Disparando cocaina

Pedro Casals · Capítulo 27 de 36

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Disparando cocaina

Capítulo 27

Antes de acudir a la cita que tenía concertada para almorzar con el segundo socio de «La Gaviota», Salinas se metió en una cafetería de la calle de Alcalá. El gris del Retiro le había calado hasta los mismos huesos, y entró aterido en el local.

La pareja de escolta que acababa de hacer el relevo rehusó la invitación de Lic, «¿un cafelito?», y estacionó el coche «K» sobre la acera, frente al establecimiento. «Así amarramos mejor el tema».

El abogado dejó enfriar el vaso de leche. «Demasiado caliente. Me hará daño». Se acodó sobre la mesa. Una de esas miniaturas que suelen tener los cafés. Y se puso a pensar:

«Parece que hoy no me arde el estómago. ¡Menos mal! Después de tanto biberón, tanto hervido y tanta coña… —Miró de reojo la hora, y buscó la caja de las tabletas por los fondos del bolsillo—: Por cierto, déjame tomarla. Ya me toca».

Bebió un sorbito y se dijo: «Anoche… ¡Qué cena me cocinó Ana! Que si rape a la nosequé. Que si flan casero… Y, luego, la timba de dominó me distrajo un güevo… Ni me notaba las tripas al meterme en la cama. Esa chavala vale un montón. —Elevó el índice y se amonestó—: Cuidado, Lic.

Que te pierdes…».

En la barra se hablaba de quinielas. «Si agarrara yo unos cuantos milloncejos, a buena hora iba a aguantar al tontolculo ése». Un par de señoras muy compuestas cotorreaban sobre el veneno del bingo. Y dos chavalillas con pinta de salidas andaban riéndose a borbollones cuchicheando y contándose las aventuras que, según ellas, les habían acontecido en un casino de postín.

El sonido galáctico de la tragaperras y el gorgoteo de la cafetera salpicaban aquella atmósfera, y terminaban por no oírse. ¿Cosa maravillosa… o terrible?

Lic pensó en el socio de «La Gaviota» que se habría trasladado desde Alicante para negociar la venta de su participación.

«Si pica, tendré ya en el bote las dos terceras partes», se dijo sin alegría.

Y dio carpetazo al asunto sin más.

Aunque en otras circunstancias la operación le hubiese sorbido los sesos, Lic ni llegó siquiera a sensualizar la cifra que iba a embolsarse con las cuentas frisonas que pensaba presentar a Jorge Cienfuegos.

Tan desacostumbrada forma de proceder suponía una grave alteración de las liturgias más arraigadas en los hábitos de Salinas.

Se terminó el vaso de leche y rememoró las palabras, los gestos y la indumentaria de Esteban Pereda:

«No sé por qué será, pero me cae bien ese chalao… Aunque quizá no sea más que pura carnaza. Un cebo para influenciarme a través de su mala cabeza, y de sus esnifadas salvajes. ¡Cómo le daba el tío! ¡Qué bárbaro…!

—El abogado subió la guardia—: Lic. A poner en cuarentena cuanto haya ido largando ese coquero».

El abogado se acercó a la barra para pagar. Al ir a recoger el cambio volvió a ver el coche «K», que ya había olvidado por unos momentos. Lo percibió como un ruido visual y masculló:

«No puedo vivir así. Tengo que resolver de una putavez el caso. Tengo que encontrar al que mandó disparar sobre nosotros… Y sobre Hugo. Todo forma parte del mismo plan».

Ya salía a la calle, cuando se dijo:

«El isótopo… Iré a Colombia y les soltaré el isótopo. Es la primera vez que voy a hacerlo… Es el único modo de manejar semejante caso».

A Lic se le había dilatado el ánimo. El almuerzo resultó ser un bocado sin hueso. El alicantino era hombre bravo, de hablar directo y en sana salud.

Y la lubina hervida de «Jockey» no tenía pero.

Ya se encaminaba a casa del padre de Silvia, montado en el coche «K», cuando empezó a hacer balance:

«¡Qué rápido hemos llegado a un acuerdo! Lo del dinerito negro puesto en Suiza es un argumento irresistible. —Se sonrió por lo bajo mirando los cogotes de los dos policías de la brigada antidelito económico que iban en los asientos delanteros—. Aunque… Parecía que el otro socio ya le hubiera advertido de algo. Daba la impresión de estar en el ajo, ya. Por mucho que anden a la greña, sería lógico que se dignaran comentar entre ellos los dimes y diretes de la negociación… Y más tratándose de un buen pellizco».

El abogado repasó in mente los comentarios que le fue haciendo su compañero de mesa, y concluyó:

«Se las saben todas… Fueron construyendo los hoteles de “La Gaviota”

dentro de un radio de un par de horas de distancia en coche. Montaron una única oficina de dirección en Alicante. Un pequeño núcleo. Y pusieron al frente de cada unidad a un simple currante. ¡Menudo ahorro de estructura…! Y pensar que van a venderse la cadena sólo por la gilipollez de sus hijos… Que no son capaces de ponerse de acuerdo para repartirse el pastel… ¿Será posible?».

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