Cuentos secretos
La casa de Caruso Pertuso dolarizada
Ríe, saca la lengua, va a la puerta del auto. Dice: «Ya está, ma».
Se reclina y entrecierra sus ojos orientaloides.
Mamá Pochola de pronto piensa: «¿Hasta cuándo deberé cargar con este bagayo?».
En realidad por este bagallo pierde reuniones sociales, conferencias, a su marido, a sus amigas.
De pronto, arrepentida, acaricia el cabello de la nena que le dice: «Ma…
¿por qué pensás así?».
Caruso Pertuso desbarrancado en un sillón medita en voz alta: «Los anormales no debieran estar con nosotros».
Una clienta se enoja: «¿Por qué decís esto? Niña Chole es normal y aprobó la primaria con buenas notas. Va a música, solfea y canta».
Caruso vuelve a meter la pata: «El Führer de Alemania tenía razón cuando los incineraba, y también a los judíos».
Las hermanas Stemberg son viejas, asiduas clientas y se van dando un portazo.
La peluquería seudoatelier se vacía.
Una clienta con ruleros se queja y Pertuso le dice que a ella la peinará no bien se reponga tomando unos mates que le ceba su pareja panzona.
El peluquero sabe que debe clausurar su pretencioso y arruinado negocio.
La casa de Caruso Pertuso dolarizada
La casa es ruinosa, llena de rasgaduras y agujeros que el dueño trata de solucionar con ladrillos, chapas y cartones, pero que con las tormentas vuelven a aparecer y el dueño coloca palanganas, ollas, escupideras para que el agua no invada los miserables recintos habitacionales.
Él duerme en un camastro arrinconado donde el diluvio no llega.
Al fondo de la propiedad, en un galpón, hay herramientas, lonas y palas.
Hay clavos y martillos en cajas de zapatos. Son dos cajas que contuvieron los dos pares de zapatos que Pertuso compró durante su ya larga vida de casi ochenta años.
De gallinas, huevos y pollos de su gallinero se alimenta, y del producto de una huerta exigua.
Suspira: «Igual que mis ancestros… mi abuelo era un señor; mi padre, también».
Caruso Pertuso habita su universo personal y si se despertara, moriría.
Odia a Niña Chole.
De repente, le viene a la mente la relación con su pareja, que vive en una casita humilde, pero cómoda, y como hija de italianos cocina como los dioses.
Pertuso resuelve ir a almorzar a la casa de Asunta. Y a la mañana siguiente le anuncia por teléfono su visita. Después recapacita: «Hay que visitar a los pobres, a los humillados».
Se relame anticipando el ágape de sorrentinos deliciosos, el pan fresco, el vino y el postre de budín de pan.
Ya en su auto en marcha siente una punzada hambrienta en la panza, pues el intestino exige comida. Acelera. Llega. Ella lo está esperando en la puerta con expresión de alegría.
«Es un favor que le hago. Que Dios me compense».
Desde ya, huele rico. Rico huele y la saliva inunda su bocaza.
Asunta ha preparado un tentempié anticipado al ágape.
Pertuso emprende la faena alimentaria.
Agarra escarbadientes y erra el pinchazo al quesito que sale volando del plato al mantel. Él insiste y lo acribilla en el mantel. Entre pincho y no pincho manduca el contenido riquísimo de numerosos platitos y la mayonesa amarilla y sabrosa; bebe vermouth con Campari.
Asunta lo mira y reflexiona: «Caruso no ha comido desde que cerró el atelier».
Él la mira y reflexiona: «Si no fuera tan simple me casaría con ella…
pero mi abuelo era un señor y mi padre también».
El invitado sabe que la cocinera además de comida hace brujerías y concurre a una casa misteriosa cuya dueña es bruja hecha y derecha.
A la bruja, en el suburbio embarrado, le tienen miedo. Vuelve a su mente Niña Chole y se atreve a una peligrosa proposición.
Devorando sorrentinos mientras la salsa al fileto le resbala por la barba hirsuta, se atreve: «Asunta, tenés que ayudarme; ojo por ojo, diente por diente, contra la mogólica Niña Chole, o tendré que batirme a duelo con su
padre a espada, filo contra filo y punta. Ya dije, la espada heredada de mi abuelo y de mi padre, y acaso muera en combate».
Asunta siente afecto por Niña Chole; Caruso se atreve a más y ofrece:
«Si me hacés el favor de brujería contra el monstruito, nos casamos. Y te daré un anillo de oro con un diamante que fue de mi abuela».
Asunta sabe lo de la venta de papas, patatas y tomates.
Vagamente le promete: «Voy a ver».
Caruso come, come, come. Bebe, bebe, gotea salsa en su barba. Come y bebe.
Sumergido en profunda sueñera pone la cabeza sobre sus brazos y ronca.
Asunta levanta la mesa y pasa un trapo para limpiarla; entrecierra la puerta y va a la cocina. Trajina silenciosamente. No quiere turbar la siesta de Pertuso que se ha saciado la panza tipo chancho y eructa. Asunta resuelve siestear en el dormitorio.
Va llegando un atardecer seco y aburrido. Más tarde ella zurcirá medias, planchará… Es ama de casa ejemplar.
Caruso Pertuso bostezará y con un escarbadientes mondará su dentadura caballuna común en los italianos sureños, que mueren todos con los dientes puestos.
Finalmente se despedirá. Pero antes cebará unos matecitos acompañados de sánguches de mortadela que según él es el fiambre más sano, mejor que el jamón. Tragará tres, por lo menos.
«Es sano evitar la cena, no hay que dormir con el estómago lleno. Así me aconsejaba mi Nona, que fue una dama de cutis de porcelana y manos de pianista. ¡Qué gran dama… ya no hay!… ¡Ya no hay!».
Asunta piensa, pero sin palabras, que se está cansando de las cantinelas de Caruso. Además Tomasino, el carnicero, le hace los bajos. Con miradas soñadoras y párpados titilantes cual estrellas fugaces. No está mal Tomasino. Pero sabe que Caruso tiene una sevillana «trac-trac», que sale cortando. Por nada del mundo expondría su piel rosada a que la desfigurara con un barbijo siciliano. Cuando Pertuso se acercó a Niña Chole con la tijera cadente, ella temió que la esgrimiera con saña y lastimara a la nena atrevida.
Pertuso acostumbra amenazar. Hasta ahora no se le ocurren más ataques que el que recibió en la mejilla izquierda profundamente, y apenas lo puede esconder bajo su barba hirsuta.