Disparando cocaina

Pedro Casals · Capítulo 7 de 36

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Disparando cocaina

Capítulo 7

Salinas, acodado en el escritorio, no lograba hacer otra cosa que alancear fantasmas y mirar su reloj de pulsera. Ya eran casi las diez. «Cienfuegos dijo que vendría a las once… ¿Se irá al garete el chollo de los hoteles…?

Lic, mira que eres cabronazo. Mira que pensar en eso con un muerto de por medio».

El zumbido cascado del portero automático resonó con ecos de caña hueca. Marisa fue a ver quién era:

—¿Dígame?

El artilugio le devolvió la voz aguda y deformada de Chema:

—Soy yo. ¿Subo algo?

El chaval iba llamando cada día.

—Un momento. —La secretaria consultó con su jefe, que tenía la puerta del gabinete de par en par—: ¿Sube algo?

—Bueno. Que traiga el periódico… y media docena de puros cortados.

—Compra El Observador y seis cigarros de ésos —le dijo Marisa a través del micrófono.

A los pocos minutos Chema volvió a pulsar el botón: «Soy yo». La secretaria le franqueó la puerta.

Vestía un jersey color caramelo lleno de mugre y lamparones, y vaqueros viejos y patinados, pero calzaba unas wambas que eran el novamás.

Chema limpió los zapatos del abogado. Dale y dale oliendo a potingues en silencio. Cuando fue a cobrarle a Marisa (conocía ya las costumbres de la casa) dijo:

—Si usté quiere, también puedo traerle lotería.

El chico llevaba otras mercancías de matute, pero sabía que no era el sitio para ofrecerlas.

—¿Quieres ganarte unas pesetillas extras? —repuso ella.

—¿Qué hay que hacer?

—Barrer las colillas de la escalera.

—¿Cuánto? —preguntó frotando índice contra pulgar.

—Doscientas pesetas.

Chema, armado con escoba y recogedor, no dejó ni rastro de aquellos deshechos que tanto la ofendían. A los veinte minutos ya estaba listo, y ella al pagar le encargó:

—Los jueves jugaré veinte duros a un número que termine en cero.

—¿Puede darme un anticipo?

—¿Sobre mi lotería?

—Sobre los servicios de limpia, periódicos, lotería…

—Pues… No sé.

La secretaria miró a Lic por encima de las antiparras.

Salinas hizo que sí moviendo la cabeza con sonrisa de guasa.

—¿De cuánto sería el anticipo? —preguntó ella.

—De un talego.

Viendo la cara de pasmo que ponía la buena mujer, Chema aclaró:

—Uno de mil.

Marisa hurgó en el monedero, y entre tintineos de calderilla extrajo el billete, lo desarrugó y se lo tendió manteniéndolo tenso y vertical entre las yemas de los dedos.

El chico lo tomó tirando suavemente con las puntas de los suyos. Lo mantuvo erguido por unos instantes abriendo mucho los ojos. Le dio un beso sordo y lo hizo desaparecer metiéndoselo a presión en los fondos del bolsillo lateral de sus ceñidos tejanos.

A las doce y cinco apareció Jorge Cienfuegos acompañado de Silvia. El hombre andaba cargado de hombros. Ella llevaba un maquillaje que le daba apariencia de no haberse maquillado.

Salinas les señaló el tresillo, y tras cerrar la puerta del despacho se sentó en el sofá al lado del millonario.

Cienfuegos empezó diciendo:

—Ha sido un mazazo. No puedo quitármelo de la cabeza. Vengo de ver el cuerpo… y aún no me lo creo.

Le tembló el labio, y se interrumpió.

Lic escuchaba adelantando el tronco, pero no dijo nada. Silvia se retorcía un canto de la chaqueta de napa color de mantequilla.

Jorge carraspeó, y prosiguió mascando las palabras:

—Hugo había superado ya las crisis. Por dos veces estuvo a punto de suicidarse. Pero eso había quedado atrás. Y ahora…

Se le quebró la voz opaca, se hizo un silencio embarazoso y terminó por afirmar:

—Quienquiera que me haya hecho esto lo va a pagar. —Y en tono de dómine vindicativo aseguró—: Lo va a pagar caro.

—Lic, ¿nos puedes echar una mano? —preguntó Silvia con falsa melosidad tratando de concretar—. Te mueves muy bien en los despachos oficiales. Lo sé por experiencia.

—Puedo intentarlo —dijo Salinas con voz seca y boca desdibujada.

—Inténtalo. Te lo ruego —bisbiseó el antioqueño con los ojos inyectados en sangre.

—Necesitaré disponer del máximo de datos sobre la vida de Hugo… y también necesitaré saber si sospecháis de alguien o de algo.

Lic pronunció las palabras pensando: «Señoras y señores, en este preciso instante me estoy metiendo en un buen lío. Y no soy capaz de negarme…». —Hugo era un artista. Un poeta. Tuvo graves problemas con la coca. Muy graves. Nunca quiso ser un businessman. Bueno… un hombre de negocios. —Por una vez pareció arrepentirse del vicio de usar anglicismos—. Se había recuperado muy bien. Ya sabes, hay que superar la adicción psíquica…

—¿Desde cuándo estaba en Madrid?

—Estaba internado en la residencia desde hace un año.

El abogado tomó nota en una delgada agenda de papel biblia y preguntó:

—¿En qué residencia?

—La «Vital».

—Dame las señas.

—Arturo Soria número…

—¿Quién la lleva?

—La dirige un médico especializado en drogodependencia.

—¿Cómo se llama?

—Doctor Andrés Zamora.

—Háblame de tu hermano. ¿Dónde vivía antes?

—Pasó casi un año en California, en Berkeley, pero sufrió una tremenda depresión.

—¿Qué hacía allí?

—Escribir. —Entrecerrando los párpados prosiguió—: Luego se vino a Medellín. Al cabo de unos meses trató de envenenarse con somníferos. Fue entonces cuando decidí internarle en la «Vital».

—¿Qué había estudiado?

—Humanidades. Primero en Bogotá, luego en Berkeley. —Pasándose la mano por el cabello evocó—: Mi hermano y yo hicimos el bachiller en los Escolapios de Sarriá, en Barcelona. Cuando ocurrió el accidente Hugo se empeñó en regresar a Colombia. Yo ya estaba en Yale.

Salinas le miró con ojos interrogativos: «¿Accidente?». Jorge lo captó y explicó:

—El avión de mis padres se estrelló en vuelo entre Pereira y Cali.

Murieron los dos.

Lic bajó la vista pensando: «Silvia no me dijo ni una palabra… ¿Por qué?».

Cienfuegos prosiguió:

—Hugo no quería estudiar. Sólo deseaba ser escritor. —Miró a Salinas con amargura y dijo—: Aceptó a regañadientes entrar en la Universidad…

Lo hizo por mí. Y por mí se fue más tarde a California. Y en mala hora…

Allí comenzó a abusar de la coca. Decía que le ayudaba a inspirarse. Perdió la carta de navegar. Regresó a casa, pero se hartó. Volvió a California otra vez. Se cansó también. Regresó de nuevo para volver a marcharse… —Se interrumpió, y habló más para sí mismo que para Lic—: Sólo perseveró en

el abuso de la coca. Y todo por culpa mía. No le tuve en cuenta. Yo sólo ansiaba poner en práctica el management que me habían enseñado los yanquis. Andaba obsesionado por los negocios y por tecnificar nuestro patrimonio.

—¿Qué parte tenía Hugo?

—La mitad de todo. —Intuyendo el fondo de la pregunta quiso sacarle de dudas—: Soy su único heredero. Los tiros no van por ahí. —Y juntando las manos como si fuese a rezar se preguntó en voz alta—: ¿Quién podía estar interesado en matarle?

—¿Quién se beneficia con la muerte de Hugo?

—Económicamente sólo yo.

—¿Por qué lo hicieron? Tenemos que encontrar el móvil. Debemos empezar por ahí.

—¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué asesinaron a un hombre que sólo pensaba en escribir?

—¿Publicó algo?

—Dos libros de poemas. —Jorge se adelantó a Lic—: Te los haré llegar.

El abogado reflexionó por unos instantes, y preguntó:

—¿Estaba soltero tu hermano?

—Sí.

—¿Alguna relación más o menos estable?

—No. Ahora no, que yo sepa —negó Cienfuegos con aire ligeramente campanudo—. En Medellín acostumbraba verse con una niña muy chirriada, pero aquí apenas salía de la residencia.

—¿Cómo se llama esa chica?

—Rosa Sarmiento.

—¿Trabajó alguna vez en los asuntos de la familia?

—Nunca. Odiaba los negocios.

—Jorge, ¿te llevabas bien con él?

—Me doy cuenta ahora de lo que representaba para mí —repuso amusgando las orejas y cortando el aire con las manos, en ademán subacuático que decía muy a las claras que no deseaba hablar de aquello.

—¿Vas a poner el caso en manos de penalistas?

—Haré lo que tú me aconsejes.

—Primero tengo que estudiarlo. Luego veremos… —Salinas se rascó la barbilla y quiso saber—: ¿Dónde podré localizarte?

—He reservado habitación en el «Palace». Regresaré a Colombia en cuanto termine los trámites para llevármelo conmigo. Quiero que Hugo repose en tierra paisa. Si me ponen alguna pega con el papeleo, te pediré ayuda. Si no, prefiero hacerlo yo mismo. Es lo único que puedo ofrecerle…

Un poco de mi tiempo. —Sacándose del bolsillo interior la cartera de cocodrilo negro añadió—: Quiero darte mis coordenadas de Medellín.

Puedes telefonearme por la línea directa de la oficina, o a mi casa de «El Poblado».

Cienfuegos escribió con pluma de oro los números en una de sus tarjetas.

Lic permaneció cavilando por unos momentos, manteniendo la cabeza apoyada en las manos y terminó por pedir:

—Jorge, por favor, trata de anotar cuanto pueda darme alguna luz.

—Estoy enhuesado, pero lo haré esta misma noche en el hotel —aceptó.

—Déjame las cuartillas dentro de un sobre cerrado, en la recepción. Iré a recogerlo mañana por la mañana.

Se hizo un silencio que Silvia rompió para decir:

—Lic, a pesar de lo ocurrido, Jorge quiere seguir adelante con lo de la cadena de hoteles. —Y enclavando los ojos en Cienfuegos—: ¿Verdad?

—Sí —asintió exhalando el aire en un siseo.

Salinas, sin saber por qué lo hacía, se puso en pie como liberado de un peso que mantuviera aquietado el resorte de alguna recámara de su mente.

Anduvo hasta el balcón que daba a la Plaza Mayor, y vio a Chema bajo uno de los faroles de cuatro brazos. El muchacho estaba haciendo cuernos a un pordiosero achispado de nariz bulbosa.

La imagen del zagal quizá le cebó la asociación de ideas. Elevando las cejas y volviéndose soltó:

—Necesitaré un anticipo.

—¿Bastarán cincuenta mil dólares? —preguntó el millonario con labios rígidos.

—Sí.

—Los encontrarás mañana dentro del sobre.

—¿En talón?

—Sí.

—¿Contra qué Banco? —quiso saber Lic temiéndose: «Si me lo extiende contra un Banco del extranjero, voy a tener que tragarme todo el follón de importar las divisas. Uff…».

—Contra la «Caja de Ancianos Ahorradores y Felices» de Barcelona.

—Muy bien —aceptó el abogado complacido.

Era de los que desconfían de los Bancos. Salinas mantenía todos sus ahorros, que no eran cortos, a plazo fijo en una Caja que le daba sus buenos intereses.

Jorge Cienfuegos se puso en pie y tendió la mano a Lic diciendo:

—Si hay algo urgente y necesitas hablar conmigo, mándame aviso al Instituto Anatómico Forense.

Silvia permaneció inmóvil, hundida en el sillón, e inesperadamente se puso a sollozar, jadeando con desconsuelo y ocultándose la cara con las manos.

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