Disparando cocaina

Pedro Casals · Capítulo 6 de 36

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Disparando cocaina

Capítulo 6

Lic Salinas adelantó la cabeza apoyándola en el auricular, que apretaba fuertemente contra el pulpejo de la mano, y permaneció callado. Ni siquiera sabía que Jorge Cienfuegos tuviera hermanos.

Se hizo uno de esos silencios de quince segundos, que por teléfono parecen eternidades, y el colombiano prosiguió:

—Han disparado sobre mi hermano y le han matado.

El hilo de voz daba pálida idea de los demonios agigantados que le danzaban en la cabeza.

—¿Cuándo? —preguntó Lic en tono casi inaudible.

—Hace unas horas… A mediodía.

—¿Dónde?

—Ahí. En Madrid. Al lado del Retiro.

—¿Quién te lo ha dicho?

—El director de la residencia en que vivía. Estaba recuperándose tan bien…

—¿Desde dónde me llamas?

—Desde San Juan de Puerto Rico. Estoy haciendo una escala en mi vuelo. —Y volviendo al hablar autoritario—: Mañana por la mañana llegaré a Madrid. Me gustaría verte.

—Cuando quieras.

—A eso de las once de la mañana. —Jorge Cienfuegos añadió—: Podemos reunirnos en tu bufete.

—Te estaré esperando. No me moveré —dijo Salinas afectuoso y apenujado.

Lic regresó a la sauna exclamando:

—¡Qué mierda!

—¿Qué pasa? —preguntó Ana.

—Ya se han cargado a uno.

—¿A quién se han cargado?

—Al hermano de un cliente.

—¿Qué cliente?

—Uno nuevo que no conoces. Es colombiano.

—Ándate con mucho cuidado —advirtió la chica.

—Suelo hacerlo.

—¿A qué se dedica tu cliente?

—Administra su fortuna.

—¿Es trigo limpio?

—Le conozco poco.

—Ojo. Mucho ojo —dijo Ana señalándole con el dedo y saliendo del recinto entre ohes de ahogo.

Él hizo lo mismo. Ya no estaba para saunas.

En cuanto Lic se hubo vestido trató de localizar al inspector Carvajal, que procedía del grupo de homicidios de Barcelona, y estaba destinado en Madrid.

Perico Carvajal había colaborado en un par de ocasiones con el abogado intercambiando información, y Salinas le consideraba «amigo».

El concepto «amigo» tenía un significado especial para Lic Salinas, que lo resumía con la máxima: «A los amigos el culo, y a los enemigos por el culo».

Llamó al grupo. No estaba. En su casa nadie contestó al teléfono. Volvió a telefonear a jefatura y le dejó un mensaje: «Por favor, llámame cuanto antes. No voy a moverme de Madrid».

Lic Salinas colgó el aparato declamando entredientes una cita de Bryce Echenique: «Maravilloso sábado de mierda. Imposible recordarte o hablar de ti de otra manera… Octavia de Cádiz».

Los domingos Marisa solía acudir a una misa de diez que se decía en latín, pero aquella vez había decidido romper uno de sus más arraigados hábitos y oír la de ocho, y en romance.

A las nueve y media la secretaria entraba en el despacho con unos cruasáns calentitos comprados a una hornera de rebocillo y medias de lana

que olían a tiempos perdidos, y daba los buenosdías murmurando no sé qué latiguillos contra los odiosos vecinos que no sólo fumaban, sino que encima se atrevían a sembrar la escalera con regueros de colillas despanzurradas.

La buena mujer sólo toleraba el vicio de fumar a una persona, a Salinas. Y

lo hacía, ¡ay, Señor!, porque según ella los cigarros filipinos que gastaba el abogado despedían el único tufo que le resultaba soportable. Aunque no lo aceptara ni para sus adentros, le encantaba ser una inhaladora indirecta del humo de los vegueros de Lic.

El abogado estaba hablando por teléfono y la saludó con la mano, haciéndole un guiño que le llevó a arrugar media cara. Lic había llamado a casa de Perico Carvajal, despertándole con lo poco que sabía del asesinato de Hugo Cienfuegos.

Salinas hablaba con toda libertad desde que le instalaron un scrambler para distorsionar posibles escuchas de los interventores de líneas. El chisme daba un toque de modernidad al bufete.

El policía, hecho a no dormir de un tirón, reaccionó mejor de lo que Lic esperaba:

—Veré de enterarme. —Y con voz adormilada—: Buen changuay se puede formar…

—¿Te hueles algo?

—Y tú también, Lic. Si no…, ¿me estarías tocando los cataplines a estas horas de un domingo? —Se hizo un silencio, y Carvajal dijo con sorna—: Me vuelvo al sobre. Cuando me despierte iré a morcegar por ahí.

—Gracias, malagueño —se despidió Salinas.

—Mientras tanto, intenta imaginar en qué lío pueden estar metidos los Cienfuegos. Las charras no se hacen por casualidad… y me supongo que ya debes de saber por dónde van los tiros.

Las palabras del inspector actuaron como una espoleta abetunándole el humor. Una sola idea inundó la mente del abogado: narcotráfico.

Desde que aceptó el affaire de la compra de los hoteles, Salinas se empeñó deliberadamente en ignorar cuanto se refiriese a Cienfuegos, a excepción del mínimo imprescindible para coronar la operación. Presentía que el colombiano era como un iceberg, y no quería saber nada del volumen sumergido.

Ahora Lic permanecía ensimismado, dando rienda suelta a la imaginación. Sin pretender seguir una marcha analítica terminó por preguntarse: «¿Coca?».

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