Cuentos secretos

Aurora Venturini · Capítulo 48 de 67

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Cuentos secretos

Lo que le ocurrió a Lito Piccio

Ocurre algo raro en la relación entre la clientela especialmente femenina y Pertuso. Todas piensan que es chorro, pero ninguna protesta.

Su continua, constante charla adormece con cierto encanto de canto dulzón.

Una vez se enfermó, según dijo, se sometió a una operación quirúrgica por afección hepática; cerró el atelier y lo extrañaron.

Volvió a los seis meses pálido y algo introvertido, cubierto el rostro tosco con barba hirsuta, peinado con colita hasta la espalda algo encorvada por la obligada pose de profesional del pelo.

Contó alternativas de su operación: «Me las vi mal…», ojos en blanco y tijera cadente.

Lenguas afiladas contaron que tal afección de hígado era una falacia y que fue afección de «barbijo», o sea tajo en la mejilla izquierda por vendetta amorosa en el bodegón de Zippo, el siciliano, a cuyo papá, años ha, enzocaron una banana brasilera de cáscara durísima en el orto, y el viejo sosteniéndose los pantalones llegó al hospital.

Gritaba: «¡Me amasaron, mamma! ¡Criminales!».

Lo tuvieron que operar. Dicen que le quedó el orto muy ampliado y desde entonces lo han motejado «Zippo, de cagar feliz». Porque la maniobra le resulta fácil.

La cirugía de Pertuso en la mejilla izquierda cubierta por frondosa pelambre oculta el drama del bodegón.

La mentira es de vida breve.

La vida es como el mar que devuelve cuanta cosa extraña cae en su lecho y así solo no se sabe lo que no se hace.

El drama tradicional isleño no termina aquí. Así es como se supo que Zippo, cuyo apellido Pertuso decoraba el nombre de Caruso, el estilista, era su progenitor. Además, no era señor, es decir noble, sino Zippo Pertuso, el del gran agujero.

Lo que le ocurrió a Lito Piccio

Caruso Pertuso tuvo varias parejas románticas, siendo la última la hermana de Lito Piccio, una rubia desabrida taruga y barrigona.

Oficiaba de ayudanta del atelier, su tarea se reducía a barrer. Cumplía faena de cama adentro en casa del estilista.

Una noche la secuestraron, pero no la violaron. La asustaban disfrazados de fantasma: «¡Uh, uh, uh!».

Ella contó esto. La dejaron escapar.

A la familia Piccio se le puso que el honor de la muchacha había sido mancillado, y asesinaron a uno de los secuestradores con un cuchillito Tramontina.

Dicen que Piccio se atribuyó el criminal sucedido y lo pagó caro porque en ocasión de estar de guardia porque era vigilante policial lo agarraron y lo encerraron en un galpón.

Acto seguido, rociaron con kerosene el pajar y con un fósforo incendiaron todo y a Lito también.

Ojo por ojo, diente por diente, es la mejor forma de hacer justicia. De otra manera, los juicios se postergan, pasan los años y se prescriben los crímenes por falta de mérito y comprobación de pruebas; suele haber apelaciones.

En mi parecer, está bien que el que las hace las pague.

Sacaron en conclusión los descendientes que era peligrosa la asistencia al bodegón de Zippo donde metían objetos en los agujeros y concavidades anatómicas.

Otro caso: Tartarugo Poroto padeció de mal de oído izquierdo, porque le enzocaron un poroto en la oreja de ese lado, que se fue al fondo del órgano y su dueño se olvidó de sacárselo.

Durante una siesta veraniega, comprobó mirándose en el lago que tenía una ramita crecida en el lado izquierdo de su cara gorda y lo operaron. Lo apodan Poroto Tartarugo.

No es aconsejable esa bodega.

Aconsejable es asistir al bodegón Le Tiro.

A cuatro cuadras más allá, los cofrades que asisten inventaron un canto y lo actúan. En el frente del negocio, en un cartel, se lee: «Para ingresar al salón, quince pesos. Se aconseja traer el objeto y actuarlo».

Cantan de tal guisa, para lo cual ya han elegido el blanco: Le tiro con maíz / le rompo la nariz.

Le tiro con la roca / le rompo la boca.

Le tiro con la reja / le rompo la oreja.