Delizia!

John Dickie · Capítulo 14 de 23

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Delizia!

Fascistas en la Cocina

 

Ilustración de Paolo Monelli, Il ghiottone errante. Viaggio gastronomico attraverso l’Italia, Milán, 1931.

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ROMA, 1925-1938

La aldea rústica de Mussolini

 

Supuestamente, a los fascistas no les gustaba la comida. Había algo fundamentalmente no fascista en el hecho de comer de un modo que no fuese el más rápido y funcional. Los primeros camisas negras preferían consumir sus «raciones» sobre la marcha, lo cual encajaba con su objetivo de trasladar la disciplina de las trincheras a la vida italiana después de la Gran Guerra. A Benito Mussolini le gustaba afirmar que nadie debía pasar más de diez minutos diarios a la mesa. Una vez que la dictadura del Duce estuvo afianzada, las biografías aduladoras subrayaban sus hábitos alimentarios frugales y disciplinados: nada más que leche caliente para desayunar; almorzar tarde un bistec, pescado o una tortilla con verdura hervida; y nada más sustancioso que leche y una pieza de fruta para cenar. Las fotografías propagandísticas rara vez lo mostraban sentado, y mucho menos comiendo. De hecho, tenía malos modales y se mostraba reacio a comer acompañado. Ello podría obedecer a que una úlcera gastroduodenal diagnosticada en 1925 le obligaba a seguir una dieta inusual; de ahí la leche y la fruta. Quien compartía mesa con él estaba al tanto de uno de los secretos más embarazosos del régimen: que el Duce, supuestamente una dinamo musculosa, a menudo no se encontraba bien.

A imagen y semejanza de Mussolini, o al menos del Mussolini modelado por la propaganda, los fascistas supuestamente debían ser duros y agresivos, con un juvenil desdén por la comodidad. Había algo estúpido en la idea misma de cenar. En una de sus recapitulaciones más importantes sobre la confusa doctrina fascista, publicada en 1932, Mussolini afirmaba: «El fascismo declara que el concepto materialista de “felicidad” no es posible. […] En otras palabras, niega la ecuación bienestar = felicidad. Esa es una perspectiva que convertiría a los hombres en animales con solo una cosa en mente: alimentarse y engordar». En consecuencia, la propaganda del régimen en los años treinta tenía por objetivo la avidez letárgica de sus enemigos: Estados Unidos era una «civilización del bistec» y los ingleses eran el «pueblo de las cinco comidas diarias».

Mussolini se definía como un deportista abstemio. Era una imagen que encajaba con un tópico sobre el carácter nacional italiano que existía mucho antes de que Mussolini lo adoptara: los italianos eran frugales y sobrios, se decía a menudo, con una tendencia natural al vegetarianismo. Era un mito útil, ya que hacía virtud de la pobreza crónica que descartaba la carne de la dieta de numerosos campesinos. Pero el fascismo introdujo ese oportuno lugar común en toda una ideología basada en el culto al campo y el Imperio romano. Uno de los dogmas fundamentales del régimen era que Italia debía ser «ruralizada», ya que la vida en las ciudades industriales estaba minando la virilidad de la nación, «esterilizando al pueblo» y, por tanto, privando al país de sus futuros combatientes. Los italianos eran una estirpe rural que, al igual que los agricultores-legionarios de la antigua Roma, desfilaría hacia la hegemonía mediterránea consumiendo poco más que pan y alguna que otra uva.

Las iniciativas para poner la comida italiana en permanente pie de guerra empezaron poco después de que Mussolini desmantelara la democracia. La «batalla del grano» fue proclamada en julio de 1915, y fue la primera gran campaña propagandística del régimen. Aumentaron los aranceles sobre el grano importado y se alentó la producción nacional con el propósito de que Italia fuera autosuficiente en sus suministros de trigo (y, cabría añadir, de fomentar el apoyo al régimen entre las clases terratenientes del valle del Po). Se exhortó a la gente a comer solo productos autóctonos como el arroz, el pescado y el queso. En particular, el pan era venerado de manera oficial. El Duce firmó incluso un poema propagandístico sobre el tema, que empezaba «A LOS ITALIANOS LES ENCANTA EL PAN»:

HONRAD AL PAN

Gloria de los campos

Fragancia de la tierra

Festín de la vida

Pero la adoración fascista por la barra de pan hacía frente a un obstáculo fundamental: rara vez había suficiente para todos. Al final, Mussolini no pudo liberar a Italia de lo que denominaba la «esclavitud» del pan extranjero. La «batalla del grano» fue un fracaso; su principal efecto fue que había menos trigo a un precio más alto. Casi todos los demás alimentos también fueron más difíciles de conseguir durante el fascismo. De ahí el revelador verso final del poema de Mussolini:

NO MALGASTÉIS EL PAN

La riqueza de la Patria

El regalo más dulce de Dios

La recompensa más sagrada del trabajo humano

A los italianos podía gustarles el pan tanto como quisieran, pero no comían demasiado. Una combinación de austeridad y propaganda siguió caracterizando la comida italiana durante las dos décadas de gobierno fascista. Aunque las circunstancias empeoraban, Mussolini continuó exigiendo más y más sacrificios a su pueblo por la causa de la creación de un nuevo Imperio romano.

Así pues, incluso cuando el fascismo se encontraba en su apogeo, la masa de italianos comía peor que antes. Algunos cálculos del promedio de calorías consumidas a diario por los trabajadores de las ciudades muestran un descenso de 2.954 en 1926 a 2.476 en 1936, a pesar de que los nutricionistas aseguraban que un hombre que realizara un trabajo físico moderado necesitaba un mínimo de 3.000 calorías al día. Los campesinos eran descritos por la propaganda del régimen como los más sanos y virtuosos de la raza, pero en general corrían peor suerte. Siempre había sido así. La crónica de la nutrición de las masas en la época fascista cuenta la misma historia de privaciones rurales. Si duró mucho más en Italia que en otros países de la Europa occidental, veinte años de totalitarismo son parcialmente culpables de ello.

El mito fascista de la frugalidad estaba tan afianzado que el régimen solo intentó asociarse de manera intermitente con las riquezas de la cocina italiana. Un ejemplo importante se produjo en 1938, cuando se celebró una exposición de comida regional en un pueblo sumamente inusual que contenía no menos de siete trattorie típicas de diversas regiones de Italia. Pero incluso en esta perfecta encarnación de la idea rural fascista fue imposible ocultar la huella urbana de la comida italiana; por un lado, las trattorie representaban a ciudades como Turín, Florencia y Nápoles, y por otro, la «aldea rústica», como fue bautizada, había sido construida especialmente en lo que quedaba del Circo Máximo, donde la antigua Roma celebraba sus carreras de cuadrigas.

Mussolini inauguró la exposición el 24 de mayo y se tomó su tiempo para deambular mientras apparatchiks de la organización estatal de ocio, vestidos con ropa campesina tradicional, bailaban alrededor de la hermosa fuente de la plaza del pueblo. El restaurante napolitano estaba decorado con un mural del lejano Vesubio escupiendo humo sobre la bahía. El chef cantó con un tono barítono quejumbroso al son de una mandolina y luego se fue a preparar vermicelli con almejas, carne pizzaiola y mozzarella «en carromato», pequeños bocadillos de queso rebozado y frito en abundante aceite. Cuando apareció Mussolini, se vio rodeado de inmediato por los quince hijos del chef. Manifiestamente complacido por aquella muestra de hiperactividad reproductiva, el Duce entregó un sobre con dinero a su padre.

En un rincón del pueblo había un mesón ligurino en el que falsos marineros y pescadores comían minestrone o trenette con pesto entre cuerdas enrolladas y salvavidas. «Se respira el aire del mar y los barcos —exclamaba un periodista perteneciente al séquito del Duce—. Es como descender por las callejuelas de Génova junto a los muelles.»

El enorme restaurante florentino podía alimentar a doscientos comensales con un total de ciento cincuenta kilos de bistec alla fiorentina y cuarenta kilos de fagioli all’uccelletto, judías cannellini de color marfil con una salsa de tomate y ajo. Roma estaba representada por una vieja bodega en la que, alrededor de una hoguera pintada, los visitantes podían comer espaguetis all’amatriciana, tripa, rabo de buey y cordero lactante.

La taberna veneciana La Fenice se encontraba en una logia situada en una primera planta sobre un arco. Lo único que faltaba era el canal fluyendo debajo. Allí, uno de los chefs más importantes de la ciudad cocinó arroz con guisantes (risi e bisi), hígado alla veneziana y polenta con «pájaros escapados», que no son pájaros, sino rodajas enrolladas de lomo de cerdo y panceta sazonadas con salvia. El restaurante era abastecido a diario con pescado que llevaban en avión desde la laguna.

De todos los restaurantes locales de la aldea rústica, Mussolini, como es comprensible, se sintió especialmente atraído por la Trattoria La Romagnola, ya que, al igual que Pellegrino Artusi, era oriundo de la Romaña. Al aproximarse, unas atractivas amas de casa de Forlì e Imola realizaron una presentación de lo más simbólica: una gran barra redonda de su región natal. El cocinero dejó de tirar tortellini al caldo y preparar piadine (panes planos) en un quemador de barro cocido.

—¿De dónde es usted? —le preguntó.

—De Castel Bolognese —respondió.

—¡Entonces somos casi paisanos! —dijo el Duce alegremente.

La «aldea rústica» de Mussolini fue uno de los primeros ejemplos de kitsch gastronómico pastoral en Italia. Solo sirvió para poner de manifiesto que, pese a los esfuerzos del fascismo por ruralizar el país, las ciudades seguían siendo islas de relativa prosperidad y buen comer. Bajo el gobierno de Mussolini, como a lo largo de la historia de la comida italiana, las ciudades también eran centros de innovación gastronómica, lugares en los que la nación era construida y reconstruida a través de la comida.