Disparando cocaina

Pedro Casals · Capítulo 26 de 36

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Disparando cocaina

Capítulo 26

Jorge Cienfuegos apareció como si fuese un marimanta de rostro verdino.

Un espectro. Un bu.

Antes de responder trazó un gesto ampuloso con el brazo y avanzó hasta encararse con Salinas:

—Yo responderé a la pregunta —repitió—. Pero antes déjame hacerte un preámbulo.

Lic le observó con desconfianza frunciendo el ceño y pensando: «No me gusta que anden escuchándome por detrás de las puertas… El pedazo de cabrón se ha instalado en la sala de juntas para seguir la conversación desde la primera fila… O quizá para cortarla a voluntad… ¡No te jode!».

Cienfuegos prosiguió:

—Para que entiendas mi forma de proceder, debo decirte de entrada que nuestros business generan enormes cash flows que permiten afrontar las cosas de una forma poco usual.

«Ya está soltándome sus palabrejas de manual de ejecutivo. ¡Qué coñazo de tío!», se dijo Salinas acariciándose la patilla de las gafas.

El antioqueño, con un movimiento de la mano, abarcó cuanto le rodeaba y declaró:

—Antes de internar a Hugo, adquirí la «Vital».

Se interrumpió por unos momentos para dar mayor énfasis a lo que acababa de decir, y se dirigió a Salinas:

—Antes de encomendarte el take over que estás llevando adelante… —

No detalló que se refería a la adquisición de los hoteles «La Gaviota»—. Te aseguré que se trataba de mi primera compra de una empresa en España. Y

te dije la verdad. Nunca concebí la «Vital» como operación mercantil. La

compré para que Hugo no tuviese que pasar por uno de esos horribles hospitales de desintoxicación de drogadictos, que huelen a pies.

Pronunció el «huelen a pies» con cara de asco. Como si lo estuviese oliendo. ¿En qué centro estaría pensando?

Jorge Cienfuegos continuó hablando con voz timbrada de dolor:

—Nos temíamos que Hugo hubiera llegado a una fase… —Miró al doctor y recordó lo que acababa de escuchar desde la otra estancia—: A una fase irrecuperable. Y quise asegurarme de que si debía permanecer internado… por lo menos tuviera lo mejor.

El antioqueño se sentó encima de la mesa de Zamora, y señalando a Lic aclaró:

—¿Por qué iba a permitir que Hugo sufriese la primera parte del tratamiento en otro lugar? Aquí se le administró toda la medicación. Y, por cierto, con resultados excelentes.

«¿Por qué me dará tantas explicaciones?», se preguntó Salinas.

Cienfuegos siguió:

—Además. ¿Quién puede fiarse de los médicos? —Y aclaró—: No lo digo por usted, doctor Zamora. Me estoy refiriendo a los camellos legales.

El médico le dio la razón con un gesto de cabeza. Salinas le observó con curiosidad.

Los ojos del antioqueño brillaron:

—Sí. Camellos legales. Hay muchos. Muchísimos médicos. Que a cambio de las cinco mil pesetas que cobran por la visita venden una receta de metadona, so pretexto de dar programas de mantenimiento a drogadictos.

—Tensó los labios y añadió con desprecio—: Esos mindundis están sustituyendo la heroína de sus clientes por un opiáceo, como es la metadona, que les deja la regalía del dinero de la visita. Requisito imprescindible para expender la receta…, por supuesto. Estamos ante el tráfico de un compuesto del opio realizado por ilustres ciudadanos que andan embolsándose pequeñas fortunas. ¡Qué desfachatez!

«Está tratando de justificar su tráfico de cocaína… Aunque no le falta razón en lo de la metadona… ¡Qué va a faltarle!», reflexionó Salinas.

—¿Qué me dices del tráfico de anfetas? —preguntó Cienfuegos a Lic para argumentar—: Durante años se han vendido libremente. Y han

representado un enorme negocio para algunos laboratorios farmacéuticos.

Si hasta llegaron a ser ingeridas para adelgazar. Quitan el hambre…, además de ser drogas estimulantes. ¡Cuántas oposiciones fueron ganadas gracias a noches en blanco, a base de anfetas!

Jorge Cienfuegos no podía dejar de monologar. Quizá tratando de aliviar la angustia:

—¿Y los suicidios de amas de casa? Es materia bien estudiada, ¿no, doctor?

Zamora asintió con un:

—Desde luego.

—Las pobres buscaban remedio a sus frustraciones y a los kilos de más con lo que creían inocuas pastillitas. Y en una de las depresiones que siguen a la euforia…

—Algo parecido a lo que puede ocurrir con la cocaína —soltó Lic.

—Con el abuso de la cocaína —corrigió Cienfuegos con tono cortante de mandamás ofendido.

Y ahuecando la voz, el antioqueño pidió al médico:

—Doctor Zamora, tenemos que hablar en privado el abogado Salinas y yo.

En cuanto se quedaron solos, Cienfuegos puso mueca de disgusto y espetó:

—Has telefoneado a Alcántara, ¿verdad?

—Sí.

—¿Para qué?

—Necesito verle… Para hablar largamente con él.

—¿De qué?

—Del asesinato de Hugo.

—¿Dispones de alguna prueba que le comprometa?

—Es un sospechoso. Sólo eso.

Y Salinas se preguntó: «¿Sabrá o no lo de el Ohio?».

Jorge Cienfuegos trató de hablar con una contención aristocrática:

—Entre los Alcántara y nuestra familia ha habido toda una historia de enfrentamientos. Es un asunto explosivo que últimamente parecía haber remitido, pero… Preferiría que me consultases antes de atacar por ahí.

—Necesito tener las manos libres.

—Haz una excepción con Alcántara —ordenó con autoridad—.

Supongo que estarás al corriente del tema Liñán.

Lic asintió cerrando los párpados y preguntó:

—¿Qué opinas de su desaparición?

—Prefiero no responder. No quiero influenciarte con mis sospechas.

Las arrugas de su faz descarnada se acentuaron y continuó:

—Rómulo Alcántara me ha telefoneado después de tu llamada. —Se llevó una mano a la cabeza y exclamó—: ¡Qué conversación! Todo a base de insinuaciones y frases de doble sentido. Las líneas deben de estar pinchadas, y no podíamos arriesgarnos a hablar claro…

Jorge Cienfuegos bajó la voz:

—Ha empezado por echarme en cara que no le hubiese telefoneado para ponerle al corriente de lo de Gregorio. Ha continuado quejándose de tu llamada, y ha terminado por darme a entender que no descarta mi participación en los hechos.

La música ambiental les sirvió una versión relamida de Días felices y esplendorosos.

—¿Quién le ha informado de la desaparición de Liñán? —quiso saber Lic con expresión hocicuda.

—El doctor Zamora. —Miró al suelo y admitió—: Quizá debí decírselo yo mismo. Pero…

Salinas se puso en pie:

Sospechas que Rómulo Alcántara hizo matar a Hugo, ¿verdad?

Jorge Cienfuegos le observó en silencio y admitió con su reposada firmeza:

—Exacto… Y voy a confesarte que me da miedo que llegues a demostrarlo. Sería el fin de la coexistencia que habíamos logrado… Y

desde hace poco, no creas… Me he pasado la vida luchando contra los Alcántara. Empezó a reconciliarnos algo inesperado: lo de Hugo, y lo de Gregorio. Fue casi increíble que Rómulo insistiera en internar a su propio hijo en la «Vital» sabiendo que era terreno nuestro.

El antioqueño se mordió el labio inferior:

—Anda con mucho cuidado. Y no me confirmes que fue Rómulo hasta que tengas la certeza. Si hubiese hecho caso a todos los que me han ido asegurando que el accidente de mis padres fue provocado por… A veces sospecho que alguien podría estar sembrando cizaña para enfrentarnos. —Y

murmuró—: El enfrentamiento podría ser el fin de nuestros imperios.

—Ese alguien… ¿sería la NIU, por ejemplo?

—¿Por qué no?

El millonario daba por supuesto que Salinas estaba al corriente de su posición dentro del mundo del narcotráfico, pero evitaba referirse abiertamente a ello.

—Lo de Gregorio… ¿fue también por causa de la cocaína? —preguntó Lic.

—Sí —asintió con un siseo casi inaudible.

«Vaya trago para dos traficantes de nieve. ¡Vaya trago!», pensó Salinas.

Hablara de lo que hablase, Jorge Cienfuegos daba la impresión de estar ido. En su mente sólo bullía una imagen que le mordía por dentro y se imponía a todo lo demás: la máscara azulcera en que el refrigerador del depósito de cadáveres estaba metamorfoseando el rostro de Hugo.

Cienfuegos permaneció en silencio. Se le encendió la mirada y anunció:

—Mañana regreso a Colombia con el cuerpo de mi hermano. —

Adelantándose a Lic, añadió—: No, no vayas al aeropuerto. Quiero estar solo. Ni siquiera Silvia va a acompañarme… En Medellín le daremos tierra sin invitar a nadie. Luego ya habrá tiempo para ritos fúnebres.

El antioqueño tomó a Salinas por un brazo y susurró:

—Gracias, Lic. Gracias por ayudarme a rescatar lo que queda de Hugo.

—Y añadió—: Voy a mostrarte algo que quizá te haga comprender por qué adquirí la «Vital».

Jorge le condujo hasta el anexo alicatado de blanco, que estaba unido al cuerpo principal del edificio por una pequeña recepción. Sobre el mostrador de pino barnizado reposaba una cubeta llena de tubitos de plástico tapados y etiquetados.

No se veía a nadie. Cienfuegos siguió avanzando, y se plantó ante la puerta.

—Aquí se hacen los controles de orina. La droga se detecta enseguida con un análisis. Pero se da toda una picaresca… Llegan a venirse con la orina de otro metida dentro de tubos de plástico que se esconden en el slip.

En cuanto se les pide que orinen, se ponen a verter el contenido del tubo.

El millonario abrió la puerta y entraron en una habitación con una especie de bidé en el centro y espejos en las cuatro paredes.

Cienfuegos explicó:

—Les obligan a orinar delante de una enfermera. En ese orinal. —

Señaló el armatoste—. Los espejos reflejan cualquier intento de hacer trampas… Por delante o por detrás. El problema estriba en que muchos de los consumidores habituados al abuso de droga se resisten a dejarla, y siguen consiguiéndola por medios increíbles. Incluso aquí, en la «Vital». La nieve se filtra hasta por los muros de concreto.

Salinas le miraba pensando: «Uno de los grandes del narcotráfico dándome lecciones sobre tratamiento de drogatas. El mundo al revés… O la ley del embudo… Como decía el marqués de Bradomín… Para él, la humanidad se divide en los Cienfuegos y todos los demás».

El antioqueño acabó por argumentar:

—¿Cómo iba a dejar que un extraño hiciese semejantes cosas con mi hermano? Aquí tenía la seguridad de que iban a tratarle como lo que es.

Bueno, como lo que era —se corrigió—. Como un Cienfuegos.

Regresaron al despacho. Jorge se movía con desgana. Había perdido peso y parecía aún más alto. Cerró la puerta y encareció a Lic:

—Si me necesitas para algo, llámame a Medellín. —Bajando la voz—: Y no hagas nada con Rómulo sin antes decírmelo.

—¿Puedes convocar una reunión a la que asista Alcántara…? Para la semana próxima.

—Puedo intentarlo. —Y con mueca apesadumbrada—: Quizás andemos a tiros dentro de un par de días… y no haga falta el meeting.

—No te precipites, Jorge —advirtió Lic abriendo mucho los ojos—. No tomes ninguna decisión drástica antes de celebrar la reunión… A la que, por cierto, quiero asistir.

—¿Cuándo volarás a Colombia?

—Había previsto hacerlo la semana próxima. Pero me pondré en camino tan pronto como consigas convocarla.

—Óyeme, Lic. Si necesitas cualquier tipo de ayuda, pídesela al doctor Zamora. Él sabe qué debe hacer. —Cienfuegos aclaró—: Utilizo también la

«Vital» como una especie de secretaría en Madrid.

El abogado percibió en las palabras de Cienfuegos ese eco especial que precede al «bueno, adiós». Y dijo:

—Antes de irme, me gustaría hablar con Esteban Pereda. Era amigo de Hugo y, según creo, está internado en la residencia.

Jorge habló con el doctor Zamora por el interfono. Y con ademán de prócer pidió que le llamara.

A los cinco minutos aparecía el médico acompañado por Pereda. Un haz de huesos de mirada tuna que andaría cerca de los treinta, aunque tuviese expresión preacuarentada.

Salinas le tendió la mano. Se presentó. Y preguntó:

—¿Podemos quedarnos Esteban y yo… solos? —pronunció el «solos»

queriendo decir: «Sin nadie que nos escuche desde detrás de la puerta de la pieza contigua».

El médico consultó a Cienfuegos con la mirada. Y el antioqueño accedió rascándose la comisura de los labios resecos:

—No faltaría más. —Para agregar—: Bueno, me voy, Lic. Nos veremos muy pronto en Medellín.

Esteban Pereda tenía un aire algo achulado, pero en sus ojos oscuros de mirada esquiva se percibían aún destellos del creativo de publicidad que fue hasta hacía apenas medio año.

El hombre simpatizó con el estilo directo que gastó Salinas para librarse de Zamora y Cienfuegos. Y sin que Lic le dijese nada empezó a parlotear con las manos señalando hacia distintos puntos de la instalación eléctrica para advertirle:

—La residencia está infestada de micrófonos.

Salinas hizo mueca de «mensaje recibido». Se quejó del tiempo, y más tarde le preguntó por detalles de su vida en la «Vital». Pereda se limitó a responder con monosílabos y evasivas, engarfiando el manojo de sarmientos de los dedos en el canto de la mesa.

Haciéndole un guiño, el abogado se puso a preguntar por los análisis de orina. Mientras anotaba en una hojilla de la agenda: «¿Dónde y cuándo podemos vernos?».

Esteban escribió con pulso temblón: «Mañana. A las once de la mañana.

En el Retiro. En la Puerta de la Independencia».

Salinas tomó el bolígrafo: «¿Cuál es?».

Esteban anotó: «Junto a la Puerta de Alcalá».

Salinas acudió a la Puerta de la Independencia con diez minutos de adelanto. «Aún no ha llegado». Y anduvo Retiro adentro, marchando a buen paso para no quedarse pasmado de frío. «¿Por qué habrá querido citarse tan cerca del lugar en que mataron a Hugo?».

El asoleo invernizo no había logrado fundir la nieve del parque, y los arriates se hallaban entreverados de hielo. Las pisadas crujían: «Splasssh.

Splasssh».

Lic iba preguntándose qué desafectos habrían llevado a Esteban Pereda hasta la «Vital», cuando oyó que le llamaban a voces.

«Es él», se dijo. Y desanduvo media derrota hasta llegar a su altura.

Pereda vestía un grueso chaquetón de piel y llevaba gorro de astracán y guantes de lana roja. Las gafas exageradamente ahumadas le ocultaban los ojos.

Lic empezó por decir:

—¿Nos quedamos paseando por el Retiro… o prefieres que nos metamos en una cafetería?

—Prefiero el Retiro. En los locales cerrados pueden andar espiándonos.

Salinas se anudó bien la bufanda de cachemira color avellana. Trató de calentarse las manos en la tibieza de los bolsillos del abrigo. Y se dijo:

«Tendría que haberme comprado un par de buenos guantes. Marisa me lo recuerda siempre… Y tiene razón».

Echaron a andar y el abogado palmeó el hombro de Esteban Pereda:

—Soy todo oídos.

—Creo que ahora puedo hablar —dijo tras escudriñar en todas direcciones.

—Te escucho —insistió Lic mientras pensaba: «Menos mal que la pareja de escolta sabe pasar desapercibida».

Esteban extrajo un inhalador del bolsillo interior, y aspiró por una fosa nasal, para hacerlo luego por la otra.

Su expresión malvezada dio que sospechar a Salinas: «Ése debe de estar esnifando». Y le soltó:

—Van a pescarte en el análisis de orina.

—Me la traen floja los análisis. —Y añadió—: Necesito entonarme.

Lic le miraba con escepticismo y una chispa de simpatía. «Debe de tener el ánimo quebradizo».

Esteban Pereda empezó por dejar bien sentado:

—Hugo y yo éramos muy amigos. Mucho —dijo en realidad

«musssho», con fuerte deje jiennense.

—¿Tienes alguna idea de quién pudo matarle? —preguntó Salinas, para centrar el asunto que le interesaba.

—Una cosa es averiguar quién apretó el gatillo. Y otra el porqué. —

Esteban hablaba muy de prisa, tensando los labios. Y prosiguió diciendo—: Debió de dispararle un profesional. Supongo que será muy difícil llegar a atraparle.

—¿Por qué le mataron? —inquirió el abogado.

—He pensado mucho sobre eso. Tengo una sospecha.

—¿Y bien?

Rachas de vientecillo glacial daban un vaivén temblequeante a las ramas descarnadas.

Esteban se llevó la mano a la cabeza, y tras batir los párpados, exclamó:

—Hugo estaba colao por una chica.

—¿Cómo se llama?

—Silvia.

—¿Silvia Serrano?

—Eso.

—¿Y?

—Cada vez que ella pasaba por Madrid, el Finolis se buscaba un apaño u otro para impedir que Hugo la viera más de diez minutos. Y con testigos.

¡No creas…! Que si necesitaba reposo absoluto. Que si estaba en una fase muy delicada. Que si pitos. Que si flautas…

—¿Quién es el Finolis? —preguntó Salinas suponiendo por dónde iban los tiros.

—¿Quién va a ser? El mediamierda del doctor Zamora.

—¿Cuál es tu teoría?

—Un día me enteré de que el hermano de Hugo perdía también el culo por la misma mujer.

«Me acabas de descubrir el Mediterráneo», pensó Lic, y le preguntó:

—¿Quién te lo dijo?

—Gregorio Liñán, que es colombiano y conoce bien a los Cienfuegos.

—Sigue.

—Gregorio me aseguró que el Finolis no es más que la marioneta de Jorge Cienfuegos.

—Ya.

—Jorge Cienfuegos se queda ahora con Silvia para él solito. Y encima con los millones de la familia.

—¿Es ésa la teoría de Gregorio Liñán? —le espetó Lic.

—Sí —repuso mirándole de soslayo.

Esteban volvió a echar mano del inhalador.

El abogado se detuvo y, enclavándole la mirada en los cristales denegridos de las gafas de sol, le preguntó:

—¿Qué le ha ocurrido a Liñán?

—No lo sé… —repuso angustiado.

—¿Hizo algo raro… o distinto durante los últimos días?

—No —negó con voz ahogada.

—¿Qué tienes en la cabeza? —le achuchó Lic.

—Estoy muerto de miedo.

—¿Por qué?

—A Hugo le mataron. Gregorio ha desaparecido… ¿Qué me ocurrirá a mí?

Salinas le tomó por el brazo:

—¿De quién tienes miedo?

—De Jorge Cienfuegos. Un día le vi discutir con su hermano, y da miedo. Es capaz de todo. Es una fiera. Es capaz de todo —repitió con aire de vencido—. A Liñán le cogió mucha ojeriza. Y a mí también.

Esteban Pereda añadió arrastrando la lengua:

—Fíjate en Gregorio. Empezó a decir que Jorge Cienfuegos había hecho matar a su hermano, y ya ha desaparecido… Temo que pueda ocurrirme lo mismo.

Salinas le observó con desconfianza. Pereda agregó poniendo ojos extraviados:

—Otra cosa. Silvia telefoneó a Hugo el día antes de que le asesinaran. Y

le preguntó si iban a dejarle salir de la «Vital» el sábado. A qué hora. Y

dónde pensaba ir… Precisamente los datos que necesitaba el matón… ¿Qué te parece?

—¿Cómo lo sabes?

—Gregorio y yo estábamos en su habitación cuando habló con ella.

—¿Solía telefonearle, Silvia?

—Unas veces le llamaba cada día, y otras pasaba de él. Es un putón como la copa de un pino.

Cruzaron un trecho que estaba cubierto por una película de hielo. La lámina se quebraba a su paso y adquiría la apariencia del cristal astillado.

Lic iba reflexionando: «Primero intenta acusar a Jorge como si fuese el malo de la película. Y, ahora, sin ton ni son, va y se mete con Silvia. ¿Será que la coca le ha alterado el juicio de la realidad… como me dijo el Finolis?

—Asimiló inconscientemente el mote del doctor Zamora—. Aunque, a veces, los locos aciertan…».

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