Delizia!

John Dickie · Capítulo 16 de 23

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Delizia!

16. Milán, 1936

16

MILÁN, 1936

Amas de casa y sibaritas

 

Vivir bien en tiempos difíciles

 

Mussolini tenía una mujer soñada y la alababa en sus filmes propagandísticos y en sus ceremonias de entrega de medallas. Tenía las caderas anchas y los senos grandes; trillaba trigo, cuidaba pollos y engendraba pequeños legionarios; era de saludables orígenes campestres. El modelo de italiana del Duce era un ama de casa rural.

A principios de la década de 1930, tres millones de mujeres se unieron a las Massaie Rurali, las «amas de casa rurales», la sección del Partido Fascista creada para que las campesinas se parecieran más al ideal de Mussolini. Los objetivos gastronómicos del movimiento eran limitados, como cabría esperar. En 1935 se publicó una receta típica en el periódico mensual de la organización. En ella se describía la comida perfecta que debía servir un ama de casa rural a sus hijos recién llegados de la guerra: una «tortilla patriótica» hecha de huevos, tomates y verduras caseros, de modo que tuviera los colores rojo, blanco y verde de la bandera nacional. A través de aquella tortilla, las mujeres podían demostrar que, «sin abandonar su hogar y sus fogones, sus manos trabajan y sus corazones laten por la Nación».

A comienzos de la década de 1930, el fascismo empezó a reconstruir toda la sociedad italiana a su imagen y semejanza con organizaciones totalitarias como las Massaie Rurali. Pero, irónicamente, fueron sobre todo las mujeres de la burguesía urbana quienes impulsaron la campaña del régimen a favor de unos hábitos alimentarios más espartanos. Las nuevas clases medias italianas de los años fascistas estaban ansiosas por aprender más cosas sobre la comida, y fue una nueva generación de escritoras especializadas en la materia quienes les enseñaron, dominando el creciente mercado de los libros de cocina. Normalmente, dichas escritoras eran de clase media alta, y sus lectoras se hallaban varios escalafones sociales por debajo. En un tono a menudo condescendiente, las grandes dames de Italia enseñaban a las señoras de la petite bourgeoisie las virtudes de una organización doméstica frugal.

Una de ellas era Fernanda Momigliano, la antítesis del ama de casa rural. La autora de ficción romántica, que superaba los cuarenta años y era una mujer menuda y vestida elegantemente, vivía con su madre enferma en el centro de Milán y rara vez iba más allá de los límites de los canales de la ciudad. Pese a algún que otro pretendiente, nunca se casó. Si hubiera sido un hombre, habría tenido que pagar el impuesto de soltería del Duce como castigo por privar a la nación de su progenie. Su numerosa familia era extraordinaria por el número de intelectuales importantes que incluía: dos historiadores, un filósofo y un crítico literario. Fernanda Momigliano también era inusual porque era uno de los 45.000 judíos que vivían en Italia.

Su primer libro, Vivere bene in tempi difficili: come le donne affrontano le crisi economiche, es un clásico de su género; muestra cómo las amas de casa italianas creaban buena comida en circunstancias arduas. La cocina italiana tiene fama justificada de ser deliciosa pero no pretenciosa, compleja o cara, uno de los secretos de su éxito en casas y restaurantes de todo el mundo occidental. Esos valores fueron integrados por primera vez en la civilización italiana de la mesa no por los campesinos, sino por las clases medias de las numerosas ciudades de la península, gente que no tenía dinero para gastar pero que valoraba la buena comida y el estatus social que tanto les había costado conseguir.

Las primeras páginas de Vivere bene in tempi difficili rezuman una refinada paranoia, ya que describen una escena doméstica amenazada por el tormento de la crisis económica, que tiene al mundo entero en sus garras, dice Momigliano a sus lectoras. Pensad en cómo afecta eso a vuestros maridos, advierte. El marido tiene la sensación de que la crisis sale a colación en todas las conversaciones en el bar, en la parada del tranvía o en la oficina. Incluso pensar en ella resulta insidioso: genera preocupación en su ceja y arquea sus hombros con abatimiento. Ahora imaginen lo que ocurre cuando mete la llave en la puerta principal y descubre una mesa limpia, un servicio reluciente y el aroma de un almuerzo modesto pero elegante. Su estado de ánimo mejora; ha encontrado un santuario. Su esposa, sonriendo con la confianza que solo pueden infundir los sólidos principios de la economía doméstica, restablece su fe en el futuro de la familia. Puede respirar tranquilo una vez más. Mientras la mujer custodie su pequeño reino, la crisis estará bajo control.

¡Chicas! ¡Mujeres bondadosas! ¡Mujeres de Italia! Vosotras, que habéis

tenido la fuerza necesaria para superar momentos de tragedia. Vosotras, que

habéis llenado páginas heroicas de nuestra historia. ¡Podéis demostrar

fácilmente al mundo que la crisis no ha puesto un pie en vuestra casa!

El libro fue publicado en 1933, cuando Italia todavía notaba los efectos de la crisis de Wall Street en 1929. Pero las lecciones de Momigliano, y el sentido de decoro doméstico que defiende, serían todavía más relevantes en años venideros: durante las sanciones económicas impuestas por la Sociedad de Naciones debido a la invasión italiana de Etiopía en 1935; durante la política de «autarquía», o autosuficiencia económica, de Mussolini a partir de 1936; y durante la sucesión de desastres que modelaron la experiencia de Italia en la Segunda Guerra Mundial. Los últimos años del fascismo fueron una larga crisis.

¿Y cuál era la muralla de los hogares italianos contra esa amenaza permanente? ¿La principal arma del ama de casa en el perpetuo combate mano a mano con el derroche? La minestra. Ya fuera en forma de sopa, arroz o pasta, un primer plato, o minestra, era prácticamente todo lo que necesitaba cocinar una mujer para cumplir sus deberes domésticos. Maccheroni con ragù o jamón, gnocchi de patata con mantequilla y queso, risotto de azafrán, sopa de garbanzos, un minestrone de verduras espesado con arroz: los primeros platos idóneos para un ama de casa italiana eran siempre variados y reconfortantes. Una minestra en cada comida permitía a una familia «vivir con tranquilidad, sin sacrificios, y con cierto grado de elegancia». El segundo plato era una preocupación menor: albóndigas, hígado o huevos fritos en mantequilla entre semana, pollo y patatas asadas los domingos. Fueron mujeres como Fernanda Momigliano quienes situaron un sustancioso primo en el epicentro de un nuevo modelo para la existencia doméstica italiana.

También ofrece a sus lectores un retrato de una familia respetable arquetípica, y calcula el gasto ideal de esta familia hasta el último centesimo, lo cual resulta muy útil. El marido, que trabaja en una compañía de seguros, lleva a casa 1.300 liras al mes, una suma muy superior al sueldo de clase media que suelen percibir los burócratas en el sector estatal de la economía fascista. Es una familia que puede permitirse que la madre se quede en casa y que la hija asista a clases de piano; pagan el estipendio de una sirvienta doméstica y van de vacaciones al campo todos los agostos. Pero, pese a los consejos de Momigliano en materia de ahorro, incluso con minestre como la sopa de migas o arroz y guisantes secos, esta familia ideal sigue gastando en comida más de un tercio de sus ingresos totales. La gran mayoría de las casas italianas gastaban mucho, mucho menos.

Sin embargo, hojeando los menús de referencia de Vivere bene in tempi difficili, es sorprendente lo mucho que se parecen a la comida cotidiana de la actualidad, cuando Italia es uno de los países más prósperos del mundo. Pasta con salsa de tomate fresco, una ensalada de verduras crudas y un trozo de queso. Minestrone seguidos de chuletas de ternera empanadas. Risotto de setas y zanahorias aderezadas con perejil. Por supuesto, también han cambiado muchas cosas: los italianos no se sientan tan a menudo a comer guisos y, por el contrario, comen más bistecs y pechugas de pollo cocinados apresuradamente. El salame y el atún en lata ahora son banales, pero Fernanda Momigliano los consideraba un derroche peligroso y, por tanto, proclives a permitir que la crisis se colara por la puerta trasera. No obstante, está claro que, en cuanto los tiempos fueron menos arduos, la masa de italianos optó por comer como si estuviera «viviendo bien en tiempos difíciles».

 

Glotones errantes Mientras mujeres burguesas como Fernanda Momigliano se quedaban en casa escribiendo libros de cocina y guías para el ahorro doméstico, sus equivalentes masculinos estaban fuera labrándose un papel como gourmets errantes.

El Touring Club Italiano, fundado en Milán en 1894, tres años después de la primera edición de La ciencia en la cocina de Pellegrino Artusi, se dedicaba a homenajear las glorias del paisaje rural italiano, a promocionar el turismo extranjero y a crear mapas y guías para visitantes. Uno de sus primeros logros fue el primer sistema de señales de tráfico en Italia. En los setenta u ochenta años transcurridos desde que el joven Artusi cruzó la Italia central en carromato y a lomos de un caballo, el viaje se había vuelto considerablemente más fácil. Al menos para la clase media, los viajes de descubrimiento a diferentes ciudades y regiones ahora eran divertidos y patrióticos. Los miembros del Touring Club Italiano al principio exploraban la península en bicicleta y después en automóvil e incluso en avión. En tiempos del fascismo, el número de miembros ascendía al medio millón. En ocasiones se ha dicho que ser de clase media en Italia significaba ser miembro del Touring Club.

Y en el proceso de conocer Italia, las clases medias descubrieron tesoros comestibles de todo tipo. En 1931, el Touring Club apartó su atención de las montañas y las ruinas y la dirigió a la comida con su Guida Gastronomica d’Italia, una cornucopia de 527 páginas que fue enviada a todos sus miembros. Algunos de los sabores que cataloga eran extremadamente familiares, como la dulzura condimentada que liberaba una loncha de rico jamón culatello rojo de Parma. Otros eran platos extraños pero maravillosos de zonas hasta el momento desconocidas, sobre todo el sur rural, como un conejo silvestre frito que se servía con una mezcla agridulce de trozos de berenjena, aceitunas, alcaparras, apio, miel y almendras tostadas. La receta fue descubierta cerca de Agrigento, en la costa más lejana de Sicilia.

La guía del Touring Club Italiano llenaba las lagunas del disperso mapa culinario de Artusi y llegaba a todos los rincones del país. El gran mosaico alimentario de Italia era cada vez más accesible para quienes pudieran permitirse salir a buscarlo. De hecho, para esa afortunada casta, comer se convirtió en parte integral de la experiencia del viaje. Paisajes desconocidos, dialectos exóticos y vinos bastos y embriagadores evocaban un sentido de ubicación que se concentraba de manera especialmente intensa en las especialidades locales. Conocer Italia era conocer su comida.

A medida que aparecieron otras publicaciones del mismo estilo y que los periódicos siguieron su ejemplo, empezó a fraguarse un nuevo tipo de conocimiento, que adquirió su forma definitiva en 1935 gracias al periodista modenés Paolo Monelli. Con su ejemplar de la Guida Gastronomica del Touring Club en la mano, Monelli se dispuso a comer por toda la península y escribir una serie de artículos para un periódico de Turín. No fue el itinerario el que se sumergía en la civilización italiana de la mesa, ni siquiera ninguno de los platos que probaba, sino sus modales. Con un monóculo y el cabello peinado hacia atrás, bromeando con cocineros y camareros, Monelli resultaba animadamente obstinado y ligeramente cínico. Sus artículos, que fueron recogidos en un libro bajo el título de Il ghiottone errante. Viaggio gastronomico attraverso l’Italia, ofrecieron a los sibaritas un personaje que adoptar. Es muy difícil traducir lo que escribió, ya que está plagado de alusiones literarias, filosofadas alimentadas por el vino y símiles pretenciosos. En la región alpina del valle de Aosta, por ejemplo, prueba una carbonata, «un guiso de ternera con una salsa violácea que tenía el color de las cenizas del Vesubio y la tristeza de las nubes perdidas»; era «algo de lo más sabroso, bañado en cebolla y vino cocinado, que huele a los innumerables sabores de los pastos». Más al sur, en la costa de Génova, una camarera con una cara «esculpida en un risco marino» le sirve un pesto: «El pesto habla ligurino. Con solo olerlo, sus oídos comprenderán la lengua vernácula: es a la vez dura y tierna, construida a partir de sonidos cansinos, sílabas susurradas y vocales lúgubres».

En Roma, la cocina «sabrosa, agresiva y policromada» de la ciudad está encarnada en «las colosales matronas de Trastévere, con sus traseros que bloquean los callejones». En las montañas del sur de la capital, Monelli come «espaguetis all’amatriciana imbuidos del aroma del polvoriento descenso de un rebaño desde la montaña» y termina su comida con melocotones «que parecen la mejilla de un joven sacerdote». Sin duda, la prosa era excesivamente indulgente, pero se basaba en la vieja pero poderosa conexión italiana entre lugares y sabores. Los glotones errantes de la Italia fascista dieron a la idea de tipicidad una arrogancia y una poesía nuevas.

 

Ganso y berenjena

 

En 1936, Fernanda Momigliano, autora de Vivere bene in tempi difficili, se animó a escribir un segundo libro, Mangiare all’italiana. Es mucho menos típico de su época, pero mucho más conmovedor. Muestra cómo una mujer intentó remodelar la imagen de la comida de su país, descubriendo una dimensión crucial de su historia en el proceso. Y lo hizo mientras las fuerzas más oscuras del fascismo eran desatadas contra ella, su familia y sus amigos. Mangiare all’italiana es el primer intento de comer platos judíos en la tradición culinaria nacional de Italia. Es un llamamiento a la tolerancia y la integración escrito en el lenguaje favorito de Italia: la comida. Resulta todavía más poderoso por el hecho de que fuera creado al borde mismo de la tragedia.

 

Ni siquiera durante la etapa fascista existió el campesino judeoitaliano. Tampoco había una comunidad importante en el sur, ya que los judíos fueron expulsados de los territorios españoles de Sicilia, Cerdeña y el sur de Italia a finales del siglo XV y principios del XVI. Algunas comunidades judías de Italia eran de centros provinciales como Casale Monferrato o Pitigliano; la mayoría provenían de lugares como Venecia, Ferrara, Livorno y, por supuesto, Roma, donde el viejo gueto junto al Tíber albergaba al grupo más numeroso y pobre. Normalmente estaban secularizados y bien integrados. Algunos judíos italianos —proporcionalmente tantos como otros sectores de la población— se convirtieron en fascistas. Muchos más eran patriotas. Al fin y al cabo, fue el Risorgimento nacional de Italia el que abrió los guetos y permitió que los judíos se emanciparan y que el dogma papal fuese apartado de la política. El mismo año en que escribió Vivere bene in tempi difficili, Fernanda Momigliano concibió también una historia infantil de la dinastía real italiana, la Casa de Saboya; en ella celebraba episodios como el banquete de la Asociación Agraria Subalpina de 1846 y la visita del rey Humberto al Nápoles azotado por el cólera en 1884. Desde 1861, la Casa de Saboya había contado con dos primeros ministros judíos. La Italia prefascista estaba aquejada de muchos problemas, pero la intolerancia institucional hacia los judíos no era uno de ellos.

El clima político se recrudeció a finales de la década de 1920, cuando Mussolini buscó una reconciliación con la fuerza conservadora más poderosa del país: el Vaticano. El Duce realizó una inquietante petición de «esclarecimiento» a la comunidad judía. ¿A quién eran leales? ¿Eran una nación o una religión? En 1929, el catolicismo se convirtió por primera vez en la religión oficial de Italia, y sus valores serían enseñados en las escuelas.

El giro decisivo del fascismo hacia la opresión racial llegó en 1935, en la cúspide de la popularidad del régimen, cuando las fuerzas italianas organizaron una brutal conquista de Etiopía. Se utilizó gas venenoso contra los miembros de una «raza inferior» y nuevas leyes prohibían que colonos y nativos se reprodujeran entre sí. Cuando la Sociedad de Naciones condenó la invasión e impuso sanciones, Mussolini se acercó todavía más a una alianza fatal con la Alemania nazi. Los judíos de Italia eran muy conscientes de lo que estaba sucediendo con Hitler, ya que habían ofrecido ayuda y refugio a los perseguidos por las leyes de Nuremberg de aquel año. Pero intentaban no creer que pudieran promulgarse las mismas legislaciones en su país. Al fin y al cabo, se decían, el propio Duce había tenido una amante judía durante años y a menudo insistía en que no creía en la existencia de «razas puras».

Fue en aquel momento de incertidumbre y ansiedad cuando Fernanda Momigliano escribió su segunda colección de recetas. De hecho, más que un libro de cocina, Mangiare all’italiana es un calibrado gesto político, y su portada está marcada con los patrióticos rojo, blanco y verde. En él, el mensaje de frugalidad y conformidad de la esposa es proclamado por Momigliano con más fuerza aún que en Vivere bene in tempi difficili. Puede que las mujeres nunca sean grandes chefs, escribe, pero pueden estar orgullosas de aportar un espíritu práctico y economizador a cada plato que preparen. Pueden superar las pruebas más duras cuando son espoleadas por el amor a la patria y a su familia. Los productos nacionales son los mejores, en especial el arroz: ¡no comemos suficiente!

En las circunstancias sumamente sensibilizadas de principios de 1936, Momigliano tuvo que hacer una cocina lo más conformista posible sin respaldar al régimen. La ausencia de cualquier referencia al Duce o su dogma es manifiesta. Momigliano tampoco podría haber digerido postrarse ante el fascismo. Su familia conocía muy bien su naturaleza represiva. Su hermano mayor, Eucardio, era un abogado de éxito y político del Partido Radical. En 1924, en dos incidentes independientes, unos matones enfundados en camisas negras destrozaron sus oficinas y después le propinaron una brutal paliza en un teatro de Milán. Le prohibieron ejercer su profesión y se vio obligado a escribir biografías históricas que la prensa italiana se negaba a reseñar.

Comer a la italiana significaba utilizar los «buenos y variados productos de nuestra tierra»; significaba crear platos sencillos y clásicos de las ciudades de la península, como las ranas marinadas y fritas de Novara, los espaguetis napolitanos con salsa de tomate, los tagliatelle boloñeses, el conejo al estilo de Trieste o el pesto alla genovese. En 1936, aquel programa era habitual; las numerosas herederas de Pellegrino Artusi lo habían seguido. Pero en Fernanda Momigliano había una diferencia crucial y osada: Mangiare all’italiana también significaba consumir dieciséis recetas que llevaban la explícita etiqueta de all’ebraica, «al estilo judío». Estas van desde piezas de carpa cocinadas en vino blanco, cebolla y setas secas hasta un risotto de azafrán que las familias judías preparan la víspera del sabbat: «El risotto judío es exquisito, y puede ser apreciado por todo el mundo ¡profese la fe que profese!».

La historia de la comida judeoitaliana es varios siglos más antigua que Mangiare all’italiana. De hecho, a lo largo de los tiempos, la comida judía en Italia ha reflejado las diversas experiencias de los judíos en el país: sus variados orígenes e interpretaciones de los tabúes y las normas religiosas, su cambiante relación con la sociedad que los rodea y sus diferentes fortunas económicas. Pero, en medio de esa variedad, surgieron dos cocinas judías distintivas entre el Renacimiento y el siglo XIX, que pueden sintetizarse en un plato en particular. El valle del Po, desde el Piamonte hasta Venecia y Ferrara, era territorio de gansos. Estos ocupaban en la cocina judeoitaliana exactamente el mismo lugar que el cerdo para los cristianos: se utilizaba la grasa para freír, la carne para hacer salchichas y salami y la piel para preparar chicharrones. Por el contrario, al sur de la curva apenina, en la Toscana y, sobre todo, entre la ancestral comunidad confinada en el lúgubre gueto de Roma, la comida judía arquetípica eran las verduras, sobre todo las alcachofas y las berenjenas. Ninguna crónica de la cocina romana estaría completa sin carciofi alla giudia: al menos desde el siglo XVI, esas alcachofas enteras fritas en abundante aceite han formado prolijas hileras, con la corona hacia abajo, en las bandejas de horno romanas.

Fernanda Momigliano plasma la fusión de ambas tradiciones. Incluye alcachofas romanas alla giudia y seis recetas diferentes de berenjenas. Pero también se muestra muy entusiasta con el ganso, y explica, por ejemplo, cómo hacer jamón guardando pechuga de ganso con hueso y piel y abundante sal en un envase al vacío durante unos diez días. Una vez retirada de la sal, la pechuga se cuelga en un lugar fresco y seco hasta que se oscurece, y entonces está lista para cortarla en lonchas deliciosamente finas.

En su condición de población predominantemente urbana, los judíos de Italia han tenido una influencia en la civilización de la comida del país totalmente desproporcionada con respecto a su número, todo ello a pesar de que el antisemitismo provocó una serie de intentos de segregación alimentaria y a la idea generalizada de que el ganso y la berenjena eran comida inferior y sucia. En 1560, en la Bolonia de la Contrarreforma, el legado papal dictó una orden que impedía a los carniceros judíos vender sus productos a los cristianos. Las autoridades civiles la derogaron, aduciendo que «la gente de Bolonia se proclama más satisfecha con la carne judía, que es excelente, que con la de los carniceros cristianos». La higiene más sofisticada propia de las prácticas de matanza kosher probablemente tuvo algo que ver.

En el transcurso de los siglos, algunos de los mejores cocineros de Italia han apreciado ciertos aspectos de la cultura alimentaria judía. Durante el Renacimiento, la dinastía Este de Ferrara recurrió a las aptitudes financieras de la comunidad bancaria judía, muy bien establecida, para mantener su espléndido estilo de vida. Las tradiciones culinarias judías también influenciaron al administrador de los Este, Cristoforo da Messisbugo. La penúltima receta de sus Banchetti es un «plato de carne al estilo hebreo», una especie de huevo escocés, formado al envolver unas yemas de huevo redondas hervidas con ternera picada y sazonada con pasas, hierbas y especias; Messisbugo recomienda cocinarlo y servirlo en caldo con una rodaja de pan. A Bartolomeo Scappi, el cocinero secreto del Papa, le gustaba preparar pâté de hígado de gansos criados por judíos.

A finales del siglo XIX, Pellegrino Artusi incluyó alimentos judíos en La ciencia en la cocina. Tenía muchos amigos en la comunidad judía toscana y aprendió a cocinar cuscús con dos de ellos. También era un amante de las berenjenas, lo cual le dio pie para hacer un aparte típicamente jocoso:

Hace unos cuarenta años, rara vez se veían berenjenas e hinojo en el

mercado de Florencia. Se los consideraba comida judía vil, lo cual demuestra

que en esta cuestión, como en otras más importantes, los judíos siempre han

tenido una nariz más afilada que los cristianos para lo que es bueno.

Un chiste indudablemente torpe sobre narices. Pero esas palabras por lo demás inofensivas se convertirían más tarde en un signo de cambio aterrador. Cuando se reeditó por enésima vez La ciencia en la cocina de Artusi en 1939, el pasaje citado antes fue eliminado; sin duda, no era apropiado alabar a los enemigos de la nación por su buen gusto. El año anterior, Mussolini había impuesto leyes raciales en Italia: se prohibió a los judíos acceder a los oficios, tener propiedades, asistir a las escuelas públicas y casarse con «arios» o darles trabajo. Todas las peticiones de tolerancia e integración, se expresaran en la lengua que se expresasen, fueron dejadas de lado. La Italia fascista era ahora un Estado racista. En junio de 1940, cuando Mussolini entró en la Segunda Guerra Mundial del bando de Hitler, los judíos no italianos fueron internados. Se produjeron incidentes de vandalismo y violencia antisemitas en varias ciudades italianas, en especial Trieste. En mayo de 1942, todos los judíos italianos fueron obligados a registrarse para realizar trabajos forzados. En septiembre de 1943, Italia capituló ante los Aliados; los alemanes conquistaron el país y pronto emprendieron una campaña de detenciones, deportaciones y genocidio.

 

Entre los judíos italianos hay tantas historias de supervivientes como supervivientes. Historias de maniobras astutas, valor y pura suerte. Historias de ayuda inesperada y traiciones evitadas. Fernanda Momigliano podría contar una. El 16 de octubre de 1943 se produjeron en las grandes ciudades las primeras redadas nazis de relevancia contra los judíos. En Roma, más de mil personas del gueto fueron deportadas a Auschwitz. Muchos judíos de Milán, entre ellos Fernanda Momigliano, ya se hallaban ocultos para entonces, pero doscientos cayeron en las garras de las SS, que efectuaron registros en direcciones sacadas de listas que habían heredado de las autoridades italianas. En la siguiente fase del Holocausto, algunos italianos les hicieron el trabajo a los nazis: unos eran policías y milicianos fascistas; otros eran miembros de bandas de saqueadores que actuaban con la plena aprobación del gobierno italiano, que era una marioneta de los alemanes; muchos eran ciudadanos de a pie corrompidos por las recompensas que se ofrecían por las víctimas judías. Con este telón de fondo y una valentía excepcional, Fernanda Momigliato fue a Busseto, situado entre Milán y Parma, para advertir a su hermana Bianca y salvarla de la deportación. El marido de Bianca no tuvo tanta suerte y fue gaseado. Su madre, que padecía una enfermedad mental, se hallaba oculta en el nuevo hospital Niguarda de Milán. Fernanda también la salvó: explicó a las enfermeras que no era judía, que simplemente estaba loca. Muchos italianos con poca cultura apenas sabían lo que era un judío.

Al final, la autora de Mangiare all’italiana debió su salvación a la ayuda de algunos amigos no judíos. La policía italiana utilizó un ardid para intentar darle caza. Mientras permanecía escondida, le dijeron que alguien había llamado a su piso asegurando que tenía un mensaje de un pariente que había sido deportado. Mientras una tendera a la que conocía se lo explicaba, se acercó un hombre y pidió verla. Fernanda fingió ser una clienta mientras su amiga comentaba que no había rastro de ella. Después siguieron al hombre… hasta la comisaría de policía.

 

Durante la Segunda Guerra Mundial, Italia fue invadida desde el sur por los Aliados y desde el norte por los alemanes; su territorio fue disputado en una cruel guerra civil entre la resistencia y los fascistas recalcitrantes; sus ciudades fueron bombardeadas y sus infraestructuras destruidas, y su pueblo pasó hambre. En las regiones en las que el mandato fascista todavía estaba vigente, el sistema de racionamiento era irremediablemente ineficaz. En el sur controlado por los Aliados, la ilegalidad era tan generalizada que la ayuda alimentaria rara vez llegaba a quien debía. Incluso la ancestral polaridad alimentaria entre la ciudad y el campo se invirtió: los agricultores podían pedir precios desorbitados por introducir sus productos en el mercado negro urbano. Todo parecía un terrible eco de la privación y la destrucción sembrada por los ejércitos extranjeros y nacionales desde la caída del Imperio romano. Italia, junto con su civilización de la mesa, prácticamente se había desmoronado.