Disparando cocaina
Capítulo 10
El calendario de Marisa rezaba nieve, y acertó. Ya caían los primeros copos cuando Lic dejaba el desangelado portal de «Los Financieros» levantándose el cuello del abrigo. La gente apresuraba el paso despidiendo vaho, y la triste pobrería empezaba a abandonar sus puestos de limosneo.
El viento mudadizo hacía que algaraceara a rachas dislocadas, pero la nieve menuda no hizo desistir a Salinas de caminar hasta el «Palace». El abogado trataba de ir a pie a todas partes. «Es la mejor forma de estar en forma», solía decirse como si recitara una jaculatoria infalible.
Aquella misma mañana Silvia le había telefoneado a primera hora, y quedaron en verse en la rotonda del hotel, a eso de las doce y media. «Lic.
Quiero comentarte algunas cosillas —le dijo sin dar más explicaciones, y añadiendo—: De todos modos tienes que pasarte por aquí para recoger el sobre de Jorge…».
Al cruzar la Puerta del Sol el abogado se puso a pensar en ella:
«¡Cultivadora de coca! ¡Cultivadora de coca! Está jugando con dados cargados. Aunque…, ¿puedo censurarle que me ocultara que Óscar León trafica con droga…? Pero ¡mira que convertir la finca que heredó de la madre en un criadero de…!».
Al cruzar la calle de Echegaray, una limusina negra le salpicó, y la rociada de agua, lodo y nieve fue a dar contra los bajos del abrigo y de los pantalones, llenándole de rabos de fango.
—¡Mecagonlaputa! —exclamó el abogado dando un salto hacia atrás—.
¡Cómo me ha puesto ese cabronazo!
Se sacudió los restos pastosos y helados que habían quedado prendidos en la ropa, y se limpió las manos con los pañuelitos de papel que acostumbraba llevar.
Tras comprobar que la avería no era tan terrible, siguió andando por la Carrera de San Jerónimo, y recuperó el hilo de los pensamientos:
«Y el colombiano ese, que han encontrado muerto, parece que también estaba metido en lo de la coca… ¡No te jode! —Un putón desorejado, que iba colgada del brazo de un bujarrón con más años que Matusalén, pasó por su lado y Lic, mirándola descaradamente, se dijo—: Vaya un par de cachas».
Salinas volvió a la droga:
«Y bien metidito hasta el cuello en lo de la coca… y encima relacionado con uno de los grandes. Con Rómulo Alcántara. Vaya por Dios… y van y se cepillan frente al Retiro al hermano de Jorge Cienfuegos. Y Cienfuegos, aunque me joda reconocerlo, es, como por casualidad, otro personaje de la cofradía de la nieve. Coño. Coño. Coñocoñocoño… Parece que se me va notando menos el barro en los pantalones… —Lic volvió a sacudirse y reanudó la marcha—. ¿Y lo de la NIU? Con ese rollo van a terminar por controlar todas las policías judiciales del mundo occidental. Vaya idea: les comen el coco con la parafernalia de los ordenadores sabelotodo… y luego les ordenan lo que deben o no deben hacer. El bueno de Rebollo tenía un culín así de pequeñito temiendo que la NIU se enterase de que me pasaba datos. ¡No te jode, Salinas! ¡No te jode…! Y no hay quien lo pare. ¿O sí?».
La visión de los leones de las Cortes le hizo mudar las ideas:
«¿Y lo de los hoteles? ¿Será dinero de la coca…? ¿O vendrá de otras fuentes…? ¿O vendrá un poco de todas partes? ¿Tiene pedigrí cada millón de dólares? ¿Cuál será el linaje de los kilitos que Jorge tiene ya listos para comprarlos?».
El abogado aceptó por fin introducir en el tablero ajedrezado, que se le movía en la mente, una reina que había tratado de mantener fuera de juego anestesiándose adrede parte de la corteza cerebral:
«Por lo menos hay una cosa que está más clara que el agua: el sistema que propone Cienfuegos, para comprar los hoteles “La Gaviota”, puede llegar a blanquear un buen montón de dinero… En los papeles sólo va a constar una minucia, y la parte del león pasará directamente a los bolsillos de los “honrados” hoteleros, que seguramente estarán encantados con
embolsársela en la cuenta numerada de algún Banco hipercivilizado sin que Hacienda se huela la tostada».
Salinas no pudo dejar de sonreír sarcásticamente al recordar los pormenores del plan que la NIU y Rebollo pensaban ejecutar para poner coto al lavado del dinero sucio de la coca.
El rol esquizoide que Lic iba asumiendo ante Cienfuegos empezaba a desequilibrarle. La última noche había sufrido agudos retortijones que le mordieron la boca del estómago y él, que vivía pendiente de su buena salud, ya estaba pensando en hacer una cosa que le daba repeluzno: pasar por la consulta del médico.
El abogado andaba muy cerca de la puerta acristalada del hotel, cuando le vino a la cabeza un viejo refrán de don Francisco de Quevedo:
«Conciencia en mercaderes es como virgo en cotorrera».
Al entrar en el «Palace» le retentaron los demonios y se dirigió a la recepción. Recogió el sobre que le había dejado Jorge. Introdujo el talón en un compartimento de la agenda de piel negra, delgada y flexible. «Al bote».
Y, tras doblar las tres cuartillas manuscritas, se las guardó en el bolsillo interior.
Salinas se encaminó hacia la rotonda del hotel con el paso garboso que le daban los cincuenta mil dólares del anticipo. «Aquí gracia y después gloria». Pero el péndulo osciló hasta el otro extremo y los pensamientos de tornillo se le adueñaron del magín:
«¿Y si la muerte de Hugo Cienfuegos se hubiese decidido en Colombia?
¿Y si no fuera otra cosa que un ajuste de cuentas entre narcotraficantes…?
Lo mismo que la muerte del sicario de Rómulo Alcántara… ¿Y si lo de los hoteles fuera un vehículo para limpiar dinero sucio? Y yo…, ¿qué pito toco? ¡Glupps!».
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