Cuentos secretos
Segunda Parte
Cuando Kita fue dada de alta
Egresó debilucha del hospital, después del fallido intento de suicidio.
Yo ingresé en el análisis de la situación y me dije: «Acaso quiso ser motivo de atención y fue seudosuicidio».
Por lo tanto, el viejo-vieja pensaba amores.
Espécimen, hermafrodita, había licenciado su facie fémina, manifestándose homo la deseaba y, sin duda, la buscaría.
Las aprendizas de escritoras del taller, compañeras de Kita, la tenían presente.
La directora del taller, excelente escritora, tuvo sus reservas acerca de una decisión de suicidio de su discípula y demostrando capacidad de adaptación de las personas y sus reacciones, opinó que Kita quiso poner sobre el tapete su libro reciente, valiéndose de un acto heroico.
Urgíame la idea de que ambas circunstancias actuaron y sumé otra: el problema matrimonial.
Kita tomó su sitio de empleada de servicio en mi departamento y sin darse cuenta sería mi conejito de laboratorio. Pero desde las 10 de la mañana hasta las 19 extendía su trabajo. Era una cosa sin ánima.
Cosa desanimada.
Maniquí de yeso inexpresivo.
Mecano activado por algo raro no evidente.
Kita no era.
Solo aparentaba una presencia silenciosa y esfumada en bruma que flotaba en torno saliéndose de su cuerpo triste y mezquino.
Ayer nomás «mona», opiné de ella.
No obstante, tuvo descendencia y por lo menos dos truhanes se le romantizaron: el marido y Espécimen.
La mona mecánica hacía mandados y aseaba el departamento. Yo compraba los almuerzos o íbamos al restorán. No confiaba en Kita cocinera.
Percibí cierta perversidad en el manipuleo de los artículos del supermercado. No acierto en qué consistía esa perversidad.
Una vez la vi llorando. Me di cuenta cuando noté su cara de yeso mojada. Único detalle de estar viva, porque era un espectro andante que iba y venía.
Almorzábamos en la misma mesa, también en el restorán; sus modales correctos, se servía sobresaliente cuando tomaba el tenedor con la mano derecha, luego de haber trinchado la presa con la izquierda y cortado con el cuchillo la derecha.
Este movimiento ejecutaba gallardamente, bizqueando de derecha a izquierda y al frente.
Se lucía esperando haber sido vista por otros comensales.
Masticaba con dificultad a causa de una prótesis comprada de ocasión que milagrosamente le calzó.
Para colocársela, debió extraerse ocho dientes.
Exigió al odontólogo: «Sáquemelos. La boca es mía y me hago responsable».
Consiguió su cometido.
Cuando solucionó la herida de la encía enzocó la prótesis ajena que formó parte de su derrengada anatomía donde ninguna pieza armonizaba con la otra.
Necesitando huir de la ciudad por haber cometido algo grave, viajó a la Patagonia a esquilar ovejas.
Escapaba de las autoridades por ser uxoricida.
Lo supe años más tarde. Cuando pasó el peligro volvió a La Plata; el marido la maltrató. Recaló en la mansión de Espécimen.
No me detendré en escribir ni narrar sobre tal sujeto imbeciloide que tramaba aventuras y las actuaba poniéndose en peligro y lastimando al prójimo, pero quisiera llegar al fondo de la cuestión Kita-Espécimen y viceversa.
Amable y paciente lector, insisto en el tema Kita y no fue en vano.
Esa muchacha casi cincuentona lo merece por ser disparador de situaciones escabrosas y temibles. Valga. Ella es tema para una novela analítica de la personalidad desquiciada por herencia y ambientación.