Cuentos secretos
Cuento sexto
comprobando que triplicábamos al pueblo blanco en número y fuerza física; algunos no querían intervenir, pero cuando aceptamos las casas de culebras, ratones y musarañas salieron a la noche de los sótanos y devoraron a los hijos chicos, cuando las madres desesperadas arrancaban sus pelos huyendo con los pedacitos de sus criaturas para salvar aunque fuera un despojo de los hijitos que tanto amaban; subimos a los techos sin discutir, de acuerdo la población entera. Nos desprendimos por aberturas ya hechas por arquitectos y otras las hicimos. Ellos dormían sin ratones, culebras ni musarañas. Los soldados que debían cuidarlos, mataban negros en sitios distantes, de modo que a la mañana siguiente nosotros, llenos de sangre comenzamos a gobernar. Ahora ya sabés, Babalú».
Cuento sexto
«Abuelo, ¿cómo nos hicimos músicos?».
«Hace mucho tiempo, tanto, que tengo que apretar los párpados para verlo…».
El abuelo Jerom está sentado al piano con su nieto a su lado, quien suena en su batería un son nostálgico y el viejo le da fondo. Jerom aparta las manos negras del teclado blanco y Babalú abandona los palillos que golpeteaban «bum, bum…».
«Contame, abuelo, contame…».
«Ocurrió en el sur, la fecha exacta se ha borrado y ya estamos en 1978,
¿verdad?».
«Sí, abuelo Jerom».
«Fue allá cuando los fierros dolían en los pies y en las muñecas; se nos ocurrió bailar con los fierros puestos pegando fuertes talonazos en las piedras y contoneando el cuerpo sobre un mínimo espacio porque no podíamos desplazarnos con las piernas encadenadas».
«Nadie puede, abuelo Jerom, ¿te acordás de eso y no estabas ahí?».
«Estaba en la sangre negra de los negros, bajo el cielo azul del mundo nuevo, añorando el azul cielo entre las ramas del bosque de la selva; el más viejo de los esclavos levantó las manos al azul cielo y levantó las trompas, también aullando como los lobos y los demás esclavos lo imitamos y les
gustó a los hombres blancos que cuidaban, entonces vinieron y aflojaron los fierros, dijeron “aúllen más” y el mundo se llenó de aullidos de las trompas de los lobos que dormían adentro de los cuerpos negros de los trompudos.
Una negra, de pronto, lanzó un chillido terrible y les gustó, Babalú. De manera que aullábamos los hombres y las mujeres chillaban y bum, bum, con los talones; uno de los guardianes hasta les sonrió y sus grandes dientes brillaron como los nuestros… Gustamos por primera vez, en la vida negra de los negros del sur. Nos permitieron instrumentos: utensilios, madera, cueros y latitas vacías de los alimentos que comían ellos; latas de aceite y gasolina en desuso, y colgamos las latitas de la lata grande y sonó tin, tin, ton, con los cueros fabricamos bombos y tambores y bom, bom, bom.
Aullamos y chillamos, después los guardianes decidieron intervenir en la danza y jazz, jazz, bang».
«¿Y los pianos, abuelo Jerom?».
«Los compramos más adelante cuando se aproximaba la hora».
«¿Qué hora, abuelo?».
«Cuando aflojaron los hierros, danzamos indiscriminadamente unidos con gran ritmo… La gran lata latía su corazón de hojalata, las pequeñas latitas titilaban pum, tin, tin, tin. Muchas lunas nos vieron en la barahúnda mareados y gozosos, y un guardián dijo que los negros teníamos espíritu, y el cante baile se llamó Negro Espiritual. Se olvidaron de aherrojarnos y nosotros andábamos descalzos sobre extensos espacios de hierros y macadam; fue el principio, ¿entendés? Si le sacás el collar a tu perro, después no es fácil ponérselo».
El abuelo recorre con sus manos negras el largo teclado blanco y entra la luna azul al recinto, propicia por ser viernes, al aullido de los lobos y al chillido de las arpías.
Jerom es feliz.
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