Cuando las luces se apagan

Erika Mann · Capítulo 6 de 16

Páginas del PDF

Cuando las luces se apagan

V En memoria de un héroe

V

 

En memoria

 

de un héroe

 

Como sucede incluso en las ciudades bombardeadas, la vida en nuestra ciudad seguía adelante. Jóvenes miembros de las SS, con sus elegantes uniformes, desfilaban con total disciplina. Nadie habría sospechado que se estuvieran produciendo disturbios en alguna parte, si bien un leve olor a quemado flotaba en el aire.

 

El 10 de noviembre de 1938, la siguiente orden fue enviada a todas las oficinas políticas de nuestra ciudad y al inspector jefe de la región:

POLICÍA CRIMINAL MUNICIPAL

CUARTEL GENERAL DE LA POLICÍA CRIMINAL

SERVICIO DÍA Y NOCHE

 

10 de noviembre de 1938

 

Acción sobre la cuestión judía:

El inspector del cuartel general de la policía municipal, doctor Hansmann,

telefoneó a las siete y media de la tarde para transmitir el siguiente comunicado:

En respuesta a las preguntas telefónicas formuladas repetidamente por la Policía

Criminal al cuartel general de la Policía Secreta, se hace saber la siguiente información por vía telefónica:

Se da la orden para la captura de judíos influyentes y adinerados, varones y con

ciudadanía alemana, de edad no excesivamente avanzada y que parezcan gozar de un buen estado de salud.

Asimismo, las oficinas políticas locales deben comunicar, por teléfono y en

secreto absoluto, instrucciones estrictas para que las propiedades de los judíos con ciudadanía alemana sean reducidas a escombros. En esos casos, la policía no va a intervenir. La quema de edificios solo se permite allí donde no exista peligro de propagación de las llamas y, por lo tanto, no debe practicarse en zona urbana. El número total de judíos a capturar es de aproximadamente quinientos.

El 10 y 11 de noviembre de 1938, el infierno se desató en nuestra ciudad, igual que en el resto de ciudades del Reich. Llamas, ruinas, sangre y lágrimas; pequeños grupos de rufianes que se dedicaron a robar y atizar el látigo; jóvenes que aún no habían cumplido dieciocho años y a quienes se les ordenó que llevaran a cabo una tarea que los redujo a niveles infrahumanos. Mandaron a los soldados más duros en camión para quemar las sinagogas. Llevaron consigo picos y palas y, obedeciendo las órdenes al pie de la letra, se ensañaron con las propiedades de los judíos no extranjeros, que «redujeron a escombros». Mudos e impotentes, los habitantes de nuestra ciudad recorrieron aquel infierno de destrucción. Las débiles voces de las atormentadas víctimas se mezclaban con las imperiosas órdenes que salían de las gargantas de los agentes del gobierno.

Los niños sacaron juguetes y prendas de ropa de entre las ruinas de los escaparates arrasados. En un edificio, debajo de un piano de cola que había sido destruido, podía verse el brillo dorado de una trompeta infantil. Un niño, atraído por el juguete, se arrastró bajo el piano aplastado, apartándolo con todas sus fuerzas mientras intentaba alcanzar la trompeta. Entonces su mano agarró algo blando y frío. En el bolsillo, junto con canicas, anzuelos de pesca, piedras de colores y piñas, tenía una caja de cerillas. El niño prendió una y de repente se encontró frente al rostro demacrado y manchado de sangre de una mujer, sobre el cuerpo de la cual estaba arrodillado. Al oír su penetrante alarido varios transeúntes acudieron a rescatarle. Dos soldados uniformados lo sacaron medio inconsciente de debajo del piano. Uno de los soldados, muy joven, estaba lívido tras la visión de la mujer muerta.

—¡Qué asco! —dijo claramente antes de ponerle al niño el brazo encima de los hombros, en gesto protector.

Pero el otro, el mayor, se rio:

—¡Buen trabajo! —dijo—. ¡Muy buen trabajo, muy limpio!

El soldado joven, tras devolver el niño a una mujer que, al parecer, era su madre, le dijo a su risueño compañero:

—¿Sabes de qué me alegro? De que el extranjero con el que hablamos la otra noche, aquel inglés o lo que fuera, no estuviera aquí para ver esta asquerosidad. Me pareció que aún tenía una buena opinión de nosotros.

Entonces regresó al interior de la tienda, arrastró el cadáver hasta un rincón y lo cubrió con los restos chamuscados de una cortina morada con muchos flecos. Salió tambaleándose de aquel lugar de desolación, avanzó dando tumbos por la calle, torció la esquina, se apoyó en la sombría pared de una casa y vomitó.

En la mañana del 10 de noviembre un gran número de judíos de nuestra ciudad (un número extraordinariamente grande) ya habían abandonado sus hogares. Durante los días que precedieron al diez, muchos judíos habían sido liberados del campo de concentración y gran parte de ellos huyeron a las montañas. Cargadas con mochilas verdes, recuerdo de alegres excursiones, las madres arrastraban a sus pequeños. Entre las rocas cubiertas de nieve, los ancianos buscaban grietas donde refugiarse de la furia desatada contra ellos. Muchos de los fugitivos tenían pasaportes y visados extranjeros. En nuestra ciudad, los soldados enviados por el gobierno se comportaron como un ejército invasor, pero muchos de aquellos cuyos nombres figuraban en la fatal lista negra corrían ya cerca de las fronteras del país vecino.

Las tropas del gobierno estaban furiosas. Habían llegado en camiones, perfectamente equipados para los trabajos de destrucción. Apenas bajarse en las estaciones a las que estaban destinados (vestidos de civil, naturalmente, pues eran «una explosión espontánea de cólera popular») sonaron las alarmas antidisturbios y apareció inmediatamente la policía de la ciudad. La policía impidió el paso a aquella horda salvaje de jóvenes mafiosos, los dispersó por la fuerza y, desafiando abiertamente el acuerdo secreto, protegieron la propiedad de los judíos. Y, lo que aún daba más rabia, muchos de aquellos judíos infrahumanos no se encontraban en sus casas. Decepcionados y engañados, los soldados, que habían tenido la esperanza de hacerse con un espléndido botín, descargaron su ira insultando y agrediendo a los transeúntes, muchos de los cuales expresaron su satisfacción de que «los nidos estuvieran vacíos» y que «los pájaros hubieran volado a tiempo».

Solo en los lugares donde los jóvenes matones estaban en manifiesta superioridad numérica se produjeron conflictos sangrientos con brigadas antidisturbios. Donde las brigadas eran superiores, iguales o ligeramente inferiores en número, los «cachorros de Hitler» declinaban prudentemente entrar en batalla; se tragaban la rabia, regresaban a los camiones y recorrían las calles a toda velocidad, con la esperanza de tener más suerte en otra parte. Sin embargo, cada vez que llegaban al siguiente lugar de acción asignado, encontraban ya esperándoles a las brigadas antidisturbios, que los recibían con fulgor de revólveres. Entonces adoptaban una actitud más o menos civilizada y esgrimían órdenes escritas de arresto contra ciudadanos judíos que residían en aquella calle. Los policías asentían con gesto adusto y escoltaban a los soldados, que parecían más bien prisioneros, hasta la vivienda en cuestión. Pero también en esos casos (tal como sucedió en numerosas ocasiones) tenían que regresar a sus camiones con las manos vacías: las víctimas se habían marchado.

Franz Deiglmeyer, supervisor de distrito de la Gestapo en nuestra ciudad, era un hombre de cuarenta años recién cumplidos, miembro del partido nacionalsocialista desde hacía más de quince. Poco después de la llegada de los nazis al poder, el experimentado policía fue transferido a la Gestapo donde, tras destacar por su inteligencia, diligencia y fiabilidad, se ganó un rápido ascenso. En el verano de 1938 había alcanzado ya el rango de supervisor de distrito. Eso significaba que estaba al cargo de la Gestapo de la ciudad y también del campo de concentración cercano. Las «oficinas políticas» del distrito, que incluían las brigadas de asalto locales y las unidades de las SS tenían orden de transmitirle toda la información y someterse a su autoridad.

Deiglmeyer tenía esposa y cuatro hijos, dos niños y dos niñas entre los tres y los doce años. Amaba a su familia y amaba su país. También amaba su profesión, que le daba la oportunidad de servir a su patria haciendo lo que mejor sabía y velar por que sus hijos tuvieran la oportunidad de crecer como buenos hombres y mujeres, buenos patriotas y buenos alemanes. Desde que Hitler mandaba en Alemania, Franz Deiglmeyer había tenido mucho en qué pensar; siempre tenía la mente ocupada con conflictos de una u otra clase. A su alrededor estaban pasando cosas que le habían provocado una secreta decepción. La obediencia absoluta e incuestionable que debía al Estado entraba en dolorosa contradicción con lo que le debía a su conciencia en tanto que hombre y en tanto que cristiano. En los años transcurridos entre 1919 (cuando con apenas veintidós años había accedido al cuerpo de policía aún bajo la república) y 1933 (año del fin de la república) había servido fielmente al Estado. Había sido fiel pese a sentirse insatisfecho con ese estado, en su opinión le había faltado autoridad, esplendor e incluso fe en sí mismo. Se había unido al movimiento hitleriano porque este había prometido restablecer al Estado parte de su prestigio perdido.

Pero apenas se hubo asentado, el nuevo régimen comenzó a dar abundantes muestras de unas maneras inquietantes. Comenzaron a imponerse la injusticia y un despotismo salvaje y si el viejo Estado había mostrado una inaceptable falta de orgullo y autoestima, el nuevo exigía de sus ciudadanos una adoración y deificación que rayaba en la blasfemia. Franz Deiglmeyer no se había preocupado demasiado por el tema de los judíos. En fin, tampoco a él le merecían una opinión demasiado favorable y le parecía una idea sensata reducir su influencia y su número dentro del país. No tenía demasiado claro cuál era la mejor forma de hacerlo sin incurrir en graves injusticias. «El gobierno ya encontrará la manera», se dijo, pues estaba acostumbrado a confiar en sus superiores en todas las cuestiones políticas.

Franz Deiglmeyer cumplió sus deberes con diligencia, fidelidad y fiabilidad. Intentó suavizar las duras penas que debía infligir en el ejercicio de su labor. Cuando, como oficial de la Gestapo, le ordenaban arrestar a un ciudadano, algún católico, demócrata o judío, hacía cuanto estaba en su mano para que al prisionero el trago le resultara más soportable. Era generoso con los permisos de visita a los familiares del prisionero, permitía que el arrestado se llevara consigo paquetes de comida y ropa y, por encima de todo, actuaba con la consideración y la cortesía que los «prisioneros políticos» recibían en todos los países civilizados. Al hacerlo, no era consciente de estar incurriendo en ningún delito: al contrario, cumplía con su deber y lo hacía del modo que le dictaba la conciencia.

Hasta aquellos días de noviembre de 1938, y a pesar de haber vivido conflictos internos puntuales, nunca había actuado en contradicción explícita con las órdenes del gobierno. Desde luego, era consciente de que muchas cosas que hacía no cuadraban con el espíritu del gobierno, pero siempre había obedecido escrupulosamente las instrucciones al pie de la letra. Las autoridades aprobaban su forma de hacer, lo habían ascendido y le habían concedido cierto poder, pero no se dio cuenta de cuánto poder para hacer el bien y el mal le había sido confiado hasta que leyó las órdenes que daban inicio a la «acción contra los judíos» del 10 de noviembre.

Durante unas horas sumamente difíciles, Franz Deiglmeyer, miembro de la Policía Secreta, luchó consigo mismo hasta que finalmente tomó la determinación de dar efectivamente la contraorden a las instrucciones recibidas. «No puedo hacerlo —⁠se dijo a sí mismo⁠—, es demasiado vil, demasiado horrible; no me atrevo a asumir esa responsabilidad. Ni quiero ni pienso hacerlo».

No habló con nadie, ni siquiera su mujer, cuya vida estaba íntimamente unida a la suya, supo del plan desesperado que estaba decidido a llevar a cabo en solitario. «Por el bien de mi país —⁠pensó⁠—, sí, especialmente por el bien de Alemania, debo intentar evitar esta abominación y salvar lo que pueda salvarse. Si por lo menos en nuestra ciudad y en nuestro distrito no se produjera una orgía de asesinatos y saqueos en nombre del Estado… Sí, sí —⁠se dijo, incapaz de poner freno a sus pensamientos⁠—, lo que estoy planeando es “alta traición” es “espionaje en favor de los enemigos de Alemania”; lo estaré poniendo todo en peligro. Si llevo a cabo lo que planeo, me estaré jugando la vida y el honor…». Le temblaron los dientes al pensar en su mujer, en el amor que esta le profesaba, en sus hijos y en lo orgullosos que estaban de él. «La vida y el honor —⁠se repitió⁠—. ¿Mi honor también?». Y entonces comprendió que, en realidad, era su honor lo que estaba salvando, limpiándolo de todo aquello que lo pudiera haber mancillado durante los últimos años. Lo que estaba a punto de hacer, lo haría por su honor y acabó de convencerse al pensar que sus seres más próximos y queridos le amarían por ello si lo sabían, aunque terminaran descubriéndole y tuviera que pagar por «alta traición» con su vida. Su esposa y sus hijos conocían la diferencia entre el bien y el mal, y lo que se proponía llevar a cabo era bueno aunque las consecuencias para él y los suyos pudieran ser efectivamente muy malas.

Franz Deiglmeyer, supervisor de distrito de la Gestapo, se calzó las botas de civil, se caló el sombrero y se acercó con disimulo a la cabina telefónica de la plaza del mercado. Sacó la lista con los nombres y direcciones de los ciudadanos judíos que, tal como le había informado el comandante local de las tropas de asalto, iban a ser arrestados el día siguiente y cuyas propiedades iban a ser «reducidas a escombros». Los llamó uno a uno y les dio siempre su nombre, sabiendo que eso los atemorizaría, pero que también haría que sus palabras resultaran más convincentes. Puso a los afectados sobre aviso y les dio instrucciones.

—¿Tiene pasaporte? —preguntó—. ¿No? Acuda esta tarde a las oficinas de la Gestapo, despacho número seis; yo le daré uno.

Tenía que llamar a mucha gente y cambió de cabina una docena de veces para no llamar la atención. Al mediodía regresó a su oficina, expidió numerosos pasaportes y dio orden de poner en libertad a los prisioneros judíos del campo de concentración.

—Quieren matarlos —se dijo—. Quieren matar a todos los judíos y dejar sitio para nuevos prisioneros, pero yo pienso liberarlos; que salgan, que se marchen donde quieran. Un traidor los ha liberado y ese mismo traidor va a hacer más cosas: tratará de salvar sus propiedades para que puedan reclamarlas más tarde, cuando…

Pero no quería pensar más allá. «¿De verdad tendré que pagar por esto con mi vida? Estoy salvando la vida de seres humanos, seres humanos que no han hecho nada, que no han cometido ningún crimen, ningún pecado. ¿Tendré que morir por ello?».

Aquella mañana, cuando llamó a casa del doctor Wolf nadie había respondido al teléfono. «Tengo que avisarlo como sea —⁠pensó el supervisor de distrito⁠—. Hay que avisarlo, está en la lista».

El doctor Wolf abrió la puerta personalmente (claro, recordó Franz Deiglmeyer: es un judío, no puede tener sirvienta) y se asustó cuando vio al temido oficial de la Gestapo, al que reconoció a pesar de que iba vestido de civil.

—Abandone la ciudad —fue lo primero que dijo el supervisor de distrito⁠—. Hoy mismo. Aquí tiene su pasaporte, sellado. Márchese ahora mismo.

Todo el mundo conocía al doctor Wolf por la devoción que sentía hacia su ciudad natal. Sin duda podría haber encontrado la forma de emigrar hacía mucho tiempo si lo hubiera deseado y ahora sacudió la cabeza con incredulidad.

—¿Por qué? —preguntó—. ¿Por qué debo marcharme? Soy inocente de todo crimen y, de acuerdo con la ley, no pueden hacerle nada a un judío inocente.

Fue una escena extraordinaria: un judío mostrando su fe inquebrantable en la honestidad del estado nacionalsocialista mientras el superintendente de la Gestapo intentaba convencerle de la necesidad de la desconfianza absoluta y la huida inmediata.

—Se lo suplico —dijo el oficial, retorciendo nerviosamente el sombrero⁠—, se lo suplico desde el fondo de mi corazón: sálvese.

—Me quedaré donde estoy —respondió el judío⁠—. Y ahora, me tomo la libertad de suplicarle a usted que se marche. Reconozco sus buenas intenciones y le doy las gracias por ello, aunque me parezcan extrañas.

—Aquí tiene su pasaporte —dijo el oficial de la Gestapo y se volvió hacia la puerta⁠—, por si cambia de opinión y desea marcharse…

Y con eso se fue. El doctor se quedó plantado en medio de la sala, sacudiendo la cabeza.

Para el supervisor de distrito Deiglmeyer, el día pasó como una sucesión de sueños. En un momento parecía como si un poderoso viento lo empujara y sus acciones se volvieran más ligeras y veloces y, al siguiente, se sentía como si llevara pesos en todas las extremidades y le costara un esfuerzo sobrehumano incluso responder al teléfono.

—Oficina del supervisor de distrito de la Gestapo —⁠dijo con voz tensa⁠—. Haga el favor de mandar inmediatamente dos brigadas antidisturbios al número 14 de la Marktstrasse. Para evitar un saqueo. Diga a los hombres que utilicen las armas si es necesario. Sí, sí, está hablando con el supervisor de distrito Deiglmeyer. Devuelva la llamada en cinco minutos para confirmar la orden.

El 10 de noviembre pasó y llegó el 11, pero no se produjo nada de naturaleza decisiva. El daño causado por la «acción» en nuestra ciudad no fue nada en comparación con lo que «ellos» habían planeado. Cierto era que la sinagoga ya no se mantenía en pie y que algunas tiendas y fábricas que figuraban en la lista negra estaban en ruinas. Las brigadas antidisturbios no siempre habían logrado llegar a tiempo, no se había podido evitar todo. «Pero la gente —⁠pensó el jefe de la Gestapo⁠—, la gente se ha salvado». Aunque no todos se habían salvado.

El doctor Wolf, por ejemplo, había sido arrestado. Con la cabeza desnuda, sin abrigo y totalmente desconcertado, lo arrastraron por las calles de nuestra ciudad hasta la cantera. El frío era intenso aquellos días y los prisioneros que tenían la desgracia de tener que trabajar en la cantera de día y dormir allí por la noche, no tenían dónde resguardarse. Los vigilantes, ataviados con sus gruesos capotes y con botellas de whisky asomando en los bolsillos, se aseguraban de que ningún prisionero recibiera ropa de abrigo ni se acercara al fuego que estaba reservado exclusivamente para su comodidad. Durante la primera noche al doctor Wolf se le congelaron ambas manos y casi perdió la cabeza de dolor y desesperación. En las noches que siguieron se le congelaron los brazos y las orejas, pero los vigilantes lo obligaron una y otra vez a seguir trabajando. Finalmente, cuando el hombre estaba ya paralizado, lo agarraron, lo colocaron contra el muro de la cantera y le escupieron en la cara. El doctor Wolf cayó al suelo, desvanecido, y se quedó inmóvil bajo los reiterados golpes de sus torturadores. Inconsciente, temblando de fiebre, se lo llevaron finalmente al hospital, donde los médicos consideraron necesario amputarle los brazos y las piernas. Recuperó la conciencia en una ocasión, debido probablemente a un dolor insoportable. Pero la infección actuó rápidamente y el hombre murió como el miserable resto de un cuerpo que había dejado de latir.

Franz Deiglmeyer, que había intentado salvarle, no conoció su fin. El 12 de noviembre recibió la orden de personarse en la oficina número diez para dar parte de un error menor cometido por uno de sus subordinados. Sin embargo, el supervisor de distrito sabía perfectamente que la oficina número diez no se encargaba de casos menores: la oficina número diez estaba reservada exclusivamente para casos de «alta traición» y «espionaje en favor de fuerzas enemigas». Decidió huir. La separación de su familia fue precipitada y dolorosa.

—No lloréis —les rogó con los ojos empañados de lágrimas⁠—. Un día volveré, seguro que vuelvo.

Los niños también lloraron al ver a su madre tan triste. Solo la hija mayor, una niña de doce años, comprendió lo que estaba sucediendo:

—No creáis nada malo que cuenten sobre mí —⁠les dijo a sus hijos.

—¡Jamás! —respondió la niña entre llantos ⁠—. Yo sé que no has hecho nada malo.

Día tras día, noche tras noche, el fugitivo siguió las vías del tren a través de las montañas. Luego recorrió caminos embarrados y cruzó lagos helados hasta que, finalmente, encontró uno de los puestos fronterizos sin vigilancia que andaba buscando. Estaba bastante seguro que el pequeño país al que estaba huyendo no iba a deportarlo: era un «refugiado político» y en su país le esperaba tan solo una muerte segura y espantosa. Fue detenido una noche bajo un puente y, al no tener los papeles en regla, lo consideraron un tipo sospechoso y lo arrestaron.

Ante mí tengo las cartas que escribió y las cartas que otros escribieron por él. Esas cartas cuentan el final de la historia, la historia de nuestro héroe perdido.

Muchos de aquellos que le debían la vida habían hallado refugio en el mismo país donde el hombre que les rescató se encontraba ahora arrestado. Se enteraron de su situación y demostraron que ni habían olvidado ni eran desagradecidos. Hicieron todo lo posible por salvarle y el comité de refugiados judíos, al que recurrieron, entregó su petición al gobierno. El caso estaba en suspenso, aún había esperanza.

Una mujer que, de no ser por Franz Deiglmeyer, se habría contado ya entre los muertos le escribe a un hombre que también seguía entre los vivos solo porque Franz Deiglmeyer se había sacrificado por él.

Querido Rudolph,

Estos últimos días no he tenido noticias de él por lo que, como puedes

imaginarte, ando preocupadísima por lo que pueda sucederle a este ángel (no hay otra forma de llamarle). Según lo último que he oído, las cosas no le van demasiado bien. Un tal señor X. llamó aquí a la señora Y. e intentó saber cuáles habían sido realmente los hechos y si de verdad aquel hombre había hecho todas esas cosas maravillosas. Por desgracia, la señora Y. tuvo miedo de que el señor X. fuera un soplón y no le dio la información. El señor Z. lo visitó en dos ocasiones en la cárcel. Se echó a llorar, pero aún no cree posible que puedan deportarle a Alemania, donde se arriesga a la pena de muerte.

Bueno, querido Rudolph, no hace falta que te diga lo que quiero; en definitiva,

este hombre también te salvó la vida a ti. Ahora nos toca a nosotros ayudarle. No podemos fallar. El hombre sucumbirá víctima de la desesperación, ¿qué sabe él de las miserias de los judíos? Nosotros estamos acostumbrados a esas cosas, son parte de nuestra historia. Pero él se ha visto desgajado de la seguridad vital de un oficial alemán, está lejos de su familia y el exilio le resultará muy duro. Si cien personas donaran sencillamente un marco al mes, Franz D. no tendría más preocupaciones de esa índole. Tenemos que hacerlo, nos salvó a todos.

A poco que puedas, deja tu cama de enfermo y haz algo por ese hombre. Le

proporcionará un gran apoyo moral saber que su sacrificio no fue en vano. Su huida salvó las vidas de cientos de personas a las que iban a arrestar por cargos injustos. Al ausentarse, los arrestos no tuvieron lugar. Querido Rudolph, te lo ruego de todo corazón: haz algo por el pobre Franz D. Algún día te compensaré por todo, pero esta incertidumbre sobre su futuro no me deja descansar. A él le debo mi existencia, la existencia de mi marido, todo y ni puedo ni quiero serle ingrata. No puedo olvidar lo que este hombre supuso para todos nosotros en nuestro momento de mayor necesidad y desesperación, y estoy dispuesta a proclamarlo a los cuatro vientos. Tú también puedes hacerlo, en tu nombre y en el mío. También F. le debe su vida. Me encontré al joven recadero de F. en la estación de ferrocarril y le mandé un mensaje, de modo que también F. va a testificar sobre lo que hizo Franz D. Su decisión se debe a la simple decencia, porque no podía quedarse de brazos cruzados sabiendo que se estaba perpetrando semejante injusticia. No es ningún traidor, es un ángel y debemos ayudarle.

Tenemos que presentar una protesta formal a la policía. No podemos permitir que

un hombre así esté sufriendo en la cárcel, un hombre que arriesgó su vida para ayudar a los perseguidos. También tú sabes que evitó que cientos de casas fueran destruidas, avisándonos a tiempo de los ataques que había planeados para que pudiéramos llamar a las brigadas antidisturbios. En algunos casos fue él mismo quien las mandó a los lugares en peligro. Donde se presentaban las brigadas, las bandas no podían hacer nada porque se suponía que las autoridades no estaban implicadas. El chalet de N. se salvó, aunque en la ciudad dijeron que se había quemado, pues eso era lo que estaba previsto. Por favor, por favor, querido Rudolph, sal de la cama y salva a este hombre. Te mando adjunta una letra de pago. Un día, cuando tu situación sea mejor que la mía, ya me la cobraré. Y no te ofendas: es con la mejor de las intenciones. Por favor, respóndeme a vuelta y espero que sea con buenas noticias. Espero que todo lo demás te vaya bien. Pronto te escribiré contándote cosas de nosotros; ahora mismo estoy demasiado preocupada por Franz D.

Saludos afectuosos,

Tuya,

S. L.

 

Reproducimos esta larga carta palabra por palabra, con todas sus apremiantes repeticiones, su sincera ansiedad y su franca gratitud. Disponemos de muchas cartas, todas ellas escritas en el mismo tono, llenas de la misma gratitud, la misma desesperación, el mismo desconsuelo. El propio Franz Deiglmeyer escribió desde la prisión. Sus cartas no incluyen ni una sola palabra de queja, ni una sola petición de ayuda por las «cosas maravillosas» que él hizo por otros. Solo en una ocasión se pregunta: «¿Qué he hecho para merecer tanto sufrimiento?». ¡Había salvado la vida de cientos de personas y aún se preguntaba qué había hecho!

El comité de refugiados judíos siguió recibiendo desalentadoras informaciones en relación con el caso del ciudadano alemán Franz Deiglmeyer. Inicialmente, el gobierno del país libre y democrático expresó su estupefacción por el hecho de que un «comité judío» pretendiera asumir la defensa de «un caso ario». Desde «las altas instancias» se recomendó poner la defensa en manos de un «consejo ario», esgrimiendo que «eso evitaría situaciones desagradables en el contacto con oficiales alemanes». Finalmente, el consulado alemán emitió un comunicado oficial en el que aseguraba que «la Policía Criminal de Alemania no tiene constancia de que existan cargos contra el inspector Franz Deiglmeyer». Se tomó la decisión de que el citado Franz Deiglmeyer sería liberado para poder ser devuelto libremente a su país, pero el interesado se negó y dijo que no iba a regresar por propia voluntad.

«Los no iniciados —escribe— no comprenderán tal vez mi forma de actuar, más aún teniendo en cuenta que “no existen cargos” contra mí. Pero con usted, querido señor D., puedo hablar con franqueza; no me cabe duda que detrás de las magníficas promesas del consulado, me esperan las feroces órdenes de la Policía Secreta Estatal y de la cúpula de las SS, cuerpos intocables y contra los que no hay protesta que valga… Antes de tomar esta determinación, a saber, la de no regresar por propia voluntad bajo ninguna circunstancia, tuve que librar una feroz batalla interior, pues me di cuenta de que me estaba separando de mi amada esposa y de mis queridos hijos, tal vez para el resto de mi vida. Pero así debe ser. Aunque el futuro se me aparece completamente negro, no voy a perder el valor; pienso agarrarme a mi fe, pues esa es la única forma de salir adelante: con la cabeza bien alta, los hombros erguidos y el paso firme al frente…».

 

Los días pasaron y las demandas del consulado alemán para que el oficial alemán fuera entregado a las autoridades de su país fueron cada vez más y más insistentes. El gobierno del país democrático, que nunca le había negado el asilo a un refugiado político, aceptó la ficción de que aquel era un «caso completamente apolítico»; en realidad, determinó, se trataba tan solo de un malentendido, y desestimó las peticiones y las apelaciones desesperadas de aquellos a los que «el ángel» había salvado y que ahora intentaban salvarlo a él de una muerte segura.

Franz Deiglmeyer fue entregado a las autoridades nazis. Su última carta, escrita en la cárcel a las cuatro y media de la madrugada, es un documento manchado de lágrimas. La caligrafía es temblorosa, pero sus palabras revelan toda la calma interior y el autocontrol del héroe perdido:

Son las cuatro y media de la mañana. Le escribo apresuradamente para

comunicarle que ha sucedido lo peor. Vienen a por mí y dentro de pocas horas, al llegar a la frontera, me van a entregar a las autoridades alemanas. Desconozco lo que sucederá a continuación. Aquí se hizo todo lo posible para garantizar mi bienestar, pero mi ánimo, que sigue dando vueltas como en un torbellino, ha sufrido mucho. Quisiera despedirme de usted, de su familia y de todos aquellos que tanto afecto me

han demostrado, y desearles un futuro feliz. Pongo toda mi fe en Dios, que es quien me ha protegido hasta ahora.

Fervientemente suyo,

FRANZ DEIGLMEYER