Cuando las luces se apagan

Erika Mann · Capítulo 9 de 16

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Cuando las luces se apagan

VIII El último viaje

VIII

 

El último viaje

 

En Navidad nuestra ciudad estaba más encantadora que nunca. Las plazas se convertían en alegres mercados al aire libre, decorados de fiesta. No se podía comprar demasiado, pero uno podía ver el brillo y percibir el ambiente. Al fin y al cabo, era Navidad.

 

A principios de noviembre, Max Murks mandó una postal desde Hamburgo. El joven marinero le escribía a su madre, que vivía en un piso de dos habitaciones en el viejo centro de nuestra ciudad junto con su hijo pequeño, Friedel. El «mayor» escribía solo muy de vez en cuando y la señora Murks observó largo y tendido la colorida postal antes de dársela a Friedel.

—¡Tonterías! ¡No escribe otra cosa! «La próxima semana nuestra chalana parte hacia Nueva York y yo parto con ella. No puedo decirte lo feliz que estoy: hace meses que no he salido de esta ratonera, meses desde la última vez que pisé tierra firme. Pero tengo un presentimiento, ¡creo que este va a ser mi último viaje!».

Friedel se encogió de hombros.

—Tiene razón —dijo—. Yo también he oído rumores, ¿sabes? Dicen que cambian la tripulación con cada viaje al extranjero, pues no quieren que los hombres tengan demasiado contacto con esos países donde oyen todo tipo de cosas que no deberían oír. A un marinero le dejarán ir una vez a Estados Unidos, no más. La siguiente vez que su barco parta, lo hará con otra tripulación que aún no haya cruzado el Atlántico, que no pueda aprovechar el viaje ni ningún mal. ¿Te imaginas? —⁠dijo con una sonrisa de desdén⁠—. Una tripulación que viaje demasiadas veces al otro lado, si es siempre la misma, quiero decir, ¡la de cosas que pueden organizar con los camaradas de allí!

La madre suspiró.

—Así que es eso, a eso se refiere. Oh, Dios, hoy en día hay que ser astuto como un lince para entender una simple postalita.

Friedel tomó su abrigo de la percha.

—Hasta luego, me voy a servir al frente de la basura.

No era una broma, aunque el joven acompañó la frase con una de sus habituales sonrisas socarronas. Aquel, ni más ni menos, era el nombre oficial de uno de los «sectores» de uno de los muchos «frentes» donde el pueblo alemán libraba incansablemente batalla dentro del plan cuatrienal del mariscal Goring. Friedel servía en el «depósito de recogida de papel usado» y el suyo no era ni mucho menos un trabajo sencillo. Pero ¿qué otra cosa podía hacer? La pequeña tienda de té, café, cacao y otros productos coloniales donde había trabajado como aprendiz de dependiente y repartidor había cerrado al no ser considerada un activo «para la economía nacional». Y aunque la tienda no hubiera cerrado, Friedel tampoco habría podido evitar el «depósito de recogida de papel usado». El Estado opinaba que los compradores debían llevar ellos mismos las compras a casa. Era intolerable que una unidad humana de trabajo se viera apartada del servicio nacional para desempeñar una tarea afeminada y debilitante como la de repartidor. Friedel había leído su destino una mañana en la portada del Anzeiger, el periódico local. Era un poema de tono jocoso pero inspirado claramente en fuentes oficiales. Friedel se había detenido en la última estrofa:

Que se lea en un cartel colgado

en escaparates y mostradores:

el país necesita trabajadores

el S. A. C. se ha terminado.

 

S. A. C. significaba «servicio al cliente», y aquellos alegres versos habían puesto a Friedel de patitas en la calle.

Entonces, la alternativa había sido el «frente de la basura»: diez horas al día yendo de puerta a puerta, de casa a casa, recogiendo papel usado. Ni su posición ni su actividad habían hecho crecer su popularidad. Ahora era algo así como un oficial al servicio del plan cuatrienal y si alguien no le daba suficiente papel o si, Dios no lo quisiera, tenía razones para sospechar que alguien derrochaba papel o lo utilizaba de forma extravagante (si alguien lo tiraba, lo rasgaba o incluso lo quemaba), debía amenazarle con denunciarlo. Y si persistía en su ofensiva actitud, debía cumplir con la amenaza. De lo contrario, se exponía a recibir un castigo, pues, en el frente de la basura, «capturar» demasiado poco papel y no denunciar a los responsables del fracaso era una ofensa punible.

—Lo que necesitamos —dijo uno de los jóvenes superiores de Friedel⁠— es la movilización de las escrituras.

Friedel asintió. Estaba tan acostumbrado a que los de arriba le dieran instrucciones como si fueran órdenes militares que ya ni siquiera se daba cuenta de la vaguedad y el sinsentido de algunas frases. Claro, se dijo, la movilización de las escrituras, ¿por qué no?

La señora Murks, la misma señora Murks que tanto sufría con los simulacros de ataques aéreos nocturnos y cuyo nada disimulado resentimiento amenazaba con traerle funestas consecuencias, aceptaba todo el tinglado del «régimen» como la revelación de una Providencia inescrutable. En cuanto a sus hijos, amaba más al mayor. Era más apuesto y, desde luego, algún día sería capitán; era alto, robusto y rubio, y tenía los ojos azules. «Tiene una frente tan clara y despejada», pensó su madre mientras tomaba de nuevo la postal con el Alster Pavilion de Hamburgo y la observaba como si fuera una foto de su «hijo mayor». Realmente es una frente de niño, no ha cambiado nada.

Entonces se sentó a escribirle unas líneas a su hijo.

«Querido Max —escribió—, trae algo de café de tu último viaje. Friedel me acaba de explicar qué significa eso, yo ya no entiendo nada. En fin, que traigas algo de café porque aquí ya no nos queda y ya sabes cuánto me gusta beberme una taza de vez en cuando. Además, es necesario para los nervios. Pero hay algo que debo pedirte con urgencia: por favor, no compres café sin tostar como la última vez. Ya sé que es más barato, pero es que tú no sabes lo que pasó con el café sin tostar que nos mandaste. Lo tostamos nosotros mismos, por supuesto, porque no puedes llevar algo tan valioso para que lo tuesten en una tienda. ¿Y qué pasa con el café cuando lo tuestas? Pues que huele tanto y tan deliciosamente que se enteró todo el mundo en tres bloques a la redonda. No hace falta que te cuente la de gente que se reunió en nuestra puerta en cuanto olieron el café. Pues bueno, de aquel regalo del cielo al final apenas quedó algo para nosotros, aunque fui tan tacaña como pude. Para empezar, el supervisor de bloque se llevó la mitad bien buena, claro, ya sabes que eso es inevitable. Así pues, querido mío, esta vez que sea café tostado, aunque solo entre la mitad por el mismo precio. Sé feliz y déjanos saber de ti; América está muy lejos y yo preferiría mil veces que estuvieras aquí, en casa, sirviendo en algún “frente”, y no allí fuera, en medio de las olas, donde puede pasar cualquier cosa. Con todo el cariño y muchos besos, tu madre».

Era una carta larga y la señora Murks estaba bastante cansada cuando terminó. Sin embargo, antes de cerrar el sobre hizo unos cálculos: «Comienza la semana que viene; eso es mediados de noviembre, por lo que debería regresar a principios o, como mucho, mediados de diciembre. Y entonces tal vez, tal vez (seguro que no, sería demasiado bonito), tal vez mi niño esté en casa por Navidad. Si se ha portado bien, incluso es posible que le den permiso en Nochebuena. Sacó la carta del sobre y añadió una posdata expresando aquel ardiente deseo. Hace más de un año que no le veo, se dijo. Ya es hora de que vuelva a casa…».

Por la noche, cuando el viento aullaba alrededor de la casa y Friedel ya había regresado, exhausto, de «servir en el frente», madre e hijo se sentaron juntos. La señora Murks estaba ocupada tejiendo algo y Friedel estaba toqueteando la radio.

—Pero no pongas emisoras extranjeras, por favor —⁠imploró la señora Murks.

Friedel, que trasteaba en el interior del aparato con un alambre y una lima, respondió en tono distraído:

—¿Emisoras extranjeras? ¿Quién quiere emisoras extranjeras? Estoy buscando Estrasburgo y Londres, ahora emiten también desde Alemania.

Su madre sacudió la cabeza en un gesto de impotencia.

—Déjalo, hijo.

—¡Toma! ¡Ahí está! —exclamó este ⁠—. Luxemburgo. ¡Genial!

El muchacho tenía aspecto pálido y cansado, pensó la madre. No le gustaban las profundas arrugas que le poblaban la frente y las comisuras de los infantiles labios. Tenía dieciocho años, ¿cómo iba a ser cuando tuviera treinta y hubiera cumplido con el servicio militar… y hubiera ido tal vez a la guerra? La madre soltó un suspiro.

—Fuera hay mal tiempo —dijo—. ¿Hace mal tiempo en el mar, también?

Friedel, con el oído pegado aún a la radio, no respondió. Su rostro juvenil, cansado y envejecido a pesar de su edad, estaba vuelto hacia su madre, que seguía tejiendo ansiosamente.

—Este suéter era viejo y ya no servía, de todos modos — ⁠dijo⁠—. Si deshago toda la lana, me dará para tejer tres pares de medias: uno para ti y dos para tu hermano mayor.

Friedel sonrió.

—Claro —dijo en tono burlón—, dos pares para el grandullón, para el buen marinerito, y ninguno para mí. ¿Cómo no lo había imaginado?

La señora Murks se levantó y le acarició el pelo con dulzura.

—Vamos —le dijo—, ¿a qué vienen esos celos? Con un poco de suerte tendremos café por Nochebuena. Ya he escrito.

Pasaron tres semanas, largas, grises y monótonas. Y frías también, pues el carbón escaseaba y la vieja casa donde estaba el piso en el que vivían la señora Murks y Friedel, en la tercera planta, no tenía calefacción central.

—¡Ni se te ocurra echar papel a la estufa! — ⁠dijo Friedel, el «oficial», en tono amenazante. Pero no sonrió al decirlo. Llevaba sus calcetines nuevos. Eran buenos y cálidos, y la señora Murks tenía razón cuando decía que no se podían comprar unos calcetines como aquellos en toda Alemania.

—Es que el jersey del que están hechos lo compramos en tiempos de paz —⁠dijo, y ella tampoco sonrió. No encontraba nada raro en el hecho de que en toda Alemania no se pudieran comprar productos de «tiempos de paz» aunque no estuvieran en guerra. Escondidos en uno de los cajones había los otros dos pares de calcetines para el «grande», cuidadosamente envueltos en papel de seda viejo. La madre sabía que el «pequeño», Friedel, cogería el papel y lo llevaría al depósito si lo encontraba, de modo que había escondido el paquete entre unas camisas, como un tesoro prohibido.

Llegó diciembre y la señora Murks adquirió la costumbre de bajar a la segunda planta tres veces al día, por la mañana, al mediodía y por la noche, para interceptar al cartero.

—¿No tiene nada para mí? —le decía⁠—. ¿Ni una carta, ni una postal de Hamburgo o de otra parte?

Pero la mayor parte de las veces el cartero no tenía nada para ella excepto el Anzeiger y si había alguna carta, generalmente era del recaudador de impuestos o de alguna otra oficina gubernamental, cartas que la señora Murks abría con más temor que ilusión.

El 22 de diciembre, la señora Murks y Friedel se enteraron de que el barco de Max había llegado a Hamburgo, pero aún no tenían noticias de él. «Llegará mañana —⁠pensó⁠—, la señora Murks nos va a dar una sorpresa». Eso sí, no se atrevió a decirlo en voz alta por miedo a llamar la mala suerte. Pero el día pasó y llegó el veintitrés. Friedel llevó a casa un escuálido arbolito de Navidad que parecía una escoba de cocina.

—Tenemos que proteger los bosques alemanes — ⁠dijo⁠—. Ya no se pueden comprar buenos abetos de Navidad.

Sin embargo, sabía perfectamente que los bosques alemanes estaban siendo arrasados como si fueran tropas enemigas en el campo de batalla. También en los bosques alemanes se dejaba sentir con furia el plan cuatrienal de Göring: para producir la goma artificial necesaria para fabricar un neumático había que talar cuarenta árboles adultos. La señora Murks había comprado algo de chocolate para la fiesta, aunque en realidad el paquetito era escasamente festivo. La hermosa caja de cartón de colores donde iba metido el chocolate tenía muy buen aspecto desde fuera, proclamando alegremente que se trataba de un «producto de los tiempos de paz». Pero dentro no había ni envoltorio, ni papel encerado, ni siquiera un poco de papel de seda. Las tabletas de chocolate, finas como una película, iban sueltas dentro de la caja. Por extraño que parezca, no eran ni negras ni marrones, sino de un color gris mosca, como si estuvieran cubiertas de moho. Y cuando te ponías un trozo en la boca, era como si estuvieras mordiendo polvo cocido. En cualquier caso, no tenías la sensación de estar comiendo chocolate. Era un terrón áspero y arenoso que amargaba la lengua y en cuya fabricación, desde luego, no habían intervenido ni el cacao en polvo ni la leche. Tampoco había mucho que decir de los cigarrillos que la madre había colgado en el árbol para sus dos hijos. Un papel grueso y sucio y, dentro, una hierba de origen inequívocamente doméstico: los países extranjeros que cultivaban tabaco exigían cobrar en oro y en moneda extranjera.

La señora Murks se pasó toda la mañana sentada en casa, esperando a su hijo. Sin embargo, cuando sonó la puerta había salido a buscar unas cuantas velas. Friedel, que estaba echado en el sofá, entre cansado y malhumorado, dejó que el timbre sonara dos veces antes de ir a abrir.

—¿A qué vienen esas prisas, ambicioso capitán? —⁠murmuró y, sin embargo, en el fondo de su corazón, se alegraba ante la perspectiva de volver a ver a su hermano, aunque jamás lo habría admitido.

Pero no era Max quien estaba en la puerta. Era un joven desconocido con un traje moteado azul oscuro. En la mano derecha llevaba una pequeña maleta de fibra y retorcía nerviosamente su gorra con la izquierda.

—¿Sí? —dijo Friedel, y un inexplicable miedo le atoró la garganta. Intentó dominarlo añadiendo una entonación firme, casi severa, a sus palabras⁠—. No, gracias, hoy no queremos comprar nada. Si es que vende algo, claro. En cuyo caso, ¿dónde está su permiso?

El extraño sacudió la cabeza.

—¿Puedo pasar? ¿Está la madre, quiero decir la señora Murks, en casa?

Friedel dijo que la señora Murks regresaría enseguida e invitó al desconocido a pasar, faltaría más; es decir, si no vende nada.

Ya era oscuro en el exterior. Los dos jóvenes se sentaron a una mesa redonda, bajo la lámpara que colgaba en el centro de la sala de estar que era también el dormitorio de la señora Murks. Tras una pausa, el desconocido dijo:

—Soy amigo de Max. Quiero decir que era amigo de Max.

Friedel, con la garganta paralizada de terror, solo acertó a decir:

—¿Dónde está Max?

La puerta se abrió y la señora Murks, que había buscado velas por todas partes y no había encontrado ni una, entró en la sala, la cabeza envuelta con un pañuelo y las mejillas coloradas de frío. El desconocido se levantó y la señora Murks se detuvo en medio de la sala, incapaz de hablar.

—Señora Murks —dijo el desconocido⁠—. Tengo que… tengo que decirle algo… pero no sé cómo empezar…

La madre, muy quieta, impertérrita, dijo con voz suave y sin el menor deje de interrogación:

—Max está muerto.

El desconocido se le acercó, le puso la mano cariñosamente sobre el hombro e intentó acompañarla hacia el sofá. Friedel se había puesto en pie de un salto.

—¿Cómo? —exclamó—. Pero ¿qué dice? ¿Se ha vuelto loco?

Pero el desconocido, aún con el brazo sobre el hombro de la madre inmóvil, dijo:

—A veces uno cree que está loco, pero no es así. Los que están locos son los otros, los asesinos.

Finalmente la madre habló; sus labios se movieron y formaron palabras audibles, pero el resto de la cara seguía estática, como tallada en madera.

—Max está muerto —repitió—. Pero ¿cómo es posible? ¿Cómo es posible?

El desconocido, en lugar de responder, dijo:

—Mi nombre es Paul Behrens. Yo estaba allí cuando lo mataron… le vi morir. Era muy buen amigo mío; de hecho, era mi mejor amigo. Pero no pude hacer nada. Me sentí tan impotente…

El recio cuerpo de la señora Murks se sacudió como si hubiera recibido una violenta descarga eléctrica. A continuación, se quedó de nuevo totalmente inmóvil. Se sentó muy rígida junto al desconocido, junto al joven Paul Behrens que había visto morir a su hijo mayor, que había visto cómo lo mataban, porque estaban locos, los asesinos. Friedel, en mangas de camisa y zapatillas de fieltro, se inclinó sobre la mesa, frente a su madre y al desconocido.

—¡Vamos! —dijo en tono amenazante ⁠—. O nos cuenta de una vez lo que sucedió o…

Y levantó el puño derecho como si fuera a golpear al desconocido. Este apartó el brazo del hombro de la madre, se levantó y se acercó a la ventana. Con la espalda apoyada en el alféizar y los brazos cruzados, comenzó a hablar. Lo hizo en voz inusualmente alta, como para vencer una cierta ronquera que amenazaba con dejarle sin palabras. Mientras hablaba, no miraba a ninguno de los dos.

—Era la segunda visita al otro lado para Max y para mí —⁠dijo⁠—, y ya teníamos amigos en Nueva York. Allí hay un gran sindicato de marineros o varios, no lo sé, y hay otra organización fundada especialmente para nosotros… o sea —⁠añadió, bajando la voz un instante⁠— para marineros antinazis. Ya me entienden, claro; habíamos estado allí en nuestra primera visita y nadie se había dado cuenta. Pero en esta ocasión habían puesto espías para que nos siguieran, miembros de la propia tripulación. Me di cuenta en cuanto desembarcamos y advertí a Max.

»“No vayas —le dije—. No vayas con los antinazis esta vez, por favor; nos están siguiendo”.

»Max me juró que no iría y, de hecho, por lo que yo sé, no fue. Donde sí acudió, en cambio, fue a un mitin de trabajadores. Ahí celebran muchos mítines de esos, donde critican abiertamente a su gobierno, dicen un montón de cosas en contra y nadie los arresta por ello. ¡Si supieran lo bien que viven bajo su gobierno! Pero bueno, no es eso lo que he venido a contarles. Max acudió a uno de esos mítines, aunque no creo que supiera que los trabajadores americanos eran roclos tan antinazis y que iban a atacar al Führer más aún que a su propio gobierno. Solo lo supo cuando ya era demasiado tarde. El orador principal dijo que Hitler era un gánster, un asesino y una bestia salvaje. Si en aquel momento Max se hubiera levantado y se hubiera marchado a modo de protesta… tal vez eso lo hubiera salvado. Pero estaba demasiado emocionado, pues por primera vez oía a alguien decir la verdad alto y claro en presencia de miles de personas, como si nada; la misma verdad de la que a veces osábamos hablar entre cuchicheos, cuando estábamos de guardia en la cubierta y sabíamos que nadie podía oírnos.

El joven se detuvo y, por primera vez desde que había comenzado a hablar, miró a la cara a sus oyentes.

—Sí —dijo—, eso lo emocionó muchísimo. Más tarde me dijo que había sido víctima de una especie de embrujo y que no habría podido moverse del lugar ni queriendo. Pero, por supuesto, no quería. Quería oírlo todo, ver cómo los trabajadores americanos, a pesar de las muchas cosas que tienen que decir contra su gobierno, están orgullosos de su bandera y aman su país y su libertad.

Hizo una pausa.

—Quería ver todo eso. El espía que mandaron para que lo siguiera también lo vio, pero no sé si le causó alguna impresión. Aunque sí, imagino que sí le causaría impresión, seguro que tomó notas para más adelante. Pero de momento, lo primero y lo más importante que tenía que hacer era denunciar a Max al capitán y a uno de los cocineros, que era un alto cargo del partido y contra cuya palabra el capitán nada podía hacer. El cocinero no le dijo nada a Max en relación con la denuncia, pero el capitán lo mandó llamar al poco de embarcarnos y salir del puerto y le dijo que lamentaba tener que informarle de que existían informes contrarios a él y que era recomendable que se anduviera con ojo. Y nos anduvimos con mucho ojo, Max y yo; tuvimos mucho cuidado, prestamos muchísima atención. Pero ¿de qué sirve prestar atención cuando los tienes detrás? Lo mejor que podría haber hecho Max era saltar por la borda de noche y tratar de nadar a puerto seguro. Sin embargo, y aunque sabíamos lo cerdos que eran aquellos nazis, no los creíamos capaces de hacer lo que hicieron.

Friedel, con su pálido rostro juvenil transido de terror y rabia, gritó, fuera de sí:

—Pero ¿qué fue? ¿Qué le hicieron?

Paul Behrens se sentó en el alféizar en el que estaba apoyado.

—Cuando llegamos a puerto, y me refiero al puerto franco, donde el empleado de aduanas sube a bordo, cuatro soldados, aún puedo verlos, salieron hacia la popa, donde Max montaba guardia, y le dispararon. El cocinero debió de avisar por cable de que mandaran soldados al barco; de lo que estoy seguro es de que no fue el capitán. Cuando vi aquellos tipos subir al barco a las cuatro de la madrugada me dio una náusea. Corrí a avisar a Max, pero ya era demasiado tarde. Llegué a tiempo de ver cómo Max se subía a la barandilla, como si fuera a saltar por la borda, y oí a los hombres insultarle, llamarle «rojo traidor» y «cerdo bolchevique». Entonces le dispararon y Max cayó de espalda, pues se había vuelto hacia ellos; cayó de espalda al agua y se hundió al momento y no tenía ningún sentido saltar a por él, pues sin duda estaba… estaba muerto.

Hubo algo espantoso y antinatural en el silencio y la inmovilidad en que se había sumido la señora Murks desde que había visto al desconocido. Si no fuera porque estaba tan erguida y con los ojos de par en par, uno podría haber pensado que se había desmayado. Friedel se puso a caminar alrededor de la habitación, tropezando con los muebles como si fuera ciego. El joven Behrens se había cubierto los ojos con las manos. Tal vez no podía soportar ver cómo la madre de su amigo, y su hermano también, se habían tomado la noticia. Tal vez lo atormentaba la imagen que se había apoderado de su memoria: los cuatro soldados y Max, que se había medio vuelto hacia ellos un momento antes de los disparos.

—Tengan —dijo, fue hacia el maletín de fibra artificial y lo abrió ⁠—. Lo he traído para ustedes.

Sacó un paquete envuelto en papel marrón y se lo tendió a la madre que, sin embargo, no alargó la mano para tomarlo.

—Max lo compró el último día en Nueva York y… es tostado —⁠añadió, tragando saliva⁠—, tal como usted le había pedido.

Finalmente, la madre salió de su sopor: dio un respingo, se abalanzó con su fornido cuerpo sobre la mesa, donde había el paquete marrón, y se echó a llorar. Lloró con tanta fuerza que se echó a temblar de los pies a la cabeza. Estiró los brazos y se agarró al borde de la mesa, y entonces le dio un cabezazo al tablón de madera como si quisiera partirlo. Una y otra vez, la cabeza de la madre golpeó la mesa, mientras Friedel y el joven Behrens intentaban, en vano, detener aquel terrible espectáculo.

—¿Quieren que me vaya? —preguntó el desconocido con un susurro.

—No, por favor —dijo Friedel con voz temblorosa, como si temiera quedarse con su madre a solas⁠—; quédese a pasar la noche. Puede dormir en mi cama, de todos modos yo no voy a pegar ojo.

La madre seguía dando cabezazos contra la mesa. No había vuelto a decir nada desde aquel «Max está muerto. Pero ¿cómo es posible? ¿Cómo es posible?». Friedel decidió ocuparse de ella; fue a buscar un poco de agua y echó unas gotitas en el pelo de su madre, que no reaccionó. Sacó la última postal de Max del aparador, pero no logró que la mirase. Intentó levantarla de la mesa y apartarla. Sin embargo, la mujer era pesada y la desesperación le daba fuerzas, de modo que no logró moverla. Finalmente se sentaron frente a ella, al otro lado de la mesa, pero no osaron decir nada, pues la madre parecía haber perdido la razón.

Pasaron varios minutos; pasó una hora y luego otra más. Friedel estaba vuelto hacia Behrens, hablando en susurros, mientras la madre había parado de dar cabezazos de puro agotamiento. Finalmente había caído de espaldas sobre el sofá con los ojos abiertos de par en par; en su mirada brillaba una trémula luz de locura.

Friedel tenía la frente cubierta de sudor, aunque aún iba en mangas de camisa y en la habitación hacía cada vez más frío. Tenía las manos en los bolsillos, con los puños cerrados, y hablaba en susurros con Paul Behrens, que lo escuchaba en silencio, asintiendo de vez en cuando para mostrar su asentimiento o para darle ánimo. Finalmente, Behrens puso las manos sobre los hombros del muchacho, que seguía susurrando, nervioso.

—Tranquilo —dijo—, tranquilo, muchacho. Claro que lo vengaremos, pero debemos ser pacientes y astutos. Debemos esperar a que llegue el día y entonces… entonces…

Se levantó, tomó el paquete marrón de la mesa, se acercó a la ventana, la abrió y dejó que el aire frío y brumoso de la noche llenara la habitación.

—¿Tienen un colador? —preguntó, sosteniendo el paquete.

Friedel asintió.

—Buena idea —dijo, esbozando incluso una débil sonrisa ⁠—. Tal vez haga entrar en razón a mamá. El café es su gran debilidad, ¿sabe?

Prepararon café. Friedel sacó las tazas «buenas» del aparador, las del mango dorado y los dibujos color azul nomeolvides. El café desprendía un olor fuerte y agradable. La señora Murks refunfuñó y por primera vez desde hacía horas, levantó la cabeza.

—Dale los calcetines a Max —⁠dijo, haciendo con la cabeza un gesto hacia el joven Behrens⁠—. Los encontrarás entre mis camisas.

Friedel encontró el paquete envuelto en papel de seda. Desembaló los calcetines y arrojó el papel al horno, donde los rescoldos lo hicieron arder.

—Eran para Max —dijo—, pero usted era su amigo.

Paul Behrens los tomó con un gesto avergonzado e hizo una torpe reverencia de colegial.

—Gracias —dijo—. Y ahora metamos a la madre en la cama. Está helada.

La señora Murks, que había dejado que su humeante taza de café se enfriase sin ni siquiera tocarla, se sacudía entre convulsiones y temblores, pero era evidente que no estaba consciente. Totalmente abúlica, dejó que los dos chicos se encargaran de ella. Tras lograr sentarla en una silla, Friedel sacó las sábanas del armario del sofá. Paul Behrens preparó la cama con ágiles movimientos.

—Cosas que se aprenden a bordo — ⁠dijo.

—Gracias, Max —dijo la madre, y en su mirada volvió a brillar la locura⁠—. Gracias, hijo mío.

Entonces se quedó bastante quieta; las convulsiones y los temblores habían cesado.

Sin embargo, no fue una quietud tranquilizadora la que la sobrevino y el estado en el que se sumió no era el sueño. Tampoco se había desmayado. Los dos chicos, que se habían trasladado a la habitación de Friedel con las tazas de café, escucharon con atención aquel silencio como si fuera un sonido siniestro. De vez en cuando la madre comenzaba a hablar. Hablaba de forma extraña, inquietante, consigo misma, y en un par de ocasiones soltó una carcajada.

—Está enferma —dijo Friedel—. Mañana por la mañana tendremos que ir a buscar al médico.

Paul Behrens no hizo ningún comentario. Entonces Friedel, sentado en el frío suelo, con los hombros encogidos y su rostro juvenil transfigurado, le dedicó al otro una mueca y dijo:

—Mañana es Navidad.