Cuentos secretos

Aurora Venturini · Capítulo 5 de 67

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Cuentos secretos

El patio

El patio era enorme. Si en lugar de baldosa fuera de agua, solo un río podría comparársele o una gran laguna. En mi infancia ya estaba vacío. Aún a principios del siglo xx había seis sillas de madera, dos bancos de plaza y una mesa que se apoyaba con patas terminadas en garra. Macetones de plantas florecidas se arrinconaban en las esquinas del rectángulo; cuatro esquinas, cuatro macetones. Ahí se reunían personas invitadas a la tarde, conversaban, bebían y picaban de una bandeja con palitos chinos. Yo me escurría por la rampa que acababa en un terreno con árboles frutales y alguno de sombra. Un granado daba el fruto prodigioso que al abrirlo descubría rubíes tan divinos que daba lástima comerlos y pintaban las manos, oscureciéndolas.

Casi en otoño, la higuera tiraba brevas. Yo le temía a ese árbol. Su fauna me impresionaba porque trepé y confundí con ramita al horrendo bicho palo, cuyo solo recuerdo me eriza.

Construí un habitáculo. Lo bauticé iglú con hojas. Puse dos alambres para facilitar el trepado de las madreselvas. Ubiqué varios ladrillos improvisando asiento, y otros, mesa. Traía cuaderno y lápiz Faber, sacapuntas, goma de borrar y mis ideas.

Mi amigo Bebe saltaba el cerco de cinacina y cicuta; antes de invadir el iglú, gritaba: «Ave María Purísima». Yo: «Sin pecado concebida». Solíamos beber sidra en la botellita enfriada en la heladera de hielo de mi casa; comíamos tortitas de azúcar y visitábamos el campo buscando un nene en los repollos. Dijimos que si lo encontrábamos, deberíamos casarnos, porque no había nada más triste que un huérfano. Creíamos que nacíamos de un repollo aunque entre ambos nos negáramos a declarar que algo más sabíamos del asunto, pero no deseábamos salir de la infancia. Al rebasar la edad, el Bebe dejó de venir porque lo mandaron a la escuela Anexa, al internado del Colegio Nacional. Algo cambió. Todos nos caemos de la infancia. Algunos nos rompemos.

Cuando el patio anochecía yo iba a la cocina, me sentaba en la silla de paja, apoyada la cabeza en los brazos, dormía. No sufría hambre. Había llenado la panza con frutos de los árboles y agua de la bomba, despertaba al amanecer. Cruzaba el patio luego de bajar la rampa. Iba a ver a Za-Za a la huerta. Za-Za, la chiva, con la cual sostenía charlas interesantes, me dijo que ya sentía dolores. Yo le acaricié la pelambre entre la cornamenta.

Rumiaba. Los ojos claros reflejaban la salida del sol. Me aconsejó que volviera a la cocina a desayunar si no, me retarían. Subí la rampa a la carrera. Nicha servía el café con leche. Mostraba buena disposición y me contó lo siguiente, relacionado con Za-Za: «A la medianoche vendrá el chivo de don Epicier trayendo en los cuernos una bolsa con el hijito de Za-Za». Don Epicier, nuestro almacenero, crio un chivo; maduró este animal y en ocasiones estuvo junto a Za-Za. Concluí que «es lógico que sean esposos» y dejé abierta la expresión. A la medianoche cantó el cucú, bajé la rampa yendo a la huerta. Miraba el cerco con fijeza, el cerco de cinacina y cicuta, y vi al chivo de don Epicier pegar el salto paternal pues traía a su bebé embolsado. Al minuto, escuché a Za-Za que se quejaba y un vagido tenue cruzó el aire que templaba el paisaje. Espié el establo. Za-Za alimentaba a su criaturita, los ojos pálidos observaban la luna llena. El chivo no estaba. Antes de volver a mi cama, arranqué una ramita de cicuta y la mordí, tragué saliva amarga, olor a rata. Antes de salir de la escena, siempre hice lo mismo y nunca me morí. Había leído sobre Sócrates y su trágico fallecimiento. Saqué en conclusión que el tecito preparado por Jantipa sería de otra yerba tóxica.

Al día siguiente conté a Nicha sobre el salto del chivo. Ella estuvo a punto de retarme, pero no. Una semana después dijo que las nenas mentirosas iban al infierno. No entendí por qué dijo eso…

Nicha es solterona. No aguanta a los jóvenes, pero no tiene derecho a acusarme de embustera… En realidad, a los mayores no los entiendo demasiado. Nicha, a pesar de su edad, no ha leído a Sócrates. Mis idas y venidas por el patio fueron muchas. El carácter de Za-Za varió a consecuencia de su maternidad. Antes me permitía que le acariciara el peluche suave entre sus cuernos duros, ahora no. Dedicada exclusivamente a Pipi, lo ponía a la teta, lo arrumacaba. No me dejaba tenerlo ni un minuto.

Las madres son algo distinto. Respeté su conducta. Dejé de acercarme al establo. Además, temía un desenlace atroz con respecto a Pipi, el chivato.

La gente es voraz. No quería sufrir ausencia de juguetes de peluche.

Cerré la puertecita del lugar de Za-Za y Pipi.

Los perdí de vista. Ojos que no ven…

Iba al iglú de madreselva a espiar la cabaña o rancho cómodo de la vereda de enfrente de don Terranera. El vecindario tejía novelas en torno al lugar. Lo rotulaban «casa de la ahorcada».

Esa cabaña, rancho cómodo o casita, era una construcción de madera, chapa y tejas negras, lindísimo puzzle creativo.

En las ciudades bonaerenses desde las fundaciones aparecieron.

Descubría, fija mi atención sostenida en la vivienda de don Terranera, un pasillo de césped, suave, como la piel de Za-Za. Basta de añoranzas.

Por el pasillo caminaba el dueño, solitario ciudadano que saludaba, nada más. El hijo, un muchacho raro, cursaba tercer año en el Colegio Nacional al que iba a pie, huraño y bien trajeado, a paso militar. Nunca oí la voz del joven mayor que yo, aparentemente doblaba mis años; yo entonces cumplí nueve y estudiaba en la escuela del barrio tercer grado, escribía versos, recitaba los 25 de Mayo y 9 de Julio en otro patio, el escolar.

Años después, me contó Pedrito Catella, escritor y periodista, que estudió en el colegio de Terranera, que era un estudiante muy callado.

Lo conoció en el mismo curso, pero no llegaron a contactar nada más que un saludo. Terranera evitaba dialogar con los compañeros que oyeron su voz por primera vez cuando llegó tarde a clase y se disculpó: «Me equivoqué y fui para otro lado». En los recreos leía. Cuando un profesor lo llamaba a exponer, con esfuerzo emitía un vozarrón gangoso, memorizando absolutamente el texto cual si estuviera leyendo, recitaba lo estudiado lacónicamente, sin expresión de rostro ni ademanes. Los profesores, en la sala de reunión de concepto, comentaban: «El alumno Terranera repite las lecciones como si leyera en el momento los temas». La profesora de Psicología hizo notar: «Recuerda hasta el último vocablo de cada página con mímica de dar vuelta la hoja». Los demás dijeron que Terranera significaba algo muy extraño. No demostraba perturbaciones, gestos, risas, preocupación ni la más mínima intención de diablura propia de la edad adolescente. El «profe» de Deportes dijo: «Terranera es un mecano y transporta adentro del corpachón todo programado para la clase de Gimnasia».

Pedrito Catella me dijo que Terranera cursó hasta cuarto año y desapareció. Entonces supuse la coincidencia; en aquellos lejanos días

había dejado de verlo.

Desde el iglú veía a don Terranova que pulía el cerco y los canteros. Un principio de verano pintó las paredes de verde claro y lavó los vidrios de las ventanas, mientras silbaba ópera de Verdi. Tenía oído excelente. Al atardecer, llamaba el chico de don Epicier y salía por el pasillo la mujer de rostro tapado desde las ojeras, por encima del cerco recibía el recado.

Apenaba tanta tristeza en el barrio sureño platense, las tristezas salían de las casas y se juntaban en el medio de la calle; sumergida en mi refugio de plantas traté de huir de ellas, imposible. Escribía unos versos para el diario El Día. Un tío me anotició que la poesía había encantado a don Osvaldo. El citado era un señor divino o divinizado por mí, que cumplía doce años. La noticia estremeció mi ánima, me refugié en mi habitación con gran gozo espiritual.

No nos tuteábamos entre conocidos ni con los parientes.

Esa lejanía sellaba la posibilidad de evasión, estado de lasitud, decaimiento a un silencio caminante con pasos de felpa entraba a nuestras entrañas y ahí se quedaba. Al abrir las puertas de las casas, estilo chorizo, edificadas por los italianos de las primeras inmigraciones, salía olor a comida triste, a bebida triste. Todo cuanto salía de esas viviendas larguísimas con salamandra humeante era penoso.

En medio del gozo frutal producto del juicio de don Osvaldo acerca del poema, sucedió el caso de la hermana de don Terranera, ahorcada de un pino próximo al cerco que avistaba desde mi iglú. Desde ese lugar vi el colgajo blanco sábana, lo descubrí de pronto porque ya estaba cuando vine a ocupar mi asiento de ladrillos apilados. Había dispuesto sobre el poyo de ladrillos también apilados mi cuaderno y lápiz Faber, vertería sobre la hoja unos versos dedicados a mi reciente estado anímico que me desubicaba afuera de la infancia. De esa instancia saltaría a la edad adolescente y padecería la novedosa sensibilidad producida por el brote de romanticismo que desordenaría mis hábitos y me transformaría en alguien diferente.

Advertí un advenimiento mágico. Después inventé situaciones preciosas, otras arrasantes fogatas de bosques incendiados de cuyos focos, fragancias de incienso y alucema emanaban aliviando las lastimaduras de fuegos.

Bullía mi imaginación en poemas dedicados en silencio a don Osvaldo. El largo lamento de la sirena policial interrumpió un monólogo interior. Los vigilantes abrieron la puerta de alambre de la casa de enfrente, descolgaron

a la ahorcada arrojándola a la parte posterior de la camioneta porque no la pudieron sentar, el rigor mortis.

Piadosamente, crucé la calle, cerré la puerta, subí al gran patio.

Noté que no había ningún ánima en el huerto. Nicha me dijo que vendieron a Za-Za porque estaba vieja y no daba leche. De Pipi no indagué.

Cuando sirvieron, un mediodía, chivito al horno, no comí. Fui a mi habitación triste de la casa triste y lloré con amargura.

Debería crecer y asumir estado de mayoridad, pero no puedo; si lo asumiera, quién lloraría a los desvalidos.

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