Cuentos secretos

Aurora Venturini · Capítulo 52 de 67

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Cuentos secretos

El cambio

Asunta, no obstante el miedo, alienta a Tomasino con requiebro femenino de «mirá qué culo tengo». No es tonta, la tanita.

Ya han mateado y sangucheado. Ya Pertuso sentó el ídem de su apellido en el viejo automóvil y marcha a su pocilga.

«Cumplí con esa alma enamorada…».

En la pocilga se le va el sueño y resuelve emprolijar los dólares. La casa espantosa oculta una fortuna. El dueño desde hace muchos años no ha gastado ni un peso.

Cada fin de semana junta los pesos ganados en el atelier y los dolariza.

Después los envuelve en diarios, en cartones, en diarios, en cartones y los esconde en el sótano. En el entretecho no, porque entra el agua cuando llueve.

Próximo al patio de ladrillo hay un pozo que antes se llenaba de agua y, mediante un balde descendido por cadena y roldana, servía a los moradores.

Ahora Pertuso instaló una bomba inutilizando el pozo que usa para guardar dólares.

El pozo lleno hasta más de la mitad, encubierto con una madera y una chapa de zinc, simula ser algo común, solo un pozo inutilizado con una maceta arriba y una planta de malvón.

Nadie lo ha mencionado. Los dólares envueltos, además, no parecían ser algo importante. La casa dolarizada era más segura que un banco.

El cambio

Caruso Pertuso se bañó en su casa. En el baño tenía un calefón que funcionaba con kerosene. Después se cortó las uñas de los pies y consoló sus callos con Dr. Scholl. Había puesto a secar su ropa interior y procedió a plancharla con una plancha a carbón.

«Sigo las huellas de mis antepasados que eran unos señores, nada nuevo acá. Novedades, ¡no! Soy fiel a lo heredado».

Silbaba un tango de Canaro. Terminó esa tarea y sintió hambre y comió un sánguche de chorizo. Tomó un vino marca Cangiani, chupando del botellón.

«Esto es vida», dijo.

Sentado en el patio enladrillado decidió el cambio.

«Mañana pondré el aviso en el vidrio de la puerta del atelier».

Suspira añoranzas.

«Es la vida».

«El maestro estilista desde el lunes atenderá solo a damas en sus domicilios porque decidió poner fin a las atenciones en este atelier».

Anotó su número de línea y de celular.

Otro aviso: «Se vende este local». Repetición de los números telefónicos. Acto seguido, cargó en cuatro cajas los elementos de peluquería, especialmente los frascos de tintura de todos los años con restos de colorantes; también los vacíos y las ampollas usadas. Volvió a cargar las cajas en su auto antiguo. Suspiró viendo desde el asiento el frente ofrecido en venta. Suspiró: «Es la vida».

En la viñatería compró dos botellones de vino Cangiani.

«Barato pero sano».

Hizo lo mismo y le flamearon los pelos de su gran nariz. Había decidido gastar unos pesos.

En su pocilga armó sendos sánguches, uno de mortadela, otro de salame, y llenó un vaso con Cangiani. Se sentó a la mesa, cerca del teléfono que sonó.

«Sí, con el maestro estilista Caruso Pertuso. ¿Con quién tengo el gusto?

¿Rina Huertas? Sí, Rina. Horario matutino de 9 a 13; vespertino, de 17 a 21.

Bien… Si hay comodidades no llevo palanganero. Bien, a las 17 estaré en su casa».

A la hora 17 tocó timbre en la casa coquetona de Rina Huertas. Lo recibió una empleada de servicio y entró a una sala coquetona como la mansión próxima al Parque Saavedra.

«¡Qué zona privilegiada! Ni muy céntrica ni muy suburbana!», pensó Pertuso, ojos en blanco. Y empezó a hacerse el bocho. Se imaginó casado con Rina y asistiendo a reuniones.

«Permiso», solicitó. Y extrajo un libro de la biblioteca. Leyó con emoción:

«Título: ‘Amor querido.

Te amo mucho y sueño

contigo de noche