Cuando las luces se apagan

Erika Mann · Capítulo 4 de 16

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Cuando las luces se apagan

III El señor Huber, empresario

III

 

El señor Huber,

 

empresario

 

Parecía que nuestra ciudad había mejorado en muchos sentidos. De momento, y para empezar, el desempleo había desaparecido y la gran fábrica del otro lado del río estaba más activa que nunca, produciendo las armas necesarias para la defensa de nuestra patria.

 

Alfred Huber, el empresario cuya fábrica de metal del otro lado del río producía los «ángeles de la paz» de los que tanto se hablaba en nuestra ciudad, estaba pasando una mala época. Sí, había un flujo constante de pedidos gubernamentales y el señor Huber había ganado un montón de dinero. Pero, para empezar, no podía invertir ese dinero como él quería; tenía que hacerlo como le indicaba el Estado. Además, el corazón le daba un vuelco cada vez que pensaba en el futuro, pues el señor Huber era un hombre inteligente y veía más claro que el agua que aquel despilfarro de recursos naturales, aquella fiebre armamentística y aquella autarquía no podían durar eternamente. ¿Qué iba a pasar con las pistolas si al final no había guerra? Y si la había, ¿cómo iban a ganarla si «el enemigo» ya empezaba a ser, al parecer, más fuerte que ellos? Además, el señor Huber sabía que «nuestras armas» estaban empezando a deteriorarse por culpa de las condiciones en que se producían. La materia prima no era buena, la mano de obra no era buena (¿cómo pretendían que estanqueros y tenderos se convirtieran en obreros cualificados de un día para otro?) y la velocidad de producción comenzaba a pasar factura. Observando su propia fábrica, el señor Huber veía claramente el daño que se estaba causando.

Mantenía a menudo largas conversaciones con su joven secretaria, con quien discutían con todo detalle los problemas que ponían tal peso sobre sus espaldas.

—No vamos por el buen camino, Annie — ⁠le dijo en una de esas conversaciones⁠—. Nuestro material falla a todos los niveles. Mira, fíjate en los resultados de las dos grandes carreras automovilísticas de este año. Analízalos objetivamente, no a la luz de nuestra propaganda que, cómo no, solo muestra lo mejor de la situación. ¿Sabes qué sucedió en realidad? De los siete coches alemanes que tomaron la salida, solo tres lograron llegar a la meta. ¿Sabes qué significa eso? Tres de siete, un cincuenta y siete por ciento de nuestros coches no terminaron por culpa de problemas técnicos. ¿Y los coches franceses? Empezaron tres y terminaron tres; un rendimiento del cien por cien. Eso fue en el gran premio de Francia. Al poco se celebró la carrera en Núremberg, el gran premio de Alemania. ¿Cuál fue el resultado? Nueve coches alemanes tomaron la salida, pero solo dos cruzaron la meta. ¡Dos de nueve! Un setenta y ocho por ciento de los coches se atascaron, se quedaron en la cuneta o se averiaron completamente. En cambio los franceses, que empezaron con tres coches, igual que en la carrera de Reims, llegaron con tres coches: ¡cien por cien!

Annie, que solo había leído los periódicos en los que habíamos («nosotros») vuelto a barrer todo lo que se nos ponía por delante, replicó:

—Usted siempre ve las cosas peor de lo que son, señor Huber. Los dos coches alemanes que llegaron, lo hicieron destacados. ¡Fuimos mucho más rápidos que los franceses!

El señor Huber sonrió.

—Por favor, Annie, deja de llamarme señor Huber —⁠dijo⁠—. ¿Cuántas veces tengo que pedirte que me llames Alfred?

Hizo una pausa y le dedicó una mirada afectuosa. Luego tosió con afectación y prosiguió:

—Esos récords de velocidad no significan nada. ¿Sabes qué dijo la prensa francesa de nuestra «victoria»? «Un desastre para la industria alemana», lo titularon, y hablaron de «los riesgos y fracasos de la producción alemana». Y es la verdad, querida, créeme. «Riesgos y fracasos», esa es la descripción exacta de nuestra lamentable producción.

Annie, evitando dirigirse directamente a su jefe, respondió:

—Pero los automóviles no son lo más importante en una guerra; el factor decisivo son los aviones. ¡Y nuestros aviones son de primera clase!

—¡De acuerdo, escucha! —dijo el señor Huber⁠—. Hace poco un avión de la Swiss Air Lines tuvo un accidente. Pero no era un avión de producción suiza: era alemán, modelo Ju 68, un Junkers, ya me entiendes: nuestro orgullo y esperanza. Les vendimos a los suizos otra máquina hace un año y nos la devolvieron por su pobre rendimiento. Y aún hubo otro, que vendimos hace dos años: lo quitaron de circulación al cabo de unas semanas. Descubrieron un pequeño defecto tras otro, hasta que al final surgió un fallo grave y decidieron retirar el avión. Annie, ¿cuántos aviones crees que les hemos vendido a los suizos? Tres. Ni más ni menos. ¿Y cuántos han sido un fracaso absoluto? Tres. Todos ellos, sin excepción. Los periódicos suizos han insistido en la «obvia e innegable relación entre los accidentes y la mala calidad del material, que no satisface las especificaciones técnicas». ¡Es un desastre, un desastre y un desengaño comprobar el estado de los estándares de producción alemanes!

El señor Huber puso la mano sobre el pelo rubio de Annie, que se quedó inmóvil, sentada con el bloc de notas sobre las rodillas, como si esperase a que le dictara algo. El señor Huber comenzó a acariciarle el pelo, pero se detuvo cuando Annie sacudió la cabeza, incómoda.

—Señor Huber —dijo, y el hombre apartó la mano⁠—. Todo eso puede ser una coincidencia, señor Huber… los accidentes, quiero decir. Además, por importantes que sean los aviones en la guerra… que lo son y mucho, desde luego… en realidad las armas en sí mismas son aún más importantes: la artillería, los tanques. Y nadie osaría decir que nuestros tanques no son buenos.

El empresario hizo una mueca.

—¡Pues sí, querida! —exclamó—. ¡También nuestros tanques son horrorosos! Y desde que la fabrica Skoda es nuestra, incluso los tanques Skoda son malos. Así de rápido van las cosas: en dos años hemos logrado echar a perder algo que tenía prestigio en todo el mundo. Durante los primeros meses de 1938, la fábrica Skoda entregó cuarenta tanques al ejército suizo, que se mostró totalmente satisfecho con ellos. Un material espléndido, unos motores fiables al cien por cien. Por eso Suiza decidió hacer otro pedido el pasado verano. Primero les enviamos un tanque de muestra. Dos oficiales alemanes condujeron el aparato hasta Thun, donde lo iban a probar. En apariencia, era idéntico a los cuarenta tanques que se habían enviado hacía unos meses. Pues bien, para pasar la prueba tenía que cruzar una colina bajo tres líneas de fuego cruzado de la artillería ligera. Nuestros oficiales ocuparon su lugar y dieron la orden de empezar. Sin embargo, los suizos, que ya habían comenzado a desconfiar de nuestro material, solicitaron que se activara el piloto automático y que el tanque avanzara sin tripulación. Tras un largo tira y afloja, nuestros oficiales accedieron a salir del tanque y el juego pudo comenzar. ¿Y qué crees que sucedió? Al recibir el primer impacto directo, el tanque estalló, saltó por los aires en pedazos. Nuestros oficiales habrían sido hombres muertos si sus prudentes colegas suizos no les hubieran salvado la vida. Uno de los dos oficiales me lo contó personalmente. Es una historia preciosa, ¿no crees? Muy instructiva. ¿Qué me dices?

—¿No quería dictarme algo? —⁠respondió Annie.

Pero Huber estaba disgustado. No solo por los asuntos de Estado de su país, sino también porque aquella chica era tremendamente irresponsable.

—No —le espetó el señor Huber—, no quiero dictar nada, estoy demasiado agitado para trabajar esta mañana. Vayamos de compras, Annie. ¿Qué te parecería si te comprara un vestido nuevo?

Annie echó una ojeada compungida a su andrajoso atuendo y dudó por un instante; era imposible conseguir telas decentes sin gastarse una fortuna.

—No, no puede ser —respondió—. Para empezar, no estaría bien que aceptara regalos suyos. Y además —⁠añadió con una tímida sonrisa⁠—, en el partido se habla contantemente del «consumo irracional de prendas de vestir». Dicen que es absolutamente incompatible con los planes de desarrollo de la economía nacional. ¿No leyó usted el discurso del doctor Ley? Dijo que había que llevar la ropa hasta que estuviera inutilizable y que no se podía descartar solo porque pasara de moda. Aseguró que si una mujer estaba encantadora todo un año con un mismo vestido de primavera, podía estarlo igual al año siguiente, y al otro, y al otro también —⁠dijo con una mirada maliciosa.

El señor Huber no estaba de humor y quería comprarle un vestido a Annie por mucho que dijera el doctor Ley.

—Todo eso es muy bonito y muy razonable — ⁠respondió solemnemente⁠—, pero no me dirás que te da miedo ponerte ropa nueva solo porque nuestros amos y señores te hayan dicho «picarona, picarona», ¿verdad? Además, si se trata tan solo de un asunto económico, sin implicaciones políticas, no puede ser una ofensa tan grave.

—Pero es que sí tiene implicaciones políticas — ⁠respondió Annie, que había vuelto a ponerse seria⁠—. Yo no sé mucho de política, pero sé que lo dijo en sentido político. Y no lo dijo en un tono de «picarona, picarona»; el doctor Ley hablaba con total seriedad. ¡Imagínese que acabó hablando de las democracias! Dijo que su ideal de belleza femenina no tenía nada que ver con la camaradería y la maternidad. Que el ideal de las democracias son… ¡las prostitutas! Eso es bastante político, ¿no cree? Terminó diciendo que esa evolución del gusto alemán era «una de las obras maestras de la infección judía» que aún azota nuestra patria. Si eso no es político, señor Huber, no sé qué lo es.

El señor Huber se acercó a ella.

—¡Tonterías! —exclamó—. Todo eso es propaganda. No va dirigido al individuo, sino a la comunidad en general. Además, francamente, ese comentario sobre la «infección judía» es una estupidez absoluta. Y te lo dice alguien que no puede ver a los judíos.

Annie se puso colorada y le empezó a temblar el labio inferior.

—¡Por el amor de Dios! —exclamó el señor Huber⁠—. ¿Y ahora qué sucede?

Annie no respondió y trató de controlarse.

—Escucha —dijo el señor Huber, algo más calmado ⁠—. Nuestra economía de guerra y nuestros planes de autosuficiencia económica implican ciertas restricciones, eso es cierto. Pero todo ese rollo sobre la «infección judía» no es cierto… en este caso. Por mucho que quiera, no entiendo por qué una camarada y una madre no pueden ir medianamente bien vestidas sin que se las compare con una prostituta… ¡Annie! —⁠exclamó, y se le acercó tanto que la chica notó su aliento⁠—. ¡Quiero que lleves un vestido hermoso! Y quiero que seas una camarada y una madre… ¡Mi camarada y la madre de mis hijos, Annie! Tú lo sabes, ¿verdad? Quiero decir… ¿no sientes que…? —⁠Le costaba encontrar las palabras⁠—. Annie —⁠dijo dulcemente, poniéndose colorado⁠—. Annie, ¿quieres casarte conmigo?

La chica soltó un grito.

—¡No! ¡No! —exclamó abruptamente ⁠—. ¡Lo sabía! No, no puede ser, querido, no puede ser.

Se apartó de él de un salto y antes de que él pudiera detenerla, se marchó del despacho sollozando. El señor Huber se quedó de piedra, paralizado de ira e impotencia.

—Pero ¿qué…? —jadeó, y finalmente se sentó tras el escritorio, con la vista clavada en la mesa⁠—. Pero ¿qué mosca le ha picado?

Alguien llamó a la puerta, pero el señor Huber no lo oyó. Los golpes sonaron de nuevo y el señor Huber levantó la mirada. Iba a gritar que no quería ver a nadie, pero ya era demasiado tarde. La puerta se abrió y entró un hombre.

—Mi nombre es Schweiger —dijo—, Hannes Schweiger. Tengo una cita, usted me pidió que viniera a verle.

El señor Huber se encogió de hombros, con gesto cansino.

—No fui yo quien concertó la cita —⁠aclaró⁠—, sino mi secretaria. ¡Annie! —⁠gritó de pronto, olvidándose por completo de la presencia del señor Schweiger⁠—. ¡Annie! ¡Vuelve aquí!

Hannes Schweiger tragó saliva.

—Tengo que hablar con usted un momento —⁠dijo con la voz entrecortada⁠—. Por favor. Usted es uno de nuestros clientes más antiguos…

El señor Huber estaba al corriente de la visita y como Annie no regresaba, decidió zanjar personalmente el asunto con el señor Schweiger de una vez por todas.

—Ya lo sé —dijo—, le han cerrado la tienda. Pero ¿qué quiere que haga yo? No tengo ninguna influencia en ese departamento del gobierno. Además, no tengo ni idea de cuál es su línea de negocio.

—Señor Huber, yo soy un economista y un contable con experiencia —⁠suplicó Hannes Schweiger⁠—. Tengo mujer y tres hijos… No sé qué será de mí…

El señor Huber contempló largo rato aquellas facciones delicadas, aquel rostro moreno que se debatía entre el temor y la esperanza.

—Amigo mío —dijo—, sé a qué ha venido. Pero ni con la mejor de las voluntades puedo hacer algo por usted. Imagino que desea que le dé trabajo, pongamos que como contable, asesor financiero o algo así.

Schweiger asintió.

—Pero ¿no se da cuenta de que tengo más contables de los que puedo emplear —⁠siguió diciendo el señor Huber⁠— y que no oso despedir a ninguno? ¿No sabe acaso que mi único asesor financiero es el Estado y que me metería en un buen lío si prestara atención a los consejos que usted me daría? ¿No ve que todo lo que ha aprendido es irrelevante hoy en día? Señor mío —⁠añadió el señor Hubert, torciendo una sonrisa⁠—, todo lo que aprendimos cuando éramos jóvenes e inocentes anda patas arriba, ya no tiene ningún sentido.

Hannes Schweiger, que parecía haber perdido varios centímetros de golpe, murmuró:

—Lo siento, tenía que intentarlo. Verá usted, me habría gustado quedarme aquí en la ciudad, ejerciendo mi profesión.

—Hay otras profesiones que no están mal — ⁠respondió en un susurro el señor Huber⁠— y muchas ciudades donde uno puede vivir.

Pero Schweiger estaba como paralizado.

—Tenía que intentarlo —repitió. Y entonces, haciendo un gran esfuerzo, se marchó.

El señor Huber cruzó el despacho precipitadamente en dirección a la sala contigua, donde había varias chicas escribiendo a máquina. La cruzó también y entró en la recepción. Encontró a Annie acurrucada en un rincón, llorando.

—Annie —la llamó con voz temblorosa y ronca ⁠—. Pero… ¿qué sucede?

Casi arrastrándola, indiferente a las miradas de asombro del resto de muchachas, llevó a Annie de vuelta a su oficina.

—Siéntate —le ordenó el señor Huber ⁠—. Y mírame. Annie, te… te quiero.

Pero Annie no paraba de llorar.

—Annie —dijo el señor Huber con dulzura⁠—. Es increíble, no lo entiendo. Dime, ¿qué sucede? Tú sabes que te quiero, que te deseo… Anne, te lo preguntaré por última vez y no lo volveré a repetir: ¿quieres casarte conmigo o no?

Lo dijo con tal dureza que la pregunta sonó más bien como una amenaza. Annie finalmente apartó las manos de su rostro lloroso.

—No puede ser —dijo, tratando de que no le temblara la voz⁠—. Por favor, se lo pido, déjeme sola. No puede ser, ya se lo he dicho.

—Pero ¿por qué no?… ¿Es… por mí?

Pero la muchacha sacudió la cabeza.

—Entonces ¿por qué no? —preguntó el señor Huber, subiendo la voz⁠—. Vamos, Annie, dímelo. ¡Tengo que saberlo! ¡Tengo derecho a saberlo! ¡Quiero saberlo!

El señor Huber estaba casi fuera de sí. Amaba a aquella chica y ella había dado muestras de que, cuando menos, él le gustaba. ¿Era por otro hombre? No, eso era imposible, estaba seguro; conocía a Annie desde hacía años y ni una sola vez la había visto con otro hombre. Entonces ¿había perdido el juicio? Él la amaba y podía darle tanto…

Tras su arrebato se produjo un instante de silencio. Entonces, como si estuviera pronunciando su propia sentencia de muerte, Annie dijo:

—Soy medio judía.

Herr Huber retrocedió involuntariamente.

—¡Oh, Dios mío!

Y a continuación se lo contó todo: el padre de Annie era un ario puro, un

oficial que se había retirado y jubilado antes de las leyes de Núremberg[1] y antes de que se conociera su vergonzoso matrimonio judío. Gracias a ello, Annie había podido mantener aquella desgracia inconfesable en secreto. Pero en cada ocasión que a aquella muchacha hermosa y capaz se le abría una nueva oportunidad, temblaba solo de pensar que alguien pudiera revisar sus archivos.

El señor Huber, que se había quedado sin aliento del susto, se acordó de cuando había querido nombrar a Annie directora de oficinas y ella había rechazado la propuesta.

—Eres demasiado buena para trabajar como mecanógrafa — ⁠le había dicho⁠—. Te voy a promover, vas a hacer carrera.

También entonces Annie se había echado a llorar y había dicho:

—No, no, no puedo.

En aquel momento había interpretado que prefería quedarse como taquígrafa y estar cerca de él que emprender una «carrera» que la habría apartado de él. Lo había tomado como una prueba de su amor y lo había recordado largo tiempo. ¡Y ahora le contaba aquello! ¡La imposibilidad definitiva, el desastre irreparable!

—No se lo cuentes a nadie, Alfred —⁠le dijo y por primera vez, ahora que todo había terminado y que el matrimonio había quedado descartado, le habló de tú⁠—. Quiero seguir trabajando aquí hasta que pueda. No será demasiado; antes o después saldrá a la luz y entonces no sé lo que voy a hacer. Pero una cosa es segura: no puedo vivir del modo que se obliga a los judíos.

Herr Huber asintió con un gesto tranquilizador. Incluso en aquel momento estaba tentado de tomarla en sus brazos y decirle que no le importaba la raza de su madre. Pero el señor Huber era el amo de una fábrica y era muy consciente de sus responsabilidades. De ninguna forma podía dejarlo todo por una chica que lo había estado engañando durante tantos años. Le pasó la mano por el pelo, carraspeó y dijo:

—De acuerdo, no diré nada; pero tendrías que habérmelo contado antes.

Deprimido y abatido, el señor Huber entró en el pequeño restaurante de la Glockenstrasse donde iba a comer siempre. La comida era regular, eso ya lo sabía; sin embargo, el propietario tenía una receta propia que bien valía la visita: de algún modo, había logrado producir una especie de nata montada artificial. Naturalmente, tanto para él como para cualquier otra persona, era imposible conseguir nata de verdad en la ciudad; estaba prohibida en Alemania y no se encontraba en ninguna parte, pero el dueño de aquel restaurante había logrado producir (el señor Huber no sabía cómo, ni era su problema) nata artificial, y el empresario acudía allí a diario.

Ni siquiera aquel día, después de todo lo sucedido, fue capaz de reprimir la emoción que sentía cada vez que pensaba que iba a comer nata montada. «No creo que tengan ternera asada —⁠se dijo⁠—, pero por lo menos siempre hay nata montada». Entonces, de repente, pensó en Annie y en las peligrosas complicaciones que podían derivarse de aquella situación, pero no estaba dispuesto a dejar que aquello le arruinara el apetito. Además, ahora que reflexionaba sobre el asunto con el estómago vacío se dio cuenta de que había cometido un error garrafal. ¿Qué demonios le había dado para arremeter de aquella forma contra la muchacha? Además, ¡debería haberse dado cuenta de que tenía el pelo demasiado rizado para ser una aria!

Al entrar en el restaurante, se le acercó la camarera con expresión llorosa.

—¡Se lo han llevado! —exclamó—. ¡Han arrestado al señor Schindhuber! Los otros fondistas lo han denunciado, tenían envidia de que supiera preparar ese tipo de nata. Ahora deberá presentarse ante el juez y explicarlo todo, pero hasta entonces debe permanecer en la cárcel a pesar de su inocencia.

El señor Huber sacudió la cabeza.

—Mal asunto —dijo—. ¿De veras es inocente? La nata sabía de lo más auténtica…

—Pues claro que es inocente — ⁠respondió la camarera⁠—. La conseguía mezclando margarina, clara de huevo de pato, aceite de hígado de bacalao, azúcar y unas gotitas de…

—¡Puaj! —se estremeció el señor Huber ⁠—. Me pongo malo solo de pensar la de veces que tomé «nata» en este restaurante.

Se sentó y leyó malhumorado la carta.

—¿Cómo? ¿De nuevo no tienen carne de ternera? —⁠preguntó.

La camarera le dio la respuesta de manual: en los últimos años se había comido demasiada carne; sin embargo, con el «relanzamiento económico» la economía nacional experimentaría una gran mejoría y habría carne en cantidad para todos.

—Pues qué bien —respondió el señor Huber⁠—. En ese caso, tráigame el plato del día y el Frankfurter Zeitung.

Mientras engullía el soufflé de pasta negruzco acompañado de cuatro trozos escuálidos de carne de carnero, leyó su periódico favorito. «De hecho, la libertad de los empresarios se ha visto ya muy reducida en muchos sentidos, desde el suministro de mercancías hasta la compra de materias primas, pasando por la construcción y la ampliación de las instalaciones, la fijación de los precios o la contratación de personal. El peligro es que el incremento de las medidas dirigistas por parte del Estado en todos los ámbitos de la economía sea visto de antemano como un síntoma de burocratización».

—Actuaciones auxiliares, como si se tratara de centros de primer auxilio… muy bien, hombre —⁠murmuró el señor Huber sin levantar la cabeza del plato⁠—. Fantástico.

Se acordó de que había pasado varios meses esperando la llegada de una materia prima que necesitaba para satisfacer los pedidos que le había realizado el gobierno. La fábrica había estado prácticamente parada durante meses. Y entonces, cuando el material ya estaba a punto de llegar y él no quería otra cosa que ponerse a producir a toda marcha, le habían arrebatado a un tercio de la plantilla por orden oficial. Los trabajadores, operarios metalúrgicos calificados, eran requeridos para otra «industria de interés bélico».

El señor Huber sabía perfectamente de qué «industria de interés bélico» se trataba, la única que era más importante que la suya. Estaban mandando a cientos de miles de operarios a la Línea Sigfrido, donde realizaban sencillas labores de movimiento de terrenos. Aquella nueva disposición se había encontrado con una oleada de oposición. Los trabajadores partían de la estación central, pero las escenas que allí se producían eran bastante desagradables. Las esposas lloraban y chillaban al verse separadas de sus maridos sin saber si regresarían. Los propios trabajadores soltaban maldiciones e improperios como si los estuvieran mandando al exilio. En uno de aquellos viajes, los pasajeros habían tirado del freno de emergencia cuatro veces antes de que el tren abandonara la ciudad. En cuatro ocasiones el tren se había detenido ruidosamente al tiempo que los vagones chocaban entre sí, y se rumoreaba que había habido un accidente. Finalmente, las autoridades decidieron poner remedio al asunto y reabrieron la vieja estación, en desuso desde hacía años, para el transporte de los trabajadores. Al mismo tiempo se publicó un decreto que dictaba que nadie, ni esposas, ni hijos, ni hermanos, podía acudir a despedir a los trabajadores. A partir de aquel momento, las deportaciones tuvieron lugar en secreto y al cobijo de la noche.

Pero las quejas llegaban también del [2] Arbeitsfront. El salario por hora era de entre veinte y setenta pfennigs. Los trabajadores calificados, acostumbrados a cobrar hasta diez marcos por una jornada de ocho horas, se veían ahora obligados a pasarse hasta catorce horas al día dándole al pico y la pala para, además, cobrar mucho menos de lo que les pagaban en las fábricas. Teóricamente, las oficinas de trabajo locales debían abonar las diferencias de salario a las familias de los trabajadores; pero, los pagos no llegaban y las esposas acudían en vano de un funcionario a otro, cada vez de peor humor.

La política gubernamental no solo provocaba nuevos problemas a los fabricantes, sino que también se estaba entrometiendo en el mercado. La oficina del comisario del Reich para fijar los precios gozaba de amplios poderes para determinar los precios «sobre la base de una economía nacional justa». Se había eliminado el último vestigio de los principios económicos liberales, el que dicta que la estructura de los precios vendrá determinada por la oferta y la demanda; el comisario del Reich para fijar los precios se había convertido en un dictador de los precios. Poco antes había hecho público el siguiente decreto: «A partir de este momento, los precios se calcularán en función al salario establecido, y donde no esté implantado dicho salario, se regirán por el salario medio, que se basa en la economía nacional regulada… El consejo de confianza determinará los precios máximos. Los gastos en previsión social para los trabajadores solo se podrán traducir a los precios en la medida en que se encuentren entre los parámetros previstos. Las contribuciones sociales voluntarias no se pueden tener en cuenta a tal efecto si son parte habitual de un determinado negocio… Las reducciones de precios contempladas en el presente decreto se aplicarán inmediatamente en todas las fábricas».

El señor Huber soltó un largo suspiro al pensar en esa nueva «intervención» del gobierno y en las consecuencias que acarrearía. «He subido los salarios para conseguir el número necesario de trabajadores —⁠se dijo⁠—, y por eso ahora mis “precios” no se ajustan a los salarios establecidos. Además, mis “contribuciones sociales voluntarias para los trabajadores” superan con diferencia las cantidades prescritas. Y no soy yo el único; en la fábrica Siemens-Schuckert, por ejemplo, las contribuciones sociales ordinarias ascendieron a 11,6 millones de marcos el año pasado. Sin embargo, al mismo tiempo pagaron 14,2 millones de marcos para mejoras sociales voluntarias (que, en realidad, no eran tan “voluntarias”). Los salarios bajos, la escasez de alimentos y las cargas tributarias amenazan y fatigan a los trabajadores. Además, deben asumir los costes de pensión y el seguro médico para aquellas enfermedades que no “acepta” el médico de empresa, que suele negarse a reconocer las enfermedades más serias. Pero ¿cómo vamos a conseguir un incremento constante de la producción con una plantilla mal alimentada y sobreexplotada, que siempre está de mal humor y predispuesta al sabotaje? ¿Y cómo vamos a satisfacerlos, cómo vamos a introducir mejoras sociales si no se nos permite trasladar los costes de esas mejoras a los precios? En realidad, pronto nos quedaremos sin trabajadores si no podemos ofrecer salarios más elevados que las tarifas de vergüenza que establecen las leyes. Y sí, pueden obligar a los trabajadores a acudir a la fábrica aduciendo una situación de emergencia nacional, pero ¿cómo van a obligarles a trabajar?

»¡Todo es una trampa! El gobierno no quiere que alteremos nuestros planes de inversión; las inversiones deben continuar por el bien del programa de rearme y por la crisis que desencadenaría la suspensión de dichas inversiones. Pero, al mismo tiempo, el gobierno pretende provocar una reducción drástica de gastos mediante un método indirecto como el recorte de precios. Quieren controlar una inflación que cada mes que pasa resulta más evidente. Este año hay el doble de dinero en circulación que en 1936 y, al mismo tiempo, la cantidad de productos en el mercado se ha reducido y su calidad ha empeorado. Si eso no es inflación, ¿qué es entonces? Y todo eso sin contar los nuevos cupones de impuestos, que circulan como moneda de curso y representan cientos de millones de marcos.

»Al final, ¿quién se beneficia de nuestra economía de guerra?». Alfred Huber rememoró los tiempos en que los nacionalsocialistas se presentaban como el baluarte de la salvación de los industriales. «¡Pues no somos nosotros, los fabricantes, quienes se benefician! Y, desde luego, el pueblo tampoco: ni los trabajadores, ni los agricultores, ni mucho menos una clase media que estamos intentando destruir. El sistema no beneficia a nadie y hace sufrir a todos, con excepción tal vez de quienes viven en y por el poder, y cuya mayor felicidad consiste en su ejercicio sin control ni restricciones. Este sistema conduce al bolchevismo en su peor forma. Es una vergüenza, una auténtica vergüenza. Pero ¿qué podemos hacer?».

Hacía un buen rato que no pensaba en Annie. Había logrado quitársela de la cabeza durante veinte minutos, pero de pronto volvió a acordarse de ella. Vio sus hermosos ojos gris verdoso, su cabello rubio ceniza y aquellos labios curvados que tanto habían temblado hacía un instante. ¿Cómo? ¿Hacía tan solo un instante?

—Me pregunto si estaré corriendo un riesgo dejando que conserve el trabajo —⁠se dijo⁠—. Por supuesto que estoy corriendo un riesgo ahora que sé que es medio judía. Tendré que despedirla —⁠decidió⁠—. No la denunciaré, pero tendrá que irse. Pobrecilla, me sabe mal… pero hoy en día un hombre tiene que pensar en sí mismo.

Se preguntó si, tras el despido, tendría que vivir como vivían todos los judíos. «No podrá ir al teatro ni al cine, ni la dejarán sentarse en los bancos del parque. ¿O acaso los medio judíos tienen permitido sentarse en los bancos públicos? No lo sé. Sé que no les está permitido a los judíos y la madre de Annie es judía».

Sintió un escalofrío recorriéndole la piel, como un niño al que le cuentan que una de sus tías es una bruja de verdad. De repente el señor Huber se acordó de Hannes Schweiger, que había visto cómo le cerraban la tienda y al que iban a mandar a quién sabe dónde a hacer un trabajo para el que no estaba preparado. «Y él no es judío —⁠pensó el señor Huber⁠—; tiene tan poco de judio como el señor Schindhuber, el propietario del restaurante al que han arrestado, o como yo mismo. Y se supone que yo vivo bien. Personalmente no tengo nada, absolutamente nada de qué quejarme. Es más, pienso encargarme de que siga siendo así. ¡Sí señor! ¡Voy a tener mucho cuidado, a partir de ahora voy a vigilar mis pasos! Tenlo presente —⁠se dijo Albert Hubert⁠—. No cometas ninguna locura, no te precipites».

La semana siguiente (eso era seguro) viajaría a Holanda, donde conseguiría unos pedidos que le costaría trabajo satisfacer. Los retrasos en la entrega provocarían más de una situación desagradable y entonces, cuando finalmente hubiera despachado los pedidos, comenzarían los verdaderos problemas y vejaciones por culpa de la mala calidad de los materiales.

«Sea como sea, voy a comer nata montada, montones de nata montada —⁠se prometió el fabricante, y se relamió los labios⁠—. Y me encargaré de que mis colegas holandeses se enteren lo mínimo posible de las dificultades en las que nos vemos obligados a desempeñar nuestro trabajo. En primer lugar, porque si supieran demasiado, dejarían de realizar pedidos y, en segundo lugar, porque no soy imbécil; la cárcel no me atrae, y menos aún el campo de concentración. Y allí es donde terminaré si hablo más de la cuenta en el extranjero».

Ese es el panorama que se dibuja en la mente del fabricante Huber: un panorama triste y sumamente confuso en el que las ideas decentes se alternan con reflexiones «prudentes» y «de sentido común»; el miedo y la amargura se combinaban con la lealtad y un «patriotismo» que solo conocía una divisa: «¡Sigan el juego!».

El señor Huber, el fabricante, era el ciudadano típico de nuestra ciudad. Los otros también se sentían como él, desdichados y confundidos, «víctimas de las circunstancias». Es el destino, pensaban, nuestro destino, el destino de Alemania. Y solo en raros momentos de lucidez se formulaban la pregunta de cuya respuesta dependía todo. ¿Por qué? —⁠se preguntaban en esos momentos⁠—, ¿por qué seguimos con obediencia ciega un destino llamado Adolf Hitler? ¿Por qué obedecemos?

Pero como no obtenían respuesta, continuaban (de momento) obedeciendo.