Cuando las luces se apagan
II Controles recíprocos
II
Controles recíprocos
Nuestra ciudad presentaba el aspecto gris y ajetreado de costumbre. Después de hacer la compra, nuestras diligentes amas de casa se reunieron para chismorrear. A pesar del cansancio y la depresión que reflejaban algunos de los rostros, su animada chachara no resultaba en absoluto inquietante.
Por la noche, el comerciante Hannes Schweiger estaba en su oficina haciendo números. En lugar de luz eléctrica, tenía encendido un viejo y humeante candil. El mes anterior, las autoridades le habían cortado la luz por falta de pago. El hombre, envuelto en un abrigo grueso pero extrañamente rígido, estaba helado hasta los huesos. Trabajaba en silencio absoluto. Junto a los gruesos libros de contabilidad que le ocupaban había una pequeña cuchilla de borrar. Inicialmente había intentado modificar con cuidado las limpias columnas de cifras, pero el papel era de tan mala calidad que no le había quedado otro remedio que volver a escribirlo todo, copiar el volumen entero. Trabajaba minuciosamente, con la frente apoyada en la mano izquierda a medida que introducía los cambios decisivos en los datos.
Los rasgos del hombre, fuertes y honestos en sus líneas básicas, contrastaban vivamente con su ocupación momentánea. Hacía cinco años que Hannes Schweiger, hijo del fundador de la empresa Schweiger & Co., había asumido la dirección del almacén de la vieja Rabengasse, que comercializaba productos importados: té, café, cacao y demás. Hasta el momento de entrar en el negocio, que se había producido inmediatamente después de casarse con su prima Elsie, Hannes había sido estudiante y deportista. Como esquiador, había logrado una cierta reputación a escala nacional y su piel siempre bronceada era más propia de los tiempos pasados que de los actuales, en los que le suponía una carga intolerable: el comerciante Schweiger parecía un habitante del sur, o incluso un judío. Las personas de piel oscura, ojos negros y nariz aguileña eran bastante comunes en nuestro barrio. Hasta que logró trazar una incuestionable línea de descendencia con antepasados arios de la Edad Media, el comerciante Schweiger vivió momentos incómodos por culpa de su apariencia. Por la calle, los niños le gritaban «¡Cerdo judío!» y algunas personas de «arriba» lo miraban con recelo.
Afortunadamente, todo aquello formaba ya parte del pasado, pero ahora tenía otras preocupaciones. ¿Cómo iba a conciliar su carácter esencialmente honesto con lo que tenía entre manos en aquel momento? Era bastante evidente que estaba amañando sus cuentas, modificando sus ingresos para evadir impuestos. Por Dios, ¿acaso no podía gastar un poco menos y darle al Estado lo que le pertenecía? ¿Qué sumas estaba deduciendo de sus ingresos?
¡Lo extraordinario, lo desconcertante de la situación era que no estaba deduciendo nada! El hombre estaba realizando una estafa en sentido inverso. ¡Estaba sustituyendo cantidades menores por cantidades mayores! Lo que se proponía era pagar más impuestos en lugar de pagar menos. La facturación anual, según constaba en el libro de cuentas que estaba copiando con cambios, ascendía a 8456 marcos. Pues bien, esa suma fue aumentada hasta los 10 216 marcos. Laboriosamente fue alterando una de cada dos entradas, añadiéndole unos cuantos pfennigs y, de vez en cuando, introducía una entrada ficticia. Entretanto, iba consultando diversos libros, periódicos y hojas de instrucciones, pues no quería declarar que había vendido mercancías a precios más elevados que los prescritos por la comisión de precios. Eso sí, el comerciante podía entrar libremente determinados artículos raros que no estaban sujetos al control de precios y que se podían comprar y vender en el libre mercado.
¿Había perdido Hannes Schweiger la razón? Eso parecía, pues mientras iba pasando las páginas, calculando, sumando y anotando, no paraba de sacudir la cabeza con desesperación. «Jamás podré pagar todos esos impuestos —murmuró—. No sirve de nada; a pesar de haber facturado tanto, quedaré 216 marcos por encima del mínimo, tendré que cerrar la tienda».
¡Ahí estaba la solución al enigma! Corría el riesgo de que su tienda fuera catalogada de «negocio no rentable que no podía ser asumido por la totalidad de la comunidad». Debía demostrar una facturación anual mínima de diez mil marcos y por eso había decidido estafarse a sí mismo.
Se trataba de «barrer la venta al por menor», así era como las autoridades se referían a la cruzada de destrucción dirigida a los pequeños empresarios y fabricantes independientes. Una vez más, el Schwarze Korps se había entregado con gran entusiasmo a aquel proceso de «barrido».
«Sobre la base exclusiva de una consideración serena de la economía nacional», el periódico solicitaba la liquidación de todas las empresas «no rentables», señalando que «el mantenimiento de una existencia independiente» no era «relevante para la nación». Teóricamente, «el objetivo final» era llevar a cabo «una reestratificación fundamental» y «desmercantilizar» el pueblo alemán. El artículo expresaba su desprecio por «la mentalidad liberal» que consideraría esa medida como «un serio ataque contra los derechos personales del individuo». «El estado nacionalsocialista —continuaba diciendo el Schwarze Korps— no considera responsabilidad suya garantizar la libertad de elegir una profesión a aquellas personas que han optado por una profesión improductiva, pues eso, aquí como en todas partes, solo conviene a los vagos».
El Estado no solo no se sentía en la obligación de garantizar a los ciudadanos la libertad de elegir una profesión o un negocio, sino que iba mucho más allá; mucho después de que un hombre hubiera elegido y practicado su profesión durante años, cuando ya la conocía y ya no sabía hacer nada más, el Estado seguía sin sentirse en la obligación de garantizarle la libertad de seguir ejerciéndola.
Hannes Schweiger sabía que era un empresario trabajador, esforzado y capaz, pero tenía que aguantar que le llamaran «vago». Había elegido una profesión «improductiva» y, en consecuencia, no era «relevante para la nación».
Entre los libros y los documentos que se amontonaban en su escritorio había dos fotografías. Desde una de ellas, con un estrecho marco de plata, le llegaba la sonrisa de su mujer. Sostenía a su hijo menor en brazos, con los dos mayores agarrados a ambos lados del vestido. ¡Qué bella había sido! ¡Qué cara tan redonda! Entonces su mirada se posó en la otra fotografía, la de su padre. Hannes Schweiger padre tenía la misma tez que su hijo, la misma nariz larga y aguileña. En cambio, tenía la frente más chata y ancha, el mentón más poderoso y el cráneo más rústico. En sus ojos negros había una mirada desafiante.
El hijo inclinó la cabeza hacia la fotografía, en un gesto a la vez cariñoso y triste, y le habló casi sin darse cuenta:
—¿Cómo eran las cosas en tu época? —le preguntó—; ¿en tiempos de la república, cuando las cosas iban tan mal y todos esperábamos la salvación del Führer? Decían que iban a desmantelar todas las grandes empresas, que iban a cerrar todos esos grandes establecimientos y centros comerciales a favor de la clase media, ¿verdad? Oí esa plegaria en tus labios un centenar de veces, padre, ¡y nos la creímos! ¡Por supuesto que nos la creimos! ¿Acaso no formaba parte del programa de los nacionalsocialistas? Estaba escrito bien claro en nuestra «Biblia», en Mein Kampf. La de veces que nos leiste esos pasajes. A veces —continuó diciendo Hannes Schweiger al tiempo que acercaba más la fotografía— me pregunto por qué siempre insistimos en leer los fragmentos que eran más prometedores para nosotros y no los otros, los que nos habrían mostrado lo que de verdad nos cabía esperar. Me pregunto por qué nunca reparamos en las contradicciones, todas esas contradicciones que hacen que hoy esté aquí, falsificando el libro de cuentas.
Se levantó, se acercó a la estantería y sacó el libro con la imagen del líder divino del Reich en la portada, un rostro al tiempo sombrío y endeble.
—¡Mira! —dijo Hannes Schweiger cuando encontró la página que buscaba—. ¡Fíjate! ¿Cómo encaja esto con los fragmentos que nos enseñaste?
Colocó el libro encima de la mesa, donde daba la luz, y dejó la fotografía de su padre en la penumbra. Leyó:
—«Durante los años de mi rebelde juventud, nada me entristecía más que haber nacido en una época en la que solo se erigían templos de gloria en honor de tenderos y jefes de Estado. Las oleadas de acontecimientos históricos parecían haber remitido de tal modo que el futuro parecía realmente en manos de la “competencia pacífica entre naciones”, que significa engañarse mutuamente a escondidas y la exclusión de medidas contundentes… Esa evolución, sin embargo, no solo parecía perpetuarse, sino que pretendía transformar el mundo (con la aprobación general) en unos grandes almacenes, en el vestíbulo de los cuales iban a instalarse a perpetuidad los más astutos especuladores y los funcionarios públicos más inofensivos… ¿Por qué no podría haber nacido cien años atrás? ¿Durante las guerras de liberación, por ejemplo?… A menudo me sentía embargado de una amarga irritación por lo que yo consideraba mi aparición tardía en la Tierra, y veía aquel período de paz y orden que me esperaba como un regalo inmerecido de un vil destino. Ni siquiera de niño fui “pacifista” y todos los intentos de la educación en este sentido resultaron inútiles».
Hannes Schweiger cerró el libro con un gesto violento, furioso, y contempló el rostro antipático del autor en la portada.
—¡Ahí está! —dijo de nuevo enérgicamente—. ¡Ahí lo tienes!
Y, ya para sus adentros, añadió: un hombre que considera un «período de paz y orden» una vileza del destino y que describe la «competencia pacífica entre naciones» y la «exclusión de medidas contundentes» como si fueran pesadillas… ¿cómo va a convertirse un hombre así en la salvación de un pequeño tendero cuando ascienda al poder? Los comerciantes y los hombres de Estado son para él «astutos especuladores» y «funcionarios inofensivos»; y nótese que utiliza la palabra «inofensivo» para mostrar su absoluto desprecio.
Así son las cosas. El Führer aborrece el comercio, igual que aborrece la «competencia pacífica entre naciones» y la paz en general. Moral, democracia y religión, he aquí las tres cosas que desprecia el Führer. Y con motivo, por lo menos desde su punto de vista, pues todas estas cosas aspiran a un mismo objetivo: conducir a una humanidad de inclinaciones progresistas hacia un futuro mejor y más pacífico. Dicen que el Führer es un genio porque ha dejado la impronta de su personalidad en su tiempo, ahí donde el hombre de verdadero talento se limita a servir al espíritu de su tiempo de forma positiva y útil. Pero los genios, creo yo, modifican el espíritu de su tiempo haciéndolo progresar. Tal como yo lo veo, un genio que admite estar haciendo retroceder el espíritu de su tiempo hacia un pasado bárbaro es un genio bastante peculiar.
Hannes Schweiger repasó con pesimismo todas aquellas ideas, que ya se habían gastado de tanto pensarlas. A pesar de todas las esperanzas depositadas en el advenimiento del Führer, el programa del nacionalsocialismo va a conducir a una guerra de aniquilación contra la clase media. El programa de rearme totalitario y de autosuficiencia económica, combinado con un estado de guerra perpetuo en tiempos de paz, no es compatible con el desmantelamiento de las empresas más grandes en pro de una clase media saludable. La mejoría de la economía alemana, la eliminación del desempleo y la recuperación del honor alemán iban de la mano de la desaparición de Alemania del comercio mundial, la desaparición simultánea del mercado interior de todos aquellos productos de primera necesidad en caso de guerra (que debían ser almacenados), la escasez progresiva de alimentos y la ausencia de materias primas. Y, como consecuencia inevitable de la «economía de guerra» alemana, yo y mi clase debemos ser barridos.
Hannes Schweiger, el comerciante en apuros, el indefenso estudiante de economía, apoyó la cabeza sobre los brazos cruzados.
—Yo no soy judío —murmuró aterrorizado, sintiendo el movimiento de los labios en la piel de la muñeca—, no soy comunista ni un traidor de mi patria y, sin embargo, tengo que ser destruido. ¿Por qué?
No dijo nada más, pero su mente agitada le dio la respuesta: porque la racionalización de la industria alemana, llevada a cabo según la fórmula del rearme nacional, clasifica las industrias únicamente en función de su valor militar, y porque aquellas industrias que ya no resultan útiles a la militarización del país y al establecimiento de la autosuficiencia económica total deben ser suprimidas de forma implacable.
Schweiger sabía que en materia de producción, una economía de guerra establecía dos requisitos esenciales: volumen y rapidez. La furiosa aceleración de la producción en masa no dejaba lugar para las empresas pequeñas, dirigidas de forma individual. Y en cuanto a la «distribución» (es decir, el abastecimiento de la población con los suministros imprescindibles de comida y otros bienes de consumo), debía fundamentarse en una centralización y un control estrictos. Eso implicaba una dictadura de precios, la fusión de unidades económicas menores en cárteles y compañías fiduciarias y, por encima de todo, el «barrido» de todo lo que se considerara superfluo en el «masificado» ámbito de la venta al detalle. Así lograban matar dos pájaros de un tiro: suprimían numerosos distribuidores detallistas con el argumento de que interferían en la regulación estatal de la distribución y resolvían el problema del empleo, pues el crecimiento febril de la industria de guerra había producido una escasez de mano de obra. La política de «desmercantilización de la nación», que permitía destruir cientos de miles de pequeñas empresas independientes, garantizaba al mismo tiempo la llegada de cientos de miles de trabajadores a las fábricas.
El comerciante Schweiger sabía todo eso. Lo sabía desde hacía tiempo, pero solo ahora, cuando él mismo parecía estar perdido, confesaba saberlo. «¿Qué voy a hacer ahora? —se preguntó—. ¿De qué voy a vivir? ¿Qué trabajo me van a asignar cuando me cierren la tienda y me “barran”? ¿Dónde me van a mandar?».
Sus pensamientos no lo llevaban a ninguna parte, pues no era un hombre capaz de extraer conclusiones revolucionarias de su situación desesperada. Solo sentía impotencia y desilusión. Y aunque acababa de desentrañar el enigma de su propio fracaso, no entendía cómo se le habían ocurrido aquellas ideas conversando con la imagen silenciosa de su padre.
Era ya muy tarde, pasada la una, cuando Hannes Schweiger devolvió el ejemplar de Mein Kampf a la estantería, escondió su viejo libro de cuentas en el cajón, colocó el nuevo en el estante y volvió a ordenar su escritorio. Estaba a punto de marcharse del despacho cuando oyó unos pasos al otro lado de la puerta. Se quedó petrificado de miedo. Miró de reojo el candil y se preguntó si el brillo de la luz por debajo de la puerta habría delatado su presencia a quienes estaban al otro lado, pues por los pasos supo que había dos personas en las escaleras.
«Es el supervisor del bloque — pensó—. Pues claro que es el supervisor, al acecho. Pero ¿quién está con él? ¿Una chica?».
Los pasos de la segunda persona sonaban como los de una mujer. A medida que las dos personas fueron acercándose a su puerta, Schweiger distinguió claramente el sonido de unos zapatos de tacón sobre el linóleo, los pasos más rápidos.
«Si llama a la puerta —pensó, hundiendo la cabeza—, tendré que abrir. Y entonces estaré acabado».
Los pasos se perdieron en el piso superior. Schweiger regresó a su escritorio y se sentó como si acabara de realizar un gran esfuerzo físico. Una puerta se abrió en alguna parte y se volvieron a oír pasos: la chica regresaba. Sin duda había acompañado al supervisor del bloque a su casa y ahora se marcharía. Hannes Schweiger esbozó una sonrisa a medida que los pasos se acercaban a su puerta. Pero la sonrisa se le heló cuando los pasos se detuvieron. «¿Y ahora qué? —pensó—. ¿Ahora qué?». Era incapaz de pensar nada más.
Llamaron a la puerta. Schweiger se quedó inmóvil.
—¡Abre! —dijo su mujer. No había ninguna duda, era ella, pero el comerciante no se movió de la silla—. Que abras, te digo —insistió ella con impaciencia—. Sé que estás ahí… y el supervisor del bloque también —añadió, bajando la voz.
Hannes Schweiger abrió. Su mujer, con una gabardina encima de los hombros y boina, entró precipitadamente. Schweiger señaló la única silla cómoda de todo el despacho, pero su mujer no quiso sentarse; se quedó de pie en el centro de la habitación y olisqueó, como si su sentido del olfato le dijera que algo estaba mal.
—¿Se puede saber qué estás haciendo aquí? —preguntó finalmente.
Hannes Schweiger amaba a su mujer. Habían crecido juntos, casi como hermanos. Entre ellos jamás había habido secretos y a él siempre le había parecido que la plácida confianza que los unía era mejor que la pasión, que nunca había formado parte de su matrimonio.
En aquel momento Schweiger tuvo la sensación de que si alguien tenía que hacer preguntas, era él, y aunque no albergaba la menor sospecha de que su mujer le pudiera ser infiel o traicionarlo, le pareció bastante raro que anduviera por ahí con el supervisor del bloque en lugar de estar en casa con los niños.
Echó un vistazo nervioso a los libros de cuentas y estuvo a punto de explicarle a su mujer lo que había hecho, cuando algo le hizo cambiar de idea: mi mujer se lo cuenta todo a nuestro hijo y este, a su vez, no tiene secretos para su líder de las juventudes hitlerianas.
Finalmente, en lugar de responder a la pregunta, dijo:
—¿Se ha portado bien contigo el supervisor del bloque?
Su mujer se rio.
—Ha sido muy instructivo —dijo—. Toma…
Y le tendió una hoja de papel, un documento oficial, como quedaba inmediatamente claro por los numerosos sellos.
Schweiger leyó:
CUESTIONARIO PARA TODOS
LOS SUPERVISORES DE BLOQUE
Confidencial Oficina de información:
Razón de la investigación:
Información solicitada sobre:
Residencia:
Fecha y lugar de nacimiento:
Miembro del partido de los Trabajadores nacionalsocialistas de Alemania: Miembro de la Sociedad nacionalsocialista:
Miembro de otras organizaciones y asociaciones:
Oficialmente activo:
Actitud política anterior:
¿Cómo se expresa?
Actitud política actual: (Comportamiento en los mítines, en días de la bandera, en los
cursillos; descripción de sus relaciones económicas y familiares).
Confesión:
Actividad religiosa:
Observaciones del supervisor de bloque y líder de celda:
Para obtener la información se seguirán las siguientes directrices:
1. ¿Actitud política antes de 1933?
2. ¿Actitud desde el acceso de los nazis al poder?
3. ¿Se exhibe la bandera con la esvástica?
4. Si no, ¿por qué no?
5. ¿Asiste a las reuniones del partido?
6. Domingos de plato único[1] y recolectas. 7. ¿Qué periódico lee?
8. ¿Lee la circular de instrucciones?
9. ¿Qué reputación tiene?
10.
a. Beneficios e ingresos
b. Fiabilidad
c. Relaciones familiares
d. Número de hijos; trato dispensado; educación
11. Dimensiones de la vivienda; relación con el número de hijos;
¿condiciones de la vivienda?
12. ¿Medio judío? ¿Judío?
13. ¿Relación con judíos?
14. ¿A qué actos del partido asiste (si asiste a alguno)?
15. ¿Capacidades técnicas y formación?
16. ¿Desempeña un papel político destacado?
17. ¿En qué sentido?
18.
a. Oposición abierta
b. Resistencia
c. Indiferencia
d. Oposición pasiva
e. Tímido entusiasmo
f. Cooperación honesta
g. Devoción absoluta.
19. Residencia anterior: Informe policial:
Conclusiones:
1. Bajo ninguna circunstancia debe informarse de la investigación al miembro
del partido o al ciudadano alemán interesado.
2. La información incompleta relativa a cambios de residencia debe completarse
mediante investigación personal.
3. Se establecerá inmediatamente contacto con el supervisor de bloque del
partido nacionalsocialista y, si fuera necesario, con la organización femenina pertinente.
4. Se recurrirá a los miembros del partido de la localidad para completar la
información.
5. El supervisor de bloque debe mostrarse hábil e ingenuo en la obtención de
información, y si la situación lo exige, inventará métodos para lograr las respuestas más claras y directas a las preguntas antes formuladas.
6. Si el supervisor de bloque no consigue obtener información completamente
documentada en relación con las convicciones previas, la pertenencia a logias masónicas y orígenes raciales, deberá indicarlo. La información proporcionada deberá basarse en hechos; expresiones como «parece que» o «se dice que» son tan solo una muestra de falta de responsabilidad.
La mujer se había sentado finalmente y, desde la butaca del rincón, observó a su marido mientras leía.
—¿Has terminado? —preguntó cuando su marido dejó el papel.
No había el menor atisbo de humor en la carcajada que soltó.
—«Bajo ninguna circunstancia debe informarse de la investigación al miembro del partido o al ciudadano alemán interesado». Debes de tener una relación bastante íntima con el supervisor del bloque si decide «informarte de la investigación» —dijo.
La mujer se encogió de hombros.
—Y quítate esa boina —añadió él —. Ya sabes que no puedo verla.
La señora Schweiger se quitó obedientemente la boina, se levantó y se acercó al escritorio.
—¿Que si tengo una relación íntima? — preguntó—. Le gusto y me avisa cada vez que pasa algo. ¿Acaso crees que no hubiera venido a ver qué te traes entre manos, si no le gustara?
Schweiger suspiró. Le daba rabia que su mujer anduviera por ahí con el supervisor de bloque a altas horas de la noche, que él hubiera tenido que pasar todas esas horas falsificando sus cuentas, le daba rabia no poder explicárselo todo y que la razón de sus reticencias fuera que su hijo pudiera contárselo a su líder, que la presencia de su mujer, que le «gustaba» al supervisor del bloque, hubiera evitado que este se presentara en su oficina a intentar descubrir qué se traía entre manos. Detestaba aquella oficina, los libros de cuentas, se detestaba a sí mismo, su abrigo grueso y rígido, y la gabardina que llevaba puesta su mujer y que le resultaba tan detestable como la odiosa boina que estrujaba entre las manos. Y, al mismo tiempo, lo conmovía verla allí de pie. Sabía que también ella se enfadaba con facilidad, se conocían demasiado bien para que pudiera ocultárselo. Pero ¿qué era lo que la atormentaba tanto?
—Quiero que me enseñes el libro de cuentas en el que has estado trabajando —dijo ella—, por favor. No, no el viejo, el de este año. Quiero saber cuál ha sido la facturación real.
Schweiger le dio el libro.
—Vaya —dijo ella—. Fue de 10 216 marcos, pero tú me dijiste que había sido de 8456. ¿Por qué me mentiste? —exclamó de repente, y en su voz, generalmente suave, resonó un deje histérico—. ¿Tenías miedo de que me comprase un vestido, o un regalo para el supervisor del bloque, si sabía que éramos ricos? ¡Ricos! —repitió, casi gritando—. Somos ricos, pero tú me mientes y me traicionas de la manera más escandalosa.
Schweiger tuvo que morderse la lengua.
—Elsie —dijo—, te lo ruego; estás cansada y alterada. Sé que todo eso no lo dices de corazón.
Pero la mujer no quería calmarse.
—Pues sí, estoy cansada —gritó—. ¿Y sabes por qué estoy cansada? Porque tengo que trabajar como una mula y luego ver que mis hijos apenas tienen qué comer, porque no le puedo comprar a mi hijo el uniforme del grupo de jóvenes y porque tú te marchas de casa por la noche, porque tienes secretos que me ocultas y porque ya no puedo confiar en ti. Y por eso estoy cansada y harta, harta de esta vida.
Schweiger pensó: tal vez haya algo entre ella y el supervisor del bloque. ¿Cómo lo voy a saber? Tal vez le ha prometido algo, dinero, un trabajo, una promoción. Tal vez debería contarle lo de los diez mil y los ocho mil marcos. Pero no me atrevo, no me atrevo.
Le ardía la cabeza. Se levantó lentamente.
—Vámonos —dijo, y apagó el candil. Mientras su mujer se acercaba a tientas hasta la puerta, tomó el libro de cuentas viejo del cajón. Con mucho cuidado escondió el corpus delicti bajo su abrigo… Tengo que quemarlo, pensó.
Bajaron las escaleras juntos, pero él no osó pasarle el brazo por la espalda. La desconfianza entre ellos iba creciendo por momentos, una sensación sucia y paralizante. Los siguió por la calle hasta su casa; se metió en su casa y se arrastró hasta su cama, donde se echaron cada uno en su lado, como si los separase un abismo.