Cuentos secretos

Aurora Venturini · Capítulo 24 de 67

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Cuentos secretos

Cuando Espécimen empezó a romantizar

Apenada por las oscuras intenciones de la ingrata a la que diera albergue, después de echarse al garguero el quinto whisky, tuvo congoja de llantina.

El buen psicólogo consigue sin hablar, valiéndose de la mímica, lo que quiera del otro.

Seguí actuando: tomé la manaza de la sufriente en actitud consoladora.

Entonces explotó: «Me ha roto el corazón»; se lo rompió cuando regresó a la casa, después de tirar la llave debajo de la puerta de mi departamento.

Kita se negó a volver a trabajar con ella y le pidió unos papeles que ella no le devolvió.

De pronto, lloró humanamente.

Cuando Espécimen empezó a romantizar

Advertí su circunstancial estado de ánimo rarísimo en ella, oculto por no exponerse débil y sensible por ciertos contactos; puse mi mano en su grasísimo muslo: «Pobrecita mi querida gordi», le dije, melosa.

Ella soltó pesados lagrimones cual bolones de vidrio murmurando: «Vos me comprendés y gracias por llamarme gordi». Yo le apreté algo la musculatura: «No sé qué me pasó», sollozó sonando el naso fuerte.

La psicóloga siguió apretando la carnaza, ella puso su mano cortita de chanchita encima.

La psicóloga aguantó el asco porque la sesión daría excelentes conclusiones.

La «gordi» confesó que Kita, de estar sentada al borde de la cama, terminó cubriendo parte de su cuerpo, de un tirón la sofocó encimándosela y sintió el fervor tremendo de un amor contenido desde hacía muchos meses.

«Yo amo a esa ingrata».

La psiquis bestial estaba en mi poder. Con mi otra mano acaricié la suya:

«Gracias, amiga, a la que siempre contaré mis penas, mis penas, mis…

mis…», sollozó.

La coloqué en zona hipnótica y pregunté: «¿Con las inquilinas pasó lo mismo?».

«Alguna vez», dijo.

Espécimen resultó viajera consecuente a la isla de Lesbos, el ensueño de las ninfas. ¡Quién lo hubiera pensado!

Solté el muslo transpirado a través del género de la pollerona.

Ella sacudió su pelambre larga hasta los hombros y ya dueña de sí se sirvió otro whisky. Con desplante varonil su ronca voz trepidó: «Con las mujeres es más suave…».

Entró en ensoñación el ser nocivo que había emergido la naturaleza extraña de un hermafrodita.

Sugiero que en tal circunstancia mostraba su facies masculina. Un anciano me hablaba. Y la otra facies, la anciana, adormecíase en la bruma.

No detendría el test. Entraría con preguntas incisivas, en ese interior bravío y desbocado.

Espécimen volvió a entregárseme y pregunté: «¿Por qué habrá tomado la decisión de suicidarse?»; ella supo a quién me refería.

Fuelle de tren, gran suspiro, aspiración y expiración…

«Kita me temía… El mundo me tiene miedo y respeto…».

«Kita se hacía la despedida, como que no entendía mis lances…».

«Tal vez por temor a no verme de nuevo… loquita… indiscutiblemente, nos amamos».

«Con solo insinuarle que denunciara al marido, pidió que la acompañara y lo denunciamos al hijo, también…».

«Pero se fue de esta casa…».

«Un arranque de enamorada».

«¿Volverá? ¿Por qué no te recibió en el hospital?».

«Volverá; yo sé de ella más que ella misma».

«Entonces volverá por miedo…».

«Por amor… loquita mía, nos amamos».

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