Delizia!
El Renacimiento:
Cocinar para papas y príncipes
Triple asador de Bartolomeo Scappi, Opera di Bartolomeo Scappi, Venecia, 1570.
5
ROMA, 1468
Placer honorable
Durante el Renacimiento, el sistema de alimentación urbana de Italia se tornó más rico y sofisticado. El Renacimiento italiano es célebre por ser una época de anhelo intelectual y creatividad artística, pero también de violencia, intrigas políticas y audaces demostraciones de poder y riqueza. Todas esas fuerzas confluían en las cocinas y los comedores del país.
La explosión de objetos impresos y visuales durante el Renacimiento ofrece asimismo una documentación colorida y detallada de la gente y las comidas que crearon la floreciente civilización de la mesa en Italia. La imagen del mundo alimentario de la élite se vuelve más clara, más vibrante y más familiar. Hacia finales del siglo XVI circulaban muchas más especialidades locales por las cuales Italia es conocida en la actualidad. Además, la red alimentaria entre las ciudades había generado una fabulosa cocina que era reconociblemente italiana.
Durante el Renacimiento, Roma se convirtió en el centro de la gastronomía italiana. Y no hay introducción más evocadora a Roma y su Renacimiento alimentario que un cuadro de factura asombrosa que proclamaba el triunfo de un Papa, una ciudad y un hombre confabulador, sin escrúpulos e inteligente que también fue el primer y más importante cronista de la cocina de la nueva era.
El bibliotecario del Papa
Seis hombres —cuatro de pie, uno sentado y uno de rodillas— están enmarcados por cuatro pilastras cuadradas de mármol con ornamentaciones. Detrás de ellos, columnas, arcos, entablamentos dorados y techos con incrustaciones azul celeste retroceden en simetría hacia dos ventanas altas. Esta cuidadosa geometría constituye un escenario sumamente teatral; y lo que representan los seis hombres es nada menos que el momento en que el Renacimiento llegó a Roma.
La figura que inicialmente llama la atención es la situada en primer plano más a la derecha. Está sentada en un trono con borlas y luce un atuendo que consiste en un roquete blanco diáfano y un solideo rojo: es Francesco della Rovere, el papa Sixto IV. Su perfil está marcado por una ceja arqueada sarcásticamente, una nariz delgada que apunta abruptamente hacia abajo y una mandíbula prominente. Detrás de él se hallan otros dos eminentes clérigos con voluminosas vestiduras eclesiásticas; ambos llevan una tonsura cortada con precisión pitagórica en una línea situada justo encima de la punta de las orejas. El lado opuesto del fresco está ocupado por dos hombres seglares. Su poder y riqueza resultan obvios por las pesadas cadenas gremiales y el revestimiento de armiño de sus túnicas elegantemente entalladas.
Curiosamente, ninguna de esas figuras mira a las demás. Por el contrario, están mirando al vacío, sin denotar más que una serenidad absoluta. Su porte y, de hecho, toda la imagen, son ostentosos más allá de la mera arrogancia.
El sexto hombre del grupo aparenta una conducta menos altanera. Atractivo y canoso, con un labio ligeramente leporino, aparece arrodillado delante del Papa. El muaré azul grisáceo de su atuendo parece salirse de la imagen, lo bastante como para invitarnos a tocarlo. Su única mano visible asoma al final de una larga manga roja; con ella señala una inscripción en latín que ensalza los logros culturales de Sixto: el papa Della Rovere dio a la ciudad iglesias, puentes, la fuente de Trevi y, sobre todo, una Biblioteca Vaticana restaurada.
A través del trazo de su pintor oficial, Melozzo da Forlì, Sixto IV está pujando por un lugar en el más allá, pero no del tipo que prescribe la Biblia. Su deseo era pasar a la posteridad como un glorioso mecenas de la erudición, las artes y la arquitectura. Era un deseo que, podemos afirmar con seguridad, le fue concedido. Antes de que Sixto fuera elegido Papa en 1471, Roma era poco más que un grupo de aldeas donde unas ruinas abandonadas asomaban en unos montículos cubiertos de vegetación. Un visitante español señalaba que gran parte del espacio dentro de los viejos muros estaba desierto: «Hay zonas que parecen bosques espesos, y bestias salvajes, liebres, zorros, ciervos e incluso, según dicen, puercoespines, crían en las cuevas». La ciudad había dado la espalda a su pasado clásico hacía mucho tiempo: el Circo Máximo era un huerto. Y no solo eso, sino que durante casi todo el siglo XIV el papado había residido fuera, en el sur de Francia, o había sido motivo de disputa entre pretendientes rivales, así que incluso las iglesias más importantes se habían deteriorado. El regreso de Martín V en 1420 instauró de nuevo el papado en Roma. Sixto, con su obsesión por las construcciones opulentas, emprendió una transformación del tejido urbano de la ciudad: pavimentó las calles y construyó o reconstruyó una larga lista de iglesias y monasterios. Fue él quien encargó el Ponte Sisto, el primer puente sobre el Tíber erigido desde tiempos antiguos. Creó la Capilla Sixtina y la hizo decorar con frescos de Sandro Botticelli, Pinturicchio, Perugino y Domenico Ghirlandaio. Y, tal como indica la inscripción, estaba particularmente orgulloso del proyecto que conmemora el fresco de Melozzo: la renovación de la Biblioteca Vaticana.
Pero, pese a sus esfuerzos por forjarse un legado de prestigio, Sixto también es recordado por motivos menos nobles: corrupción, despiadadas confabulaciones políticas, belicismo, una vida decadente y, sobre todo, nepotismo. Impuso el capelo rojo del cardenalato a no menos de seis parientes, y consiguió cargos lucrativos, fincas y matrimonios para otros. De hecho, los cuatro mandamases que se hallan en la parte posterior del retrato del grupo de Melozzo eran sobrinos del Papa.
Lo más amable que han acertado a decir generaciones de cronistas acerca del estilo de vida de Sixto es que no conocía el valor del dinero porque se había criado como un fraile franciscano. Sus familiares nunca dudaban en aprovecharse de su debilidad y, naturalmente, la comida era uno de sus medios predilectos para hacerlo. El sobrino favorito del Papa (o, si hemos de hacer caso de algunos rumores, su hijo) era el cardenal Pietro Riario. En junio de 1473, Riario ofreció un banquete de seis horas para la hija del rey de Nápoles que dejó boquiabiertos incluso a los observadores más descreídos. La celebración del cardenal tuvo lugar en un palacio de madera erigido frente a la iglesia de los Santos Apóstoles. Esta fastuosa estructura temporal fue pintada de modo que pareciese de piedra e incluía un patio, fuentes, un teatro y un gran salón de banquetes provisto de tapices, alfombras bordadas en oro, brocados también de oro y montañas de objetos de plata. El banquete fue el momento álgido de la estancia de la princesa napolitana en Roma: se sirvieron más de cuarenta platos, entre ellos ciervos, garzas, pavos reales e incluso un oso adulto asado. Obviamente, el menú era ostentación y consumo a partes iguales: el pan estaba bañado en oro. En Roma, como en el resto de Italia, el poder y la riqueza que cada vez estaban más concentrados en manos de unos pocos gobernantes se demostraban en la mesa.
Magnífico y desvergonzado: al igual que el banquete, el retrato de grupo de Melozzo capta el esplendor y el escándalo de la Roma del Renacimiento bajo el dominio de Sixto IV. Pero también es la mejor introducción a una de las figuras más enigmáticas de la historia de la comida italiana. A lo largo de los siglos ha recibido menos atención que el papa Della Rovere y sus sobrinos, aunque su historia está tan llena de intriga y escándalos como la de estos. El hombre canoso con el labio leporino al que Melozzo pinta arrodillado era el bibliotecario del Vaticano, universalmente conocido con el nombre latino de Platina, que acuñó él mismo. Era profesor de humanidades, un humanista, como serían conocidos más adelante los de su clase. Los humanistas eran estudiosos de la literatura clásica y profesores de gramática, retórica, poesía, historia y filosofía moral. Pero entre los humanistas, Platina atesoraba una distinción única: era el autor del recetario más vendido de la época. De hecho, su De honesta voluptate et valetudine fue el primer libro de cocina jamás reproducido que utilizó la revolucionaria y novedosa tecnología de la imprenta. Se publicaron decenas de ediciones de De honesta voluptate en décadas posteriores. Fue sobre todo el libro de Platina el que contribuyó a convertir la comida italiana en un modelo digno de imitar en toda la Europa del Renacimiento.
Pero antes de abrir las páginas de esta pequeña guía culinaria, debemos comprender por qué, varios años después de escribir De honesta voluptate et valetudine, Platina apareció en el fresco de Melozzo. Esto es importante en parte para entender su vida y su época, pero aún más porque solo así resultará obvia la magnitud del misterio que se oculta detrás de De honesta voluptate.
Arrodillado o no, era inusual que un funcionario como Platina fuese retratado en tan prestigiosa compañía. Sin duda, el bibliotecario tenía varios motivos para ser famoso al margen de su libro de cocina y de la astucia con la que consiguió la inversión de Sixto en libros para mayor gloria suya. Como profesor había modelado la mente de algunos de los dinastas más poderosos de Italia. Recientemente, también había completado la primera historia documentada sobre los papas.
Pero, más que esos logros, Platina debía su lugar en el retrato de grupo de Melozzo a la propia idea de «renacimiento». Al igual que otros humanistas, pretendía denotar un entendimiento y apreciación de las obras maestras heredadas de las antiguas Grecia y Roma. Sin embargo, cuando los humanistas transmitían ese conocimiento, llegaba acompañado de un relato que resultaba tan cautivador como históricamente engañoso. Los antiguos habían conseguido una grandeza intemporal, o eso decía la fábula. Tras la caída de Roma sobrevino una edad «oscura» o «media» de ignorancia y barbarie. Pero ahora, un milenio después, estaba produciéndose una milagrosa rinascita, o renacimiento. Estudiando literatura clásica y siguiendo los ejemplos morales que ofrecía, los hombres modernos podían llegar a ser tan distinguidos como los antiguos. Con artistas, arquitectos y escritores que inmortalizaban sus hazañas, también podían proyectar su reputación hacia el futuro. Los humanistas, en otras palabras, hicieron más que nadie por inventar el Rinascimento, el Renacimiento, que era a un tiempo un relato que hilvanaban hombres como Platina sobre su lugar en la historia y una promesa de grandeza que brindaban a mecenas como Sixto IV.
El aprendizaje de Platina y la idea del Renacimiento habían convertido a un muchacho brillante de una pequeña población de Lombardía, un ex soldado mercenario, en un hombre apto para ser retratado en compañía de cardenales y papas. Puede que fuese un estudioso en presencia de la grandeza, pero es el dedo de Platina el que señala la inscripción que él mismo plasmó para conmemorar la remodelación de la Ciudad Eterna por parte del Papa. Platina fue el heraldo de la inmortalidad de Sixto IV.
De honesta voluptate et valetudine de Platina contiene algunos consejos que a cualquiera a quien hubiesen servido carne de oso asada en uno de los banquetes del cardenal Riario le habrían resultado de utilidad: al parecer no es buena para el bazo o el hígado, pero puede prevenir la caída del cabello. Sin embargo, el libro de Platina no es una guía de excesos para papas y cardenales sobornables. Por el contrario, encaja de lleno en el programa humanista del Renacimiento, esto es, el renacimiento moral a través del estudio de los clásicos. En De honesta voluptate et valetudine, Platina tenía un elevado propósito ético: intentaba aunar por primera vez el prestigio del aprendizaje y la filosofía moral de la Antigüedad con lo mejor de la gastronomía italiana.
Es infrecuente leer un libro de cocina histórico que grabe en la retina una imagen tan nítida de la personalidad del autor como De honesta voluptate. Por desgracia, la imagen no es entrañable: Platina era un esnob intelectual proclive a sermones motivados por los celos. (Ser quisquilloso y prepotente eran los vicios profesionales de los humanistas ambiciosos como él.)
Pero hay más por descubrir en De honesta voluptate que la personalidad de su autor. Platina probablemente terminó el libro durante sus vacaciones estivales de 1465, quince años antes de que posara para Melozzo, diez años antes de convertirse en bibliotecario del Vaticano y seis antes de que Francesco della Rovere fuese elegido Sixto IV. En una nota mucho más relevante, también fue tres años antes de los extraordinarios acontecimientos de 1468: en febrero de ese año, Platina, junto con los otros miembros de una presunta hermandad pagana dedicada a la idolatría, la herejía, la depravación sexual y la gula, fue detenido por su participación en un complot para asesinar al predecesor de Sixto, el papa Paulo II. De ahí el misterio: ¿se vio el «respetable» recetario de Platina envuelto en una vil conspiración?
El manjar blanco del maestro Martino
Platina era un erudito profesional antes que cocinero profesional, y era lo bastante prudente como para no fingir lo contrario. Alrededor de un 40 por ciento de De honesta voluptate et valetudine —mayoritariamente las recetas— en realidad es una traducción latina palabra por palabra de un libro de cocina escrito en lengua vernácula por un tal Martino de Rossi, un gastrónomo veterano.
Un artesano como el maestro Martino probablemente se habría sentido halagado y no ofendido por que un hombre de letras como Platina copiara su obra. Por lo visto, ambos se conocieron en el verano de 1463 en Albano, al sur de Roma, donde Platina, un parásito empedernido, era invitado durante el estío del jefe de Martino, otro cardenal que llevaba una vida de lujos. El ambiente relajado y el vino embriagador de las colinas albanas probablemente ayudaron a salvar la brecha cultural entre ambos. Fue durante sus conversaciones cuando se plantó la semilla de De honesta voluptate et valetudine en la mente de Platina.
Platina halló en el maestro Martino una síntesis de lo que era la cocina italiana desde que las ciudades iniciaron su regreso a la relevancia económica y política en el siglo XI. Martino había servido a maestros desde Milán hasta Nápoles, así que, aunque él no aportaba más que unas cuantas recetas, Platina facilitó el marco de conocimiento científico, médico, histórico, literario y moral en el que situarlas.
Muchos aspectos de la comida medieval italiana que ya hemos visto los encontramos en el maestro Martino y, por ende, en De honesta voluptate. Se aprecia un interés similar por la fruta, la verdura y el pescado de agua dulce. Hay pasteles, gachas y ravioli parecidos, salsas similares y, por supuesto, las mismas especias. Habida cuenta de su deuda con el maestro Martino, De honesta voluptate contiene maravillosos caldos, sopas, asados, guisos y platos a base de huevos, lo cual lo convierte en la guía más exhaustiva para quien tenga paciencia para recrear los sabores de la Edad Media en lugar de escribir su historia.
Pero no es necesario abordar aquí los aspectos específicamente culinarios de De honesta voluptate —es decir, las recetas del maestro Martino— en profundidad. El propio Platina expone el motivo en sus comentarios acerca del manjar blanco. El biancomangiare descrito en De honesta voluptate es similar al que aparece en Libro per cuoco un siglo antes: se machacan almendras peladas y la pechuga con hueso de un capón (esto es, un gallo joven castrado para que engorde) hasta obtener una pulpa y después se cocinan con especias y azúcar. Un manjar blanco como este, a menudo vertido sobre la carne, era muy preciado en toda la Europa de la Baja Edad Media; Chaucer también lo menciona. Para conseguir el grado adecuado de blancura, se prestaba especial atención a la higiene, y a veces se preparaba en una esquina apartada de la cocina.
El manjar blanco del maestro Martino tiene poco de original. Sin embargo, Platina está tan encantado con este plato que, después de presentar la receta, se detiene a hacer una reflexión muy importante:
No hay razón por la que debamos preferir los sabores de nuestros
antepasados. Aunque nos superaron en casi todas las artes, solo en el sabor
somos imbatibles.
En otras palabras, la cocina de las ciudades italianas aventajaba a la de la antigua Roma. Viniendo de un humanista, aquel era el máximo elogio posible. Puede que la cultura italiana hubiera experimentado un renacimiento, pero si hemos de guiarnos por el manjar blanco, su civilización de la mesa no necesitaba semejante remodelación. Con un estado de ánimo festivo, Platina aprovechó la oportunidad para dar al maestro Martino una cordial palmada en la espalda: «¡Oh, dioses inmortales! ¡Qué gran cocinero nos brindasteis en mi amigo Martino de Como!».
Así pues, De honesta voluptate es el primer libro de cocina del Renacimiento, pero no contiene ninguna receta de la época. De hecho, hablando en sentido estricto, nunca existió tal cosa. En general, la misma gama de sabores que hacía salivar a los comensales medievales seguía teniendo el mismo efecto durante la época que tomó su nombre del interesado programa de renacimiento cultural de los humanistas. La cocina no sigue necesariamente la misma cronología que otros ámbitos de la creatividad. La gente no empezó a comer con más perspectiva en el Renacimiento. Es más, tampoco comían de forma más ornamentada en el Barroco, o más racionalmente durante la Ilustración. No obstante, antes de volver al tema de Platina, hay un par de elementos de la cocina de Martino que eran preferencias características italianas y que, por tanto, merecen cierta atención: el azúcar y la pasta.
El entusiasmo por el azúcar que pone de manifiesto el Libro per cuoco es todavía más marcado en el maestro Martino: Platina nos cuenta que prácticamente no hay nada que el azúcar no mejore. De hecho, Martino fue uno de los primeros en utilizarlo para preparar platos deliberadamente dulces, como los buñuelos, y no como un condimento universal parecido a la sal. El resto de Europa no tardaría en seguir el ejemplo italiano de consumir más azúcar y con mayor variedad.
El maestro Martino también es importante porque nos ofrece algunas de las primeras instrucciones sobre cómo preparar lo que denomina «maccheroni sicilianos». Una masa hecha de harina, clara de huevo, agua de rosas y agua normal se hace girar alrededor de un palo de hierro para crear los ahora famosos tubos. «Cuando se secan al sol, duran dos o tres años», explica. Los vermicelli se preparan enrollando la misma harina con los dedos para formar pequeños pedacitos.
Las sugerencias de Martino para estas primeras formas de pasta secca son típicas de la época: los maccheroni y los vermicelli pueden cocinarse en caldo, leche o leche de almendra, y se sirven rociados con queso, azúcar y especias. También son típicos de la época de Martino, pero alarmantes para la nuestra, los tiempos de cocción recomendados: una hora para los vermicelli y dos para los maccheroni. La masa de Martino, con su clara de huevo, probablemente requería más tiempo de cocción que la variedad que se conoce hoy en todo el mundo. Sin embargo, está claro que a los contemporáneos de Platina les gustaba la pasta con una consistencia muy blanda. La idea de al dente todavía quedaba muy lejos.
Pavo real y cabra asada
No podemos saber si el papa Sixto y sus sobrinos se tomaron su tiempo para hojear De honesta voluptate et valetudine. Pero, si lo hicieron, seguramente habrían aprendido cómo hacer gala de su afinidad por los clásicos incluso mientras devoraban su pavo real y su oso. Platina evoca una serie de fuentes a fin de impresionar, que van desde Aristóteles hasta Jenofonte, pasando por Cicerón, Homero, Livio, Ovidio, Varrón y Virgilio. Plinio el Viejo era citado con frecuencia, también respecto a las propiedades nutricionales del oso. Por él sabemos que el antiguo orador Hortensio fue el primer hombre que cocinó pavos reales para una comida sacerdotal. En la actualidad no existe nada similar a De honesta voluptate, pero el equivalente contemporáneo más próximo sería una guía para fanfarrones sobre cómo deslizar alusiones instruidas en una mesa de honor en Oxford.
Algunas páginas de De honesta voluptate ofrecen un sobrio contraste con respecto a los escabrosos tejemanejes posteriores de la Roma de Sixto. A los sobrinos pontificios se les habría atragantado la moralina del libro. El pavo real, nos advierte Platina con enojo, es un ave «vanagloriosa» consumida por razones vanagloriosas por gente adinerada que ha olvidado que «la pura suerte y la estupidez de los demás» son la única razón por la que no están llenando la tripa «en tabernas y burdeles baratos» con el resto de sabandijas.
La arenga no termina ahí. Como deja claro el título completo del libro, a Platina le interesaba mucho la ciencia de la buena salud; al principio del libro resume la teoría galénica de los humores, y comenta de manera exhaustiva cómo afectan al metabolismo una larga lista de alimentos. Los melones, por ejemplo, deberían consumirse con mesura porque tienen un efecto enfriador y humidificador en los humores, cuyo antídoto es el vino. Los pavos reales no son del agrado de Platina por razones científicas similares: son indigestos e intensifican la melancolía.
Pero el principal argumento de Platina contra los pavos reales, como en toda la obra, es ético. El apetito, como cualquier otro deseo, precisa de un control a través de la educación moral. La cuestión de cómo y dónde encontrar un equilibrio entre placer y autocontrol era un tema de acalorado debate en la época. El placer en sí mismo se consideraba a menudo inherentemente peligroso. De hecho, para muchos contemporáneos de Platina, «placer honorable» eran términos contradictorios. Habría sido arriesgado que Platina adoptara una línea más hedonista.
No obstante, se veía superado por la amargura y la envidia. El trabajo de Platina como bibliotecario del Vaticano le procuraría más tarde un generoso salario mensual de diez ducados, varios sirvientes, un caballo y comida gratis en los salones reservados al personal más importante del Papa. Pero cuando escribió De honesta voluptate había perdido recientemente su puesto en el servicio civil papal, aunque había pagado una gran suma por adelantado para conservarlo. Así que, pese a su discurso moralizador, la ira de Platina acababa imponiéndose con frecuencia, como también ocurría con su evidente fascinación por la vida lujosa. Después de advertirnos con severidad de lo moral y médicamente peligroso que es el pavo real, copia la receta del maestro Martino de pavo real asado y servido exactamente como se habría hecho en el banquete del cardenal Pietro Riario, de modo que pareciera que todavía estaba vivo.
El truco consiste en degollar al ave y después practicar una incisión poco profunda hasta la cola. Hay que arrancar la piel y las plumas de una pieza, junto con las piernas y la cabeza. Luego puede rellenarse el cuerpo con hierbas y especias, tachonarlo con clavo y ponerlo en un asador. Hay que envolver el cuello con lino, que debe humedecerse continuamente durante el asado para evitar que la carne se seque. Una vez cocinado, el pavo real es vestido de nuevo con su piel y sus plumas, reunido con su cabeza y sus patas y fijado a una tabla de servir con clavos y cordel ocultos. Platina ofrece un par de consejos todavía más extravagantes para la presentación: intentar rociar el ave con especias y después dorarlo; o meterle lana empapada de alcanfor en el pico y prenderle fuego al aproximarse a la mesa. Si alguien en la actualidad quisiera impresionar a sus invitados con este plato, haría bien en practicar primero con un pollo asado.
La doble moral de Platina salta a la vista. Quiere detestar a su pavo real y también comérselo. Le resulta difícil distinguir entre moralidad y un vale de comida. Y se advierten otras hipocresías en sus escritos, como De amore, un tratado sobre el amor concebido durante las mismas vacaciones estivales de 1465 en las cuales terminó De honesta voluptate. En De amore, Platina hace una defensa acérrima del amor conyugal frente a las tentaciones de la lujuria. Tan acérrima, de hecho, que inspiró a un amigo suyo a escribir un poema satírico que lo acusaba de ser un aficionado a las «felaciones que se prolongaban toda la noche» y a la «copulación vigorosa» con «meretrices». Platina, concluía el poema, era tan bueno escribiendo como malo haciendo el amor. Cuentan incluso que, años después, se dio el «sí quiero» con una «chica inmunda y monstruosamente fea». Evidentemente, a Platina le iba la marcha.
En materia sexual, como con los pavos reales, Platina escribe como si tuviera algo que ocultar. En De honesta voluptate hace gala de una obsesión con la comida afrodisíaca. Escribe sobre decenas de ingredientes y platos que avivan la libido, que van desde piñones hasta perdices, pasando por garbanzos y «bolas de oro» (que nosotros denominaríamos torrijas). Las habas estimulan la lujuria porque parecen testículos. Aparentemente, las cebollas consumidas en pequeñas dosis «despiertan el apetito sexual y aumentan sus nutrientes con lujuriosa humedad». Las ostras son «valiosas para los libidinosos porque encienden incluso la pasión aletargada». Pero no queda claro en la obra si Platina considera esas cualidades peligrosas, útiles o ambas cosas.
Si bien la mayoría de los libros de Platina fueron escritos para impresionar a mecenas ricos y poderosos, De honesta voluptate et valetudine también iba destinado a sus amigos. Está lleno de pullas socarronas y alabanzas pretendidamente serias a los miembros de su círculo, todos ellos con nombres latinos, al igual que el suyo. Por ejemplo, la receta de «Nabo con armadura» consiste en freír rodajas de nabo hervido y queso fresco y graso. Con una franqueza de la cual deberían aprender algunos escritores especializados en cocina de la actualidad, describe el plato como «muy perjudicial» y solo apto para su avaricioso amigo Domitianus. Otro amigo, Pomponius, es representado como el parangón de la templanza por servir solo ajo, cebollas y chalotes en sus cenas. Aconseja a Callimachus que no coma cabra asada con ajo porque es mala para la vista y buena para la libido. La receta al menos es más tentadora que la de «Nabo con armadura»; consiste en cubrir un cabrito entero de manteca y cabezas de ajo y luego asarlo, aderezado con una salsa de ajo triturado, yema de huevo batida, caldo graso, azafrán, pimienta y el inevitable agraz.
Platina y sus amigos eran miembros de lo que él denominaba «la academia». Su figura insigne era Pomponius, un carismático profesor de universidad, que al parecer solo servía ajo y cebollas a sus invitados. Callimachus, al que se aconsejaba que no estimulara en exceso la libido con cabra asada, era uno de los miembros más inteligentes y enérgicos de la academia. El grupo sentía pasión, hasta el punto de rayar en la excentricidad, por la literatura latina y las antigüedades romanas. Hablaban de autores clásicos, comentaban las respectivas composiciones en latín y recorrían los bosques y campos de Roma para visitar ruinas y soñar con su antigua grandeza. Al parecer, incluso llevaban togas y celebraban tumultuosas bacanales de inspiración romana.
De honesta voluptate nace directamente del peculiar ambiente de la academia romana y al leerlo nos causa la impresión de ser extraños en una conversación entre viejos amigos; se percibe el aire de jovialidad, pero los chistes privados se nos escapan. En resumen, todo se antoja un tanto conspirador, lo cual quizá no sea coincidencia, habida cuenta de que Platina, Pomponius, Callimachus y otros fueron precisamente acusados poco después de tramar la muerte del papa Paulo II.
La conspiración de 1468
La crónica de Platina sobre los hechos que acontecieron en los últimos días de febrero de 1468 es evocadora e impresionante. En Roma se respiraba un ambiente de felicidad, ya que el Carnaval estaba tocando a su fin. Se habían celebrado carreras entre el Arco de Domiciano y la iglesia de San Marcos; habían participado caballos, burros, búfalos y hombres de todas las edades para goce de la multitud. Hubo incluso una carrera especial para judíos, a cuyo paso arrojaron barro y piedras. El papa Paulo acababa de ofrecer dinero a los ganadores cuando le dijeron que un informador había filtrado la noticia de un complot: Su Santidad iba a ser asesinado el 2 de marzo, el primer día de Cuaresma. El cabecilla de la trama era Callimachus, pero otros miembros de la academia, incluido Platina, estaban involucrados. Supuestamente, un conocido exiliado revolucionario había sido visto en los campos del sur de Roma con un ejército de bandidos preparado para irrumpir en el palacio papal.
El Papa, plenamente consciente de la historia reciente de conspiraciones y revueltas en Roma, estaba aterrorizado. Los conspiradores fueron apresados uno a uno. La guardia papal rodeó la casa de Platina por la noche y echó abajo las ventanas y las puertas. Solo encontraron a su sirviente, que, tembloroso, les informó de que Platina se hallaba en una cena con un antiguo alumno, el cardenal Gonzaga de Mantua. Allí descubrieron al autor de De honesta voluptate, que fue apartado de la mesa y conducido directamente en presencia de Su Santidad.
Para Platina fue el comienzo de un año de encarcelamiento, interrogatorios y torturas. Hubo un momento, escribiría más tarde, en que «me vi atenazado por tal dolor que habría preferido morir que soportar todos los males de mis sacudidas y maltrechas extremidades». Desde la cárcel escribió que corría el peligro de perder el brazo derecho hasta el codo. Sus amigos padecieron un sufrimiento similar; un miembro joven del grupo murió a causa de las heridas. Pomponius, el líder de la academia, también fue encerrado en el Castel Sant’Angelo después de ser extraditado desde Venecia, donde ya se encontraba bajo arresto por sodomía. Entre los pocos que escaparon estaba Callimachus, el presunto cabecilla.
Las acusaciones contra los miembros de la academia iban mucho más allá de una conspiración para derrocar el gobierno papal. Presuntamente, Callimachus era un astrólogo que había realizado predicciones incendiarias sobre batallas políticas. Se decía que todos los demás negaban a Dios, a Cristo y a la Iglesia. Según las acusaciones, eran idólatras que adoraban a los dioses romanos y habían cambiado sus nombres bautismales por otros paganos, unos epicúreos que solo se entregaban al placer, unos glotones que solían comer carne durante la Cuaresma y unos degenerados sexuales que satisfacían sus apetitos carnales con hombres y mujeres por igual.
De repente, De honesta voluptate se convirtió en una prueba comprometedora. Era un libro de cocina supuestamente moral que invocaba a los «dioses inmortales» con mucha más frecuencia que a Cristo, que denunciaba fervientemente los hábitos alimentarios de la jerarquía eclesiástica y que ofrecía abundantes consejos sobre los alimentos afrodisíacos. No podía decirse que proyectara una imagen muy favorable del humanismo.
Humanistas como Platina habían propiciado un sutil cambio en el pensamiento moral de las ciudades de Italia. Restaban importancia al pecado y, por el contrario, ofrecían directrices mundanas para una conducta adecuada que se basaba en ejemplos clásicos que implícitamente halagaban a los poderosos. A la cruda luz de la conspiración de 1468, De honesta voluptate parecía haber convertido ese sutil cambio en una fractura peligrosa. ¿Había trocado la ética humanista en herejía y revuelta? Los amigos de Platina que tuvieron la suerte de evitar el arresto borraron apresuradamente muchos nombres, entre ellos el de Callimachus, de un ejemplar manuscrito. Probablemente destruyeron otros, incluido el original de Platina. (Las primeras versiones impresas de De honesta voluptate no aparecieron hasta 1470.)
Durante un interrogatorio, Pomponius reconoció algunos pecados menores que se le imputaban: a veces comía carne durante la Cuaresma por motivos de salud, y en ocasiones había protagonizado algún que otro ataque contra los sacerdotes. Pero él y Platina negaron vehementemente todos los demás cargos. Ambos prisioneros intentaron culpar a Callimachus, que en aquel momento se encontraba en Chipre, fuera del alcance de los emisarios del Papa. Dijeron que era un borracho alborotador que hablaba a menudo sobre la pronta desaparición del papa Paulo y el fin del dominio de la Iglesia en Roma. ¡No tenían ni idea de que alguien fuese a tomárselo en serio!
No está claro si fue esta defensa a costa de un chivo expiatorio o la mera influencia de amigos en las altas esferas del clero lo que a la postre les valió la puesta en libertad. De hecho, muchos aspectos de la conspiración de 1468 siguen siendo todavía hoy un misterio. Ni siquiera se sabe si Platina y sus amigos fueron encerrados en una mazmorra fría y húmeda o alojados en unas dependencias elegantes: las paredes curvas del Castel Sant’Angelo albergaban ambas cosas.
La mayoría de las incógnitas giran en torno al complot para asesinar a Paulo II. Según una teoría, jamás existió tal conspiración. El amor de la academia por todo lo romano simplemente se descontroló. El Papa, que siempre se había sentido alarmado por la inmoralidad sexual de muchos poetas clásicos, solo quería asustar un poco a Pomponius y su grupo. Las fiestas con toga debían terminar.
Pero en el otro extremo existe la teoría de quienes sostienen que la conspiración fue mucho más seria. Callimachus estaba aliado con poderosos partidarios de nada menos que el sultán otomano, Mehmet II, que se consideraba heredero de los emperadores romanos. Los ejércitos de Mehmet conquistaron la otra capital de la cristiandad, Constantinopla, en 1453, y ahora habían avanzado hasta los Balcanes. Solo el mar Adriático y las fuerzas crónicamente divididas de los estados italianos se interponían en el camino del dominio musulmán en Italia y un Imperio romano unido otra vez bajo los turcos.
El papa Paulo II murió en 1471. Su sucesor, Sixto IV, pronto acogió en su seno a Platina y los otros miembros de la academia y les ofreció un cargo entre la clase dirigente de la Iglesia.
Si había algo sospechoso en Platina incluso antes de la conspiración de 1468, más tarde, con la sombra de sus días en Castel Sant’Angelo pendiendo sobre su reputación, se volvió sumamente taimado. Aprovechaba la mínima oportunidad para volver a exponer su defensa por escrito. Empezó por denunciar a sus amigos de la academia por su laxitud moral. Pero en obras posteriores los retrataría como eruditos austeros injustamente perseguidos por un Papa que detestaba aprender. Platina finalizaba Vitae pontificum con un capítulo dedicado a su perseguidor, Paulo II. En gran parte de él contaba la historia de la conspiración de 1468, clamando su inocencia y mancillando la reputación del difunto pontífice. El autor del primer libro de cocina del Renacimiento debió de frotarse las manos con vengativo regocijo cuando releía sus comentarios sobre los hábitos alimentarios del hombre que le había acusado de gula:
A Paulo II le encantaba disponer de gran variedad de platos a su mesa, y
generalmente comía los peores; pero vociferaba si no le procuraban lo que a él
le gustaba. Le encantaban los melones, los cangrejos, las confituras, el
pescado y la panceta. Creo que esta extraña dieta le causó la apoplejía de la
que murió, pues el día antes de su fallecimiento había comido dos melones
muy grandes.
Si Paulo II hubiera prestado más atención a las advertencias de De honesta voluptate et valetudine…
Platina se hallaba en la cúspide de su carrera cuando, en 1480, fue retratado con su torturado brazo derecho señalando la inscripción en el famoso retrato de Sixto y sus sobrinos, obra de Melozzo da Forlì. Pero estudios recientes han revelado que no fue incluido originalmente en el cuadro: lo añadieron posteriormente sobre la imagen del hombre que fue bibliotecario del Vaticano antes que él. Platina también se cercioró de que Melozzo lo retratara atractivo. No fue la única ocasión en la que falsificaba la crónica de la historia. El alcance del paganismo, el libertinaje y la gula de los miembros de la academia romana sigue siendo objeto de especulación, y las taimadas páginas de De honesta voluptate son la mejor prueba de la que disponemos. Tampoco conoceremos nunca el verdadero alcance de la conspiración de 1468. El motivo de estas persistentes incertidumbres es que casi todos los documentos del juicio desaparecieron de la Biblioteca Vaticana, probablemente a finales de la década de 1470, con toda probabilidad cuando Platina era bibliotecario del Vaticano.