Disparando cocaina

Pedro Casals · Capítulo 28 de 36

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Disparando cocaina

Capítulo 28

El padre de Silvia Serrano había sido notario de vidas principales y residía en el segundo piso de una de esas casas de rancia solera de la calle de Miguel Ángel.

Lic subió en un ascensor renqueante y señorial que olía a pulidor de metales. Se limpió el barrillo de los zapatos en el grueso felpudo, e hizo sonar el timbre.

Una sirvienta añeja, que tenía aspecto de buena creedera, le hizo pasar y le acompañó hasta un salón de antiguos cortinones y losanges en las ventanas.

El notario retirado debía de ser coleccionista de alfombras, a juzgar por el muestrario de piezas afganas que apenas si dejaban al aire unos pocos huecos del entarimado.

Saturnino Serrano no se hizo esperar. Era hombre de nariz aguileña y nuez salida, que gastaba lentes de culo de vaso. Andaba encorvado. Vestía un traje príncipe de gales de rayita azul, y daba la impresión de tener poco fuelle.

El padre de Silvia entró con un ampuloso: «¿Cómo está usted?». Y se sentó junto a Lic, en un sillón de cuero capitonado de color burdeos.

Salinas sólo le conocía de haberle visto en la notaría para formalizar escrituras, y le observó en silencio.

Serrano avanzó su cabeza de cabello ralo y cano:

—¿Usted dirá?

Lic empezó por explicarle que se ocupaba del caso Cienfuegos, y que su hija le había puesto en contacto con Jorge.

El exnotario le seguía con sofrenado interés, sin decir ni pío. Salinas terminó por anunciar:

—En el asunto me mueve, además, un motivo personal. —Y detalló—: Dispararon sobre mí. Tengo que ir escoltado. Y… estoy dispuesto a lo que haga falta para llegar hasta quienquiera que haya planificado la operación.

—¿Qué puedo hacer por usted? —preguntó Serrano con voz engolada.

—Me interesa conocer su opinión —repuso Lic tratando de halagarle.

—Salinas, le he recibido porque estoy al corriente de lo bien que trató a la que fue un día mi esposa —pronunció el «un día» entrecerrando el descarnado velo de los párpados como si se estuviese refiriendo a un lejano episodio de la infancia—. Pero, créame. Me resulta muy desagradable hablar de esa otra gente con la que convivió.

En el «esa otra gente» englobó a los Cienfuegos, a Óscar León, y a cuanto anduvo en Colombia alrededor de su mujer y permanecía aún en torno a su hija.

Saturnino Serrano enclavó la vista en el cuadro de una imagen milagrera, y tironeándose de los puños manifestó:

—Con esa gente, todo es posible. Todo. —Miró a Lic y advirtió—: Y

váyase usted con pies de plomo… Con pies de plomo.

El padre de Silvia hizo tañer la campanilla de plata, y apareció enseguida una doncellita de uniforme negro y mandil almidonado que era un bullebulle. El exnotario preguntó a Lic:

—¿Té o café?

Salinas dudó. «No voy a pedirle un vaso de leche». Y optó finalmente por el té. «Veremos. A ver cómo me sienta».

Serrano se retrepó en el asiento y evocó con tono condescendiente:

—Ella siempre fue muy de su madre. A veces, en verano, se iban a pasar un par de meses a Bogotá. Yo sólo podía ausentarme unos pocos días.

Usted ya sabe lo que son las notarías… Recuerdo que Silvia acostumbraba hacerse la remolona a la hora de regresar. Que si le salían novios allá, que si estaba invitada a tal o cual fiesta…

—Últimamente… ¿ha notado alguna cosa extraña en ella? —preguntó Lic tratando de llevarle al terreno que le interesaba.

—Verá usted… Mi hija me visita muy de tarde en tarde. Y, la verdad, no suele contarme sus problemas.

Saturnino Serrano le invitó a fumar. «No, gracias». Y prendió con morosidad un cortosinfiltro de Virginia. Exhaló con expresión viciosa la bocanada de humo y siguió anclado en otros tiempos:

—Aconsejé a Silvia que comenzara la carrera de Derecho en Madrid.

Pero me salió el tiro por la culata. Sólo conseguí que se codeara con extremistas de izquierda y que entrara en contacto con guerrilleros colombianos… Y no colombianos. ¿Qué le parece?

Sin dejar decir a Lic qué le parecía, continuó:

—En cuanto su madre me hizo la sinrazón de irse a Bogotá, le faltó tiempo a ella para seguirla —se lamentó con aire adolorido que dio un aspecto de aguilucho a su perfil aquilino.

La doncella dejó una bandeja de plata, con el juego de té, sobre una mesilla de palo de rosa. El exnotario se empeñó en servirlo él mismo. Y Lic precisó:

—El mío con bastante leche fría.

El padre de Silvia se distrajo un punto, y se aproximó mucho al abogado para verter el líquido. Salinas se dijo:

«Menuda halitosis… Pobre hombre. Y pobre del que esté a su lado».

Saturnino Serrano volvió a lo que le estaba contando:

—Y allí se quedó con su madre. Y allí se dejaron deslumbrar por el tren de vida que llevan algunas gentes. —Ni siquiera insinuó un solo nombre—.

Y se habituaron a vivir entre un lujo inimaginable.

«¿Cómo debe de ser el lujo de los narcotraficantes…? Para dejar patitieso a un notario. ¡Ahí es nada!», consideró Lic.

Serrano miró hacia arriba y declamó:

—De tales polvos, tales lodos. —Se interrumpió, y terminó por asegurar

—: No me extraña que pasen tales acontecimientos.

A Salinas le dio la impresión de que el notario retirado se guardaba alguna carta, pero optó por no preguntar nada. Prefirió calar los ojos en el rostro acristalado de su interlocutor y, poniendo gesto interrogativo, mantenerle en un incómodo silencio.

Saturnino Serrano acabó por decir:

—¿Qué hará con tantíssimo dinero Silvia…? ¿Qué hará?

El abogado se preguntó: «¿A qué dinero se estará refiriendo… para soltar ese “tantíssimo”?».

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