Cuando las luces se apagan
I Por culpa de un error
I
Por culpa
de un error
A un lado de la plaza había una tiendecita.
En su escaparate iluminado, una serena Virgen gótica con las manos levantadas bendecía a los transeúntes.
Marie quería ser maestra. Los padres de la joven tenían una tienda en la plaza del mercado donde vendían biblias, libros religiosos, imágenes sagradas y estampitas. Sin embargo, su negocio no «encajaba con la época», y apenas lograban ganarse la vida. Vivían con el temor permanente a que su negocio fuera declarado verboten (prohibido) o, cuando menos, a recibir los insultos y tal vez los ataques de los jóvenes nazis.
El seminario de magisterio donde planeaba estudiar Marie acababa de cerrar para las mujeres hasta nuevo aviso. Además, aún debía cumplir el «año de servicio», por no hablar del dinero que iba a necesitar mientras estudiara y del que Marie no disponía. Después de mucho hablar con sus padres y con la todopoderosa oficina de empleo, Marie fue asignada como sirvienta del hogar de la familia Pfaff. Debía cuidar de cuatro niños, aunque Marie, que era pequeña y no especialmente fuerte, habría preferido otro trabajo que no fuera tan duro ni con un sueldo tan escaso. Las sirvientas del hogar se habían convertido en una rareza y tenían mucho trabajo, por lo que Marie se llevó una desagradable sorpresa cuando la oficina de empleo desestimó la lista de tentadoras «ofertas de empleo» que había llevado consigo y la asignó a la familia Pfaff, como si fuera un soldado que se enrolara a un regimiento. Su salario sería de veintidós marcos al mes y debería cocinar, cuidar de los niños, realizar labores de costura para toda la familia y limpiar la casa. Además de todo eso, debería asistir al servicio nocturno de la Organización de Mujeres nacionalsocialistas.
—Pero ¿no puedo ir a trabajar donde yo quiera? —preguntó Marie cuando vio sus recortes de prensa desaparecer en un cajón—. Quiero decir, ¿no puedo elegir?
La funcionaria de la oficina de empleo, una mujer de huesos grandes y rasgos severos aunque no antipáticos, soltó una carcajada cortante.
—Ni hablar —respondió, y le tendió un periódico a Marie, como si fuera una compensación por sus recortes.
Marie leyó el titular: «UN NIÑO PROBLEMÁTICO DE PRIMER ORDEN». Le bastaron las primeras líneas para darse cuenta de que el artículo iba dirigido personalmente a ella, a Marie, la futura sirvienta del hogar. Leyó el nombre del periódico y sintió un escalofrío de miedo: se trataba del Schwarze Korps. Sabía que cualquier cosa que se publicara en aquellas páginas, cualquier amenaza y advertencia que contuvieran, tenía el peso de una autoridad incuestionable. El Schwarze Korps, órgano del escuadrón de élite hitleriano, la Schutzstaffel, con sus temibles uniformes negros, mostraba siempre una seguridad absoluta en sí mismo. Meses antes de que se aprobara una ley o se proclamara un decreto, el Schwarze Korps era puntualmente informado del hecho. En realidad, no era simplemente informado, sino que tomaba parte en el proceso de los acontecimientos. Bastaba con que se exigiera algo desde sus columnas, que se «revelara» alguna «vergüenza pública», para que la exigencia fuera satisfecha y la «vergüenza» puesta fuera de circulación.
«El problema de la sirvienta del hogar —leyó Marie— está íntimamente ligado a las leyes y decretos de los que depende el éxito de nuestra política demográfica y, en último lugar, el futuro de nuestro pueblo».
—Pero ¿cómo? —se preguntó Marie—. ¿Dónde está la conexión?
Continuó leyendo. La situación, según el artículo, era más o menos como sigue: las sirvientas no querían trabajar en familias con demasiados niños a los que vigilar a cambio del miserable sueldo estipulado. Pero si las familias con demasiados niños no disponían de sirvientas, se negarían a tener más hijos y eso ponía en peligro el futuro de nuestro pueblo. «Las medidas blandas son inútiles —aseguraba el Schwarze Korps— pues nos encontramos ante una situación de emergencia nacional de consecuencias imprevisibles». A continuación seguían un segundo y un tercer titular en negrita: «IGNORAR EL PROBLEMA NO VA A RESOLVERLO» y «HA LLEGADO LA HORA DE TOMAR MEDIDAS RADICALES». Las infatigables labores educativas del Estado, leyó Marie, habían dado un resultado escaso, por lo que se imponía una «intervención enérgica». La reciente decisión de una corte de magistrados de Weimar sería una «advertencia demoledora» para aquellas «criaturas inmorales», «carentes de todo sentido de la responsabilidad y el deber», que dejaban un trabajo para aceptar otro menos agotador y mejor pagado. Una sirvienta que había renunciado malintencionadamente a su puesto de trabajo había sido condenada a dos meses de cárcel. «Aplaudimos esta sentencia, pues “el libre juego de fuerzas” no debe ser un pretexto para poner en peligro nuestra política demográfica».
Aturdida, Marie le devolvió el periódico a la gruesa representante de la oficina de empleo.
—¿Lo ha leído, señorita? —preguntó la funcionaria—. Dos meses de cárcel; es un caso de emergencia nacional. Así pues, ¿va a ir a casa de los Pfaff?
Marie asintió:
—Sí, tengo que ir, por supuesto.
Ya en casa, cuando se hubo recuperado del susto, Marie pensó: «No me va a hacer ningún mal. Me gusta trabajar y este año de “entrenamiento práctico” me será útil más adelante tanto en mi profesión como en la vida conyugal».
En cuanto al matrimonio, de hecho, había perspectivas y planes concretos. Marie estaba comprometida con un joven, el hijo de un obrero que había llegado a la categoría de capataz. El joven novio de Marie tenía la ambición de ser abogado. Por las noches trabajaba en la fábrica de metal donde su padre lo había empleado y durante el día estudiaba para el examen preliminar de abogacía. Marie admiraba el tesón y amaba la valentía, la entereza y el optimismo radiante de su Peter, que conservaba un inquebrantable buen humor ante todas las circunstancias y adversidades. Ni que decir tiene que Peter pertenecía a la asociación de estudiantes nacionalsocialistas. Ella, por su parte, ya había abandonado la asociación de chicas alemanas y había ingresado en la organización de mujeres nacionalsocialistas. A pesar de ello, ambos tenían sus motivos para estar descontentos con los nazis. ¡Tenían tan poco tiempo para dedicarse a sí mismos y a las cosas que realmente les importaban! Tenían que estar siempre haciendo ejercicio, o adquiriendo una «ideología», o cumpliendo con alguna obligación cuando, en realidad, habrían preferido estar juntos, o leer, o estudiar. Y los domingos, cuando no habrían querido otra cosa que salir a caminar por la montaña, siempre había alguna «marcha campo a través» o alguna otra actividad obligatoria de naturaleza «deportivo-militar».
Marie era una buena católica y desde niña le había gustado contemplar las imágenes sagradas y las estampitas de la tienda de sus padres, o escuchar a su padre cuando contaba aquellas historias bíblicas a las que tanto brillo confería su vehemente forma de hablar. Pero como Peter era un ardiente patriota y un nacionalsocialista convencido, ella se había acomodado a la nueva situación y nunca sentía el impulso de oponerse activamente o siquiera de pensamiento al estado nazi y sus órdenes. En el fondo, igual que su prometido, estaba llena de esperanza por el futuro. Pero incluso Peter tenía dudas de vez en cuando. Los líderes del comité de estudiantes del Reich planeaban reducir los estudios de abogacía de tres años a uno.
—En este asunto —le dijo Peter— me temo que estamos exagerando un poco las cosas. Teniendo en cuenta que durante ese año hay que cumplir también con las obligaciones oficiales dentro del partido y, además, pasar cuatro semanas de instrucción en un campamento, en fin, es simplemente imposible. A los nacionalsocialistas nos ponen exámenes más fáciles, desde luego, pero si realmente quieres ser un buen abogado, tienes mucho que aprender. A veces me asusto —y, mientras hablaba, a Marie le pareció que estaba realmente asustado—, me asusto al pensar que pueda terminar siendo uno de esos hombres que convierten su patriotismo en un sustituto de sus aptitudes profesionales. Pero bueno, ya nos apañaremos —dijo finalmente y le preguntó a Marie qué tal le iba con los Pfaff.
—Pues los Pfaff también cargan con su cruz —dijo—. Cuatro hijos y unos ingresos mensuales de doscientos marcos. Pero claro, siendo funcionario del Gobierno el señor Pfaff no puede tener menos de cuatro hijos.
El gesto de Peter se endureció de pronto.
—Por Dios —dijo—, hablas como si no entendieras nada, o como si nuestros líderes insistieran en fomentar las familias numerosas solo por gusto.
Marie, con el brazo alrededor de su cuello, acarició suavemente con la mano aquellos rasgos duros, infantiles.
—Y tú —respondió ella— hablas como si fueras el Schwarze Korps en persona y no mi querido Peter, que es mío y de nadie más.
Pero Peter se apartó de su lado.
—No, no, esto es un asunto serio. Además, sabes perfectamente que no solo soy tuyo; antes que nada, pertenezco y me debo a nuestra patria. Y hablando de los Pfaff, se limitan a cumplir con su obligación, nada más. El Reichsführer Himmler lo dejó bien claro el otro día: «Cada joven alemán sano —dijo— es culpable de un serio crimen contra su pueblo si entre los veinticinco y los treinta y cinco años no contribuye con cuatro o cinco hijos al futuro de Alemania».
Marie sonrió y le preguntó:
—¿Te lo has aprendido de memoria?
Peter, que había comenzado a andar de un lado a otro de la habitación, como si estuviera dando una lección, respondió gravemente:
—Apunté esas palabras porque son casi una ley. No lo olvides, soy abogado y también seré padre.
En sus palabras no había ni ternura ni ironía. Marie, a pesar de sentirse conmovida por la juvenil seriedad de su prometido, notó cómo un escalofrío le recorría el espinazo.
—No te lo tomes tan mal —dijo—. Solo digo que no es fácil hacerlo con doscientos marcos al mes.
Peter, que estaba poco menos que furioso, exclamó:
—«La cuestión de los hijos no es en primer lugar un problema económico». Y no lo digo yo, es el mismo discurso del Reichsführer Himmler. Y sí, me lo he aprendido de memoria, te guste o no. Y a continuación dijo esto: «¿Acaso vuestros antepasados, en tanto que padres de familias numerosas, se plantearon en su día, y cuando estas se daban por sentadas, que estaban renunciando a determinados placeres? Porque ese es el trasfondo de todas las excusas cobardes en el sentido de que “uno” es incapaz de criar y mantener cuatro o cinco hijos. Las objeciones de esa índole no solo son deshonestas y asociales, sino también síntoma de la actitud insoportablemente impura y egoísta de quien no se preocupa por nada más que por eludir las responsabilidades o elevar su nivel de vida, que es lo mismo que decir que se come y se bebe el dinero que pertenece a los hijos».
Siguió andando de un lado para otro y recitando. Marie podría haber presentado muchas objeciones. Nuestro nivel de vida, podría haber dicho, es tan bajo, ha caído de forma tan dramática en estos últimos años, que ciertamente no sería ni «insoportablemente impuro» ni «egoísta» o «asocial» tratar de elevarlo un poco. Aunque ¿de verdad lo elevaremos no trayendo más de dos o tres niños al mundo? No, no, estaremos simplemente tratando de evitar que siga cayendo, que se despeñe por el abismo con los cuatro o cinco hijos que Herr Himmler insiste en que tengamos por lo menos. Todo eso podría haber respondido. Pero la verdad es que ni siquiera pensó nada de todo eso.
Porque también ella estaba más o menos al corriente de las palabras de Herr Himmler que, como cualquier discurso importante, habían sido publicadas en el Schwarze Korps. «Traidores» nacionales y «criminales» eran las palabras que había empleado Herr Himmler para referirse a aquellos que preferían «desoír la imperiosa llamada de la naturaleza» y se negaban a tener por lo menos cuatro hijos. Y a continuación, sorprendentemente, había añadido: «Por encima de todo, aquellos alemanes que deseen ser un modelo de rectitud de pensamiento y acto deben velar porque el reconocimiento de este peligro para nuestra existencia nacional no quede circunscrito al ámbito de la mera fraseología».
Marie suspiró y sacudió la cabeza. En Alemania a los traidores a la patria se los ponía fuera de circulación rápidamente. Tal vez los Pfaff tuvieran razón, pensó. Tal vez era mejor tener cuatro hijos y mil preocupaciones que «desoír la imperiosa llamada de la naturaleza», que no era otra cosa que lo que decía el Reichsführer Himmler.
Pero también aquello se lo guardó para sí. Peter se sentó en el brazo del sillón, apoyó las manos en las rodillas y se calmó un poco.
—Bueno, pero tú no te preocupes, Marie —dijo—. Al fin y al cabo, ¿qué nos importan a nosotros los Pfaff? Nosotros —dijo con gesto orgulloso—, nosotros lo lograremos. Espera a que termine de estudiar y me ponga a trabajar.
Marie asintió y dijo:
—La comida es cada día más mala. A veces no sé ni qué cocinar —se rio—. ¿Sabes qué me pasó ayer? Fui a comprar, pero se ve que era un mal día. No había ni mantequilla, ni huevos, ni harina. Le pedí al tendero mantequilla, luego huevos y luego harina, pero a todo respondió «no» y, al final, me dijo: «Oiga, señorita, ¿por qué no me deja en paz? ¿A qué ha venido? ¿A comprar o a entablar una discusión política?». Y entonces me ofreció una sémola de avena nueva que se ve que es muy buena. Pero yo no quería avena.
—Pero en serio —intervino Peter, inquieto—, tienes que ir con cuidado, Marie. Ya sabes que no tienes que empezar discusiones políticas en las tiendas.
A Marie le dio la risa.
—Escucha —dijo—, si a esto lo llamas una discusión política…
Peter cambió de tema y preguntó por los hijos de la familia Pfaff. En realidad quería saber si Marie ya había aprendido lo suficiente para criar a sus propios hijos.
—El pequeño Fritz está enfermo —dijo Marie—. Siempre está llorando y tiene un herpes la mar de fea en la cara. Dice el doctor que es por culpa de la margarina; no se puede hacer gran cosa.
Peter arqueó las cejas.
—¡Estupideces! —exclamó—. Seguro que por la margarina no es; tal vez le estés dando de comer algo que no le conviene.
Ambos, Peter y Marie, iban de uniforme, pues tenían turno de noche.
—Hoy tendré que esforzarme —dijo Marie—. Anteayer llegué la última en dos de las carreras de fondo. La líder estaba indignada conmigo, ya te digo.
Peter, que era un deportista de primera, estaba de bastante mal humor aquella noche.
—Pues sí —le dijo—, más te valdrá esforzarte para que se terminen las quejas.
Durante los últimos dos días, Marie no se había encontrado demasiado bien. Le dolía la espalda y no tenía apetito. Además, la situación en casa de los Pfaff no era precisamente agradable. Y no solo porque el pequeño Fritz estuviera enfermo y se pasara el día llorando: el señor Pfaff trabajaba demasiado y estaba irritable, y los había abroncado a todos por la mala calidad de la comida. La señora Pfaff se había echado a llorar y ayer Marie había intentado preparar un apetitoso soufflé de patatas y pudin de pan con crema de mermelada en lugar de pulpa, porque no había fruta fresca. Además, los Pfaff estaban a punto de perder la casa. El edificio donde vivían lo necesitaba el partido, de modo que el señor Pfaff debía dedicar el poco tiempo libre que le quedaba a ir por ahí buscando una nueva casa. Le habían dado una lista con los nombres de los judíos que vivían en la ciudad. Si encontraba una casa o un apartamento de su gusto, los judíos tendrían que largarse y los Pfaff podrían instalarse allí. El señor Pfaff se sentía muy mal por todo aquello.
«No quiero poner a esa gente de patitas en la calle, por muy judíos que sean —había dicho—. En cualquier caso, ¡menuda forma de perder el tiempo, tener que correr de una casa judía a otra, como un mercachifle!».
En opinión de Marie, el señor Pfaff desbarraba: los judíos eran infrahumanos y él lo sabía tan bien como ella. ¿Cómo iban a tener casa unos judíos mientras los Pfaff, que eran unos buenos alemanes, tenían que dejar la suya? Pero ¿qué más daba? Estaba de mal humor y se encontraba mal. Aquella noche fue otro fracaso y su líder la volvió a reprender durante los ejercicios de salto de longitud. Marie decidió ir al médico al día siguiente: él sabría qué recetarle. La líder de grupo le recomendó el joven doctor Killinger.
—Es un camarada del partido — dijo—. Es auxiliar primero en el hospital de la ciudad, pero tiene su propia consulta por la tarde. Yo la ayudaré.
Marie regresó de la visita con el camarada del partido Killinger más muerta que viva. Para empezar, había tenido que esperar dos horas y luego el joven médico nazi se le había insinuado y se había mostrado indignado cuando ella lo había rechazado. Pero lo peor (¡muchísimo peor!) aún estaba por llegar. Tras un apresurado examen superficial (Marie solo se había tenido que desnudar de cintura para arriba) le había «diagnosticado» su enfermedad.
—¿Sabe cuál es su mal? —le había preguntado, riéndose—. Que no tiene ningún mal, señorita: está embarazada, eso es lo que le pasa.
La consulta había comenzado a dar vueltas a su alrededor. Un miedo y una angustia atroces hicieron que se le atragantaran las palabras.
—Pero no… no puede ser… esto es imposible… —fue todo lo que acertó a decir.
¿Cómo iba a vivir aquel niño, por el amor de Dios, si ni ella, ni sus padres, ni Peter tenían medios para mantenerse? Tras una noche espantosa en la que no pudo dejar de llorar, decidió contárselo a Peter.
—Pues yo no me lo creo —dijo este—. ¿Sabes qué? —añadió—; te voy a mandar a Munich. Tengo un tío allí que dirige una clínica para mujeres. El tipo no me gusta demasiado, es un liberal de la vieja escuela, pero por lo que sé es un buen médico. Este doctor Killinger no ha estudiado lo suficiente. Además, tiene demasiado que hacer aquí en la ciudad, estoy seguro de que ha equivocado el diagnóstico.
Marie se fue a Munich. Aquel anciano y cordial caballero, que era el tío de Peter además de «un liberal de la vieja escuela», la examinó con un esmero que inspiraba confianza.
—Ni rastro de embarazo —dijo finalmente—. Pero está usted desnutrida, señorita. Trabaja demasiado y está débil.
Decidió ingresarla unos días en su clínica. Le pondría unas cuantas inyecciones tonificantes y la sometería a una buena dieta fortalecedora. Pronto volvería a estar en forma. Marie aceptó la propuesta encantada. Desde luego, la líder de la organización de mujeres nazis se enfurecería al percatarse de su ausencia, pero Marie pensó que volvería sana y fuerte, obtendría buenos resultados en las pruebas atléticas y todo acabaría bien.
Peter la llamó por teléfono y se mostró exultante de alegría:
—¡Lo ves! —exclamó—. ¿Qué te dije yo? ¡Ese Killinger tendría que pedir que le devolvieran las tasas universitarias!
A Marie le incomodaba pensar en el camarada del partido Killinger. Seguro que a aquellas alturas la odiaba: primero se había resistido a sus avances y luego había acudido a otro médico, un «liberal de la vieja escuela», que había contradicho el diagnóstico del camarada del partido Killinger. «Aunque, en realidad, ¿qué puede hacerme?», pensó, y decidió concentrarse en disfrutar de la buena dieta.
¿Qué podía hacer, el joven y gravemente injuriado doctor Killinger?
Cuando Marie, tras tres días de ausencia, reapareció en la organización femenina para el servicio nocturno, la líder le dio la bienvenida con una mala mirada.
—¿Así que ha estado en Munich? —dijo, aunque estaba bastante claro que sabía perfectamente dónde había estado Marie, que se limitó a asentir—. Esperemos que la cosa no termine demasiado mal —prosiguió la líder—. Aunque, después de todo, Dachau es un lugar bastante bonito.
Marie, cegada por el terror, no entendió en un primer momento a qué se refería aquella mujer. Fue Peter quien le aclaró el sentido de aquella frase terrible.
—Cree que estabas embarazada y que mi tío te ha operado en Munich.
Entonces se sucedieron días y semanas de miedos, pesadillas y conversaciones marcadas por la impotencia, que no llevaban a ninguna parte.
—No nos puede pasar nada —dijo Peter—. Somos completamente inocentes y, al fin y al cabo, se trata de la palabra de mi tío contra la de Killinger, un joven ignorante que ni siquiera te examinó como es debido.
—Pero Killinger es un camarada del partido — replicó Marie— y tu tío no. Además, hay otra cosa en mi contra: he pasado tres días en la clínica.
Peter, concentrado en sus textos legales, respondió:
—De acuerdo, si Killinger demanda a mi tío, puede ser que suceda algo. Pero, aun en ese caso, en el juicio saldrá a la luz la verdad.
Marie, a quien trataban en la organización femenina como si fuera una criminal, sacudió la cabeza con desesperación.
—La verdad… —dijo—. No sé, pero me temo que la verdad no tiene demasiado poder entre nosotros. Tengo miedo —exclamó, y se echó a llorar—. ¡Siento tal terror que no te lo puedes ni imaginar!
Peter tenía la frente perlada de sudor, pero intentó tranquilizarla.
—No debes tener miedo —le dijo mientras le acariciaba el pelo con dulzura—. Y, por encima de todo, no debes mostrar que tienes miedo. En el momento en que lo muestres, estamos perdidos.
Era aterrador oír a Peter, siempre tan optimista y valiente, siempre con los pies en el suelo, decir algo que sonaba tan increíble: «¡… estamos perdidos!». Marie, que ya había dejado de llorar, se lo quedó mirando horrorizada, con los ojos como platos. Lo miró como si Peter fuera un espectro.
Y entonces sucedió.
Un día la señora Pfaff llamó a su doncella y le dijo:
—Marie, siento tener que hacer esto y sabes que te necesito mucho pero… tienes que entenderme… he oído una serie de cosas, cosas terribles, y… todo esto puede terminar tan mal que…
Marie respondió con voz trémula, una voz que transmitía poca convicción:
—Pero si no es cierto, si no tiene una sola palabra de verdad…
La muchacha, de pie en medio de la sala, se tambaleó. La señora Pfaff, torpe y bienintencionada, intentó consolarla a pesar de que estaba convencida de que la chica mentía:
—Es mejor admitirlo, Marie —le dijo—. Piensa en tus padres, en Peter… Si al final hay juicio, se va a montar un escándalo tremendo. Y creo que hoy en día lo llaman alta traición, o asesinato, o algo así, no sé…
La pobre mujer lo había confundido todo, pero Marie sintió como si la apuñalara una y otra vez con aquellas palabras. Recogió sus cosas y se marchó de allí, pero no podía ir a su casa por miedo al efecto que aquello tendría en sus padres. Tampoco podía decirle a Peter que la habían despedido «sin previo aviso». Dejó el equipaje en la consigna de la estación del ferrocarril y se pasó varias horas deambulando por la ciudad.
Aquella noche, en la organización femenina, se repitió la misma escena, la misma vergonzosa acusación, pero en esta ocasión en presencia de la tropa al completo, frente a todas aquellas chicas y mujeres que cuchicheaban y se reían. Algunas de ellas se mostraron compasivas, aunque la mayoría la trataron con malicia.
—¡Suspendida hasta próximo aviso! — fue la sentencia que la líder leyó ante la formación militar—. Eso es todo hasta que el asunto se haya aclarado completamente… ¡si es que hay algo que aclarar!
«Trataré de escondérselo a Peter — decidió Marie—. Tal vez no tenga que enterarse nunca; además, últimamente casi no habla con nadie».
Pero tenía que regresar a casa, eso era inevitable. Durante el camino de vuelta se acordó de que dos días antes alguien había pegado una nota en el escaparate de la tienda de sus padres: una nota amenazadora sobre las imágenes y las figuras sacras. Debía de ser obra de algún joven cachorro nazi con exceso de confianza; el partido no tenía nada que ver con aquello, desde luego, pero era igualmente horrible y sumamente inquietante. Por la mañana sus padres habían arrancado la nota después de mostrársela al policía de la esquina. Le habían pedido si sería tan amable de vigilar la tienda por la noche, nunca se sabía qué podía suceder. Pero aunque se había mostrado disgustado con la nota, el policía se había limitado a sacudir la cabeza.
—Lo siento —dijo—, lo siento de veras, pero nada en el interés público requiere que proteja su tienda. Yo también tengo mis instrucciones y me expongo a medidas disciplinarias si no las cumplo.
Entonces sus padres habían decidido cambiar los escaparates. Una fotografía del Führer ocupaba ahora el lugar donde había estado la Virgen María con su hermoso manto azul y, en lugar de la Biblia, había un ejemplar del Mein Kampf en la ventana amenazada. La noche anterior no había sucedido nada.
Marie regresó a casa a pie; los trolebuses estaban saturados de nuevo. Temía poder encontrarse con algún conocido que formulara preguntas incómodas.
«Si muestras que tienes miedo — le había dicho Peter—, estamos perdidos».
Pero ella no estaba acostumbrada a disimular y no lograba ocultar el terror que la atenazaba.
La plaza del mercado estaba abarrotada de gente. Debía de haber pasado algo. Tal vez un trolebús había descarrilado (había sucedido en varias ocasiones últimamente). A Marie se le aceleró el pulso a medida que se fue acercando y se dio cuenta de que la multitud se arremolinaba alrededor de la tienda de sus padres. De repente algo crujió bajo sus pies; eran fragmentos de cristal. «¡El escaparate! —pensó—. ¡Han reventado el escaparate! ¡Menudo estropicio!». Jamás se hubiera imaginado que una sola ventana pudiera romperse en tantos fragmentos. En el suelo había también las imágenes de santos, rasgadas y hechas jirones, entre los restos del crucifijo roto (el viejo y hermoso crucifijo tallado ante el que Marie se había arrodillado de niña) y las páginas de las Escrituras, ennegrecidas y mojadas. Esparcidas por todas partes, las cuentas del rosario brillaban como lágrimas. Los muebles de la tienda estaban rotos, calcinados y empapados por el agua que habían echado para evitar que el incendio se propagase al resto de casas.
Marie, que se encontraba al límite de la razón, se abrió paso a empujones por entre la multitud que, al ver de quién se trataba, se abrió dejando un pasillo. Si hubiera sido capaz de percatarse de algo más que de las ruinas que la rodeaban y el pavor que le embargaba el corazón, se habría dado cuenta de que ninguna de las miradas que le dirigían sus conciudadanos era hostil. Al contrario, eran miradas amistosas y cargadas de compasión. Sí, muchos estaban furiosos por su situación, llenos de rabia por lo que había sucedido. De repente apareció un joven policía de las SS. La multitud fingió no verle. El policía se encogió de hombros, como si le hubiera caído encima una fría ráfaga de lluvia.
—¿Dónde están mis padres? — preguntó Marie.
El policía, en una voz que sonó casi humilde, respondió:
—Sus padres se encuentran bajo custodia protectiva. La multitud estaba encendida contra el catolicismo político en el que desgraciadamente sus padres se habían mezclado; no habríamos sido capaces de garantizar su seguridad. Cálmese, señorita —añadió, pues Marie parecía estar a punto de desmayarse—, la custodia protectiva no es ninguna vergüenza; además, la vida de los arrestados no corre peligro. Se trata de una simple medida estatal en aras de la seguridad, eso es todo.
Un obrero que se encontraba unos cinco metros detrás del agente soltó de repente un grito atronador:
—¡Hatajo de cabrones! ¡Matones! ¡Lárgate de aquí, ahora mismo, maldito… maldito nazi… o…!
No tuvo necesidad de terminar su amenaza: el agente, en lugar de sacar su silbato para solicitar refuerzos y arrestar al hombre, huyó como si el diablo le pisara los talones. Su hermosa gorra negra cayó al suelo mientras se alejaba a grandes zancadas de la muchedumbre. Lo dejó allí, entre los fragmentos de cristal y los cascotes. Las calaveras del reborde de la gorra brillaron como las cuentas esparcidas del rosario.
Sin saber cómo, Marie logró llegar a la habitación de Peter. Se lo encontró sentado en el escritorio, leyendo una carta. Parecía como si llevara allí horas, petrificado.
—¡Es el aviso! —dijo al ver entrar a Marie —. Han llamado a mi tío a declarar en el juicio; y a nosotros también, mira…
Y le tendió a Marie la carta en la que su tío, con una caligrafía elegante, ancha y rápida, le contaba lo sucedido.
—Han reventado nuestra tienda —dijo Marie—. Mis padres se encuentran bajo custodia protectiva y el crucifijo…
Solo entonces estalló en lágrimas, como si el crucifijo, aquel hermoso crucifijo antiguo y tallado fuera en realidad lo que diera más lástima de todo.
—El crucifijo… —sollozó y se tumbó sobre un sillón, como si alguien la hubiera golpeado en la cabeza.
Peter, que no movió ni un músculo para consolarla, dijo:
—Nada tiene sentido, no vamos a salir de esta; todo está en nuestra contra. A mi tío lo odian, Killinger es un tipo poderoso y a mí ya me han echado del comité de estudiantes nacionalsocialistas…
(«Y yo quería ocultarle un secreto a él», se dijo Marie).
—Nada tiene sentido, no tiene ningún sentido — repitió sin bajar el tono de voz.
Marie asintió y se ahorró tener que poner sus pensamientos en palabras. Marie sabía que había llegado la hora de lo inevitable.
—Sí, será lo mejor —dijo solamente.
—Ven —dijo Peter—, no tenemos por qué asustar a los demás de la casa.
Sacó el revólver del cajón y tomó el abrigo de invierno del colgador. «Aún se le ocurre pensar en el abrigo», pensó Marie, que palpó el bolsillo de la chaqueta, donde guardaba la llave fría y angulosa que abría la puerta principal de la tienda. Era un candado de seguridad, se dijo, pero ahora puede entrar quien quiera; cualquiera puede pasearse por entre las ruinas…
El estrecho caminito junto al río estaba desierto a aquellas horas. Peter y Marie se apoyaron en los pilares del viejo puente, sus pálidos rostros vueltos el uno hacia el otro. No había lágrimas en sus ojos, solo un terrorífico, inmenso asombro porque todo hubiera terminado así y nada, nada tuviera ya sentido. Peter jugueteó con el emblema del partido de la chaqueta de Marie.
—Me he esforzado tanto —dijo Marie—. No fui ni mala ni insubordinada; Peter, di que no fui mala…
Peter le rodeó los hombros con un brazo.
—No —dijo—, no fuiste mala, pero hay muchos que… — iba a decir «han muerto» pero no fue capaz de pronunciar las palabras— que ya no están entre nosotros que tampoco eran malos, ni insubordinados, ni culpables de nada…
Marie apoyó la cabeza en el hombro de él y dijo:
—No me lo digas, cuando lo hagas no me lo digas y así no tendré que saberlo.
Peter la besó y se sacó el revólver del bolsillo. Marie tenía los ojos cerrados. Peter la cogió del hombro derecho con la mano izquierda y la apartó de él, como si quisiera observarla cariñosamente, con toda la atención. Entonces disparó.
Sonaron dos disparos, dos detonaciones vacías que resonaron en las arcadas del puente. Marie murió al instante; Peter, de camino al hospital.
A pesar de la ausencia de dos de los acusados, el juicio tuvo lugar puntualmente el día fijado. El otro acusado, armado con pruebas aplastantes, logró demostrar su absoluta inocencia. La enfermera jefe de su clínica, una alta funcionaría del partido, testificó a su favor, mientras el joven camarada del partido Killinger era incapaz de presentar a un solo testigo. El juez dictó que había «actuado con frívola irresponsabilidad» presentando una demanda que no se «sostenía».
—El estado nacionalsocialista — concluyó— ha perdido dos vidas jóvenes, diligentes y llenas de esperanza… por culpa de un error. ¡Heil Hitler!
El caso estaba cerrado. Los reunidos se dispersaron.