Disparando cocaina
Capítulo 15
En cuanto sonó la primera detonación, Óscar chilló:
—¡Al suelo!
Y se lanzó contra el pavimento nevado arrastrando consigo a Salinas.
El tirador, que era alto y seco como una estantigua, salió a escape después de hacer fuego, y se metió en la calle de Sagunto.
El chófer yacía con ojos vítreos junto al encintado de la acera. Una de las balas le había penetrado en el cerebro.
Lic y Óscar León se incorporaron con las manos ateridas y llenas de alfilerazos. Se acercaron al cuerpo yerto del conductor, y el bogotano, en un rapto de cólera, dijo con voz ahogada:
—Rómulo Alcántara. Hijo de perra. Te acordarás de esto. —Le tembló la quijada y añadió—: Quieres quedarte con el Cercado gringo para ti solo.
Quieres matarnos a todos. Hijo de perra… ¿O será que quieres asustarme?
Ya se iba formando corro alrededor del muerto. Y una mujer fondona se puso a chillar con voz de cazalla:
—¡Una ambulancia! ¡Una ambulancia!
Cumplida ya la parafernalia burocrática que sigue a la muerte violenta, Salinas telefoneó al «Palace» para dar a una Silvia amodorrada el mensajegarcía de lo ocurrido.
El abogado acompañó en un taxi a Óscar León al «Villamagna», y continuó hasta el pub de Ana.
Era muy tarde y se temió que el «Golden Lion» pudiera estar cerrado.
Lic, rascándose detrás de la oreja, se dijo:
«Ella suele dormir en la trastienda. Espero que no esté encamada con el sacamuelas…».
Mientras el conductor le llevaba Castellana arriba, Salinas iba reflexionando con expresión arisca:
«Hay que resolver el caso y rápido. Rápido… Sólo podré volver a vivir tranquilo si descubro quién maneja los hilos… Y tengo que hacerlo antes de que me liquiden… ¿Quién me mandaba meterme en semejante nido de víboras…? Y todo por el parné. Sí, Lic, que eres un pesetero…».
Al pasar ante un par de travestidos que se arrebujaban con sus abrigos de piel de conejo, pensó: «Se os van a helar las siliconas».
El taxi había enfilado la calle de Capitán Haya, cuando Salinas cruzó los brazos y evaluó:
«Vamos a ver. ¿Quién saca la lotería con la muerte de Hugo…?
Evidentemente, y coñas aparte, Jorge Cienfuegos se queda con Silvia en exclusiva y con el pastón del hermano. —Lic canturreó por lo bajo una canción de Aznavour: Donne-moi l’amour et l’argent—. Y al parecer, los dos hermanitos tenían también sus buenas trifulcas…».
Ya casi llegaba al pub cuando, agitándose en el asiento, Lic concluyó:
«La cosa ha cambiado mucho. Ahora va en serio. Ahora me estoy jugando el tipo… Voy a llamar a Colombia y voy a pedirle una cita al famoso Rómulo Alcántara. A lo mejor, el caso resulta ser una excepción y los indicios no están prefabricados como suele ocurrir. —Tapándose la boca con la mano decidió—: Por el despacho yo no vuelvo hasta que se aclaren las cosas… No les voy a dar facilidades para que me manden al otro barrio… No y no… Mañana por la mañana llamaré a Rebollo y a ver qué hacemos… ¿Y Silvia? ¿Y Óscar León? ¿Y si se hubieran conchabado esos dos para armarla? Tengo que hacerme con el testamento de Hugo. A lo mejor no es lo que parece…».
Aún se veían luces dentro del «Golden Lion». Salinas despidió al taxista dándole una buena propina, cosa rara en él. La puerta exterior estaba cerrada y el abogado hizo tañer la pequeña campana de bronce.
Ana escudriñó por la mirilla antes de abrir la puerta maciza tintada de nogalina, y con aire de sorpresa exclamó:
—¿Qué pasa?
—¿Hay moros en la costa? —preguntó Lic a media voz refiriéndose al dentista.
—Tranquilo —repuso ella con sonrisa de compincheo mientras desbloqueaba la cerradura de seguridad.
En la mesa del altillo bullía una buena timba de dominó y Alex Comas refunfuñó:
—Ana, vente a terminar la partida que los tenemos ahorcados.
—Ya voy, ya voy —repuso la chica preguntándose: «¿Qué debe de pasarle para que aparezca a estas horas? Y con esa cara de muerto que trae…».
Salinas se sentó a la mesa como si fuese un chamelador, y saludó a la parroquia que le acogió con guiños y muecas de guasa:
—Vaya horas de volver por casita… —soltó Alex con humor punzante.
Alex Comas era alto, desgarbado, tenía cara de mala noche y gastaba gafillas redondas de cerquillo de oro. Trabajaba de redactor en un diario y llevaba ya años de socio de dominó de Salinas.
La pareja que jugaba contra Ana y Alex la formaban dos jóvenes ingenieros con pinta de bonvivant que el INI había destinado a Madrid. El uno le dijo al otro:
—Estamos enfabados. —Viendo que les miraban con cara de no enterarse, aclaró—: El doble ese no lo pone en juego ni el oso que se comió a don Favila.
—Y es de alto bordo —sentenció el periodista.
Los cuatro estaban fumando cigarros, Ana también, y por encima de la mesa permanecía suspendida una nubecilla evanescente que se iba alimentando de las volutas azuladas de humo de tabaco canario.
La partida duró poco.
—Golpeo —dijo Ana.
—Vamos a cogerlas a puñados —afirmó Alex.
—Tenemos el santo de espaldas —protestó uno de los ingenieros.
—Hay que saber buscar el fallo —dijo el periodista llevándose un dedo al ojo—: Vista. Mucha vista.
En cuanto terminaron, Alex Comas preguntó a Salinas:
—¿Quieres jugar?
—No. —Negó con la cabeza—. Prefiero hacer de mirón.
La chica señaló de forma ostensible su reloj de pulsera diciendo:
—Es muy tarde.
Deseaba quedarse a solas con Lic. El abogado tenía mal aspecto y ella quería preguntarle si pasaba algo.
—¡No te jode! —protestó Alex—. Llega el señorito Salinas y Ana nos pone de patitas en la calle. ¿Qué te parece?
Ella le miró con ojos zumbones y advirtió:
—Me estoy jugando la licencia. Hace más de una hora que tendría que haber cerrado.
—Ahora la señora va y nos sale legalista.
—Corta el rollo. —A la chica se le escapó su tono ligeramente ahorterado, y elevando la voz—: Mañana será otro día —dijo.
Aprovechando que ella se fue a dejar las copas vacías detrás de la gruesa barra de pino negral, el periodista se acercó a Lic y en voz queda le susurró:
—Buenas noticias. Ana le ha mandado a tomar viento.
—Vaya —exclamó Salinas, y pensó: «De putamadre. Ya estaba del sacamuelas hasta los mismísimos. A ver si me cambia la racha». Poniendo ojos de pillo preguntó—: ¿Cómo lo sabes?
—Se tiraron los trastos por la cabeza aquí mismo. Ayer por la noche.
Delante de todo el mundo. —Tragándose la risa agregó—: Formaron todo un escándalo…
Alex Comas se calló. La chica se acercaba de nuevo.
«La cosa debió de ir en serio. Es la primera vez que organiza un fregado en su propio pub», pensó el abogado.
Ana se puso a matar luces. Empezó por el foco que iluminaba la inútil diana de dardos, y siguió con las bombillas pintadas de amarillo tostado que ardían tras las pantallas de pergamino de los apliques verdinegros.
La chica se descalzó, dejando los zapatos de tacón muy alto tirados por la moqueta, y se puso a caminar despacio sobre la molicie del suelo de lana moviendo los dedos de los pies.
El periodista echó mano de su zamarra de piel gastada y se despidió:
—Me voy antes de que me echéis. Para que luego digáis que no soy el colmo de la discreción.
En cuanto se quedaron solos, Ana insistió:
—¿Qué pasa?
—Todo. Pasa todo —se quejó Salinas con voz ahogada—. Todo va de putapena. Me arde el estómago. El médico me ha prohibido fumar, beber, comer… Me he metido en un asunto que es un berenjenal del copón… Y
acaban de dispararme cuatro tiros que no me han dado de milagro.
Lic lo mezcló todo como si hablase de sucesos homogéneos.
Ana le abrazó y buscó su olor en el cuello y su sabor en la boca. Le ciñó mucho más. Y arrimándose mejilla a mejilla ganaron unos instantes de atemporalidad.
Ella, con mirada lúbrica, le animó a hablar:
—Cuéntame.
—Me he metido en una que es demasié. Demasiada carne para un novillero.
—Dime.
—Empezaron cargándose al hermano de aquel cliente colombiano…
El abogado se interrumpió.
—¿Sí…? —susurró Ana con voz ronca.
—Luego apareció el cadáver de otro colombiano… Y esta noche, al salir del restaurante, han disparado sobre nosotros y han matado al chófer.
¡Pobre hombre!
—¿Con quién andabas?
—Nos estaban esperando a la salida de «Fabio». He cenado con… —La voz de Lic se hizo inaudible—. He cenado con un financiero.
Salinas se calló que el «financiero» era Óscar León, y que era de Bogotá. Y sobre todo se calló que traficaba con cocaína.
—Quédate conmigo hasta que todo se aclare.
—Iba a pedírtelo… Me acojona volver al despacho… Pueden estar esperándome.
—Quédate conmigo —insistió Ana pensando: «Y no te vayas nunca, querido Lic».
Salinas tuvo el buen gusto de no mencionar al dentista.
Ana preguntó:
—¿Cómo va esa barriguita? —La chica le acarició la boca del estómago y dejó caer la mano hasta mucho más allá de la pretina. Con aire socarrón
anunció—: Ese dolor te lo quito yo en menos que canta un gallo.
Ella se fue a la pequeña cocinilla disimulada detrás del espejo cobrizo a prepararle una infusión de camomila.
—Mi abuela solía decir que no hay como una buena manzanilla para los dolores de tripa.
Lic se metió en el dormitorio que Ana se había decorado en la trastienda, revistiendo suelo y paredes con la moqueta del pub. Un gales de fondo verde oscuro y raya negra.
La chica apareció con la tacita humeante, «cuidado que quema», y se metió en el baño que se hizo instalar al fondo de la habitación.
Se duchó limpiándose a conciencia hasta los rincones más insospechados. Se perfumó con «Chanel 19». Se volvió a maquillar con tonos ocres. Se cepilló muy hacia atrás la melena rubia y terminó por ponerse unas gotitas de cierta fragancia descocada en el monte de venus peinado a lo pelocorto y en forma de corazón.
Ana se escrutó el rostro haciendo morritos ante el espejo y se presentó ante Lic sacando pecho y culo, y sin más atavío que una fina cadena de oro en la angosta cintura.
A la mañana siguiente Salinas se despabiló cerca de las nueve. Había pasado la noche entre duerme y vela, y no se durmió a sueño suelto hasta el alba.
Apareció en el salón del pub con una bata de seda, a listas blancas sobre azulnegro, que Ana le había regalado con la condición de que sólo la usara cuando estuviera con ella.
La chica había juntado dos mesas en el altillo y le estaba ordenando folios, lápices del número dos y una libreta de cuadrícula. También acopló un flexo y le puso el teléfono inalámbrico.
Ana le recibió en deshabillé señalando su obra y diciendo:
—Señor abogado. Tu nuevo despacho. Horario de diez de la mañana a seis y media de la tarde. A las siete hay que abrir el local.
El aura de intimidad que les rodeaba hizo que Lic se apeara de su postura alicaída. Pasó el brazo por los hombros de la chica y subieron a los
altos del «Golden Lion» apoyándose el uno en el otro.
Ana sufría una mezcla de sensaciones: «Nunca le había sentido tan cerca como ahora. Nunca… Si le pasara algo…». En la cabeza tenía sólo a Lic y a Lic:
—¿Desayuno dulce o salado?
—Me pongo en tus liberales manos —dijo el abogado mirando el improvisado escritorio con gesto de aprobación.
—Cuando termines de ducharte podemos desayunar juntos.
Ana se recreó pronunciando «desayunar juntos».
La chica cerró los ojos e imaginó el pequeño y luminoso ático abuhardillado de sus ensoñaciones, y con extraña nitidez se vio a sí misma y a Lic. Ella y Lic. Ella y Lic desayunando en la mesa-camilla de tapete largo de lana verdebillar.
OceanofPDF.com