Cuentos secretos

Aurora Venturini · Capítulo 21 de 67

Páginas del PDF

Cuentos secretos

El rincón secreto de la gorda Espécimen

mocosidades de su jeta al recordar que después de la muerte del camarista progenitor se les acabó el estipendio fabuloso: «Vivíamos con mi jubilación docente».

Pasó de describir fotos en mano, circunstancia que aconteció, según la monstrua vestida de homo, cuando la señora presidenta visitó la Universidad y ella pudo entrar, sentándose en primera fila: «Yo siempre me siento adelante, ja, ja, ja, ja».

Siguió narrando: «En un momento dado abrí la cartera buscando una misiva de papá y la presidenta se me acercó y me ayudaba a buscar el sobre; nuestras manos se chocaban, y la encontró».

Narró. Narró que le hizo notar a la señora presidenta la finura del papel que utilizaba el papá cuando le escribía a ella desde Tucumán, recibiendo en la casa de campo hacienda de descanso.

Las escuchas jóvenes oían la romanza padre-hija, emocionadas.

«Soy huérfana… huerfanita puesta en el tomo de la Casa Cuna».

La gran mitómana, según la servidumbre estranguló a su mamá, que le impedía salir a la noche por su estreñimiento nocturno.

La sirvientita peruana exclamó: «Usted mató a su mamá». Y se mandó mudar a toda carrera.

Vino a mi departamento y me contó: «Viajó a Perú y no volvió».

Los restos de la víctima reposan en el nicho de la iglesia del cementerio platense.

«Me quedo hasta tarde en el nicho de mi mamá».

«¿No te da miedo?».

Quedó pensativa y como desde un sueño musitó: «Se me fue la mano…

no tuve intención».

La gorda Espécimen olvidó que los escritores periodistas integramos el cuarto poder que derriba muros, torres y montañas.

El rincón secreto de la gorda Espécimen

Yo escribí que la casa de Espécimen es enorme y bella mansión florida, arrebolada; en el parque hay un departamentito al que se accede por una

escalera de fierro, cuyos peldaños separados exigen esfuerzo físico al visitante y a cualquiera que desee invadir el sitio.

La portezuela chirría al abrirse. No diré que este apéndice de la casona esté embrujado, digo que todo el ámbito lo está.

Antes iba a pasar horas en el jardín hermoso desde donde se ve la escalerilla y el frente rústico del departamentito. Entonces la dueña solía alquilarlo a estudiantes venidos del interior, a muchachas y muchachos solitarios. Cuando los inquilinos salían, ella entraba al ámbito. Revisaba todas las pertenencias y leía los correos y la correspondencia, revisaba los bolsillos, los cajones y hasta debajo de la cama.

Le pregunté por qué lo hacía: «Quiero saber quién vive en mi casa».

«Creo que debieras conformarte con que te pagaran...»

«Yo alquilo una cama en mi casa, quiero saber quién se acuesta en ella».

Permanecían durante un mes y se iban espantados.

Resolvió utilizar el ámbito con fines de magia.

Colocó luz de bajo poder.

Consiguió lámparas y candeleros de bronce, mesitas de tres patas, bolas de vidrio, cartas y barajas de todo tipo, velas negras.

Armó una biblioteca con literatura esotérica.

Exigió a una modista que le confeccionara prendas de brujería: capas y pollerones, gorros y vinchas y hasta calzas de raso con puntas agudas como agujas.

Adquirió en un negocio especializado en collares y caracoles, buzios y varitas mágicas.

Recopiló cuanta fotografía pudo de los rincones y mansardas del enorme sótano y la llevó a la habitación siniestra.

Compró en la tienda de don Jay, el turco, varias cajitas de alfileres de punta.

Guardó el maligno tesoro en un cuartito oscuro y lo cerró con llave.

Se echó a roncar como un jabalí en la cama que antes alquilaba.

Más tarde saldría de ronda.

La madrugada siguiente la halló roja tomate en una borrachería, pues in memoriam pater bebió varios vasos de Martini seco y otros de cerveza amarga in memoriam de sus abuelas germanas que eran hermanas.

Ahí mismo desayunó café y sánguches de salame.

Rengueando entre esos bastones fue a una ferretería a comprar clavos, martillo y dos kilos de masilla.

Rengueando y eructando llegó a su casa, abrió la puerta y se tiró vestida, ensombrerada y calzada con los paquetes y el bolso encimado en el sillón del living, antes de invadir el sueño de alcohol y cebada, suspiró: «Algún día conseguiré la pensión de mi papá».

Volvió a eructar el jabalí.

El esoterismo me obliga a invadir territorios difíciles, a veces hasta peligrosos, por eso fui varias veces a la gran casa de la gorda Espécimen.

Soy esoterista.

He ahí el obstáculo.

Lo supe cuando en un viaje a Río de Janeiro concurrí a una playa donde brotan las brujas tanto como los plátanos.

Al cabo de algunas sesiones, califiqué a la espantosa dama de aficionada a los embrujamientos y orate ensombrerada de fieltro en invierno y de panamá en verano.

El centro mago brasilero era temerariamente encantador como sus mais y sus pais, exponentes de alta cortesía, trajeados de blanco.

Temerariamente encantador; tras de sus actitudes de gente común, esos santones, aunque no lo ocultaban, lo extraordinario trascendía, y cada expresión mímica o vocablo resguardaba lo secretísimo, inalcanzable para la mayoría de los humanos.

Los santones simpatizaron conmigo y un pai ofreció purificarme de injurias ante un altar grande con motivaciones afroamericanas orantes y danzantes. Reinaba fragancia exótica y oíanse rumbas en lengua y ritmo francés de las Colonias ayer nomás bajo estío de la Douce France.

Antes de entrar, debí quitarme el calzado; frente al pai levanté los brazos y él orilló mi cuerpo con sus manos con ritmo de rumba; de vez en cuando eructaba, expeliendo por su boca mis atroces estados pecadores.

Manifestaba fatiga.

Quemó yuyos en un fogoncito barroco de angelitos negros, suspirando fragorosamente y me salpicó con perfumes violetas agridulces.

Macumbeó en un tramo del ejercicio purificador y fue a lavarse las manos quitándose el empantanamiento por el subebaja, a lo largo de mi largo cuerpo pecador.

Volví a calzarme.

Salimos.

Al caminar por la amplitud del ambientado sitio, vi en un salón en torno a una mesa de madera cubierta de chizitos, salchichas, panes, milanesas y

otros alimentos a los pobres.

La escena me enterneció.

En otro salón, la mai me invitó a tomar asiento junto a ella.

En una mesita oval, colocó un primoroso mantel y sobre él un collar de buzios, dentro de cuyo círculo, en un oráculo dibujado y barajas, arrojaría buzios.

Retrotrajo mi pasado ardoroso y vacío, los años vacuos, los meses romantizados al divino pedo, los días evaporados, desvanecidos en gratas ilusiones flotando en el aire cual barriletes que los nenes remontan en el viento de febrero y que de pronto capotan; retrotrajo las horas con sus minuteros y segunderos, uno a uno caídos en batallas secretas de cuatro estaciones, predijo futuro.

Caminamos por alfombras roja, verde, amarillo pálido, gris de grisura tensa.

Detuvo el paso, la pitonisa.

El calendario no lo detuvo.

Paso a paso, sus predicciones se cumplieron con disciplina, de tal forma que para mí no hubo sorpresa.

El viernes de enero rabioso en Río de Janeiro, fuimos al río epónimo.

Brillaba luna llena y los abalorios de los orantes ardían.

Magia de una insobornable negritud bailaba en pleno.

Yo no sé por qué sentí estado de éxtasis.

Traté de sacudírmelo y el gusto que deja una naranja amarga me inundó.

Estaba neurótica, creo; temblaba. Tenía miedo.

La mulata con vincha sosteniéndole la cabellera trajo un paquete y lo abrió sobre la hierba húmeda de la costanera.

Vi huesos humanos.

Eran viejos y roídos por los dientes de años de sepultura.

A lo lejos, cacareaban gallinas, sonaba en la sombra algo que identifiqué con balido o bufido.

Subió humareda fragante a carne asada.

Danzaban, las morochas macumbeando rumba brasilera.

La voz de contralto de la mai cantaba al ritmo de su danza bífica, imparable que la convertía en un trompo de metal rolando enfurecido.

Advertí que algo o alguien descomunal venía desde las lejanías del río de enero y no quise mirar en esa dirección.

Atencioné desde donde estaba sentada y noté que la huesa roída se movía en dirección vertical; hui del sitio y me detuve a distancia.

Del montón óseo brotó un ser lujoso de raza africana, completo y elegante. Gran cagazo; corrí como gamo perseguido por un tiro de bengala.

Regresé a La Plata.

Antes nunca conté esto.

Ahora puedo hacerlo, porque he olvidado aquellas sensaciones.

Los escritores somos curiosos, investigadores; nos metemos en lugares prohibidos y muy exclusivos, lugares respetables.

Yo no contradigo los credos en los que no participo y agradezco las invitaciones recibidas.

Yo veo fantasmas desde mi lejana infancia y sé comunicarme con los difuntos. Esto me da la seguridad de que nada finaliza. De que solo cae la envoltura. Y lo psíquico es inmortal.

Tengo para mí que no todos los humanos son psíquicos y que algunos animales tienen alma.

Una de mis perritas siguió visitándome después de muerta y sepultada por mí en el campo.

Al tercer día de su muerte comenzó a presentarse cuando sentí un cuerpo pesado que saltó hacia mi cama hundiendo el colchón.

La nombré y en el ambiente hubo perfume a rosas.

Me enteré de otros casos.

En el cambio de situaciones, mudanzas y otras iniquidades, el ánima del animalito se habrá desorientado porque nunca volvió.

Es que el correr de las aguas debajo de los puentes nos cambia, convirtiéndonos en la máscara trágica de nosotros mismos.

Luego de las experiencias brasileras comprendí la farsa de las estupideces en la casa de la gorda Espécimen.

En aquella oportunidad mágica, a la mañana siguiente volví a la costanera donde había restos de pollo y de chivito asado.

Viajé.

En varias ocasiones encallé en París. En la gran casa de los Saint Germain, esta vez en vida de Almudenne de Lor, cuñada de Jules.

Almudenne falleció, dejando huérfanas a sus siete ratitas blancas. Nos entreteníamos con ellas, que aprendieron varios ejercicios graciosos, y la ratita Mariú danzaba y coqueteaba. Yo las colocaba en mi cuello, en el escote, y se introducían en la blusa de mangas anchas; sentía la tersura de