Cuentos secretos
En la feria de La Rural
tenedor, pinchó papas, patatas, etc.; se echó hacia atrás en la silla, tragó vino. Eructó.
Mareantes temores me sofocaban. Y no me animaba a remar al puerto Hannibal.
Dentro de mi naturaleza creativa, vi la película epónima y el peligro de llegar a esa ribera. Podría naufragar. ¿Y si ella decidiera devorarme?; ¡qué atrevido pensamiento!
Tal vez, infantilaba. Tal vez, premonición. Aún no se había saciado el monstruo.
Llamó a la sierva, pidiendo el postre y el vinillo dulce postrero.
En uno de los paquetes traje postre de borrachos al ron.
Se sirvió medio postre. O sea, un gran cacho rebalsando vino fortísimo.
Engulló mirando el cacho que restaba en la fuente al que agarró mientras meneaba la testa lechuzona a diestra, siniestra, atrás; al buche se fue el contenido de la fuente, y el vinillo de la fina licorera de vidrio del Lido.
La bestia está rodeada de delicadezas que no combinan con ella.
Le pregunté: «¿Cuál es tu carne preferida: pollo, pavo, chivito, lechón o nonato?».
«La más suave, suculenta a la vez, la del nonato, porque aún los huesos son cartílagos masticables».
Temor de temores, horror de horrores, miedo pánico; quiero llegar al lugar donde los nativos devoraron las piernas de los obreros que talaban la selva para edificar Brasilia.
¿Cómo encarar la pregunta sin sufrir un mordiscón?
Que los hados me auxilien. No me animo.
Cuando se duerma Espécimen, me iré despacito.
En la feria de La Rural
Los animales del campo despiertan piedad en las ánimas generosas que terminan comiendo yerbas.
Con perdón y comprensión de mis amables lectores y con la esperanza que ninguno se sienta ofendido, digo que el humano es gestado, parido y expuesto a la luz de idéntico modo que los animales del campo; para el
caso, con menos destreza, porque los borregos a poco de pisar tierra salen corriendo.
Cuando recién asomaba a la adolescencia alguien me llevó a la feria de la Rural. Alguien me subió a un caballo de exposición suave como la gamuza y anduve paseando junto a chicas y chicos al trote y a la carrerita corta. La gente aplaudía. Había transparencia en el aire y olor a bosta.
Yo tenía mi propio zaino en el Club Hípico de La Plata. Equitación es el único deporte de mi ejercicio. Por lo demás, soy torpe, pero desde niña monté con gentileza.
Siempre regresaba a la fiesta campesina donde las personas son amplias y francachonas, especialmente la peonada y los fieles cuidadores de los futuros campeones en el aire transparente con olor a bosta.
Compartí los asados con los organizadores y sus familias llenas de proyectos de viajes a Inglaterra, país en el que aseguran que no existe manjar más delicioso que las carnes argentinas.
Igual, los anglos son pálidos.
Durante un almuerzo noté la trama frágil y generosa del trozo, lo que comenté; supe que era nonato.
El sacrificador no se dio cuenta del embarazo avanzado de la vaca, al menos eso confesó.
Todos festejaron la ricura del hallazgo por mero descuido del matador.
Los médicos también suelen equivocarse.
Espécimen adora esa carnadura inocentona.
¿Será porque facilita la manducación con dentadura postiza de arriba y de abajo, que se quita entera y ya sacada continúa mordiendo?
La última vez que fui a la feria visité todos los búnqueres. Vi toros campeones de nariz hendida por un aro y marca ilustre, gordos y orgullosos.
También gordos y orgullosos vi a los cuidadores de estas maravillas patrimoniales del país de los argentinos.
Años después fui a la Feria del Libro. El aire sin transparencia tenía olor a bosta, los libros estaban angustiados.
Soy algo lenta de ubicación en los sitios y tardé en percatarme de que la exposición de textos borgianos, por ejemplo, clavaba el stand donde habían pastado ovejitas.
A estas ferias no volvería, pero sí a la mansión de Espécimen portando un paquete plástico que contenía raciones inocentes y tiernas de nonato vacuno.
Mientras iba, recordaba una cena en el restorán adosado a esta carnicería lujosa, donde me sirvieron bifes de prójimo con batatitas dulces y champagne en botella pequeña; he olvidado la calle.
Según el irascible dr. Rolo Castro, la res humana es tóxica en cuanto a su ingestión por el prójimo. Aunque se ponga verde de bronca aseguro a ese facultativo que no es así.
La gorda husmeó olor a ternura cárnica y me arrebató la ofrenda.
Cuanto pasó más tarde resulta muy difícil relatar por vergonzoso y desesperado.
Me siento culpable del suceso que no debió ser.
La monstrua se apoderó del paquete que abrió desgarrando la envoltura plástica y echada sobre la alfombra, con ambas manazas sostuvo la res pequeña, o sea, el nonato vacuno, y lo desgarró a mordiscos gruñendo como un chancho salvaje de aquellos que se ven en la isla de Cerdeña, de Hannibal, película espeluznante y preciosa.
La versión brindada por Espécimen me causó pena. ¿Qué era, qué es la habitante de la mansión espeluznante y preciosa?
Me avergoncé.
Suelo adelantarme a lo que devendrá: la escena estuvo por adelantado en mi capacidad perceptiva desbordada.
También las palabras fluyentes de la monstrua sentada en la alfombra:
«Era un prematuro, no un aborto», repetía entre bocado y bocado.
Saciada, Espécimen cayó de espaldas y se durmió. Antes dijo: «No pueden acusarme… le pagué a la enfermera». Dio un giro hacia la estufa resollando. ¿Pasaría horas tirada en el sitio o qué?
Salí a la vereda. Caminé por el parque de negocios de baratijas. En cada vidriera aluciné una bocaza dentada con prótesis entera. Llegué a la zona urbana.
No tenía apetito.
Una mujer empujaba el cochecito del bebé.
Debía aconsejar a esa mujer que no acercara el cochecito a las vidrieras.
Enseguida me tranquilicé porque no era nonato. El nene del cochecito era delicado y estuve a punto de preguntar a la mujer si fue prematuro. Si así fuera, le habría aconsejado no alejarse del centro de la ciudad, además de que no se acercara a las vidrieras.
Un anochecer vi a Espécimen. Yo iba con otra psicóloga y llamé su atención en cuanto a la monstrua. La psicóloga tenía un catalejo y lo usó.