Disparando cocaina

Pedro Casals · Capítulo 31 de 36

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Disparando cocaina

Capítulo 31

Salinas se había recluido en la casacuartel de la Plaza Mayor.

Sólo se ocupaba del caso Cienfuegos y del ardor que le acribillaba el estómago a pesar del trajín que se llevaba la buena de Marisa preparándole

«comidas flojitas» y pócimas de herbolario.

La secretaria andaba preocupada por la mala cara que se le iba poniendo al jefe. Y aquella mañana telefoneó al doctor Hidalgo, por su cuenta y riesgo.

El médico acudió enseguida al despacho y empezó por recordar lo de los análisis de sangre.

Lic se excusó con un «no he tenido tiempo, —y pensó—: No quiero dejarme pinchar por cualquiera. En cuanto vaya a la masía, me pasaré por el laboratorio de Lisa Vendrell. Aunque… A saber cuándo podré hacerlo».

El doctor preguntó si había seguido las instrucciones. «Sí. Al pie de la letra». Y, tras reconocerle con detenimiento, observó:

—Te noto muy tenso. Parece como si estuvieras sometido a un estrés fuertísimo… ¿Qué te ocurre?

—Estoy llevando un caso muy complejo.

—Si no te serenas, veo difícil que remita la gastritis.

—Hasta que lo resuelva…

—¿Tan importante es?

—Sí.

Salinas prefirió no pronunciar lo que tenía en la punta de la lengua: «Me estoy jugando el tipo». No quería decepcionar al doctor.

Hidalgo permaneció reflexionando por unos momentos, y terminó por decir:

—Cuanto puedo aconsejar, es que sigas con el tratamiento. —Le observó con profundidad y preguntó—: ¿Puedo hablarte de algo más trascendente?

—Claro —sonrió Lic.

—Ya sabes cuál es mi fe.

El abogado asintió con los ojos.

El médico explicó:

—Todo está en la Biblia.

Extrajo de la cartera una Traducción del Nuevo Mundo de las Santas Escrituras. Buscó con mano experta la primera carta del apóstol Pablo a Timoteo y leyó respetuosamente:

—«Porque el amor al dinero es raíz de toda suerte de cosas perjudiciales, y haciendo esfuerzos por realizar este amor algunos han sido descarriados de la fe y se han acribillado con muchos dolores».

El doctor le hizo un guiño:

—Y, ahora, algo que quizá te sorprenda. —Señaló la misma página—: Está también en la primera carta a Timoteo. —Y leyó—: «Ya no bebas agua, sino usa un poco de vino a causa de tu estómago y de tus frecuentes casos de enfermedad».

Hidalgo terminó por admitir:

—Ya lo ves… Puedes usar un poco. Pero… ¡ojo! He dicho sólo un poco. Y que sea auténtico vino sin química.

Marisa puso cara de susto cuando Salinas le pidió que comprara rioja, y del bueno, además de las plantas medicinales que acostumbraba.

La comida y, sobre todo, la copa de «Cáceres» del 70 que se bebió con solemnidad le sentaron de maravilla. Y Lic, después de hacer una digestión sin sobresaltos, decidió volver a llamar a Jorge Cienfuegos. «Son las seis.

En Colombia serán las doce».

La última vez que comunicó con Medellín lo hizo para confirmarle que todos los accionistas de «La Gaviota» habían dado el visto bueno a la operación. Y aprovechó para insistir en la absoluta necesidad de mantener la reunión con Alcántara. Jorge le respondió con un lacónico: «Aún no me ha sido posible convocarla».

Marcó el número de la línea directa del antioqueño, y respondió él mismo.

Salinas empezó por decir:

—¿Qué día nos reunimos con Rómulo Alcántara?

Se hizo un silencio, y Jorge confesó en tono pusilánime:

—No he conseguido aún hablar con él. No se me pone al teléfono.

—¿Quieres que lo intente yo?

El abogado había previsto ya esa opción considerando: «Mi plan se basa en que estén presentes todos los sospechosos… Bueno, casi todos. No veo la forma de hacer participar a la NIU… Y me da igual que la convoque Cienfuegos, o cualquier otro».

—¿Me ocupo yo? —porfió Lic al ver que el antioqueño no se decidía.

—Bueno —repuso con voz insegura. Y añadió—: ¿Qué vas a hacer?

—Déjalo en mis manos. —Aplazó explicarle lo que proyectaba por ver si Jorge se obstinaba, o no, en pedirle detalles. Y aseguró—: Te informaré tan pronto como consiga algo.

—Bien —musitó.

«¡Qué raro! No ha insistido en querer enterarse de cómo voy a moverme

—se extrañó Salinas. Y permaneció un buen rato acodado sobre el cuero verde de la mesa salpicando sus reflexiones con la jaculatoria pronunciada entredientes—. ¡Qué reservón es el tío ése!».

Acabó por considerar: «Parecía derrotado. Nunca creí en la tesis del asesinato de su hermano como medio para hundirle, aunque estoy empezando a aceptar la posibilidad… Ya me sorprendió su actitud cuando le anuncié que teníamos a güevo “La Gaviota”. Parecía que la cosa no fuera con él… Espero que no se eche para atrás en lo de mis honorarios».

Y se tranquilizó con un: «No creo. Parece serio».

Lic encontró bastantes dificultades al intentar ponerse en contacto con Óscar León, y optó por dejarle un mensaje en su casa. Pasada la medianoche de Madrid, el andino llamó desde Bogotá.

Salinas le explicó que juzgaba imprescindible celebrar una reunión con Alcántara. Que Cienfuegos no lograba convocarla, y que le pedía ayuda antes de ocuparse personalmente del asunto. Le detalló, «por si era de utilidad», que Jorge no estaba al corriente de que fuera a solicitarle tal cosa.

Óscar acogió con sorpresa la propuesta de Lic. Sopesó la posibilidad de conseguir lo que le pedía. Y terminó por aceptar diciendo: «Voy a hacerlo por Silvia. No quiero que se llegue a un enfrentamiento, ni que pueda sucederle algo a Jorge…, ni a ella».

Salinas había leído y releído muchas veces los papeles que podían tener alguna relación con el caso. Se sabía casi de memoria alguno de los párrafos del manuscrito redactado por el antioqueño con sus reflexiones sobre la muerte del hermano. Y solía repetirse: «¡Qué tío más reservón está hecho Jorge!».

Excepto Pereda y Liñán, la lista de los internos de la «Vital» no le decía nada, y optó por no iniciar una investigación sobre cada uno de aquellos otros nombres, «de momento».

Leyó y releyó los poemas de Hugo, para llegar a la conclusión: «Me hubiese gustado conocerle».

Mientras tanto Marisa preparaba, como si fuese un encaje de bolillo, el primoroso dossier cuyo título rezaba: «Adquisición de la cadena “La Gaviota”. Cifras características». Lic le había recomendado que se esmerara en la presentación y que mecanografiara las tablas a usanza de las multinacionales No en balde iba a cobrar un dineral gracias a los dichosos hoteles.

Lic no podía dejar de preocuparse por su propia seguridad ante cualquiera de las iniciativas que se le ocurrían. Juzgaba imprescindible irse a Colombia para urdir su añagaza. Pero trataba de retrasar el viaje hasta hacerlo coincidir con la famosa reunión. «Si es que llega a producirse».

Aunque le molestara llevar a todas partes la escolta de Rebollo, reconocía que la pareja le daba seguridad. Y en cuanto se veía montado en el avión empezaba a pasársele por las mientes:

«¿Quién va a protegerme allá…? No voy a estar en misión oficial.

¡Quiá! No puedo esperar que me custodien… Tendré que acabar por pagarme un matasietes… o dos».

Marisa le sacó de sus cavilaciones anunciando:

—Tiene una llamada de Medellín. El señor Cienfuegos.

La voz del antioqueño sonó como si estuviese entubada:

—Ha pasado algo terrible…

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