Cuentos secretos

Aurora Venturini · Capítulo 23 de 67

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Cuentos secretos

Una decisión fallida

adolescente obeso: «Gorda de mierda, yo te voy a matar a vos que me quitaste a mi mamá».

La situación espesó.

Espécimen obligó a Kita a denunciar a su marido a la comisaría seccional y ella denunciaría al muchacho.

Empecé a dudar de Kita. Por curiosidad de psicóloga no la despedí para ver cómo seguía la cuestión.

Al día siguiente, prosiguió con su hacendosidad. Almorzamos carne al horno con papas y agua mineral y postre vigilante. Entonces yo dictaba clases en la universidad; me especialicé en Psicología, siendo mi título de Filosofía y Ciencias de la Educación.

Kita tendría llave de entrada al edificio y al departamento. A veces yo comía en el bar y Kita se iba a su casa porque ahora vivía de nuevo con su familia. Nunca trajo su tragicomedia a colación; por lo tanto, nunca le pregunté.

Mucho después me arrepentí. De haber sabido más del asunto, habría sacado conclusiones útiles. Kita cumplía al pie de la letra con sus obligaciones. Se aproximaba el otoño cuando la noté angustiada, y un atardecer, de regreso de la facultad abrí la puerta del departamento que chocó con las llaves en el piso junto a un sobre.

Una decisión fallida

Dentro de aquel sobre arrugado había un papel doblado en cuatro donde anoticiaba que se despedía de todos y que avisara a sus amigas que lo sentía en el alma y que no le dedicaran homenajes.

Mis artilugios de psicóloga avisaron que la infeliz pedía ayuda temerosa de morir en serio y no de fantasía; días antes me contó de su amistad con una escritora del taller de Literatura al que asistía y que ese día presentarían su primer libro de versos. Preparó todo. Y descubrió un peligroso juego de andar al filo de una navaja.

Llamé a la escritora que mencionara.

Solícita, la buena señora, contactó con sus discípulas y con una hermana, y salieron a buscarla. Fueron por separado con sus celulares por los cines

platenses diseminados en los barrios céntricos.

Fría, tirada debajo de la butaca, con una botella de cola al lado, hallaron a la ocurrente suicida que había hecho rodar un frasquito de pastillas que habría ingerido de un solo trago. La hermana debió limpiarle el culo cagado y arreglarle el corrido atuendo. «Asquerosa», murmuró fraternalmente.

En el Hospital San Martín la recuperaron lavándole el estómago.

Fui a verla. En silla ortopédica sonreía estúpidamente como si no pasara nada; Espécimen quiso visitarla y se negó.

Seguiría internada bajo vigilancia y asistencia psiquiátrica. Me preguntó si la homenajearon. Le dije que no.

Se entristeció un poco.

Arrojé la línea de pescar hasta en río seco, saqué en conclusión que el seudosuicidio se debió a otra cosa. Porque la gorda Espécimen rondaba en torno al Hospital San Martín como un aparato reparador de bordes de una inmensa torta de cumpleaños; choqué con el monstruo al salir del edificio.

«¿Cómo está?», preguntó.

«¿Quién?», pregunté.

Tembló la montaña de vicio y transpiró los bigotes. La trascendió un olor de entrepiernas, de mugre detenida en los sobacos y en los pies.

Calzaba cáliga ligera y vi el costado desde el meñique de un pie que parecía de iguana.

Desnuda, habría sido un terror plagado de restos embrionarios y otras bromas de aquellas que dona la herencia impúdicamente.

«Hija de funcionario, nieta de funcionario y no consigo la pensión».

Tendría que maldecir su descendencia consanguínea de abuelas-hermanas.

Desesperada de odio se internó en el Hospital Melchor Romero, relatando con orgullo esa aventura.

Egresó peor que antes.

La observaba fijamente, a ver si desembuchaba; abrió el buche y habló.

«Me preocupa esa ingrata. La amparé la vez que me necesitó cuando le pegó el marido y le di albergue en mi casa, donde comió y durmió junto a su hija».

Desopilaba, la gorda, quejiditos de víctima virtuosa, piadosa y ejemplar.

Yo la observaba con la atención fija cada vez más fija que le molestaba.

Explotó: «¿Qué me mirás así?».

La gorda perdió el equilibrio y se agarró a una columna; se desbarrancó en el borde de un balcón bajo que excedía con su culo enorme.

Aclaro al paciente lector que no escribo con rabia, sino con desprecio.

Que no va dirigido a la fealdad de Espécimen sino a su saña contra el mundo, a la peligrosa costumbre de inventar situaciones: «Yo sé de vos más que vos misma».

Con un kilo de bombones y un paquete de churros rellenos de dulce de leche, al comienzo del invierno la visité en su gran casa, al atardecer del viernes sereno y frío.

Estaba sentada calentándose ante la salamandra del comedor adusto, desde las paredes miraban carotas al óleo, caras gruesas, con bigotes, con los cogotes ceñidos con moño, con jabot afrancesado.

Espécimen miró los etiquetados objetos de confitería y relamió sus labios carmesí.

Churros es la factura preferida de la gorda, como así también las bolas de fraile; hace retiro espiritual en un convento de Salta, viajando desde San Fernando en avión.

Llamó a su empleada de servicio: «Traé la bandeja», agregó.

«No le doy los paquetes que trajiste porque se sirve de lo que sea… estas borregas son atrevidas».

Encima de la bandeja colocó los churros disciplinadamente y se chupó los deditos cortitos cual choricitos gordos. Comentó que también le gustaban las bolas de fraile. Le pregunté si viajaría a Salta: «La semana que viene».

La caja de bombones tentábala al punto de distraerla y al cabo de cada estupidez o indirecta volvía a tocarla y al fin, de un sopetón, la destapó saltándole en cachitos la etiqueta dorada donde se leía: «Delicias del paraíso, sueño de amor» y otros galicismos.

Yo volvía de uno de mis viajes a París y se la traje.

La muchacha fue por la chocolatera; hora de chocolatear en la casa de Espécimen, que solía tomar té y café con leche a la mañana, prefiriendo whisky o cerveza.

Me hace mal el chocolate a causa de los rastros que me dejara una antigua hepatitis, y me entretuve viendo al energúmeno con un churro en una mano, un bombón en la otra, que desaparecieron en su bocaza, y agarraba con la mano ya libre la tacita y tragaba.

Todo el contenido de la elegante vasija de porcelana desapareció succionado por la boa constrictor.

Cerró y volvió a abrir la caja afrancesada.

Bizqueando, adoraba el dulce tesoro y volvía a meter la manota que atrapó bombones con prisa y sin pausa.

Finalmente, eructó.

Media hora adormiló con la boca y las piernas abiertas, los anteojos y los zapatos resbalados, ruidos estomacales y rectales de volcán inquieto.

Sentí piedad.

Vivir en bellos ambientes que desdoraba con gula feroz…

Qué pena…

Había decadencia ambiental, los colores hibernaban desvaídas lágrimas muy amargas. Con el correr de los años iría entorpeciéndose la donosura de esos interiores deshumanizados, donde rondaban la muerte y esa sombra espantosa que cuesta escribir: soledad.

Gritó la gorda abocinando su vozarrona a la cocina: «Che, levantá esto y traé el juego de agua».

Respetaba sus viejas delicadezas de la mesa: durante los almuerzos, seis cubiertos alrededor del plato relucían inútilmente pues la dueña angurrienta come igual que Cromañón, con las manos.

El juego de agua es pura luz de luna.

Los vasos semejan copas.

Las copas, vasos.

Objeto del ayer correcto, formal que oculta desquicios. Los desquicios desbordarán los moldes. La gorda ordena whisky y llena su copa-vaso, su vaso-copa. Yo tomo un vaso rebajado de whisky.

La sombra juega con dulzura, venciendo la claridad porque es crepúsculo.

Se despierta con el argumento de Kita y su seudosuicidio.

«¿Qué te contó?».

Yo, con movimiento de hombro, signifiqué «algo».Aunque sin palabra, pero con expresión de que estaba enterada.

Así lo interpretó Espécimen.

Preocupada, aseguró no haberle siquiera insinuado nada a su antigua inquilina; acaso la malnacida abrigara hacia ella un sentimiento equívoco…

Si hubiera sospechado el monstruo que le tendí una trampa, seguro me daba un bastonazo.