Disparando cocaina
Capítulo 4
Salinas llevaba más de una semana metido hasta los codos en el asunto de la cadena hostelera.
Empezó por leerse de cabo a rabo el legajo de documentos que le hizo llegar Cienfuegos, tomando notas con lápiz del número dos en una libreta cuadriculada.
Se fijó mucho en la estimación de ventas y resultados previsibles columbrada por un gabinete barcelonés ducho en explotaciones turísticas.
Los cálculos partían del número de camas de cada uno de los seis hoteles de la cadena, y de la presumible tasa de ocupación, mes por mes.
Si llegaban a cumplirse tales expectativas, la inversión en «La Gaviota»
parecía clara y relativamente segura.
Se non è vero, è ben trovato, se dijo Lic al terminar la segunda lectura.
Entre la documentación que tenía a mano, anduvo rebuscando datos y más datos sobre los tres accionistas de la sociedad, pero no se quedó satisfecho, ni poco ni mucho. En el fondo, el dossier sólo mencionaba los nombres y direcciones, y tangencialmente su situación económica.
«¿Por qué se empeñarán los gabinetes de asesoría en dar más importancia a balances y cuentas de explotación que a los chanchullos y forma de ser de los accionistas?», solía pensar el abogado poniendo los ojos en el techo.
Saltaba a la vista que Cienfuegos sabía mucho más. Lic recordaba que, al confiarle el asunto, le había dado detalles que no aparecían en ningún folio del expediente. Hablando de los accionistas, explicó cómo al principio de los sesenta se asociaron, porque uno de ellos tenía un par de solares bien emplazados en Alicante, otro era constructor y el tercero contaba con el caudal fresco de una herencia. Luego, el negocio fue creciendo gracias al
boom del turismo en las playas levantinas y la buena mano de los tres socios para conseguir toda suerte de momios oficiales, que les permitieron levantar lo que iba a ser la futura cadena.
Salinas, ante todo, quería conocer el motivo que les empujaba a vender, y encima a precio de ganga.
«Cienfuegos me aseguró que lo ignoraba», se repetía.
De los papeles se deducía que el endeudamiento de la empresa podía ser la clave de las prisas. Los tres habían avalado la mayoría de los créditos y alguno estaba ya en vísperas de vencimiento.
Pero la razón no convencía a Lic, que consideraba: «Llevan años toreándose los créditos. ¿Por qué tienen que tirar la toalla precisamente ahora?».
Al llegar a este punto el abogado abandonó su confinamiento oficinesco y comenzó a moverse entre la alcahuetería financiera, dando por fin con una explicación que podía satisfacer sus cavilaciones: La segunda generación.
Los hijos de los fundadores habían convertido los hoteles en campo de batalla para dirimir sus rivalidades, y el último consejo de administración en un infierno. Los viejos camaradas, enfrentados a lo inevitable y casi entre sí, podrían haber decidido deshacerse del negocio cuanto antes.
Apostando por esa hipótesis, Lic decidió hablar con los tres accionistas por separado: «Si están a punto de tirarse los trastos a la cabeza, resultará difícil entenderse en una reunión plenaria. Mejor será dejarles explayarse uno por uno».
El abogado Salinas buscó y encontró relaciones comunes, y ya tenía concertadas dos de las tres citas. Una en Madrid, la otra en Alicante. La tercera estaba al caer, a través de un amigo de años que era agente de Cambio y Bolsa.
Aunque no fueran más que las nueve de la «madrugada» de un gélido sábado de enero, Salinas ya estaba sentado a la mesa de su oficina.
El asunto Cienfuegos se le iba haciendo cada día más goloso. A Lic le tiraban más las pesetas que dos carretas.
Su secretaria, que lo sabía todo, se dejó caer por la Plaza Mayor como por casualidad. Ver trabajar a su jefe el fin de semana era un espectáculo tan extraordinario que no estaba dispuesta a perdérselo.
Marisa entró en el añejo piso utilizando su llavín, y como si tal cosa se puso a moler café de Colombia en grano. Salinas acudió a la cocinilla preguntándole:
—¿Adicción al trabajo?
—Pasaba por aquí… —repuso con aire monjil.
—¿Adicción al café colombiano, recién molido?
—Eso —sonrió mostrando la dentadura marfileña.
En jamás de los jamases la nicotina había logrado hollar aquel santuario.
El abogado le explicó un chiste verde. Le encantaba hacerlo. El café empezó a salir bufando, echando resoplidos gorgoteantes y ahogando la carcajada sorda de la secretaria, que se desternillaba de risa con lo que le contaba Lic.
Salinas se metió en el despacho dejando abierta la puerta, que estaba tachonada y forrada de piel. Apoyó los pies en el canto del escritorio, y permaneció unos instantes con los párpados cerrados, manteniendo plato y tacita entre las manos.
Más tarde, achicando los ojos murmuró para sí mismo: «Divide y vencerás… A esos socios les tengo que meter un poco de cizaña. —Y tras beberse un par de sorbitos con morosidad, concluyó—: Si consigo llegar a un acuerdo con cada uno de ellos por separado, y les enveneno un poco las relaciones…».
Marisa entró en el gabinete de Lic y, sin decir palabra ni pedir permiso, se puso a ordenar los documentos del voluminoso dossier Cienfuegos en distintas carpetas que iba rotulando con tirillas adhesivas de papel.
La secretaria se movía haciendo el menor ruido, y parecía que hubiese puesto sordina a unos tacones romos que raramente repicaban sobre el crujiente entarimado con forma de espiga.
El timbre del teléfono sonó, y Salinas hizo ademán de estar esperando la llamada. Marisa tomó el auricular al segundo ring. En efecto, era lo que suponía el abogado: la confirmación de la tercera cita con el último socio de
la cadena de hoteles «La Gaviota». Y sobre manteles. Habían quedado para comer en «Zalacaín».
«¡Bravo! Las tres citas concentradas a lo largo de la próxima semana.
Bravo, Lic. Bravissimo!», se aplaudió.
Ana apareció a la hora del aperitivo. Su «Chanel 19» hizo palidecer la fragancia de jazmín que solía usar Marisa.
Las dos se pusieron a cotorrear, metiéndose en el despacho de Lic. Al cuarto de hora la buena de Marisa les dejaba solos: «No puedo retrasarme, hoy como en casa de mi hermana».
Ana se había emperejilado y pintado con esmero. Vestía un chaquetón de piel de zorro y punto grueso. El maquillaje de tonos ocres y el sombreado resaltaban los pómulos, que parecían más altos.
Llevaba la melena rubia muy pero que muy peinada hacia atrás, sujeta con dos pasadores. Le favorecía, y lo sabía muy bien.
Sin moverse de la plaza Mayor se fueron con paso tardo hasta el «Torre del Oro», y de pie, en la misma barra, pidieron unos chorissitos del infierno.
Ana decidió guardarse para más tarde la artillería que llevaba preparada.
Lic le notaba un brillo extraño en los ojos castaños, grandes y redondos, pero no quiso enterarse.
Siguieron con montaos de lomo y terminaron despachando unas tapitas de paella. Bebieron sangría de la jarra que ya estaba preparada sobre el mostrador.
Lo que iba a ser aperitivo se había convertido en algo más consistente, y Salinas se apuntó al café que acababa de pedir Ana: «Tampoco puedo con postre. Otro sólo para mí».
En la tasca se limitaron a comentar las fotos de toreros que colgaban de las paredes: « El Yiyo, el pobre…», « Manolete, vaya tío interesante», o
«Mira el Cordobés agarrando el asta del toro». Y a disfrutar de los bocados en la acogedora atmósfera de ecos sureños, alicatados de cerámica policromada, estantes adornados con botillería de jerez, y hierros forjados.
Ya de regreso, al cruzar la plaza un aire helado les hizo apresurarse. En cuanto llegaron al portal, Ana dijo con voz ronca:
—Tenemos que hablar tú y yo.
—Tengo en frío una botella de cava. Podemos hablar entre copa y copa.
—Como quieras —admitió tensando el cuerpo.
«¿Qué querrá decirme?», pensó Lic, aunque se abstuvo de preguntar.
De sus tiempos de mili, el abogado tenía muy claro aquello de: «El que pregunta se queda de guardia».
El piso estaba bien caldeado. Salinas se dirigió al refrigerador y descorchó la botella de brut. Luego fue a sentarse junto a Ana, en el sofá de cuero envejecido de su gabinete. Ella dio un sorbito, y con las mejillas encendidas comenzó a decir:
—Hace mucho que voy dándole vueltas. —Dejó la copa sobre la mesa baja de cristal para proseguir con gesto resuelto—: No quiero quedarme embarazada a escote entre José Carlos y tú.
Salinas se la quedó mirando, abriendo mucho los ojos y pensando:
«Entramos en aguas profundas… y peligrosas».
Ana continuó:
—Todavía estoy en edad. Dentro de tres o cuatro años tendría que correr riesgos que me dan miedo.
El abogado apoyó el codo sostribándose en el brazo del sofá, y esperó a que ella continuara.
—No quiero quedarme embarazada a escote —repitió endureciendo la voz.
Lic sabía que tenía que acabar por ocurrir. «Ese sacamuelas de mierda acabará casándose con Ana», solía decirse, y solían decirle sus socios de dominó.
Salinas se puso en pie, y hundiendo las manos en los bolsillos del pantalón preguntó:
—¿Qué piensas hacer?
—Vivir contigo… O con José Carlos. Con el uno o con el otro. Esta situación nuestra dura demasiado.
«Otra vez con el maldito tema», se dijo Lic.
Y quiso saber:
—¿Cuándo vas a tomar la decisión?
—Hoy.
—¿Lo has hablado con él?
—Sí.
—¿Es un ultimátum? —preguntó sonriendo, para quitar hierro.
—Es una forma de anunciártelo —susurró aflojando el gesto.
Lic propuso:
—¿Por qué no lo dejamos en hacer un paréntesis…? Hasta que hayas parido. —Sonriendo con sorna, añadió—: No soy celoso.
Ana le miró negando con la cabeza, para decir:
—Quizá termine pasando.
Tras dejar transcurrir varios minutos en silencio, vaciaron sus copas. Lic volvió a llenarlas argumentando:
—Podríamos celebrar tu despedida de soltera por todo lo alto.
Ella dudó por un instante frunciendo los labios y extendiendo las manos, diciéndose: «De perdidos al río».
Finalmente exclamó:
—¿Por qué no?
Salinas propuso, contando con los dedos:
—Siesta, marisco y «Pachá». ¿Te va?
Ana asintió con ojos perjuros, sofocando una risa nerviosa y amenazando con un:
—Las siestas se te van a cortar por lo sano en cuanto me venga la próxima jaqueca mensual.
Lic hizo como si oyera llover, mientras veía por el rabillo del ojo cómo Ana se descalzaba liberándose del tacón alto y la hechura estilizada de sus zapatos.
«Buena señal», se dijo.
El abogado la abrazó susurrándole ternezas como si hablara con una niñita. La besó, y el aleteo de las lenguas les fue llenando de fuego.
Ana le desabrochó el pantalón de franela y la camisa. Él hizo volar por los aires la blusa de encaje de Chantilly muy relamido y la falda negra.
Se quitaron todo lo demás. La mescolanza de efluvios de sus propios cuerpos les embriagó con mayor fuerza que el cava que habían bebido.
Lic se sentó en el sofá, dando cara hacia el balcón del despacho. Ella se encabalgó besándole con respiración agitada, dilatando mucho las ventanas
de la nariz, e hincándoselo hasta los fondos de su carne pulposa y cálida, presintiendo la ya próxima y lujuriosa resurrección de sensaciones.
Dormitaron anidados durante un buen rato hasta que Lic propuso:
—¿Te va hacer sauna?
Ella asintió.
Salinas había hecho instalar una pequeña sauna en un cuartucho que daba a la recepción, tras verificar con cuidado que la estructura fuera totalmente prefabricada para asegurarse de que el casero, que por cierto era un viejo regañón, no pudiera aumentarle el ridículo alquiler que pagaba.
Aunque se la montaron junto a la entrada, el abogado tuvo buen cuidado de aislarla detrás de una puerta gruesa, de forma que los clientes que acudían al bufete no pudieran reparar en ella.
Mientras esperaban que se fuera calentando el pequeño recinto de madera, Salinas se sirvió un vaso de agua fresca y Ana se preparó alcaselcer. Los dos se sentaron en el sofá sosteniendo los vasos entre las manos, y apoyando los pies en el canto de la mesa baja.
Ella comenzó a decir:
—No sé qué hacer con mi pub. Me va muy bien y gano dinero, pero José Carlos quiere que lo traspase.
«Y dale con el sacamuelas», se dijo Lic.
—No sé qué hacer —repitió.
Y no pensaba sólo en el bar.
—¡Qué tontería! Nunca hay que dejar escapar las pocas cosas que van bien. —Lic tampoco se refería sólo al «Golden Lion»—. En cuanto lleves medio año con ese atontao estarás hasta el gorro de la casa y, ¿qué harás?
No te quedará más alternativa que ir a prepararle los empastes para sus malditas muelas.
—Sí, pero…, ¿y José Carlos?
—Mándale a paseo —aconsejó Lic con zumba.
Se metieron en púribus dentro de la sauna cuando aún estaba a sesenta grados, sentándose frente a frente sobre toallas muy esponjosas apoyadas en una tabla horizontal de madera. El aire olía a cabaña de troncos y allí dentro se estaba muy, pero que muy bien.
Ana, señalando las redondeces de su cuerpo, dijo:
—Ya me conviene, ya, sudar un poco. Es como descomer.
—Si es que estás como quieres… —exclamó Salinas con los ojos prendidos en la femineidad pechialta y las carnes prietas de Ana.
Y se dijo: «Ese guayabo no puedo dejármelo perder… No».
El termómetro señalaba setenta grados, y ya les bañaba el sudor cuando sonó el timbre del teléfono.
Lic estuvo tentado de ignorarlo, pero no lo hizo.
Salió empapado, secándose cara y manos con la toalla. «¿Quién coño será?». Y tomó el auricular.
Al otro lado del hilo le habló Jorge Cienfuegos con voz rota:
—Han matado a mi hermano.
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