió una infancia plácida y privilegiada a pesar de la primera guerra mundial y de las convulsiones revolucionarias. Según declaró más tarde, de joven no le interesaba la política. No solo eso: durante los roaring twenties tampoco sus conocidos (escribiría más tarde de forma autocrítica desde el exilio) sentían ningún interés por la política. Aquella fue una época de escenarios y bares en que uno seguía con pasión los grandes y pequeños escándalos que tenían lugar al otro lado del telón si es que no se veía incluso enredado en ellos. La generación de jóvenes artistas, actores e intelectuales de los años veinte, a los que pertenecían Erika y su hermano Klaus y que con orgullosa autocompasión se definía a sí misma como una lost generation, se interesaba por todo excepto por la política cotidiana y la democracia de Weimar, amenazada por todas partes; era una generación que disfrutaba de la libertad y la aprovechaba al máximo. Sus miembros se consideraban modernos, innovadores y huérfanos de ilusiones. Las mujeres llevaban el pelo a lo garçon y fumaban cigarrillos con una boquilla larga. Erika Mann se dedicó al teatro —escribía críticas para el periódico berlinés Tempo, que se había fundado en 1927 —, a conducir a toda velocidad su propio automóvil (en ocasiones incluso como piloto de la marca Ford) y a bailar por la noche. La juventud de Erika Mann estuvo marcada por una actitud vitalista, despreocupada y aventurera que caracteriza el estado de ánimo de los círculos en que se movió durante los años de la República de Weimar. El auge del partido nazi, vivido con preocupación y repugnancia desde 1931 en casa de Thomas Mann, y finalmente la llegada de Hitler al poder convirtieron a la talentosa y vitalista Erika Mann, a pesar de su desinterés por la política, no solo en una emigrante, sino también en una artista de cabaré, periodista, corresponsal de guerra y conferenciante, que ya no escribía libros infantiles, sino «tratados
políticos»[10]; esa fue la etiqueta que eligió para sus dos obras literarias
documentales, [11] School for Barbarians (1938) y Cuando las luces se apagan (1940).
Actriz y periodista, piloto de rallies y fumadora apasionada, Erika Mann fue una mujer de múltiples pasiones y temperamento complejo, si bien su pasión principal fue la que profesó por las personas. Entre estas la más importante, junto con su padre, fue su hermano Klaus, que fue tal vez la más próxima a ella, la de mayor confianza. Los dos hijos mayores de los Mann ocuparon a menudo los titulares de la prensa y en numerosas ocasiones supieron aprovecharse de su popularidad para hacer dinero. Y lo cierto es que en muchas ocasiones el dinero era angustiosamente necesario, pues si los ingresos derivados de compromisos escénicos y de algún artículo ocasional no eran demasiado cuantiosos, las exigencias de su nivel de vida y del ambiente en el que se movían eran considerables. La constante escasez económica y la inquebrantable necesidad de lujo y aventuras desembocaron en un proyecto que acabaría traduciéndose en la primera producción literaria conjunta. La vuelta al mundo de Erika y Klaus Mann, que comenzó en enero de 1927 y terminó apenas un año más tarde, quedó descrita en un libro
publicado en 1929 por la S. Fischer Verlag bajo el título de [12] Rundherum, y
divirtió enormemente a lectores y críticos.
Los dos hermanos cruzaron Estados Unidos, Japón, China y la Unión Soviética, y muchos episodios de aquel viaje, si no la propia forma de vida del viaje, iban a prefigurar los años de exilio que estaban a punto de empezar. Aquel proyecto fue literalmente «la aventura de la vuelta al mundo», pues si de algún modo se puede calificar el viaje y su financiación, es con la palabra «aventura». Su plan consistía en ofrecer conferencias sobre literatura y cultura europeas en Estados Unidos y, gracias a la popularidad de su apellido, encontraron un agente en Alemania del que lograron obtener un generoso anticipo con la promesa de los ingresos futuros. El viaje, en el que abundaron las situaciones y los episodios más diversos, les permitió conocer a numerosas
celebridades, desde Emil Jannings a Ernst Lubitsch[13] a Greta Garbo; no solo eso: la aventura del viaje trajo también consigo la aventura de la escritura.
Erika Mann no logró esquivar la «maldición familiar»[14]:
La situación financiera quedó seriamente tocada a raíz de un viaje alrededor del mundo, por lo que decidí por primera vez escribir un libro. […] Mi destino estaba decidido; pues no solo el libro fue todo un éxito, sino que no pude disimular por mucho tiempo que aquella labor me había proporcionado un placer enorme. Así, aunque continué dedicándome a las cosas más diversas (actué en el teatro, participé en carreras automovilísticas, fundé cabarés, me casé y viajé sin parar), publiqué un libro tras otro. Siguiendo el consejo vehemente de mis hermanos menores, en el año 32 salió a la luz mi primer libro infantil. Más tarde fueron mis sobrinos y sobrinas quienes me obligaron, con comentarios no carentes de cierta severidad, a publicar
varios libros juveniles.[15]
A partir de aquel momento, viajar y escribir se convirtió en una constante en la vida de Erika Mann que penetró también de forma peculiar en el ámbito personal, profesional, privado y político. Lo que comenzó como una vuelta al mundo y como la narración de esa vuelta al mundo, tuvo su continuación en el exilio. Erika Mann viaja por toda Europa ofreciendo conferencias, es testigo directo de la guerra civil española, está en la Praga de la ocupación y en el Londres bombardeado por los alemanes. Viaja a Francia y Egipto, a Palestina y al Oriente próximo como reportera de guerra de las fuerzas armadas estadounidenses. Desempeñando esa misma función regresó a Alemania en 1945 y fue la única mujer a la que se permitió la entrada en la penitenciaría de Mondorf-les-Bains, donde los principales criminales de
guerra esperaban el inicio de los procesos de Núremberg[16]. También escribió artículos sobre esos viajes para periódicos y emisoras de radio, en conferencias y en debates públicos. Viajar y escribir se convirtió en la forma de vida de Erika Mann, una forma de vida a la que inicialmente se vio empujada por el exilio, pero que encajaba perfectamente con su dinámica personalidad.
Ese dinamismo fue la fuente de intensas pasiones y obsesiones que ya se dejaban entrever en su afición juvenil por la escenificación, en su fascinación por los dialectos, sobre todo el bávaro, por el teatro y por las actividades aventureras. Por todo ello, para Erika Mann las exigencias políticas fueron más que una mera obligación personal. La ayudó su habilidad para sentirse a gusto en cualquier lugar y su facilidad para escenificar y verbalizar entre extraños cualquier situación que hubiera presenciado en otro lugar. Lo nuevo y lo extraño es percibido a través del tamiz de la escritora, la reportera, la intérprete, es decir, en función de si puede ser relatado. La suya fue una existencia vital y profesional de alcance mundial, en movimiento constante, que a partir de 1933 adquirió además un profundo enfoque político.
En 1932 se produjeron dos acontecimientos que marcaron de forma trascendental el futuro profesional y político de Erika Mann. En enero fue invitada, en calidad de actriz y conferenciante, a participar en una asamblea pacifista organizada por la Liga internacional de mujeres por la paz y la libertad. Si hemos de creer sus palabras posteriores, ese fue el primer acto de naturaleza propiamente política en el que tomó parte. Al parecer, la asamblea despertó su pasión y su conciencia política o, en otras palabras, su conciencia sobre la necesidad de plantarle cara a Hitler, y convirtió a aquella excéntrica hija de una familia ilustre en una luchadora convencida contra los nazis. Aunque varias brigadas de camorristas nacionalsocialistas intentaron sin éxito reventar el acto, Erika Mann fue duramente atacada desde las páginas del Völkischer Beobachter.
Uno de los episodios más desafortunados de la velada fue la actuación de Erika Mann quien, como actriz, y según sus propias palabras, pretende consagrar su arte al servicio de la paz. Con el porte y el ademán de una muchachita indolente, soltó una serie de disparates sobre el «futuro alemán». […] Poco a poco, la historia de la familia Mann va adquiriendo proporciones de un escándalo muniqués que, tarde o
temprano, habrá que liquidar.[17]
También el segundo suceso tuvo que ver con el auge del nacionalsocialismo. Por consideración a determinados «círculos de relevancia nacional», la dirección del Teatro de Weissenburg se vio obligada a rescindir un contrato ya firmado con la actriz Erika Mann. Esta inició una disputa legal que se prolongó hasta finales de enero de 1933 y que le supuso no solo un entretenimiento, sino que también le reportó publicidad. El Teatro de Weissenburg fue condenado a abonar una indemnización y, ante su incapacidad para satisfacerla Erika Mann no dudó en exigir el cumplimiento de la sentencia. El alguacil procedió sin más demora a la incautación del vestuario del teatro, lo que estuvo a punto de provocar la suspensión de varias representaciones y festivales.
La actriz y la activista política Erika Mann interpretaba un nuevo papel empujada por el fenómeno hitleriano, y no haría más que ampliar su repertorio, tanto en este como en otros campos. De hecho, uno de los sus papeles principales se lo brindará el Pfeffermühle, el cabaré donde política y teatro, sátira, diversión y compromiso contra los nazis se combinan para formar un todo.
El 1 de enero de 1933 Erika Mann abrió su cabaré en Munich. Aquella empresa, a la que más tarde se referiría como su «hijo más amado», estuvo operativa apenas dos meses en Munich y dos años y medio en Suiza y en
otros países del exilio europeo[18]. Se trataba de un cabaré contra Hitler y el fascismo alemán, que desde las primeras representaciones cosechó un gran éxito de público y crítica en toda Europa. Therese Giehse y Magnus Henning, Sybille Schloß y Lotte Goslar formaban parte de una compañía de apenas diez miembros, de la que Erika Mann era directora, organizadora, redactora, cantante, presentadora y representante ante la prensa. Hasta finales de febrero de 1933 actuaron en Munich ante plateas siempre abarrotadas, con una gran repercusión y asumiendo riesgos nada desdeñables para la compañía y su directora. Más tarde, Erika Mann se complacería en contar algo que probablemente no fuera del todo cierto:
En marzo tuvimos que hacer una pausa. Nuestra sala se había quedado demasiado
pequeña, por lo que llegamos a un acuerdo con el venerable Serenissimus, en Schwabing, que fue reconstruido especialmente para nosotros. Pretendíamos inaugurar allí la nueva temporada el 1 de abril. Sin embargo, tras el incendio del Reichstag se produjeron las primeras detenciones en masa y muchos de nuestros amigos terminaron en los campos de concentración. Fue un milagro que los miembros de la compañía siguiéramos en libertad. Fui a ver al propietario del Serenissimus para rescindir nuestro contrato. El hombre se puso hecho una furia; por muchas convulsiones políticas que hubiera, él era un miembro veterano del partido y sabía que sus amigos no iban a tolerar jamás que sufriera tales perjuicios comerciales.
Pretendía colocar un servicio de orden de las SA en la sala y nos amenazó que a
nosotros nos correspondía asegurarnos de no hacer nada que pudiera provocar la ruptura del contrato, o él se encargaría personalmente de que termináramos en la
cárcel. […] Le dije que sí a todo… y acto seguido nos marchamos del país.[19]
En cualquier caso, comenzaron los viajes. Primero a Suiza, donde el 1 de octubre de 1933 tuvo lugar la reapertura del Pfeffermühle. Siguió una gira por Checoslovaquia, Holanda, Bélgica y Luxemburgo. «Siempre directo» y «puramente literario»; así reformuló Erika Mann el principio satírico fundamental del Pfeffermühle. En un discurso pronunciado durante una función extraordinaria en Praga, expuso su concepto del cabaré:
Ante todo deseamos no ser exclusivos, no apelar tan solo a quienes ya están al corriente de lo que decimos, sino a un público más amplio y diverso; queremos que los campesinos de los pueblecitos de Suiza y los vendedores de cañas de pescar holandeses odien la estupidez tal como la odiamos nosotros; y como sabemos que no servirá de nada si les decimos: «Haced el favor de odiar la estupidez», elaboramos un espantajo, un espectro enorme, imponente, que suelte los disparates heroico-apocalípticos que nosotros ya nos hemos acostumbrado a oírles a los estúpidos […]
[20]
En realidad, «la estupidez» se convirtió en uno de los grandes números de Therese Giehse. Vestida con un largo vestidito de bebé de color rosa y una peluca rubia hasta los hombros (medio Loreley, medio bacante), representaba a Germania, la estupidez personificada, eternamente pagada de sí misma, de linaje diabólico y con un odio satánico a la inteligencia. La estupidez está encantada con su habilidad para confundir el entendimiento de la gente («Yo les carcomo la sustancia, su embrutecimiento es mi sustento […]»), la embelesa especialmente haber sabido imponerse a los poderosos del mundo («Los soberanos hacen mi voluntad / presos de una sangrienta locura. / Y los
pueblos callan / pues mi presencia perdura»)[21]. Con terror, sin embargo, al final debe reconocer que terminará arruinándose también a sí misma y cayendo víctima de su propia estupidez. El entendimiento y la plácida luz de la razón hacen acto de presencia y la estupidez mortal pierde todo su poder.
Lauter Märchen (Cuentos hablados), ese era el nombre nada fortuito de la segunda parte del programa, que fue interpretada con gran éxito en Praga y en Bohemia, en Ámsterdam y en Luxemburgo. Con ese espectáculo, el Pfeffermühle llevaba a escena los personajes más conocidos y queridos de los cuentos populares alemanes: «Juan en la prosperidad» y «Katerlieschen», «La bruja» y «La sirenita», «El pescador y su mujer» y el «Príncipe del país de las mentiras». El Juan del cuento de los hermanos Grimm se convierte, en la adaptación de Erika Mann, en un emigrante «feliz» por su trabajo, su fortuna, sus derechos civiles, su patria, su pasaporte y, finalmente, su visado de tránsito robado. La bruja le confía sus penas al público: siempre la han acusado de los males y las desgracias del mundo, pero finalmente, por
fortuna, «parte de las injurias y los azotes / se la llevan los judíos»[22].
Al final aparece Erika Mann como el «príncipe apuesto», con un gorro de aviador, un látigo y el uniforme negro de las SS, y ensalza el noble arte de la mentira («Al que mienta una vez no le van a creer / Al que mienta sin parar le creerán siempre»). En casa, en «el país de la mentira», ya nadie puede decir la verdad, el Reich está cubierto por una prodigiosa «telaraña de mentiras», se conceden condecoraciones que tienen «el brillo y la desfachatez de la
mentira»: «Ya podemos matar a nuestros enemigos»[23]. Igual que en los cuentos, en los anticuentos de Erika Mann el mal nunca termina por vencer del todo. La esperanza perdura y las canciones se reinterpretan sobre la certeza de que la verdad siempre termina saliendo a la luz y que el bien triunfa sobre el mal, la razón sobre la estupidez y el afán heroico sobre la pereza humana. La visión de un mundo gobernado por el humanismo y los ideales, y la confianza en que un día iban a despertar de aquella pesadilla empujaba a Erika Mann y a su cabaré a oponerse a un imperio nazi que se iba consolidando tanto en la política interior como en la exterior.
Como es bien sabido, la sátira se nutre de la parodia y las indirectas, de la exageración caricaturesca y la manipulación de citas. Sin embargo, debido al exilio y la amenaza del destierro, el número de equilibrismo entre el camuflaje satírico y el entretenimiento inofensivo resultó cada vez más difícil.
Un ejemplo es el [24] sketch «la profetisa», escrito a medias con Klaus Mann y dividido en tres partes, una pieza brillante del género de la «sátira hitleriana». La señora Motzknödel, una portera de apariencia sencilla, se regodea en su
odio al progreso y la civilización, el «corrosivo diablo del intelecto»[25]. La esencia de ese mal es para ella el teléfono: solo la erradicación de ese invento tan poco alemán permitirá salvar el mundo. La señora Motzknödel llega al poder y el teléfono y sus usuarios terminan en la hoguera. La soberana, con su inteligencia limitada y su odio gigantesco, pronuncia desde una «casa limpia de cables» un grandioso discurso de radio dirigido a sus súbditos, enmudecidos y desprovistos de teléfono. Se trata de otro número para el lucimiento de Therese Giehse, que con desenfreno, desgañitándose de furia y con una gesticulación de lo más vulgar, emplea para componer su imitación y su caricatura todos los registros que los alemanes tan bien conocían por haberlos oído en la radio de su casa o por haberlos visto, por ejemplo, en el palacio de deportes de Berlín.
El cabaré había ofrecido ya más de mil representaciones cuando, en 1936, sus responsables decidieron ir a Nueva York a buscar fortuna. Pero el público americano le dio la espalda al Pfeffermühle. Tal vez se debiera a la falta de afición por la sátira y el cabaré de contenido político, o a las diferencias irreconciliables entre la exigencia americana de entretenimiento, espectáculo y chicas, y el formato del teatro europeo en cuya tradición se inscribía el Pfeffermühle. En cualquier caso, en enero de 1937 (apenas tres años después de su fundación) la compañía se disolvió y el Pfeffermühle dejó de existir, si bien el exilio se convirtió en un estado permanente.
En 1935, tras el fracaso del Pfeffermühle y después de obtener la nacionalidad británica gracias a una boda celebrada con ese fin, Erika Mann comenzó su segunda carrera en América. Cruzó el continente en solitario y comenzó a dar conferencias en ciudades grandes, pequeñas y medianas de Estados Unidos. Habló en clubes femeninos y en organizaciones de auxilio a los refugiados judíos, en sociedades benéficas, en institutos y en universidades populares.
Se trataba de una actividad extendida entre los emigrantes, se contrataba a un agente que se encargaba de organizar la gira y los actos y que se llevaba el
cincuenta por ciento de los honorarios[26]. Como conferenciante Erika Mann daba cuatro o cinco recitales a la semana, y cada gira o temporada duraba normalmente cuatro o cinco meses. Eso significaba estar viajando continuamente y, ante todo, la obligación de hablar cada noche ante un público distinto que debía llevarse la impresión de que uno había ido allí especialmente para él. Los conferenciantes eran libres de elegir los temas de las charlas, si bien se les exigía que hablaran de memoria; a la experimentada actriz Erika Mann aquel oficio le fue como anillo al dedo. Las críticas en la prensa de la época fueron positivas, en ocasiones incluso entusiastas. Klaus Mann, que hace un retrato literario de su hermana en la figura de Marion von Kammer de su novela El volcán, escribe en su biografía Cambio de rumbo:
Su especialidad seguía siendo el discurso directo y el comentario hablado, la narración sazonada de anécdotas, la charla amena aparentemente improvisada, aunque en realidad estuviera preparada hasta el último detalle, que convence y cautiva en parte por el encanto de la oradora, en parte por solidaridad con el mensaje. Erika se convirtió en una de las oradoras más cotizadas del continente porque tenía cosas que decir (She has a message!) y porque las decía con una gran intensidad (She
has personality [27] ).
Sin embargo, en una carta escrita en mayo de 1937, Erika Mann le contó a su madre algo distinto sobre su nuevo «trabajo»:
En Cleveland hablé cinco veces en tres días, algo que, al no ser ni tan joven ni tan fuerte como el querido Z., me dejó al borde del colapso; especialmente porque tuve que dar una charla libre e improvisada (¡en inglés!) about my father que pudo haber acabado conmigo solo por la de tonterías que llegué a decir. Sin embargo, por lo demás mi visita a la ciudad fue gloriosa y mis éxitos como oradora pública number one son cada vez más frecuentes. Mi forma algo infantil de contar historias y, por lo tanto, de extraer tan solo conclusiones evidentes, se granjea las simpatías de los sencillos americanos. Y si no fuera porque me resulta un poco demasiado aburrido viajar sola, como una mujercita audaz, de una ciudad aburrida a otra, podría sin duda
vivir de ello y no tener la sensación de que lo que hago no sirve de nada[28].
La autoironía y una fingida ingenuidad marcan el estilo tanto epistolar como literario de Erika Mann, así como también su forma de entender el periodismo político. Las dificultades del trabajo se convierten constantemente en objeto de divertidas anécdotas, al tiempo que las experiencias de viaje definen el marco histórico. Erika Mann informaba y promovía sus ideales, apelaba a ellos y los defendía; esa fue su forma de proceder, por ejemplo, con el boicot a los productos alemanes en Estados Unidos y con todo tipo de comités de apoyo y ayuda a los refugiados. Erika Mann habló sobre la situación de las mujeres y los niños en el exilio, sobre las mujeres que estudiaban en la Alemania de Hitler, sobre el colegio y la educación en el estado nacionalsocialista, sobre el peligro de guerra que suponía la Alemania
nazi y sobre la vida diaria bajo la cruz gamada[29].
Desde 1939 y durante todos los años de guerra, habló de sus experiencias y vivencias en diversos escenarios bélicos de Europa y del resto del mundo. Sus esfuerzos retóricos y argumentativos iban ante todo dirigidos a convencer a la opinión pública estadounidense, a sus numerosos oyentes de pequeñas y grandes ciudades del Medio Oeste americano, de la necesidad de que Estados Unidos participase en la guerra. El elemento central de su discurso eran los testimonios y vivencias personales sobre el bombardeo de Londres, donde pasó varias semanas entre 1940 y 1941.
A partir de 1940, a su labor como conferenciante hubo que sumarle sus trabajos de radio, en especial sus intervenciones intermitentes en las emisiones de la BBC en alemán. Para la «guerra narcótica» de los aliados contra Alemania, Erika Mann ideó un concepto propio, semejante al principio narrativo-documental de sus libros. Su teoría era que cualquier programa de radio que se emitiera en Alemania debía tener en cuenta el riesgo que asumía la población alemana que escuchaba «emisoras enemigas». Era totalmente absurdo e irresponsable poner en antena programas aburridos, malos y superfluos que convirtieran en innecesario el riesgo que corrían los oyentes alemanes solo por conectar sus aparatos. Una cabaretera que dijera la verdad en Alemania tan solo ponía en peligro su propia vida, pero una emisora inglesa que dijera la verdad de forma aburrida y superflua ponía en peligro la vida de muchas más personas. Solo una información precisa y verídica combinada con una intervención personal del locutor garantizaba el efecto deseado y compensaba el peligro que asumía un oyente alemán que recibía un programa de esas características desde Alemania. Los cuadros de género de la cervecería de la corte de Baviera eran tan ineficaces e inapropiados como las descripciones de las atrocidades de los campos de concentración.
Había que tener presente (como no se cansó de repetir Erika Mann) que la mayoría de los oyentes eran «buenos nazis» y «buenos alemanes», patriotas y gente bienintencionada que querían actuar «como es debido» a pesar de la precariedad que imponía la guerra. Pero era precisamente esa precariedad lo que les provocaba una irritación, una insatisfacción y una desilusión crecientes, al tiempo que la desnutrición propia y ajena y la enfermedad y la muerte de maridos, padres e hijos incitaba su escepticismo. Al estado de ánimo y la situación material, que repercutía en la vida de los alemanes, en especial entre las mujeres, había que apelar en los programas de radio, a las condiciones cotidianas cada vez más duras que se derivaban de la guerra. Con todo, había que evitar a toda costa emitir consignas y manifiestos políticos que tan solo provocarían rechazo y que los oyentes no se tomarían en serio. Los programas de radio británicos solo tendrían efecto si ponían el acento en aquellas cosas que los «buenos nazis» alemanes habían ido descubriendo poco a poco por sí mismos. Naturalmente, entre esas cosas estaba la evidencia de que ellos mismos eran responsables tanto de aquella guerra como de sus miserias cotidianas.
Un comentario publicado en el Völkischer Beobachter da una idea de hasta qué punto las emisiones radiofónicas de Erika Mann eran un azote para el régimen nacionalsocialista:
¿Acaso mister Duff Cooper se ha rebajado a la altura de Erika Mann? Mejor aún que todas las majaderías inventadas que este proclama a diario, es la opinión de la ramera política de la casa de los Mann; solo de allí donde la sal ha perdido todo su sabor, de donde la vulgaridad va de la mano con la inmundicia de la alcantarilla, puede salir una alhaja como esta, que llama padre a Thomas Mann, ese hombre de sórdido
carácter que fuera otrora bastión literario.[30]
Cuando a finales de octubre de 1940 Erika Mann regresó de pronto a América, el ministerio de Propaganda de Goebbels transmitió las siguientes instrucciones a la prensa:
Hay que aprovechar el hecho de que Erika Mann haya volado de Inglaterra a Nueva York para presentarla como el ejemplo de cómo determinados círculos se dedicaron
en un primer momento a atizar y promover la guerra contra Alemania desde el lado inglés y de cómo ahora esos mismos círculos pretenden desaparecer marchándose a
América.[31]
Las conferencias, las intervenciones radiofónicas y los libros que Erika Mann publicó en el exilio americano son sugerentes, auténticos, episódicos y documentales. En ellos se destacan las «singularidades» concretas y anecdóticas, y precisamente por ello no se basan en principios políticos. Desde luego se pueden inferir conclusiones y posiciones políticas de los textos, pero en cualquier caso estas no son su punto de partida. La actriz, la cabaretera y también la escritora de libros infantiles se hace cada vez más visible en los principios periodísticos. Para Erika Mann, la realidad del exilio y las exigencias de la batalla política contra Hitler no fueron una invitación a escribir tratados, ensayos o relatos político-filosóficos, ni tampoco obras épicas cerradas en sí mismas, sino una oportunidad para contar historias cotidianas y anécdotas, unas veces divertidas, otras sobrias. El resultado son unas historias escritas por y desde la vida misma; tristes, pero no desesperadas; conmovedoras, pero no deprimentes; morales pero, no dogmáticas.
«Conmovedor» y «certero» fueron las palabras que utilizó el hermano de Erika Mann para describir su libro sobre la realidad cotidiana del Tercer Reich. Se trata de un juicio emitido desde el conocimiento de las numerosas obras literarias producidas por la emigración de habla alemana en las que, «con la vista» vuelta hacia Alemania, se describe la vida bajo la dictadura de Hitler o el camino de Alemania a través de esa dictadura. De entre ellas cabe destacar la novela de Lion Feuchtwanger Los hermanos Oppenheim, publicada con gran éxito ya en 1933, Eme Jüdin erlebt das neue Deutschland (Una judía en la nueva Alemania), de Lili Körber (1934), Después de medianoche, de Irmgard Keun (1937) y la aportación al género de la novela sobre Alemania del propio Klaus Mann, Mefisto (1936). Asimismo, cabe mencionar la obra teatral de Bertolt Brecht estrenada en el exilio de París, Terror y miseria del Tercer Reich, La séptima cruz (1942), de Anna Seghers y el estudio literario-metafísico de Anna Gmeyner Manja. Roman um fünf Kinder (Manja. Una novela sobre cinco niños) (1938), y finalmente El hacha de Wandsbek, de Arnold Zweig (cuya versión en alemán fue publicada en 1947). Todos esos textos literarios intentan, por diversos medios narrativos o dramáticos, representar la realidad cotidiana de la Alemania nacionalsocialista, desentrañar las causas materiales y la disposición mental que llevó a la mayoría de la población alemana de finales de los años veinte y principios de los treinta a llevar a los nacionalsocialistas en volandas y a no darle importancia al peligro que suponían. En todos los casos se trata de tentativas literarias que pretenden comprender y procesar un suceso social y psicológico, a pesar de que ya se había esfumado la esperanza inicial de un fin rápido de la dictadura.
Atacar la bajeza moral y política del régimen y poner en evidencia la mediocridad intelectual y de carácter del Führer y sus seguidores fue el objetivo político, el desafío estético y a menudo también la misión programática a la que se sintieron obligados muchos escritores y escritoras en el exilio. Al mismo tiempo, con ello pretendían dar voz a la literatura alemana interior que, a su entender, había sido condenada al mutismo, y conservar los vínculos entre la cultura y la literatura en lengua alemana que había emigrado y la que no lo había hecho. La confianza en una tradición espiritual y humanista alemana común, inmune a la incultura reinante, y la reivindicación, tan comprensible como intangible en sus efectos, de un lugar que garantizara la libertad y la dignidad humana en el arte y la literatura, y que dejara constancia de las adversidades de la vida de los exiliados, hizo que mediante las obras mencionadas surgiera una literatura alemana del exilio, cuyo redescubrimiento y análisis teórico no puede darse en absoluto por concluido.
Casi sesenta y cinco años después de su publicación en Estados Unidos, la novela de Erika Mann sobre la vida cotidiana durante el Tercer Reich está disponible en alemán por primera vez. Este libro se distingue de los demás citados no solo por el momento de su publicación, sino también por su estilo narrativo. A finales de 1938 la mayoría de escritores exiliados se habían pasado ya a otros temas y motivos: la experiencia del exilio en sí misma, la novela histórica, la biografía literaria… Erika Mann, que venía de los libros infantiles, el cabaré y las obras épicas de pequeño formato, encontró ya con su libro Diez millones de niños. La educación de los jóvenes en el Tercer Reich (publicado en 1938 en alemán e inglés) una fórmula que no hizo más que perfeccionar y ampliar en Cuando las luces se apagan.
El libro incluye diez historias enmarcadas en una estructura sencilla: un americano que visita el escenario de los acontecimientos y que, al final, se encuentra «casualmente» en el mismo barco de refugiados que el protagonista de la última historia. El lugar de los hechos es siempre el mismo: una ciudad universitaria católica del sur de Alemania, con su catedral, su hospital, su central de policía y su cárcel, su fábrica y sus casas de alquiler. Los callejones pintorescos y la plaza del mercado medieval evocan la alta burguesía y también la pequeña burguesía acomodada. El visitante extranjero está fascinado por todo ello y (como pronto se verá) llega a la precipitada conclusión de que en Alemania las cosas no solo van bien, sino que con Hitler irán aún mejor. Pero el aura romántica de la pequeña ciudad se ve alterada por el retumbar de botas y el ruido de los altavoces. El americano se ahorra una amonestación solo porque, al ser extranjero, no pueden obligarle a seguir el discurso público de Hitler. La incertidumbre que aflora en ese turista extranjero que el lector encuentra en el primer capítulo se va confirmando a medida que avanza la narración; la incertidumbre se traslada también a la visión de la narradora, que adopta el papel de guía imaginaria y omnisciente que permite al lector tener acceso al interior de las casas, una visión entre bastidores de la vida cotidiana de quienes se conforman con la realidad del régimen.
El planteamiento temático y compositivo del libro recuerda un género literario nacido a finales del siglo XVIII y que desde principios del siglo XX (con un cambio de acento característico) había gozado de gran popularidad sobre todo en Estados Unidos: la small town literature que, mediante una combinación de escenas nostálgicas y retratos satíricos, pretendía capturar la
vida de las pequeñas ciudades americanas[32]. Con ello, el Medio Oeste americano, con sus pueblos y pequeñas ciudades dispersas, se convirtió en material literario y dramático. La Antología de Spoon River (1915) de Edgar Lee Masters, Winesburg, Ohio (1919), de Sherwood Anderson y, sobre todo, Calle Mayor, de Sinclair Lewis, son los ejemplos más representativos del género. A partir de 1928 los dos últimos escritores compartieron amistad con
Erika y Klaus Mann[33].
Esos textos, cuyo interés se basa en la exposición de las convenciones y los conflictos de la vida cotidiana en pequeñas ciudades, se mueven entre el experimento literario y el estudio sociológico. El título del primer estudio empírico-sociológico de Helen M. Lynd y Robert S. Lynd se tituló
Middletown: un estudio sobre la cultura americana [34] y apareció en 1929.
Con el subtítulo de la edición americana de su libro, Middletown - Nazi Version, Erika Mann parece adentrarse si no en la investigación de carácter sociológico, sí en un tema muy popular en su época; y eso era algo que, desde luego, iba de la mano con el objetivo de su libro, dirigido a un público americano y no, como la mayor parte de literatura del exilio en lengua alemana, a la emigración alemana. Desde un punto de vista actual e historicista, podemos decir que, con su pequeño estudio literario sobre el sur de Alemania, Erika Mann se sirvió de un género en boga en Estados Unidos de aquellos años, se movió según patrones establecidos e ilustró con material comprobable la transición entre la cotidianeidad carente de hechos notables y la realidad vital en un estado totalitario.
Es posible que en sus historias Erika Mann se inspirase también en la obra teatral de Thornton Wilder Our Town (Nuestro pueblo), estrenada en 1939. En noviembre de 1939, los dos hermanos asistieron a una representación de la popular obra; Erika y Klaus Mann conocían bien a su autor, que había logrado el premio Pulitzer en 1938. El primer capítulo del libro de Erika Mann se titula «Nuestra ciudad», y del mismo modo que el director escénico de la obra de Thornton Wilder acompaña al público con sus comentarios retrospectivos, la narradora acompaña con su voz al lector a través de «nuestra ciudad» del sur de Alemania. Con sus libros, que pretendían servir información política al público americano al tiempo que cuestionaban el aislacionismo de su política exterior, Erika Mann se inscribía de lleno en la literatura contemporánea americana, tanto desde el punto de vista compositivo como temático. En su obra, Thornton Wilder demuestra que las situaciones ordinarias de las personas normales (amores, enfermedades, muertes) forman parte de un orden universal, en el que las cosas corrientes tienen también su lugar y su valor. El Middletown - Nazi Version que Erika Mann presentó casi dos años después al público angloamericano, ilustra en cambio la amenaza y la perversión que la dictadura y la barbarie suponen para esa vida cotidiana.
Así pues, las relaciones intelectuales con la small town literature americana saltan a la vista y quedan corroboradas por la amistad personal de los hermanos Mann con Sinclair Lewis. Con su libro Calle Mayor (1920), Lewis no solo es considerado uno de los fundadores del nuevo género, sino que con su novela It Cant Happen Here (Aquí no puede pasar), publicada en 1935, quiso poner en cuestión el convencimiento americano según el cual el fascismo era un fenómeno exclusivamente europeo o alemán. El mismo año en que se publicó Cuando se apagan las luces, 1940, apareció en Estados
Unidos el libro de diálogos de Erika Mann [35] Don’t make the same mistakes
(No cometáis los mismos errores), en el que ahonda aún más en la advertencia de Sinclair Lewis. Durante un viaje en tren de varios días entre Chicago y Los Angeles, la narradora mantiene largas e intensas conversaciones con un americano joven y culto que encarna la filosofía central de It cant happen here, pero que muestra una creciente inseguridad ante los argumentos y experiencias de su interlocutora. Al final ambos coinciden sobre todo en la valoración de las consecuencias políticas: ni la política interior ni la exterior podrán garantizar la verdadera seguridad si la seguridad es el único objetivo de la acción política. El diálogo político define también el concepto literario de esta narración, que podría considerarse perfectamente una continuación del capítulo final de Cuando las luces se apagan. La transformación de la realidad en ficción se convierte en un medio del periodismo político, y la narración sin adornos de la cotidianeidad en la llave para explicar complejas circunstancias políticas.
«Aquí hay algo que falla —pensó—. Algo no funciona en Alemania», leemos al inicio de la séptima historia de Cuando las luces se apagan, que trata sobre el destino de tres hombres de diferente edad y extracción social. Dos de ellos, el joven campesino y el avispado joven emprendedor y afecto al régimen que había logrado una pequeña fortuna fabricando las señales de «Prohibida la entrada de judíos», terminan en la cárcel por motivos triviales, como solía suceder bajo el régimen nazi. El campesino había contravenido el programa de reconstrucción nacional por alimentar sus gallinas con cebada, algo que estaba prohibido, mientras que el joven emprendedor había insultado el honor del Führer con una broma. El tercero, el Pastor Gebhardt, representa la resistencia cristiana; tras los pogromos del 9 de noviembre de 1938, pronuncia un sermon contra el régimen y termina en la cárcel, La historia de su milagrosa salvación se puede leer como una adaptación político-realista de las leyendas cristianas del martirio. No es casual que en el apéndice, cuyas fuentes son comprobables casi en su totalidad, Erika Mann recurra en este caso a la ficción: las cartas y el relato del Pastor Gebhardt no se encontraron entre sus legajos.
Los personajes, sus motivaciones y sus patrones de comportamiento son construidos de forma casi antitética. Al igual que el americano del primer capítulo, que inicialmente tiene una opinión positiva de Alemania, el resto de «héroes» del libro son personas corrientes que, por desinterés, oportunismo, convencimiento o indiferencia, tienen una visión positiva del régimen nacionalsocialista.
La señora Murks se queja de los simulacros de ataques aéreos, pero es fiel a su Führer; el fabricante Huber quiere casarse con su secretaria, pero cuando descubre que ella es «medio judía» opta por no arriesgarse; entonces busca el consuelo en la nata montada artificial y en los pensamientos sobre la prosperidad de su negocio, que produce bienes de interés bélico. El poeta de la tierra y de la sangre, Eberhardt, encuentra treinta y tres errores gramaticales en un discurso del Führer y termina en la cárcel, si bien el artículo en cuestión no llega siquiera a ser publicado. Una joven pareja, nacionalsocialistas convencidos los dos, termina suicidándose después de que la chica pasara unos días en la clínica de un médico «liberal». Aunque el doctor descarta un embarazo, los días de ausencia los convierten en sospechosos de aborto. El comerciante de productos ultramarinos se ve obligado finalmente a falsificar sus libros de cuentas, pues de otro modo no cumpliría con las normas estatales de rentabilidad y no podría pagar los elevados impuestos correspondientes. Solo tolerando la «relación» entre su mujer y el supervisor de bloque logra impedir que le denuncien por sus prácticas fraudulentas pero necesarias para su supervivencia.
En el día a día del Tercer Reich no hay protección posible contra la calumnia y la denuncia. Al contrario, el régimen se basa en el oportunismo y la denuncia, en el arribismo más primitivo y el egoísmo más vil (¡el doctor Killinger!). El caos de la economía planificada y las leyes absurdas, sumado a los preparativos económicos y mentales para la guerra, convierte a quienes albergan una conciencia política, si no en enemigos convencidos del régimen, sí en personas permanentemente malhumoradas que (como en el caso de la joven pareja del libro) se ven abocadas incluso a la locura y la muerte. Según el mensaje del libro, no explícito pero sí ilustrado con numerosos ejemplos, el día a día en Alemania no satisface a sus ciudadanos; la normalidad por decreto ha despojado a lo cotidiano de su cotidianeidad. Con interesantes episodios extraídos de diversos medios sociales, Erika Mann muestra destellos de un mundo destruido por la dictadura y la guerra, y tiranizado por la absurda ideología racista y los desvarios de la agresiva política del «espacio vital».
Sin embargo, algo parece impedir la sumisión completa de las personas al «poder de las circunstancias», como si en su interior hubiera algo que el terror y la dictadura no pueden destruir. En ninguna parte del libro encontramos fórmulas programáticas, ninguna de las diez historias tiene un tono moralizador. Y, sin embargo, los afectos pequeñoburgueses, los defensores civiles del régimen no pierden del todo el sentido común, en la mayoría de ellos aún no se ha extinguido el sentido de justicia y decencia humana, más bien al contrario: de forma discreta pero clara, Erika Mann presenta a muchas de sus figuras y escenas bajo un prisma subversivo o resistente. El joven campesino Xaver Weber entra en contacto con un centro obrero de la ciudad, el clandestino club de Los Déclassée, y el marinero Max Murks acude a una concentración antinazi en Nueva York. A ambos personajes les espera un destino fulgurante: el primero termina en la cárcel y el segundo es fusilado. La madre recibe la mala noticia en Nochebuena. También la conciencia del jefe local de la Gestapo se rebela contra la perversión de los principios cristianos occidentales, hasta el punto de que no solo se niega a participar en los preparativos de los pogromos del 9 de noviembre, sino que advierte a los judíos de la ciudad y facilita su emigración autorizando los pasaportes necesarios. No obstante, de nada le sirve advertir al doctor Wolf, también judío, pues el hombre ni puede ni quiere creer que puedan hacerles algo a «los judíos inocentes»:
Fue una escena extraordinaria: un judío mostrando su fe inquebrantable en la honestidad del estado nacionalsocialista mientras el superintendente de la Gestapo intentaba convencerle de la necesidad de la desconfianza absoluta y la huida inmediata.
Ese es el lacónico comentario de la narradora, que con esa historia ilustra la lealtad de los judíos alemanes asimilados hacia las autoridades, de la que existen numerosos ejemplos históricos. La actitud claramente política de Franz Deiglmeyer no surge de una oposición frontal al régimen, sino que según Erika Mann es la consecuencia de una conciencia y una moral indestructibles que, en algunos casos, el régimen despierta incluso entre sus partidarios y representantes.
Que el jefe de la Gestapo tenga que pagar por sus actos refugiándose en Suiza y que finalmente (a pesar de las protestas y los intentos por ayudarle) se vea entregado a la Alemania nazi no resulta demasiado sorprendente; en cualquier caso, ilustra la política suiza de «neutralidad» frente a la Alemania nacionalsocialista, que Erika Mann criticó con vehemencia, desde muy temprano. No es casualidad que los representantes de la élite local del libro de Erika Mann (junto al jefe de la Gestapo están el director del hospital de la ciudad, el profesor de derecho criminal y el redactor literario) se opongan de forma abierta o encubierta, directa o indirecta, a la estupidez y la mala fe que pretenden instituirse por ley. El jurista con inclinaciones nacionalistas alemanas, un tipo «germánico» (tal como le describe explícitamente la narradora), les debe su carrera a los nazis, por escasa que sea su simpatía para con la sofistería de los dogmas del «estado nacional» y la capacidad «legislativa» del Führer. Sus clases, que despiertan el entusiasmo de los asombrados estudiantes, son una sátira camuflada. Con un montaje de citas extraídas del recién publicado Verfassungsrecht des Großdeutschen Reiches (La ley constitucional del gran Reich alemán) de Ernst Rudolf Huber, pero sobre todo mediante una cómica casuística solo al alcance de un sentido común aún sano, el profesor Habermann desmonta en un entorno académico y público el absurdo planteamiento legal nacionalsocialista. Sin embargo, su discurso no incluye ni una sola palabra de crítica directa. En ningún otro pasaje del libro asoma tan claramente el sarcasmo del cabaré.
El célebre cirujano y director de la clínica local, el profesor Scherbach, que se siente profundamente orgulloso de su ciudad natal, sufre una transformación provocada por las situaciones de las que es testigo en su entorno laboral inmediato. Las experiencias cotidianas lo convierten si no en un crítico, sí en un observador escéptico, dispuesto a pasar a la acción en aquello que concierne a su ética profesional. Se rebela ante la incompetencia profesional del personal del hospital, ante la indiferencia de sus colegas, conoce las circunstancias que han provocado el ataque de apoplejía de la señora Murks, le proporciona el único alivio posible mediante una inyección letal y se hace cargo de su hijo menor. En el profesor Scherbach, Erika Mann retrata al científico dotado para su trabajo y también para el arte, cuyo único comentario ante la llegada de Hitler al poder es: «Un club de bolos ha cambiado de presidente, eso es todo». Scherbach encarna esa mezcla tan alemana de alta competencia profesional, una afición artística profundamente culta y, al mismo tiempo, una actitud de abstinencia agresiva frente a cualquier cuestión y responsabilidad política. Pero ni siquiera esa clase de hombre, de importancia indudable en la tradición de la burguesía ilustrada alemana, es tan obtuso o insensible como para permanecer impasible ante las medidas irracionales y brutales que rigen su propio mundo.
A pesar de las diferencias de entorno y formación, de los variopintos objetivos profesionales y concepciones vitales de sus protagonistas, todas las historias del libro de Erika Mann se basan en la contraposición de un sentido común saludable y de la barbarie nacionalsocialista, e ilustran cómo el régimen se sustenta a sí mismo aprovechándose de la capacidad de adaptación de una mayoría de la población, a la que niega una vida normal y corriente. El día a día en el estado nacionalsocialista está lleno de situaciones ridículas y grotescas: la gran cantidad de reglas contradictorias, la incompetencia manifiesta de los (eso sí) fieles representantes gubernamentales (el médico asistente o el jefe del periódico local), los motivos por los que uno puede terminar en la cárcel… de la mano de Hitler, la «estupidez» (tal como Erika Mann la caricaturizara ya en el Pfeffermühle) accede al poder y con ella, la barbarie. En el mejor de los casos, Hitler y sus acólitos son malos actores, unos meros comicastros y, sin embargo, con su crudeza primitiva representan una amenaza para toda la civilización. En una nota de prensa publicada en Londres en octubre de 1940 a propósito del libro de Erika Mann, se puede leer:
A terrifying book that furnishes proof —if proof still will be needed— that Nazism
must be destroyed if Christian civilisation is to live [36] .
Erika Mann dispone sus historias sin irritación disimulada y sin levantar el dedo en gesto acusador. Se trata de historias sobre cómo los ciudadanos participan y toman parte en los hechos, pero también sobre cómo simplemente absteniéndose (como hacen el jefe de la Gestapo o el cura) pueden dejar de hacerlo. En ninguno de los dos casos se derivan consecuencias trágicas para el protagonista y (con la excepción del doctor Gebhardt) en este relato de la vida cotidiana en Alemania no hay «héroes». En su lugar, están la experiencia y la esperanza de que, a pesar de la oscuridad que se extiende sobre Alemania con el inicio de la guerra, la llama de la decencia humana y la integridad moral aún no se haya extinguido del todo. Así, el título del libro y también el último capítulo se ven rebatidos por esa misma historia, lo mismo que por la mayoría de las demás.
En otro sentido, el libro de Erika Mann también puede leerse si no como una refutación, sí como una relativización de las ideas modernas y al uso formuladas por determinados sectores de la opinión pública interesada y también por algunos historiadores. Una parte limitada de estos da por buena la tesis según la cual fueron personas «completamente normales» quienes no solo apoyaron aquel régimen criminal, sino también quienes ejecutaron los crímenes. No fueron ni monstruos humanos, ni locos patológicos, ni figuras diabólicas, ni caracteres anormales quienes sustentaron aquel sistema, sino la maldad banal de alemanes normales y corrientes. El libro de Erika Mann ofrece ejemplos de esa maldad banal y también de valor cívico; pero, sobre todo, permite atisbar la disposición mental de los ciudadanos corrientes, que no se sentían inclinados ni hacia un lado ni hacia el otro y que tan solo querían seguir adelante con su vida cotidiana. Erika Mann atribuye la siguiente actitud al fabricante Huber:
El señor Huber, el fabricante, era el ciudadano típico de nuestra ciudad. Los otros también se sentían como él, desdichados y confundidos […]. «Es el destino —pensaban—, nuestro destino, el destino de Alemania». Y solo en raros momentos de lucidez se formulaban la pregunta de cuya respuesta dependía todo. «¿Por qué? —se preguntaban en esos momentos—, ¿por qué seguimos con obediencia ciega un destino llamado Adolf Hitler? ¿Por qué obedecemos?». Pero como no obtenían respuesta, continuaban (de momento) obedeciendo.
Asimismo, el libro de Erika Mann tampoco da crédito a la extendida opinión según la cual los alemanes, con los bombardeos y el destierro, fueron las primeras víctimas del régimen nacionalsocialista. Bajo el efecto de una guerra atizada por la Alemania nazi, y a pesar de esta, van desfilando una galería de imágenes narrativas de una Alemania en la que no tienen cabida ni monstruosos criminales ni heroicos miembros de la resistencia, sino un amplio espectro social y mental formado por personas corrientes. Su rasgo común es que todos poseen una conciencia y un sentido común sanos y que el poder del régimen totalitario no puede corromper totalmente (es decir, para siempre) su fe cristiana, su ética profesional, su sentido de la realidad o su amor por el arte y la literatura. La periodista y escritora Erika Mann sintió siempre que su misión consistía en defender la delicada pero reveladora luz de la razón, algo que refuerza aún más la actualidad y la validez de este documento literario sobre el día a día en la época del Tercer Reich.
IRMELA VON DER LÜHE