Disparando cocaina
Capítulo 14
Jorge Cienfuegos se vio reflejado en el espejo del cuarto de baño y trató de poner una mirada recalmada ante el auditorio exclusivo de sí mismo. La tensa figura de palo que le observaba desde la tabla de cristal azogada emitía un pathos de tragedia griega.
Silvia dormía. ¿O se haría la dormida?, tras haber fracasado en su intentona de transmitirle la vibración del sexo. Pero él no había podido borrarse de la mente la máscara azul-carne en que el refrigerador de la Morgue había convertido a su hermano.
Las paredes de mármol veteado de gris y las picas de color verdemanzana le daban una sensación de irrealidad que trató de eliminar metiéndose en el compartimento cúbico de puerta acristalada que contenía la ducha.
La piña estaba demasiado baja para su altura y, encorvándose un poco, abrió los grifos al máximo, y produjo un estruendo asordante. Se le resbaló la pequeña pastilla de jabón de reclamo publicitario (cosa que suele ocurrir) y la recogió del suelo de baldosines de gres negro, pequeños e irregulares, exclamando entredientes: «Mecagontodo».
El repiqueteo del agua en la puerta de cristal llegó como un rumor hasta Silvia. Se levantó y diciendo «hola» se sentó en la banqueta junto a la bañera.
En cuanto Jorge cerró los grifos ella tomó uno de los albornoces blancos del hotel, y le ayudó a ponérselo preguntando:
—¿Quieres tomar algo?
Jorge Cienfuegos llevaba casi dos noches en blanco y la chica supuso que un poco de alcohol podía tranquilizarle.
—Por favor, prepárame un gintónic. Tengo una sed…
Silvia abrió la neverita de la habitación y extrajo dos tónicas y un par de botellines de «Londondry». Aunque no pensara beber más que un sorbito, se preparó también una copa para acompañarle.
El antioqueño se dejó caer en un sillón con el cabello revuelto y empapado, y dijo:
—Pronto estaremos regresando.
—Allá te serenarás.
—No sé, no sé…
—En cuanto traslademos el cuerpo de Hugo…
—No sé.
Jorge apoyó la frente en las manos y permaneció en silencio mientras pensaba: «Nunca debimos llegar a esto. Nunca. Nunca». El taladro de un dolor agudo y persistente le apretaba en las sienes, y la memoria de la infancia le ocupó la mente, como no había dejado de suceder desde el mismo día del asesinato de su hermano.
Se veía a sí mismo en el colegio, en el patio central. Tenía que saltar por encima del listón. Iba en ello el honor de los internos. Su único rival era un medio con pinta de meningítico y acababa de fallar. Desde las terrazas superiores le observaban sus compañeros de confinamiento. Tomaba carrerilla. Se apoyaba en el pie izquierdo. Tiraba de sí mismo hacia arriba.
Y lo hacía. ¡Lo hacía!
El internado en pleno estallaba en un aullido de júbilo. Se abrazaban, saltaban, pataleaban, y hacían cortes de manga a los medios que se llevaban las manos a la cabeza en la galería inferior.
Jorge siguió en el pasado. Hugo aparecía bajando por la escalera a toda prisa con sus piernas de alambre, y corría hacia él abriendo mucho los ojos:
«Es mi hermano. Mi hermano». Daba un salto y se abalanzaba para abrazarle.
La gente menuda prorrumpía en un: ¡Internos! ¡Internos! ¡Internos…!
Orfeonando desde los altos de la mole color de arena.
Jorge Cienfuegos se restregó un ojo y siguió en los Escolapios de Sarriá.
Le dejaba la copa a Hugo y la paseaba por todo el colegio: «La ha ganado mi hermano. Mi hermano. Mi hermano…».
En el comedor un cura joven y fuertote, que ejercía de algebrista de voluntades con evidente buena mano, había descorchado un botellón de champaña y lo escanciaba en las copas plateadas de los campeones chillando: ¡Internos! ¡Internos! ¡Internos!
Hugo volvió a cruzarse en la imaginación de Jorge. Se había colado de rondón en la mesa de los mayores y le tiraba de la bata de rayas verticales y azules. El recuerdo de aquel niño todo ojos bebiendo burbujas y salivillas le enterneció. Y la vista se le nubló: «No. No. No…».
Silvia se sentó a mujeriegas en el brazo del sillón y empezó a explicarle algo. Jorge Cienfuegos no la escuchó. Ni siquiera modificó la postura ni el gesto saturnino. La chica, bien que mal, prosiguió hablando con voz desbaratada, tratando de empujar las palabras hacia él.
Pero Jorge seguía varado en su ensoñación. Hugo le pedía la copa, y se la llevaba con él a la mesa de mármol blanco de los pequeñujos. Allí el idolatrado trofeo pasaba de mano en mano, y de boca en boca, bajo el ojo entrenado de un escolapio juanetudo de cabello ralo.
Y sin saber por qué Jorge Cienfuegos recordó uno de los poemas de su hermano, y lo recitó comiéndose las palabras:
Cascadas de cabello
color malva,
dolientes y amusgadas.
Boca sin sexappeal.
Aguas azulencas
de miradas.
Rizos indomables,
ébano en la cara.
Pupilas endrinas,
inquietantes y moradas.
Andar renqueante,
pasitos de ágata.
Venas mortecinas.
Vanos acertijos.
Plomo en las dos alas,
ríos renegridos
de muerte y acerillos.
Picos asesinos.
La mente se le quedó en blanco por unos instantes, y la voz de Silvia le devolvió a la realidad:
—Resultó… Sí. Salió bien. Les he dejado tan a gusto en el restaurante ese de Chamberí.
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