Cuando las luces se apagan
VI Un campesino se fuga a la ciudad
VI
Un campesino
se fuga a la ciudad
Uno de los lugares más encantadores de nuestra ciudad era el Alte Rabenschänke. La taberna estaba situada en la plaza del mercado y quienquiera que se sentara allí con un buen amigo y una gran jarra de cerveza solo podía tener pensamientos agradables y mantener conversaciones prolijas y despreocupadas.
El tren nocturno que llegaba a nuestra ciudad sobre las once se detenía diariamente en la pequeña estación de Holzhausen poco después de las tres de la tarde. A menudo, ningún pasajero se apeaba ni montaba en el tren. En esas ocasiones el maquinista realizaba una breve parada, casi de cortesía, y enseguida retomaba la marcha con un estridente silbido. El correo y las mercancías llegaban al pueblo desde un almacén cercano, por lo que la estación de Holzhausen era utilizada tan solo por algún pasajero ocasional, por los campesinos de las granjas cercanas y por el cura del pueblo.
El pasajero, que llegó a la estación veinte minutos antes de la hora de salida prevista del tren y que esperaba en el andén, entre las dos vías, era un mozo joven, de rostro bronceado y extraordinariamente flaco. Su extraño aspecto se debía al hecho de que iba sin duda ataviado con todas las prendas de ropa que poseía. Llevaba un grueso jersey de lana encima de la camisa. Encima del jersey se había enfundado su americana azul y, cubriéndolo todo, una enorme capelina impermeable a pesar de que ni llovía ni hacía frío. Cargaba también con una mochila llena a reventar y un pequeño maletín destartalado de fibra artificial. En la mano libre llevaba varios fardos envueltos en papel de periódico.
Había ido solo hasta la estación, sentado en el asiento delantero de la típica carreta campesina. En casa tenían tanto trabajo que nadie había podido ir a despedirle. Al llegar a la estación, había bajado de un salto y había descargado el equipaje. Entonces le había dado media vuelta a la carreta, había pasado las riendas por encima del cuello de la vieja yegua, le había dado una ligera palmada en la tersa ijada y había visto cómo yegua y carreta emprendían el camino de regreso a casa. Liese iba a encontrar el camino de vuelta, se dijo, la guiara él o no.
«¡A casa!», pensó y el corazón le dio un vuelco, pues tenía frente a él, no una excursión corriente, sino un viaje largo, larguísimo. Estaba abandonando su hogar, emigrando, trasladándose a la ciudad, y si bien la ciudad se encontraba solo a cuatro horas, era un lugar extraño para él. Solo había estado allí una vez, de niño. Había pasado toda la vida en el pueblo; por lo que sabía, la suya había sido siempre una familia de campesinos y él nunca había querido ser otra cosa, pues ser un campesino era la cosa más natural, más normal del mundo.
Pero entonces Alemania se había convertido en «el tercer Reich» y desde aquel momento todo había cambiado. Primero había parecido diferente y todos los agricultores habían tenido la esperanza de que el cambio fuera a mejor. Pero esa esperanza pronto se había visto sustituida por una amarga decepción. El cambio había sido tan a peor que un campesino tras otro, un mozo tras otro, una muchacha tras otra, todos habían dado la espalda a la que desde tiempos inmemoriales había sido su casa y habían huido del campo para trasladarse a la ciudad, donde uno aún tenía la esperanza de ganarse la vida, ni que fuera precariamente. En casa, y en la situación actual, ya no se podía vivir.
Al mozo la partida le había resultado dura. No era que se hubieran dicho demasiadas palabras: en cuanto tomaron la decisión de que se marchara porque «las cosas no pueden seguir así», habían aceptado lo inevitable. En el momento de marcharse, su padre estaba trabajando en el huerto y su hermano estaba atareado con las vacas en el establo. Solo su madre lo había acompañado hasta la puerta y le había dicho adiós con la mano hasta que la carreta se había perdido de vista. También le había gritado algo, pero no había entendido las palabras porque en aquel momento Nero se había puesto a ladrar furiosamente. Como si hubiera robado algo, pensó él. Como si me estuviera escapando.
En el momento en el que el tren de la tarde llegó a la estación soltando nubes de humo, el mozo volvió a recordar lo que había pensado.
—Como si me estuviera escapando —murmuró de nuevo—. Pues el viejo de Nero tenía toda la razón del mundo —se dijo—, porque me estoy escapando. Hoy en día existe una expresión para lo que estoy haciendo. Los que mandan lo llaman «la fuga del campo», hablan de ello en todos sus discursos y publicaciones oficiales.
En el pequeño compartimiento de tercera clase había cuatro mujeres. Con un silencio hostil, se apartaron para hacerle sitio. Nadie respondió a su educado «buenas tardes». Los rostros de las mujeres eran como tallas de madera, con profundos surcos que les recorrían la frente y las comisuras de los apretados labios. Tres de las mujeres llevaban un cesto en el regazo y la cuarta estaba sentada con los brazos cruzados. No dijeron ni una sola palabra.
Al cabo de un rato el muchacho comenzó a aburrirse. No tenía ningún sentido contemplar por la ventana un paisaje que le resultaba tan familiar como sus propios pensamientos. Para entretenerse con algo, comenzó a desempaquetar sus pertenencias y a alinearlas encima del banco de madera. «Mis recuerdos», se dijo cariñosamente; en realidad era demasiado pronto para empezar a desembalarlos, pero eso era exactamente lo que había hecho desde niño. Cuando por la mañana se iba al campo, se llevaba siempre la comida. Pero en cuanto perdía de vista la casa, se sentaba bajo un árbol, sacaba la fiambrera y se lo comía todo, a pesar de que acababa de desayunar y antes de empezar a trabajar.
De pronto se acordó de eso. «Soy tan tonto como era entonces», se dijo, y observó tiernamente sus recuerdos de casa. Había el jarrón con el borde dorado y la flor de nieve grabada que su madre le había regalado a los nueve años porque se había pillado la mano con la trilladora y no había llorado; había el cancionero que le había dejado su abuelo y que no abría casi nunca; había las fotos en color de la granja Weber (su granja) sobre la que el artista había pintado un cielo azul nomeolvides y un sol anaranjado. Sentía un apego especial por aquella fotografía en forma de corazón. «Es exactamente el aspecto que tenía», se dijo, y por un momento tuvo la sensación de que llevaba años lejos del hogar y ya no sabía si la casa tenía aún el aspecto que él recordaba de antaño.
Finalmente se fijó en un zapatito de bronce con su nombre escrito: Xaver Weber. Leyó las palabras lentamente y sostuvo el pequeño souvenir varios segundos en la mano antes de devolverlo al banco de madera con el resto de sus pertenencias. Sonrió con incredulidad al pensar que él, Xaver Weber, pudiera haber sido un día tan pequeño como sugería aquel zapato.
Entonces, tras pasar concienzudamente revista a sus recuerdos y sin dejarse inquietar lo más mínimo por la presencia de las mujeres que viajaban con él, comenzó a alisar las arrugadas páginas de periódico que había utilizado para empaquetarlos. El joven Xaver no era un lector de periódicos. En casa era siempre su padre quien estudiaba los diversos anuncios y decretos gubernamentales, y luego le decía al resto de miembros de la familia lo que había que hacer. Pero de repente no sabía qué hacer, así que se puso a leer:
«Actualmente —leyó— es un secreto a voces que nuestro pueblo está enzarzado en una batalla heroica por el espacio vital».
Ahogó un grito. «¿Cómo? ¿Qué es eso? —pensó—. ¡Pero si falta mano de obra en las zonas rurales y por eso el gobierno se opone a la “huida del campo”! ¿Cómo va a estar nuestro pueblo enzarzado en una batalla heroica por el espacio vital cuando no hay suficientes campesinos para cultivar el espacio del que ya disponemos?». Sacudió la cabeza y continuó leyendo:
—Nuestro enorme desarrollo económico y el problema de nuestra seguridad política y militar constituyen los elementos más importantes de esa batalla. Esta colosal tarea exige que le dediquemos todas nuestras energías nacionales. Debemos invertir toda la mano de obra que no sea estrictamente necesaria para las tareas ordinarias en esta empresa superior. En la persecución de ese objetivo parece que un gran número de alemanes se han formado la impresión errónea de que Alemania ha tomado la decisión irrevocable de convertirse en un estado puramente industrial y de entregar a su población agrícola al mismo destino que la de la Gran Bretaña. Queremos negar rotundamente ese punto de vista. En el año 1933, nuestro Führer declaró ante los representantes de los agricultores del país que el Reich alemán sería el Reich de los campesinos o perecería; a día de hoy, esa declaración sigue siendo igual de válida y debe constituir uno de los principios políticos básicos del futuro.
Xaver bajó el periódico; la luz escaseaba y cada vez costaba más leer. Además, quería poner algo de orden en sus ideas, que el periódico nazi había dejado algo confusas. Observó las mujeres del compartimiento y le pareció que la que iba sentada frente a él, la que no llevaba cesto, se parecía bastante a su madre. Se inclinó hacia ella, señaló el periódico que acababa de leer y dijo:
—¿Puede explicarme esto, por favor? Aquí dice que en 1933 el Führer dijo que Alemania debía convertirse en el Reich de los campesinos o perecería, pero Alemania no se ha convertido en el Reich de los campesinos. La industria es ya más importante que la agricultura y tiene que pagar nuestro rearme. ¿Puede explicarme entonces cómo puede ser que las cosas que el Führer dijo en 1933 sigan siendo igual de válidas a día de hoy? ¿Significa eso que Alemania va a perecer?
—Yo no entiendo de esos asuntos — respondió la mujer—, pero el Führer ama a los campesinos y todo va a ir bien.
Desanimado, el joven tomó otra hoja arrugada y la alisó. Acababan de encender el alumbrado eléctrico y el paisaje quedó de pronto sumido en la oscuridad.
Este periódico se llamaba Der Deutsche Lebensraum y Xaver estaba convencido que en él encontraría la información más exacta y oficial. Se puso a leer:
«La distribución, administración y consumo improductivo en Alemania, que asciende a 38,5 millardos de marcos, supera en 6,1 millardos el valor neto en oro de toda la producción alemana, que es de 32,4 millardos de marcos. La mayor parte de la responsabilidad de esa diferencia corresponde a la agricultura, que ha renunciado a la parte de los crecientes ingresos nacionales que legítimamente le pertenece».
«¿Que ha renunciado? —pensó Xaver —. Cualquiera diría que hemos regalado por propia voluntad nuestra parte del aumento de los ingresos nacionales. ¿Lo hicimos? Yo, por lo menos, no lo recuerdo». Continuó leyendo:
«Desde 1933, la agricultura alemana ha estado sujeta a las leyes de herencia de la tierra y a las restricciones dictadas por el departamento de alimentación del Reich que, en definitiva, se corresponden efectivamente a un estricto sistema de economía de guerra. La forma a la que se ha visto limitada desde entonces ha impedido que participara de la expansión que han experimentado otras áreas económicas, libres. De hecho, aunque su productividad ha crecido año tras año, su participación en los ingresos nacionales se ha mantenido estacionaria o incluso se ha reducido ligeramente. Eso representa un sacrificio anual de entre cuatro y cinco millardos de marcos, un total de veinte millardos desde 1933. Por diversas razones, esa carga pesa más sobre las pequeñas granjas que sobre las grandes fincas. Este sacrificio, que ha dejado al borde del desplome físico y emocional a un importante número de campesinos y, aún más, a las esposas de estos (que no pueden contar con la ayuda necesaria debido al éxodo a las ciudades), ha sido descrito por el propio Führer como fantástico».
«Es verdad —pensó el muchacho—. “Fantástico” es la palabra justa. Y, sin embargo, ¿por qué hablan en esos términos en la prensa gubernamental? Uno pensaría que aquello lo había colado uno de esos campesinos “al borde del desplome físico y emocional”. ¿Por qué teníamos que tener “un estricto sistema de economía de guerra” en tiempos de paz? ¿Y por qué “por diversas razones” las granjas pequeñas debían verse más afectadas que las grandes fincas?».
En el fondo, sin embargo, el mozo sabía por qué era así. Las exportaciones de harina y centeno habían permitido a las grandes fincas amasar pingües beneficios. Cuando las exportaciones habían caído, habían seguido logrando beneficios gracias a la prohibición de importar forraje, cuyo precio se puso por las nubes. Siempre eran las granjas pequeñas las que sufrían. Las grandes fincas se habían especializado en el cultivo de cereales, mientras que las pequeñas granjas se dedicaban casi exclusivamente a la cría de ganado. ¿Y cómo iban los pequeños campesinos a alimentar a su ganado si no podían pagar el forraje? ¿Cómo iban a competir con el ganado de las grandes fincas si estas podían alimentar a sus animales con el excedente de cereales a precios mucho menores?
«No en vano —pensó Xaver con tristeza—, nuestras ventas de ganado se han desplomado al mismo ritmo que crecían las de los grandes agricultores. Pero ¿por qué lo permite el Estado si tiene el poder de ofrecer a los pequeños un trato más justo?».
El tren se detuvo y tres de las mujeres del compartimiento de Xaver se bajaron; la única que se quedó fue la que se parecía a su madre. El muchacho tuvo la impresión de que la mujer quería entablar conversación con él, que de hecho lo había querido todo el rato, pero se había contenido por la presencia de las otras mujeres.
—Tengo que ir al banco —dijo de repente —. Mi marido me manda a la ciudad porque él no puede marcharse. Es por la hipoteca. Quieren quitarnos la granja, aunque de acuerdo con la ley se trata de una «granja heredada», que debe seguir en poder de nuestra familia durante miles de años. O sea que no nos la pueden quitar, ¿no? O tal vez…
El muchacho no supo qué responderle, por lo que dijo:
—Es que si uno tiene demasiadas deudas… Nosotros tenemos un montón y todo es culpa de los sacrificios que hemos tenido que hacer. Veinte millones de marcos, eso es lo que los agricultores hemos regalado. Lo acabo de leer.
La mujer asintió.
—Todos tenemos deudas —dijo—. Además, nuestros jornaleros han huido a la ciudad por culpa de lo poco que les pagábamos. Aunque siempre hemos pagado los sueldos fijados por el gobierno, y por eso estamos endeudados. Antes nuestros hombres cobraban catorce pfennig la hora; al final les pagábamos solo siete. No era mucho, desde luego, pero era el sueldo fijado por ley y trabajo y nos costaba pagárselo.
Xaver volvió a envolver sus recuerdos. Ahora que la mujer había entablado conversación con él, le daba vergüenza que los viera.
—A nosotros tampoco nos queda ningún jornalero —dijo él—. Y yo me voy a la ciudad porque en casa no hay bastante que comer. ¡Si por lo menos nos permitieran quedarnos con nuestra leche y nuestras verduras! Pero tenemos que entregarlo todo al ministerio de Alimentación del Reich y los controles son cada día más estrictos.
La mujer miró fijamente por la ventana, como si hubiera algo sumamente interesante en la oscuridad exterior.
—Vaya, hombre —dijo sin mirar a Xaver—. ¿De modo que te vas a unir a lo que llaman «la fuga del campo»? Bueno, no te culpo. Si nos quitan la granja, nosotros tendremos que hacer lo mismo. Tenemos suerte de que no nos la quitasen ya hace tiempo. Mi marido dice que el ministerio de la Guerra ha requisado un millón de hectáreas desde 1933. Están construyendo barracones, fortalezas, aeropuertos y carreteras militares. Mi marido dice que tenemos suerte de que nuestro distrito no sea demasiado importante para el ejército.
Pero Xaver no prestaba atención, no lograba quitarse de la cabeza su peor enemigo: el ministerio de Alimentación del Reich.
—Sí, claro —dijo—, el país necesita fortalezas y carreteras militares. Eso es evidente. Pero lo que no entiendo es por qué sigue existiendo el ministerio de Alimentación del Reich. ¿No se supone que lo crearon para garantizar que todo el mundo recibiera comida suficiente? ¿Qué pasa con toda la gente de la ciudad que se va a los pueblos y se queja de que no tienen suficiente comida? Y lo peor es que ni siquiera en el campo podemos llenarnos la tripa. Dígame —preguntó de pronto—, ¿cuántas vacas tienen ustedes? ¿Tienen leche y mantequilla suficiente?
La mujer respondió que en su granja había veinte vacas, pero que ni por asomo tenían mantequilla y leche suficiente.
—Y la leche que nos toca es descremada, por supuesto —dijo—. Tenemos que entregarlo todo al ministerio de Alimentación del Reich, que devuelve un kilo de mantequilla por familia para toda una semana. Pero no nuestra propia mantequilla, sino mantequilla de la ciudad, que muy a menudo llega rancia por culpa de la lentitud del reparto. Si por lo menos pudiéramos quedarnos con un kilo de nuestra propia mantequilla… ¡Pero no! Tiene que ponerse rancia antes de que nos la den.
Xaver asintió.
—Exactamente lo mismo que nos pasa a nosotros —dijo—. Tenemos vacas de sobras, y buenas vacas, pero las cosas son así.
Tras una pausa, la mujer dijo:
—Es lo mismo en todas partes, pero eso no es ningún consuelo. Mi marido dice que también en el sur, en Austria, los granjeros saben de dónde
sopla el viento. Solo durante el primer año tras el [1] Anschluss con el Reich, un veintidós por ciento de granjeros y campesinos huyeron a la ciudad. Es lo mismo en todas partes. ¿Te hace ilusión la ciudad?
—Ya casi hemos llegado —fue la respuesta de Xaver. No, no le hacía ninguna ilusión tener que vivir en la ciudad. Le daba miedo y solo de pensar en las ruidosas calles en las que pronto tendría que buscarse la vida, deseaba de todo corazón no haberse marchado de casa, donde todo era tan tranquilo y resultaba tan familiar—. Mi hermano se ha quedado en casa —dijo con envidia—; es mayor y heredará la granja según las nuevas leyes. Pero tengo un primo en la ciudad, lleva ya cinco meses allí. Se llama Kaspar. Espero que esté en la estación.
—En la ciudad nunca te puedes fiar de que alguien vaya a llegar a tiempo —dijo la mujer—. Siempre van con prisas. Yo me quedaré en casa de mi hermana, aunque mañana a primera hora tendré que estar en el banco.
El tren entró en la estación. Xaver notó una punzada por tener que separarse de la mujer. Era su último vínculo con el hogar, aunque viniera de otro pueblo y no supiera qué aspecto tenía la granja Weber.
—Buena suerte —dijo—. Estoy seguro de que no les van a quitar la granja.
A continuación se encontró solo en el andén de la estación, mirando a su alrededor. Había un constante ir y venir de gentes, pero Kaspar no estaba entre ellos.
«Si no estoy en la estación —le había escrito su primo—, ve directamente a la Alte Rabenschänke, en la plaza del mercado».
Xaver, con la pesada mochila en la espalda, toda su ropa sobre el cuerpo, el maletín en la mano derecha y los recuerdos en la izquierda notó cómo le comenzaba a sudar la frente. El pequeño jarrón con las flores de nieve se salió del envoltorio de papel de periódico y estalló en mil pedazos en el andén. Xaver apretó los dientes.
—Vaya forma de empezar —murmuró. Y a continuación se puso en marcha hacia la Alte Rabenschänke.
Tuvo que cruzar por la larga y ancha avenida que llevaba de la estación al centro de la ciudad. Se detuvo un instante a recuperar el aliento frente al hotel Reichshof, que le pareció el símbolo supremo del lujo y la magnificencia de la metrópolis. El portero le vio y le sonrió de oreja a oreja al tiempo que le hacía un gesto a unos botones de uniforme, que en cuanto vieron su vestimenta de campesino se echaron a reír.
Xaver se marchó precipitadamente.
«Ni que fuera un animal que se ha escapado del zoo», pensó. Caminó apresuradamente, como si acabara de cometer un crimen. «¡La fuga del campo! —pensó—. En fin, pronto llegaré a la taberna».
En la Alte Rabenschänke encontró a Kaspar sentado en una larga mesa, con un grupo de trabajadores. Tenía un aspecto tan pálido y urbano que a Xaver le costó reconocerlo. Avergonzado por la presencia de aquellos trabajadores desconocidos, Xaver saludó a su primo desde lejos con un «¡Heil Hitler!». El grupo le dedicó una mirada desconfiada y le respondió con un «Grüss Gott!». Xaver colgó la capelina y la americana y se sentó.
Comenzó a explicarles las insoportables condiciones en las que vivían en casa y, a medida que fue hablando, fue notando la simpatía creciente del grupo.
Xaver pronto descubrió que no solo el aspecto de Kaspar había cambiado, sino también su forma de pensar y de expresarse. Para empezar, era más hablador que cuando vivía en el pueblo.
—¿Quieres unirte a nuestro club? —le preguntó.
El muchacho quiso saber de qué tipo de club se trataba antes de decidirse.
—No te preocupes, encajarás perfectamente; eres uno de los nuestros —dijo Kaspar—. El nombre del club habla por sí solo: Los Déclassé.
El muchacho se quedó pasmado; los trabajadores se rieron.
—Sí, sí —dijo Kaspar—. Originalmente, nadie de esta mesa era un trabajador urbano. No somos proletarios, somos campesinos, hijos de oficiales del gobierno, artesanos o provenimos de la «abarrotada clase de los pequeños comerciantes», ¿entiendes? Pero ahora somos trabajadores, somos el Club Déclassé.
—No conozco la expresión —dijo Xaver—; es una palabra extranjera, pero de alguna forma no me gusta. Es una especie de insulto, ¿verdad?
—No, en absoluto —dijo Kaspar, negando rotundamente con la cabeza—. No es un insulto, al contrario: estamos muy orgullosos de nuestro título. Aunque no vamos a olvidar que nos hemos visto forzados a aceptarlo, eso es algo que nadie debe olvidar.
Los otros asintieron. No parecía que tuvieran demasiado que añadir. Kaspar se había convertido en su portavoz; él y un viejo de mirada inteligente que en aquel momento tomó la palabra.
—Yo antes era orfebre —dijo—. Y el nombre del club fue idea mía. Tenía mi propio taller y, mal me está decirlo, no había mejor artesano en toda la ciudad. Ahora trabajo en la cadena de montaje y mi taller está cerrado.
—¿Lo ves? —le preguntó Kaspar—. Era un maestro en su profesión pero lo obligaron a esto.
Xaver pensó un momento y, finalmente, dijo:
—Pues a mí no me ha obligado nadie; a menos… bueno, a menos que fuera el destino.
Todos se rieron.
—¿El destino? —dijo alguien—. Siempre es el destino. ¿Por qué has venido a la ciudad? Tal vez porque en el pueblo no podías llenarte el estómago. ¿Y eso de quién es culpa? ¿Del destino o del ministerio de Alimentación del Reich?
—Mañana por la mañana me presentaré a la oficina de empleo —dijo Xaver—. He oído que necesitan trabajadores. Me van a aceptar en vuestra fábrica, ¿verdad?
Kaspar se encogió de hombros.
—Eso espero —dijo—. Aunque te apuesto lo que quieras a que te darán solo dos opciones: un trabajo en las minas o que te unas a las labores de fortificación de la Línea Sigfrido. ¿Cuál te gusta más?
El mozo respondió que ninguna de las dos y que Kaspar no podía estar hablando en serio.
—¡Eso sería casi una pena de prisión! —exclamó—. ¿Por qué iban a condenarme? Saben tan bien como yo cómo está la vida en el campo, no pueden obligar a un ser humano a vivir de esa manera.
Xaver miró a su alrededor.
—Además —añadió—, hay espías del gobierno por todas partes. ¿Queréis que os cuente el verdadero motivo por el que me he marchado del pueblo, lo que me dio el empujón definitivo?
Los trabajadores asintieron.
—Se supone que ya no podemos darles a los pollos comida decente. A ti no hace falta que te lo cuente, Kaspar. Los inspectores del ministerio de Alimentación del Reich vienen cada dos por tres a asegurarse de que los pollos coman solo lo peor de los restos. ¡Y luego se sorprenden de que las pobres bestias no pongan huevos! En fin, os lo podéis imaginar: tratamos de alimentarles lo mejor que podíamos, aunque la verdad es que no teníamos demasiado que darles. Íbamos con mucho cuidado, por supuesto; siempre teníamos a mano un cubo de porquería y sobras para mostrárselo a los inspectores.
»Todo fue bien hasta hace unos días. Nuestros pollos debieron de causarle demasiada buena impresión al espía del gobierno, o tal vez alguien nos delató. Hoy en día no hay forma de saberlo. En fin, la semana pasada vino un hombre de la ciudad y nos contó que su mujer estaba muy enferma y que si no comía algo vigorizante, estaba acabada. Dijo que no podía comprar buena comida en la ciudad y me suplicó de rodillas que le vendiera una gallina, solo una gallina. No iba a dejar que su mujer se muriera, ¿verdad? Yo le dije que necesitábamos todas las gallinas para nosotros y que, además, no podíamos venderlas así como así, que se iba a notar si entregábamos un número de huevos inferior al habitual.
»Pero el hombre continuó porfiando y al final acabó por convencerme. Le vendí una gallina, una de las mejores que teníamos. La había estado alimentando en secreto con cebada para mantenerla bien gorda. El hombre no supo cómo darme las gracias. “¡Esto va a salvar la vida de mi mujer!”, exclamó. ¡El muy canalla! Apuesto a que jamás adivinaréis para qué quería la gallina y para qué la utilizó. Después de matarla examinó el buche en busca de granos de cebada. ¡Espía roñoso! ¡El ministerio de Alimentación del Reich lo había mandado para descubrir si, después de todo, les estábamos dando cereales a los pollos!
»Unos días más tarde recibimos una carta del departamento. Habían encontrado granos de cebada en el buche de la gallina. La carta decía que yo estaba bajo sospecha y que iban a tomar las medidas oportunas. Me volví loco, podría haber hecho trizas al espía. Pero opté por hacer trizas la carta y esa misma noche decidí que no tenía sentido quedarse más tiempo. No tengo por qué aguantar que me traten así, como si la vida en la granja no fuera de por sí lo bastante miserable. “¡Se van a tomar las medidas oportunas!”. Pues ahora verán lo que son medidas, me dije. Me largo a la ciudad, eso es lo que voy a hacer. Por lo menos no tendré al ministerio de Alimentación del Reich todo el día encima. Aquí podré trabajar y ganarme un salario decente de forma honesta.
El Club Déclassé había escuchado su historia con atención.
—Déjame que te cuente algo —le dijo su primo Kaspar—. Es bueno que te hayas marchado del pueblo y nos alegramos de tenerte entre nosotros, pero será mejor que vayas quitándote esas ideas absurdas de la cabeza… si es que pretendes conservarla encima de los hombros. Por lo menos, no dejes que el del sindicato, el director de la fábrica o quien sea se entere de que hablas así. ¿Un salario decente, dices? Escucha: lo primero que tienes que hacer es asegurarte de que consigues lo suficiente para mantenerte vivo. Hace semanas que no veo otra cosa que huevos de pato. Se me estaba haciendo la boca agua oyéndote hablar de esa gallina gorda.
»Algunos de nosotros cuidábamos cabras para, por lo menos, disponer de algo de leche o queso de cabra, pero entonces hubo un brote de fiebre aftosa. No hay suficientes veterinarios y los que hay tampoco disponen de los medicamentos necesarios. Ni siquiera fueron capaces de decretar una cuarentena para evitar la propagación de la enfermedad, de modo que todas las cabras murieron. Y, por si eso fuera poco, nos dieron un “aviso”. Escucha esto, es del ministerio de Alimentación del Reich: “El sacrificio de cabras crea un déficit en el suministro nacional de alimentos. El número de cabras ha experimentado una disminución de 122 000 ejemplares”. Y esos matones insisten que no es culpa ni de la fiebre aftosa ni de la falta de pienso. ¿Sabes de quién es la culpa? Te doy tres oportunidades. De acuerdo con el ministerio de Alimentación del Reich, la culpa la tienen nuestros elevados salarios. Eso y el hecho de que tengamos trabajo; nos pusimos gallitos y por eso matamos todas las cabras. ¿Qué te parece? Es cierto, desde luego, que cuidar una cabra implica cierto trabajo, pero el ministerio de Alimentación no quiere ni oír hablar de eso. Aunque no queramos cuidar una cabra, pues en el fondo somos trabajadores industriales, tenemos la obligación de hacerlo, nos dicen, “como un servicio a la nación” y por el bien del “suministro nacional de alimentos”. A veces no puedo evitar pensar que los de arriba se han vuelto completamente locos. Porque vosotros y yo sabemos que se puede obligar a los trabajadores a hacer un montón de cosas raras, pero ¿cómo demonios los vas a obligar a cuidar una cabra? ¡No tiene ni pies ni cabeza!
El chico de campo se quedó boquiabierto. ¡De modo que ni siquiera huyendo a la ciudad había logrado zafarse del ministerio de Alimentación del Reich!
—Me pintas un gran panorama — dijo—. Pero, de todos modos, hay algo que no podrán quitarme; por lo menos, los domingos por la tarde podré descansar como un ser humano. En la granja… no hace falta que os lo cuente…
Pero Kaspar lo interrumpió:
—Tómatelo con calma. Te voy a contar lo que sucedió el domingo pasado. El sábado nos dieron instrucciones de presentarnos todos en la fábrica el domingo por la mañana. Vale, estamos acostumbrados a eso porque los domingos por la mañana siempre hay algún pez gordo que viene a dar un discurso o tiene lugar alguna celebración política. De modo que nos pusimos el traje de domingo y fuimos a la fábrica como buenos chicos. ¿Para qué crees que nos querían? ¡Para hacer limpieza! Teníamos que barrer los almacenes y recoger los cartones y los sacos viejos que había esparcidos, como contribución al plan cuatrienal. ¡En domingo! Pero en esta ocasión nos plantamos ante los de arriba y nos negamos a hacer el trabajo. Esgrimimos un argumento patriótico al uso: dijimos que, en cumplimiento del plan cuatrienal, no nos parecía apropiado echar a perder nuestros trajes de domingo, pues tendríamos que comprarnos ropa nueva. Y ¿cómo íbamos a comprar ropa nueva con los precios que fijaba la comisión de precios? En fin, que nos negamos todos y nadie limpió nada.
Xaver, que había seguido la explicación con rostro cada vez más pensativo, dijo:
—¿Y dejaron que os fuerais?
El trabajador que había sido orfebre y que se había inventado el extraño nombre del club se volvió hacia el recién llegado.
—Escucha —le dijo—, no creo que logres un trabajo en la fábrica. Kaspar tiene razón: probablemente te manden con el próximo transporte de trabajadores, pero mientras estés en el club puedes aprender cuatro cosas. Te resultará útil en la Línea Sigfrido, también, o en cualquier otro lado, de hecho. Has preguntado que si dejaron que nos fuéramos; sí, nos dejaron marchar, pero antes tuvimos que escuchar un hermoso y largo discurso sobre la necesidad de «intensificar la producción». Verás, desde que aplican todos esos ardides, como no permitir a los trabajadores cambiar de trabajo o ganar más de lo que figura en el listado de sueldos, desde ese momento y por curioso que resulte, la producción ha bajado en todas las fábricas y los peces gordos andan preocupadísimos. Ayer el periódico traía algo al respecto, escucha: «Lo que por desgracia está fuera de control es el descenso de la producción entre los miembros individuales de los sindicatos que están obligados a permanecer en su lugar de trabajo y a trabajar más horas a cambio de menos dinero del que podrían ganar en otro lugar». En eso los peces gordos sí tienen razón: el descenso es imparable.
—Pero ¿vais más despacio a propósito? — preguntó el mozo.
—Ni mucho menos —se rio su primo Kaspar—. No podríamos trabajar más deprisa. No permitas que nadie te diga lo contrario. Con la paga y la comida que recibimos, no podemos trabajar más rápido. ¿Comprendes?
El muchacho asintió.
—Te voy a dar un consejo —dijo el orfebre, que tenía un aspecto demasiado demacrado para ser un trabajador eficaz—. Cuando cojas un periódico, comienza a leerlo por las páginas de economía. Sáltate el editorial y el resto de parloteo y ve a las noticias de economía: allí es donde te harás una idea de lo que realmente sucede. Alguna vez te habrás dicho: sí, es verdad, hay escasez de alimentos y de ropa, pero por lo menos tenemos un montón de carbón y no solo para nosotros, sino que exportamos también muchísimo. ¿No te sorprendiste el día en que, de repente, comenzó a resultar difícil conseguir también carbón? Probablemente te dijiste que el «reparto» era cada vez más difícil y que con todas esas estupideces de la economía planificada ya nadie sabe lo que pasa. Pero eso no explica nada.
»Te diré algo, pero no se lo cuentes a nadie: hay escasez incluso de carbón, ¡la única materia prima en la que creíamos que éramos ricos! Han nombrado a un comisario especial para la economía carbonífera alemana y cuando nombran a uno de esos comisarios especiales es como llamar al médico a la cama de un moribundo: es muy mala señal. Han descubierto que la culpa de la escasez no era del “reparto”, sino del consumo desmedido y el descenso de la producción. Sí, joven, a pesar de los tres cuartos de hora extra que los mineros deben trabajar diariamente ha habido un innegable descenso de la producción. ¿Y sabes qué significa eso? Durante el primer trimestre de este año, en las minas del Ruhr se han producido 63,3 millones de toneladas cuando, el año pasado, se produjeron 64 millones durante el mismo trimestre, y eso a pesar de que cada minero trabaja cuarenta y cinco minutos más al día. Curioso, ¿no crees? Calcúlalo tú mismo. Pongamos que tienes 312 000 hombres trabajando en esa zona y que cada hombre trabaja tres cuartos de hora más al día. Eso significa que por cada mes de veintiséis días te trabajan unos seis millones de horas más. ¿Y cuál es el resultado? ¡Un descenso de la producción!
El viejo hizo una pausa para que las palabras calaran en ellos.
—Por supuesto, alguien podrá decir que han mandado a muchos mineros a trabajar a otra parte, pero no es cierto. Muy pocos mineros han sido trasladados, la minería es demasiado importante. De hecho, el descenso de la producción de carbón no sería tan grave si no fuera acompañado por un incremento desmadrado del consumo; y eso es debido a nuestra «autarquía económica», tal como ellos lo llaman. La idea es que tenemos que producirlo todo para nosotros mismos. ¿Te imaginas la cantidad de carbón que necesitan para producir toda esa celulosa, fibra artificial, minerales y aluminio? ¿Cuál es el resultado? Pues que hemos llegado al punto de tener que importar carbón. ¡Carbón, nuestra única materia prima! Este año hemos tenido que importar 5,7 toneladas, que supone medio millón de toneladas más que el año pasado, e incluso entonces estábamos importando demasiado. ¡Pero nuestras exportaciones, la única forma que tenemos de conseguir moneda extranjera, sufrieron un descenso de más de diez millones de toneladas! De los 59,6 millones de toneladas a los 49,2. ¡Para que tú veas lo que ha pasado con nuestra principal entrada de moneda extranjera!
Xaver estaba abrumado con tantas cifras.
—¿Adónde quieres llegar? —preguntó —. O sea, ¿qué estás tratando de decirme?
—No quiero llegar a ninguna parte —fue la respuesta—. Solo quería mostrarte las cosas tal como están. Y van a peor, ¿lo ves? A peor y muy deprisa. Eso es algo que deberíamos saber antes de meternos en una guerra. Hemos llegado ya al punto en que los generales se presentan en las fábricas y caldean los ánimos en vistas a la guerra. Debemos pensar por nosotros mismos, tener nuestras propias ideas, y no las que los de arriba quieren meternos en la cabeza.
Kaspar se volvió hacia su primo.
—¿Qué me dices ahora? Después de todo lo que te hemos contado, ¿prefieres regresar al pueblo o quedarte aquí?
El mozo no respondió. La cabeza le funcionaba a cien por hora. Debemos tener nuestras propias ideas, se repetía una y otra vez, no las que los de arriba quieren meternos en la cabeza. ¡El destino habla por boca de nuestros campesinos!, dicen los que mandan. ¡La granja del pequeño agricultor es la patria del alma y el espíritu!, dicen también. Pero las cosas van a peor y deprisa, ese es nuestro propio pensamiento. Y hay escasez incluso de carbón… la única materia prima en la que nos creíamos ricos… por culpa de nuestra absurda autarquía económica… por la producción de celulosa artificial y de aluminio, que requiere tanto carbón… y los trabajadores no pueden (¿o no quieren?) producir tanto como antes… eso es lo que nosotros pensamos. Pensamientos deprimentes… y yo que creía que en la ciudad se vivía mejor.
—Entonces ¿qué creéis? —preguntó en voz alta—. ¿Me presento mañana a la oficina de empleo?
Kaspar le pidió consejo al trabajador veterano.
—Los buenos consejos son un bien escaso — dijo este—. O tal vez es que en este caso no hay buen consejo que valga. Es casi seguro que no te permitirán quedarte donde quieres y que te mandarán a algún lugar al que no quieres ir, probablemente a la Línea Sigfrido.
—Voy a hablarte con franqueza — dijo el mozo—. La verdad es que no entiendo de qué va todo esto. Falta mano de obra en el campo, pero este mismo verano se llevaron a un montón de labradores a trabajar en las fortificaciones y en las fábricas. Y luego, al mismo tiempo, se llevan a los hombres de las fábricas para que echen una mano en las cosechas. En todas partes hay hombres que no conocen su trabajo, deberíais haber visto los jornaleros que nos llegaron al pueblo: ¡no sabían distinguir una pala de un cubo! Nos dieron más trabajo del que nos ahorraron y apenas teníamos comida que darles, pues el reparto no se compensó con el aumento de trabajadores. ¿Alguien puede decirme qué significa todo eso?
Nadie respondió y Kaspar asintió mirando a su primo.
—No significa nada —respondió inmediatamente—. De hecho, es un sinsentido. Pero debes tener presente que las autoridades cuentan con un montón de personas en un sinfín de puestos de mando, y que cada uno de ellos dispone de todo tipo de poderes. Si resulta que a uno de ellos le faltan trabajadores para su tarea particular, manda una solicitud a la oficina de empleo, a la fábrica, a la mina o al pueblo más próximo. Pero claro, los hombres que solicita eran necesarios también en el lugar que ocupaban, por lo que su responsable manda otra solicitud a otra parte y el problema va ampliándose en círculos. ¡Pero no tiene por qué significar nada! —concluyó con una carcajada—. De todos modos —añadió al ver que su primo agarraba ya sus fardos—, esta noche te quedas en mi casa y mañana ya veremos qué hacemos.
Xaver asintió, agradecido, y dijo:
—Tendré que presentarme a la oficina de todos modos. Al fin y al cabo, trabajar no es ninguna vergüenza y quiero ver a qué tipo de esclavitud me van a condenar. Me he marchado de casa, ahora no puedo quedarme parado. Y tampoco quiero morirme de hambre, de modo que ¿qué otra cosa puedo hacer? Está decidido, iré a la oficina.
Pero no había nada decidido, y tampoco tuvo ocasión de acudir a la oficina de empleo, pues el destino se cruzó en su camino y se anticipó a sus buenas intenciones.
A la mañana siguiente, un oficial de la Gestapo se presentó en la habitación de Kaspar y le preguntó si el mozo estaba allí. Había obtenido información del pueblo según la cual probablemente estaría viviendo en casa de su primo. ¿Estaba allí o no?
—Venga conmigo —dijo el oficial.
—¿Por qué?
Muy pronto sabría por qué.
En la oficina de la Policía Secreta le entregaron al mozo un documento y le dijeron que lo firmara. Decía así: «Por la presente confieso haber infringido la ley consciente y deliberadamente y haber dado de comer cebada a mis gallinas. Confieso también haber actuado consciente y deliberadamente contra los intereses de toda la nación y en oposición al programa de reconstrucción del nacionalsocialismo».
El mozo se puso muy pálido. Tenía la cara amarillenta y los ojos entrecerrados para no mostrar su enfado. Firmó la declaración.
—Eso es —murmuró—. Deliberada y conscientemente, contra toda la nación. Y ahora ya podéis hacer lo que queráis conmigo.