Cuando las luces se apagan

Erika Mann · Capítulo 10 de 16

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Cuando las luces se apagan

IX Órdenes del médico

IX

 

Órdenes del médico

 

El famoso hospital de nuestra ciudad aún se mostraba a los extranjeros como un ejemplo excepcional del alto nivel de la ciencia en Alemania. Tenía un moderno quirófano, amplio y pulcro. Todo el instrumental parecía estar hecho de acero y cristal; brillaba con la armonía de los objetos perfectamente diseñados para desempeñar específicamente su objetivo.

 

El hospital local de la Goetheplatz había pertenecido hasta hacía poco a una orden religiosa católica. Las hermanas que lo administraban tenían no solo una sólida formación médica, sino que también poseían un agudo sentido de la belleza y la importancia de la profesión a la que se dedicaban. Eran de espíritu dulce y jovial, y vivían fuera del alcance del mundo que había al otro lado de los muros del hospital. Ni la ambición, ni la sed de ganancias, ni ningún interés egoísta perturbaban la pureza de sus relaciones con los enfermos que habían sido confiados a su cuidado. Y si bien había quienes opinaban que el paso suave y la inalterable, la imperturbable tranquilidad espiritual de las hermanas resultaba poco creíble y natural, no tenían más remedio que admitir que los enfermos no podían tener cuidadoras mejores y más útiles que los miembros de aquella orden religiosa católica.

En mayo de 1938, el gobierno de Adolf Hitler decidió «reemplazar» el personal del hospital de nuestra ciudad. «Las piadosas hermanas», declaraba un día tras otro el Führer a través del Anzeiger, estaban completa y profundamente corrompidas. No solo habían sacado oro del país a escondidas, no solo habían mantenido relaciones indecentes con el médico jefe (un católico de casi setenta años que era sospechoso de tener inclinaciones monárquicas), sino que también tenían por lo menos un asesinato sobre su conciencia (un importante oficial del partido había muerto en nuestro hospital el invierno anterior tras ser operado de cáncer). En pocas palabras, había que actuar con contundencia. El doctor jefe huyó, las hermanas se mudaron fuera de la ciudad y la orden religiosa no recibió ningún tipo de compensación por las pérdidas económicas que les suponía la expropiación. Dos o tres de las hermanas lograron huir al extranjero. Otras fueron arrestadas y esperaron en vano a que las llevaran a juicio. El «material» del que disponía el fiscal era tan escaso y estaba tan plagado de mentiras o de testimonios de niños, idiotas y soplones, que las autoridades no quisieron arriesgarse a un proceso convencional. El profesor de derecho criminal de nuestra universidad, el doctor Habermann, había desaconsejado el juicio con vehemencia, y las autoridades habían tenido el sentido común de escucharlo. Sin embargo, eso no les había impedido relevar al doctor Habermann de su puesto el semestre siguiente y cerrar su facultad «hasta próximo aviso». Sabían que habría sido difícil convencer a los alumnos de Habermann de que asistieran a las clases de un profesor nuevo, nazi al cien por cien.

El puesto del doctor jefe se lo ofrecieron al consejero privado doctor Scherbach. Este gran cirujano gozaba de reputación mundial y podría haber logrado un puesto de prestigio en París, Nueva York, Tokio o Buenos Aires, pero prefirió quedarse en Alemania. Cuando le llegó la invitación dudó un instante, pero, finalmente, tal vez porque debajo de su dureza superficial le corría una vena sentimental, terminó cediendo. Así, en el sexto año de gobierno de Hitler, aceptó el nombramiento en la ciudad que lo había visto nacer y crecer.

Físicamente, el profesor Scherbach era un hombre común de mediana edad, de altura y aspecto corrientes. Un mechón de pelo rubio le caía sobre la frente, ancha e inteligente. Sus ojos, probablemente de color azul, se escondían tras unas gafas de grosor triple. Tenía la boca ancha, llena y deseosa de vida. Era de complexión robusta y sus manos, fuertes y toscas, eran las cuidadas manos de un cirujano, y podrían haber sido tan tiernas como las de una mujer. Aparte de su profesión, el doctor tenía dos grandes pasiones: la música y la escultura. No tenía el menor interés en política, aunque el ejercicio de su profesión debió de ponerle en contacto con todo tipo de problemas sociales. Hacía bien su trabajo, extraordinariamente bien, y era un jefe dominante pero alegre. Nunca se había casado, tal vez por su aversión a las obligaciones sociales. A pesar de los muchos años de servicio profesional en diversas ciudades alemanas, conservaba un fuerte vínculo con su ciudad natal, donde había oído los primeros conciertos y había visitado por primera vez una galería de arte.

Con la llegada de Hitler al poder, Scherbach rechazó la idea de que algo había cambiado en Alemania.

—¡Quiá! —gruñía—. Un club de bolos ha cambiado de presidente, eso es todo.

Entonces el gobierno obligó a todos los médicos judíos a abandonar sus puestos. Scherbach, que tenía en gran estima a su asistente judío, protestó. Sin embargo, no protestó demasiado alto y fue lo bastante inteligente (o posiblemente lo bastante discreto) como para no presentar ninguna objeción de principios. Simplemente dejó que las autoridades supieran que él, el consejero privado doctor Scherbach, personalmente, no podía prescindir de los servicios de su joven ayudante y que debería renunciar a sus diversos puestos si se veía privado del doctor Schlesinger. El gobierno cedió. Scherbach, consideraron, era un hombre demasiado importante, demasiado distinguido (un ejemplo demasiado brillante del conquistador ario) como para perderle por un asunto tan trivial. No fue hasta al cabo de cinco años, cuando el mundo parecía ya acostumbrado a los métodos del tercer Reich, cuando se aprovechó el nombramiento del doctor Scherbach como médico en nuestra ciudad para apartar a su asistente personal y reemplazarlo por «un viejo veterano del movimiento», un hombre que respondía al nombre de doctor Killinger.

Vale la pena prestar atención al desarrollo que la carrera del profesor Scherbach (aquel hombre de gran talento y típico carácter alemán) había experimentado durante esos años. En apariencia, su vida no se había visto en absoluto afectada por lo que sucedía en el mundo. Las clases que impartía dos veces por semana en la facultad de medicina de la Universidad de Berlín (especializadas, por supuesto, en la ciencia y la práctica de la cirugía) sufrieron pocos cambios. Era cierto que los nuevos libros de texto que le llegaron contenían estúpidas referencias a la raza y la sangre, pero el famoso especialista tenía la sensación de que no debía prestar demasiada atención a esas cosas. A veces incluso se había permitido alguna broma al respecto, como cuando les había dicho a sus alumnos:

—Y si la herida no sangra, caballeros, la salud del paciente corre peligro, independientemente de que la sangre que no mana sea sangre aria o no aria. ¡Tomen buena nota de ello!

Sin embargo, las bromas terminaron de forma abrupta el día en que uno de los estudiantes se puso en pie durante una de las clases de Scherbach y gritó con insolencia:

—Profesor, en nombre de la asociación de estudiantes nacionalsocialistas, me niego a escuchar esos vulgares chistes sobre lo que es la más sagrada posesión de nuestra nación.

Scherbach se ruborizó como un colegial y se quedó callado. En la sala de la facultad, durante el intermedio, se había mostrado también extrañamente taciturno. Meses más tarde, cuando el mismo joven se presentó a examen, el profesor Scherbach le dio una nota mucho más alta de la que merecía, aunque no habría sabido explicar por qué.

Pero a veces (y últimamente le sucedía bastante a menudo), tenía la sensación de que, de alguna forma, estaba sucio; tenía las manos pegajosas, no lo bastante esterilizadas. Sin saber muy bien cómo, se había dejado arrastrar por el juego de los nazis. ¿Acaso había subestimado la revolución? ¿Se la había tomado menos en serio de lo que debía? ¿O simplemente el distinguido profesor había creído imposible que pudiera tener un efecto tan destructivo en su esfera vital más íntima? Seguramente se tratara de esto último.

La situación, de hecho, era más o menos la siguiente: Scherbach tenía talento, era inteligente y muy educado. No solo era un maestro en su especialidad (probablemente sin parangón en toda Alemania), sino que tampoco era un ignorante en general y estaba sumamente informado en asuntos que eran un misterio para la mayoría de cirujanos. Sus conocimientos de música eran profundos y auténticos y tenía una perspectiva de los secretos del arte plástico mucho más profunda que la de muchos artistas. Pero, y ese era el factor decisivo de su vida, consideraba correcto e indicado establecer una división clara e incluso violenta entre las diversas esferas de interés que había desarrollado.

«¿Qué tiene el arte que ver con la cirugía? — ⁠se preguntaba⁠—. ¿Y qué demonios me importa a mí que el nuevo gobierno haya proclamado una nueva filosofía de vida? Yo voy a seguir con la mía. No tengo intención de molestar al gobierno y estoy convencido de que el gobierno no me va a molestar a mí». Tuvo que pasar bastante tiempo antes de que el profesor admitiera para sus adentros que la vida en Alemania se había echado totalmente a perder con la deificación del «estado totalitario».

Pues muy bien; al profesor no le interesaba en absoluto «la vida en su totalidad» en tanto que las vidas que se vieran afectadas fueran las de los demás. La persecución de judíos y católicos, la persecución de oponentes políticos, la corrupción de la juventud, la política exterior criminal ordenada por el jefe de Estado… nada de eso lograba perturbar la paz de espíritu de aquel cirujano brillante y trabajador. Con su éxito y su riqueza podía permitirse el lujo de mostrarse cínico ante el sufrimiento y la locura de los demás. Pero cuando fueron sus propios intereses y sus asuntos personales y privados los que sufrieron las agresiones y se convirtieron en el objeto de la más asquerosa de las interferencias estatales, vivió momentos infelices, momentos en los que lamentó amargamente no haber sabido reaccionar inmediatamente, adoptar la actitud apropiada a su debido momento. «¡Lo que podríamos haber hecho, al principio! —⁠pensó⁠—. ¡Si nosotros, los científicos alemanes, nos hubiéramos unido y hubiéramos protestado! Estoy seguro de que habríamos logrado algo con nuestra protesta. Yo podría haber sido el líder de ese movimiento de protesta, y si en un primer momento hubiera fracasado en Alemania, por lo menos habría disparado las alarmas en el resto del mundo. Y nuestra ciencia, por lo menos, seguiría fuera del alcance de esa monstruosidad a la que llaman el estado totalitario».

Era una nueva forma de pensar que la vida le había obligado a adoptar. Por primera vez se vio enfrentado a aquel concepto colectivo: «nosotros». ¿Alguna vez había utilizado algún pronombre que no fuera «yo», y luego «yo», y al final también «yo»? Sus pensamientos comenzaron a fluir demasiado tarde. «Mi diagnóstico llega demasiado tarde. Bueno, al fin y al cabo soy cirujano; la medicina interna no es mi especialidad. Otros deberían haber hecho el diagnóstico cuando aún tenía validez». El profesor intentó aplacar sus ánimos con esas analogías extraídas de su entorno científico. Deberían haberlo hecho otros, fue su conclusión. «¿Por qué iba a preocuparme precisamente yo, el gran Scherbach, que aún puedo salir más o menos adelante?».

Pero, por desgracia, al poco tiempo quedó bien claro que ni siquiera él, «el gran Scherbach», iba a poder seguir su camino en el tercer Reich sin ser molestado. No solo eso, sino que las molestias no se limitaron a las interferencias estatales en aspectos teóricos de las cosas, que los poderes dominantes calificaban de ideológicos o filosóficos. Comenzó a sufrir intrusiones serias en asuntos prácticos. Jamás el profesor había creído posible que un doctor, o un cirujano, se viera atacado de forma tan intolerablemente desagradable por culpa de cuestiones políticas que «no eran asunto suyo».

Cuando nuestra ciudad le ofreció al profesor Scherbach el puesto de cirujano jefe en el hospital local, este desconocía cuáles eran los verdaderos motivos que se escondían tras el nombramiento. Lo único que se le comunicó fue que el titular anterior era ya demasiado viejo para el puesto y que nuestra ciudad, orgullosa de su hijo, le quería de vuelta a casa. Por ello, Scherbach se quedó estupefacto al comprobar que las hermanas católicas, que él conocía y consideraba «profesionales de primera», habían sido sustituidas por la

«hermandad marrón»[1], la organización de enfermeras nacionalsocialistas, que consideraba que una rígida ortodoxia nazi era mucho más importante que las capacidades profesionales. Por lo general, las «hermanas marrones» eran muchachas rellenitas y ruidosas que no sabían cerrar una puerta sin hacer estruendo, no digamos ya cambiar un vendaje tal como quería el doctor. Cuando un paciente tenía dolor, o se mostraba nervioso o impaciente, las hermanas marrones le decían que al Führer no le gustaban los llorones, y que si el paciente quería llegar a algo cuando saliera de allí, más le convenía dejar inmediatamente de gemir y de quejarse. Donde las hermanas católicas habían intentado consolar a los enfermos citando el ejemplo de Jesús, las hermanas marrones se referían al Führer en tono amenazante. Encima, el profesor Scherbach constató, furioso, que ni siquiera eran suficientes: donde antes había habido una hermana católica por cada cuatro o cinco camas, ahora cada hermana marrón tenía que hacerse cargo de entre seis y ocho camas.

—Y eso es un escándalo —le dijo el profesor Scherbach a nuestro alcalde. Este asintió con tristeza y prometió que se ocuparía de que la situación mejorase, pero pronto quedó claro que no estaba en condición de cumplir con su promesa.

El nivel de los subordinados médicos y de los internos era igualmente «escandaloso», tal como Scherbach afirmaba a menudo. Los resultados devastadores de la intrusión política en todas las esferas de la vida en Alemania resultaban evidentes en la preparación de los estudiantes de medicina. En algunos distritos alemanes, por ejemplo en Württemberg, había una nueva ley según la cual solo serían admitidos en los exámenes de acceso a la universidad aquellos alumnos que, al terminar el instituto, pudieran presentar el certificado deportivo de las tropas de asalto. Sin embargo, los jóvenes debían dedicar todo su tiempo y energía a la obtención de dicho certificado deportivo, por lo que era impensable que cualquier alumno que hubiera logrado esa distinción, hubiera recibido también una preparación científica sólida. Basándose en eso, hacía poco se había establecido por ley que el «ejercicio físico» sería una «asignatura» de suprema importancia en los exámenes. Si Scherbach hubiera seguido la prensa diaria con algo más de atención, habría sabido que un estudiante cuyos logros académicos le habían merecido un «aprobado», recibía automáticamente un «bien» si había destacado en el «ejercicio físico». El problema se discutía una columna tras otra: ¿Cómo era posible que estudiantes ignorantes y vagos que, sin embargo, eran buenos gimnastas accedieran al mundo profesional con unas calificaciones académicas excelentes?

Los estudiantes que ingresaban en las escuelas de medicina eran, por lo general, un hatajo de ignorantes, que no estaban acostumbrados a pensar. Si las facultades universitarias hubieran tenido la oportunidad y el permiso para filtrar a sus candidatos, tal vez habrían podido relativizar el daño; pero nunca se les concedió ese permiso. Los nuevos gobernantes alemanes redujeron en dos años la carrera de medicina. Las facultades de medicina, que incluso antes de esa reducción se habían preguntado, en vano, cómo se suponía que debían meter en el cerebro de aquellos jóvenes poco preparados todo lo que había que enseñarles, se llevaron las manos a la cabeza con la nueva norma.

—No es culpa mía —decía el profesor Scherbach⁠— si sueltan a mis estudiantes sobre una humanidad indefensa cuando aún son unos carniceros incompetentes, homicidas y peligrosos. Yo no puedo hacer nada al respecto.

Pero aún peor que la drástica amputación del período de formación de los estudiantes de medicina era el nuevo estatus de que gozaban curanderos y sanadores naturales, que los equiparaba con los doctores cualificados. La ley decía que «quienes sientan en su interior la llamada de la medicina natural, quedarán exentos de educación superior y de cualquier tipo de examen».

El profesor Scherbach, naturalmente, se negaba a aceptar curanderos en su plantilla. Sin embargo, cada vez eran más los casos de personas que ingresaban en nuestro hospital tras pasar por las manos de uno de esos curanderos: casos de envenenamiento incurable o de miembros mal colocados. Y nadie en Alemania tenía el poder suficiente para protestar de forma efectiva contra el peligro que suponía esa práctica. Por cada cuatro licenciados en medicina (muchos de los cuales estaban bastante mal preparados) había un sanador natural que ni siquiera fingía haber recibido formación alguna.

Y por si eso no bastara para convertir la práctica de la medicina en Alemania en un siniestro negocio, se aprobó un nuevo decreto que prohibía a los pacientes cambiar de médico de cabecera más de una vez al año. Aunque el médico de cabecera practicara la medicina natural, hubiera demostrado ser un fracaso absoluto, hubiera diagnosticado cáncer en lugar de gripe y gripe en lugar de fiebre tifoidea, el paciente tenía prohibido despedirlo y buscarse un médico diferente y menos peligroso.

Los efectos desastrosos de la nueva política gubernamental sobre sanidad pública y sobre las posibilidades de devolverla siquiera a su nivel de antaño habían minado la alegría natural del profesor Scherbach.

—No tiene ningún sentido —dijo en voz alta una noche, mientras pasaba revista al trabajo del día ante una botella de vino⁠—. No tiene absolutamente ningún sentido seguir adelante, no sirve de nada.

Sus ojos se posaron en un llamamiento publicado por el líder del sindicato unificado, el doctor Ley, y en el que se insistía que «es la obligación suprema de todos los miembros de nuestro pueblo mantenerse sanos». A Scherbach le entró un ataque de risa.

—¡Pues los miembros de nuestro pueblo se niegan a cumplir con su obligación! —⁠se rio⁠—. ¡Se niegan rotundamente a mantenerse sanos!

Además, parecía que precisamente los «miembros del pueblo» que vivían bajo la dirección del doctor Ley eran los más negligentes con su obligación. Las estadísticas de las empresas de seguros laborales mostraban que, entre 1933 y 1936, el número de casos de enfermedad entre los trabajadores había aumentado un 20,3 por ciento. Sin embargo, y lejos de descender, desde 1936 los casos habían experimentado otro incremento del 12,9 por ciento. La oficina de estadística no podía negar los hechos. «La incapacitación de trabajadores por causa de enfermedad ha alcanzado tales proporciones que representa la retirada permanente de 700 000 trabajadores de la industria». El profesor estaba al corriente de todo ello; de repente sabía todas esas cosas, él, que en otra época había sido tan indiferente a todo lo relacionado con los temas sociales. De pronto, sin embargo, todos aquellos asuntos se abrían paso hasta su trabajo y hasta su ser más íntimo. En el hospital no había sitio para todos los pacientes que necesitaban ser ingresados. Solo los casos de accidente, que entre 1935 y 1937 habían experimentado un incremento de 450 000 casos en todo el país, suponían una carga insoportable para el hospital. Un aumento forzado de la velocidad de trabajo, trabajadores poco formados y mal alimentados, protección inadecuada… esos eran los factores que explicaban el aumento.

—¡Pero aun así sigue siendo un escándalo! — ⁠exclamó Scherbach, que tuvo que decirle a un paciente que se había quemado ambas manos que volviera a su casa y que acudiera a diario al hospital a recibir tratamiento, pues no disponían de espacio para él.

—No le hará ningún daño —dijo su asistente, el doctor Killinger ⁠—. De todos modos, sospecho que se ha quemado aposta para poder venir aquí.

Al oír eso, Scherbach se puso morado de cólera.

—Por supuesto que le hará daño… ¡so burro! — ⁠bramó⁠—. Naturalmente que le va a hacer daño, ¡en ciertas circunstancias incluso puede provocarle la muerte! El hombre tiene la fiebre muy alta, no debería siquiera andar por la calle. Yo ni siquiera le permitiría entrar en el quirófano. Si tuviéramos una habitación libre le haría guardar cama y que le cambiaran los vendajes allí. Pero, en cambio, tiene que salir de la cama y venir hasta aquí en un trolebús hasta los topes. Si en su estado no sufre una infección séptica, tendremos más suerte que cerebro. ¡Y dice que «no le hará ningún daño»! ¡Burro, más que burro!

Al parecer no se le ocurría ningún otro epíteto para describir al jovial Killinger, que dejó que le cayera la caballería encima sin abrir la boca. «Ya se lo haré pagar con creces —⁠pensaba el joven, seguro de la victoria final⁠—. Le daré una lección a la primera oportunidad».

Pero por extraño que parezca, al doctor Killinger nunca se le presentó la oportunidad de pasar cuentas con su superior. La gran carencia de personal médico hacía que el gobierno se abstuviera de actuar contra los pocos hombres capaces que tenía a su disposición. La incidencia de enfermedades no paraba de aumentar en todo el país y, paralelamente a ese incremento, se producía una disminución constante de médicos capaces. El Schwarze Korps publicaba algo respecto del deterioro de la sanidad pública en casi cada edición: «Acuda al médico a tiempo», ordenaba un editorial con un titular gigante. «Según muestran las estadísticas de enfermedades venéreas —⁠seguía diciendo el texto⁠—, es un hecho tristemente innegable que el 75 por ciento de todos los varones alemanes sufren o han sufrido alguna vez una enfermedad de ese tipo… Científicos de renombre han calculado que, por culpa de ello, solamente dentro del viejo Reich perdemos unos dos millones de nacimientos al año». Y en un artículo sobre «el incremento programático de la tasa de natalidad, para el cual este hecho supone una seria amenaza», el Schwarze Korps exigía la introducción de un «carné sanitario policial» que en adelante todo alemán debería llevar consigo y mostrar cuando así se le solicitara, y que hasta ahora solo se les exigía en Alemania a las prostitutas registradas. Este carné indicaría las enfermedades venéreas que hubiera sufrido o sufriera el titular; asimismo, el titular tendría la obligación de mantenerlo al día y no se le permitiría ningún tipo de «acto sexual» sin previa comprobación de los registros de sífilis de la pareja deseada.

Sin embargo, no fueron solo las enfermedades venéreas y ocupacionales y los accidentes los que registraron un incremento tremendo en aquellos años.

—No sé qué le pasa a esta ciudad —⁠dijo un día el doctor Killinger⁠—. Deben de ser una gente particularmente degenerada. No hay tanta gente enferma en ninguna otra parte de Alemania, ¿verdad?

El profesor Scherbach se encogió de hombros.

—Mire —dijo, y tomó una publicación de encima de su mesa ⁠—. Échele un vistazo a esto, doctor, y aprenda algo para variar.

El doctor Killinger le echó un rápido vistazo a las cifras.

—Difteria, 1933: 77 340 casos; 1938 (solo Austria): 149 424. Escarlatina, 1933: 79 830 casos; 1938 (solo Austria): 114 243. Parálisis infantil, 1933: 1318 casos; 1938 (solo Austria): 5757 casos.

El joven doctor dejó la revista.

—¡Dios mío! ¡Eso es grave!

Scherbach le dedicó una dura mirada al joven y asintió enfáticamente varias veces:

—Sí, tumba de espalda, ¿verdad?

Pero a Killinger, tipo duro y curtido, no lo tumbó de espalda, ni mucho menos. En el fondo, nada le interesaba menos que el estado de salud de su pueblo. Sin embargo, Scherbach prosiguió:

—Está estupefacto, absolutamente vencido, ¿verdad, joven? Pues tome nota: ese es el resultado natural de cómo se están haciendo las cosas en la «nueva Alemania». Cuando la gente, a, no come lo suficiente; y b, está obligada a un sobreesfuerzo constante, lo normal es que enferme. Y cuando, c, los jóvenes doctores no aprenden lo suficiente; y d, no hay los suficientes, porque hoy en día las profesiones intelectuales son solo objeto de desdén y, además, e, no hay tampoco suficientes enfermeras y camilleros; y f no hay espacio suficiente para los pacientes; y g, hay carestía de medicamentos y una dolorosa falta de material higiénicamente aceptable, lo que sucede es que los enfermos no se curan, sino que empeoran más aún. Más claro que el agua, ¿verdad?

Killinger, con un mohín de resentimiento, dejó pasar el sermón sin hacer ningún comentario y, finalmente, dijo:

—En fin, voy a ir a echar un vistazo a mis pobres pacientes abandonados.

Scherbach se sentó a en su escritorio y se puso a leer el Anzeiger. «MÚSICA CONTRA LAS BACTERIAS», decía el titular, bien grande. El profesor se limpió las gafas, pues creía que no lo había leído bien. El artículo decía: «Numerosos científicos investigan el poder curativo de la música. En esta era de trabajo feliz en que vivimos, se le exige mucho a nuestra capacidad de resistencia. No es de extrañar, pues, que se descubran constantemente sedantes y tónicos pensados para conservar la salud. La música mata la bacteria de la pereza…», y el texto seguía por esos derroteros.

—Es para volverse loco —dijo Scherbach, hablando en voz alta⁠—. Desde luego, es para perder completamente la cabeza, ¡las cosas que se les permite escribir a esta gente sin terminar en la cárcel! «Música contra las bacterias». ¡Cuánta idiotez criminal!

Dobló el Anzeiger con la mano derecha, con un gesto violento, y tomó con la izquierda el periódico de la asociación médica nacionalsocialista, prometiéndose que allí por lo menos encontraría algo más de decencia profesional. Un médico llamado Jehn, profesor en la clínica quirúrgica de la Universidad de Marburgo, publicaba un artículo sobre el «Necesario ahorro de medios en los hospitales». En lugar de desinfectarse las manos de la forma habitual (lavándolas con una solución de alcohol y sublimado corrosivo), los doctores debían poner a prueba la «desinfección rápida» para, así, «ahorrar jabón, alcohol y sublimado corrosivo». En cuanto a la sutura de heridas y el uso de catgut e hilo de seda, se recomendaba no cortar los puntos demasiado largos, pues «una hebra de dieciocho a veinte centímetros de longitud basta para una sutura superficial». Para ahorrar material de vendaje, se recomendaba a los doctores utilizar las «siempre adecuadas» tiritas. «¿Para qué necesitamos una gasa entera —⁠se preguntaba el doctor Jehn⁠—, y luego, encima, una o dos capas de algodón de celulosa y, sujetándolo todo, una tira de esparadrapo? Debemos tener siempre presente la necesidad de ahorrar, pues la propiedad del Estado se ha convertido de nuevo en la propiedad de cada alemán».

Scherbach, que aún tenía el Anzeiger arrugado en la mano derecha, pegó un puñetazo sobre la mesa. Sin embargo, continuó leyendo las recomendaciones del profesor Jehn, que lo fascinaban por cuanto constituían una amenaza increíble a la sanidad pública. «Hay que evitar cambiar los vendajes demasiado a menudo», afirmaba el profesor, que a continuación sugería que, en lugar de algodón de celulosa, siempre se podía utilizar «musgo». Pero ¿era este médico de Marburgo el único que formulaba ese tipo de propuestas? ¡Ni mucho menos! El doctor Kallius, médico jefe del hospital estatal de Zwickau, en Sajonia, realizaba constantemente las más drásticas recomendaciones para ahorrar. En particular, el científico de Zwickau era un acérrimo defensor del ahorro de combustible y era de la opinión que había llegado el momento de abandonar el hábito extravagante y sin sentido de utilizar agua caliente para lavarse las manos, pues el agua tibia, a una temperatura de aproximadamente treinta grados, cumplía perfectamente con su cometido. Pero sus ideas no terminaban aquí: recomendaba que, en adelante, debería colgarse una pastilla de jabón junto al grifo, metida dentro de una redecilla, y que bastaría con que el doctor se frotase las manos en la red para lavarse.

El profesor leía todo aquello con unos ojos como platos. «Dios mío —⁠pensó⁠—. ¡Dios mío! ¿Dónde iremos a parar? ¿Cómo vamos a encargarnos de los heridos de guerra si debemos observar estas espantosas directrices ya en tiempos de paz?». Finalmente arrojó ambas publicaciones, el Anzeiger arrugado y la revista médica, a la basura. A continuación se quitó las gafas y apoyó la cabeza, que le ardía, en las manos.

Era 24 de diciembre y, a menos que sucediera algo extraordinario, Scherbach iba a marcharse temprano del hospital y celebraría la velada en casa, con una buena botella de vino. Estaría solo en casa, así era como iba a pasar aquella noche. No podía pensar en nadie con quien le gustaría celebrar la Nochebuena. «El hospital está lleno —⁠pensó⁠—; no hemos encontrado lugar para ningún paciente nuevo. Ya he hecho todas las visitas y no hay operaciones previstas».

Estaba a punto de cambiarse la bata blanca de médico por la chaqueta marrón cuando el doctor Killinger irrumpió en su despacho sin llamar a la puerta. Lo seguía un joven desaliñado y despeinado, con el pelo húmedo pegado al rostro pálido y ojeroso. Scherbach, en mangas de camisa y con la chaqueta ya en las manos, pateó el suelo con violencia.

—¡Alto ahí! —exclamó—. ¿Cómo se atreven…?

Pero de pronto se detuvo: algo en la mirada del muchacho lo dejó sin palabras.

Killinger abrió la boca como si quisiera explicarse y defenderse, pero el joven se le adelantó. Ligero y ágil como un gato, se acercó de un salto donde estaba el doctor y le susurró al oído:

—Tiene que admitir a mi madre, ¿me entiende? ¡Tiene que hacerlo! Está abajo, en un taxi. Está medio paralizada y creo que ha perdido la razón. El médico dice que no hay ninguna habitación para ella, pero alguna tiene que haber. Y usted la admitirá, ¿verdad?

Scherbach, actuando como si no hubiera nada raro en aquella intrusión y como si él, el doctor jefe, fuera el médico de guardia de la recepción, dijo con tono de voz profesional:

—¿Su nombre? ¿El nombre de su madre? ¿En qué momento se produjo la parálisis? ¿Desde cuándo ha perdido el juicio?

Killinger intentó interrumpirlo pero el profesor lo mandó callar con un gesto. Friedel Murks, con la voz aún reducida a un leve suspiro, contó su historia con tensa, trémula exactitud. Scherbach le pidió que se sentara, pero Friedel no le oyó.

—Y esta mañana —susurró—, esta mañana no me ha reconocido y seguía creyendo que Behrens era Max; además, tampoco puede moverse. La hemos bajado al taxi entre los dos y desde entonces no ha dejado de reírse…

El muchacho tragó saliva.

Scherbach se volvió hacia Killinger.

—El paciente de la 118 puede ser trasladado, ¿verdad? —⁠preguntó.

—Pero… pero… el paciente de la 118 es comandante de las tropas de asalto y no tiene casa en la ciudad…

—Entonces habrá que llevarlo a un hotel — ⁠dijo Scherbach⁠—. Hay que liberar su habitación para el nuevo ingreso, inmediatamente, ¿me ha entendido?

Solo entonces Friedel se hundió en la silla.

—¡Gracias a Dios! —dijo, y aquellas fueron las primeras palabras que pronunció sin suspirar.

 

El profesor, tras echar un vistazo a la nueva y risueña paciente de la habitación 118, le indicó a Friedel que se marchara.

—¿Va a morir? —preguntó el hijo, de pie en el umbral.

El profesor no le respondió.

—Hemorragia cerebral —dijo, volviéndose hacia Killinger⁠—. Prepare una inyección de Luminal, bolsas de hielo y el instrumental para una sangría… ¡Pero vamos, maldita sea, muévase!

Hora tras hora, a lo largo de toda la tarde y la noche del 24 de diciembre, el doctor montó guardia junto a la cama de la señora Murks, que ya había dejado de reírse; la inyección de Luminal y la sangría habían tenido su efecto calmante, pero era incapaz de hablar. También le costaba respirar, pero de momento no tenía fiebre. Fue el propio profesor quien le fue cambiando las bolsas de hielo de la frente. La enfermera de guardia se retiró, sacudiendo la cabeza. Estaba bastante claro que el doctor quería estar a solas con la nueva paciente. Desde fuera, de pie junto a la puerta cerrada, la enfermera oyó con estupefacción que el doctor hablaba con ella. En su voz, sonora y viril, había, sin embargo, un reconfortante deje de ternura con la que pretendía paliar el sufrimiento de la mujer.

—¿Me oye? —preguntó el profesor. La mujer, incapaz de asentir, pestañeó abriendo unos ojos como platos que, a continuación, volvió hacia el doctor. Este sabía que le oía⁠—. Lo que está pasando es horrible, abominable, imperdonable. Y no quiero que crea que vamos a dejar que siga durante mucho tiempo. Me he quedado aquí a proposito para poder decirle esto, porque no seré capaz de ayudarla demasiado.

La mujer emitió un débil sonido que parecía salirle del fondo de los pulmones y al que siguió un ligero silbido. El profesor le levantó la cabeza y le acarició la mejilla con dulzura.

—Tiene fiebre —dijo en voz alta y pensó: los pulmones, me lo temía.

La mujer le dedicó una mirada ansiosa, como si le rogara que continuara donde lo había dejado.

—Estoy al corriente de su historia — ⁠dijo⁠— y no es la única que conozco. No está sola, señora Murks, y sus hijos tampoco están solos; ni su hijo muerto, ni el que aún vive y que aún verá el final y un nuevo comienzo. ¿Oye lo que le estoy diciendo?

La mujer comenzó a gemir ligeramente e intentó con gran esfuerzo girarse sobre la cama, aunque apenas logró moverse. Tenía el rostro colorado, la fiebre estaba subiendo, pero aún había aquella mirada ansiosa en sus ojos.

—Es culpa de todos —dijo el profesor Scherbach, inclinándose hacia ella⁠—. Me he quedado aquí a propósito, para decirle que soy consciente de ello.

Y entonces, como si hablara consigo mismo, bajó la voz hasta un murmullo apenas audible:

—Aquí y ahora vuelvo a sentirme limpio, solo Dios sabe cuándo fue la última vez.

La mujer estaba sufriendo. Además, estaba absolutamente consciente, el doctor no dudó al ver la reacción en sus ojos. Por ello continuó hablando con ella.

—Me ocuparé de su hijo Friedel —⁠dijo⁠—. No se preocupe por él. Estudiará y me encargaré de que viaje al extranjero. O, si lo prefiere, se quedará aquí y ayudará a preparar «el final», a derrocar a los falsos ídolos. Sea como sea, yo velaré porque no le pase ni le falte nada, para que se convierta en un hombre de bien y haga algo con su vida. Se lo prometo, señora Murks.

Los ojos de la madre se llenaron de lágrimas que resbalaron por su rostro febril, pero sus ojos y su expresión permanecieron impasibles.

—Espere un momento —le dijo el doctor ⁠—. Voy a aliviar su sufrimiento.

Salió al pasillo y le dio instrucciones a la enfermera, que le pidió que se las repitiera.

—Eso es una sobredosis —dijo al entregarle la aguja hipodérmica al doctor⁠—. Es demasiado.

El doctor Scherbach le indicó que se retirara y la enfermera se marchó.

—Ahora voy a ayudarla —dijo y le subió la manga a la mujer, le colocó un vendaje ceñido y le frotó la piel con un pedazo de algodón empapado de alcohol⁠—. Dentro de un momento se encontrará mejor.

No había ninguna esperanza, se dijo mientras le daba la inyección. Habría podido aguantar una noche, tal vez habría pasado el día de Navidad… pero qué noche y qué día tan horribles habrían sido para ella. Por supuesto, podría haberlo ido a buscar yo mismo, no tenía por qué mandarle a la enfermera que me trajera la sobredosis; pero esta noche quería mantenerse limpio y no andarse con engaños… Con mucho cuidado retiró la aguja del brazo de la enferma.

La morfina, inyectada por vía intravenosa, hizo efecto inmediatamente. El rostro de la mujer se relajó, la tensión desapareció y se le cerraron los ojos. El doctor, que le sostenía la mano derecha, notó cómo su pulso se iba debilitando paulatinamente hasta que el corazón dejó de latir. Poco a poco la fiebre fue abandonando su cuerpo inerte, del que, finalmente, desapareció todo rastro de calor. La boca de la mujer, antes abierta de angustia, se había cerrado. Había una vaga sonrisa en sus labios, pero el semblante de la mujer fallecida ya no era el rostro impasible de la buena de la señora Murks. El rostro de la madre era hermoso, la frente se había alisado y había adquirido lustre; parecía la de un niño, como la del hijo al que habían disparado cuando su barco había llegado a puerto.

Silenciosamente, como si temiera perturbar el sueño de la fallecida, el profesor Scherbach salió al pasillo.

—Ya está —le dijo a la enfermera⁠—, se acabó.

En el piso de abajo, sentado en las escaleras de piedra de la entrada, encontró a Friedel, esperando.

—Se acabó —dijo el doctor—. Suba a verla.

Friedel apenas se movió, se limitó a hundir la cabeza. Entonces levantó la vista y, desde abajo, miró al doctor.

—¿Ha hecho todo lo que ha podido? —⁠preguntó.

—Todo —respondió el doctor—. Todo… y un poco más — ⁠añadió con voz apenas audible.

Pero Friedel le había oído. Se levantó y le tendió la mano.

—Gracias. Es mejor así.

Scherbach cruzó las calles con las manos metidas en los bolsillos de la chaqueta. Las casas estaban ya a oscuras; solo de vez en cuando se veía el brillo de un árbol de Navidad en una ventana.

—Sí, es mejor así —se dijo, levantó la cabeza y miró hacia el cielo encapotado a través de las gruesas gafas⁠—. Pase lo que pase, será mejor… todo será mil veces mejor.