Disparando cocaina

Pedro Casals · Capítulo 36 de 36

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Disparando cocaina

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Desde Bogotá, Lic había telefoneado a los socios de «La Gaviota»

comunicándoles que regresaría a Madrid dentro de un par de días, y que el comprador (no dio más detalles) iba a «comparecer con intención de materializar la adquisición de la sociedad». Se dieron cita en el despacho de un agente de Cambio y Bolsa de la calle de Goya.

El abogado llamó también al comisario Rebollo para darle su versión de lo ocurrido, y para anunciarle que le iba a entregar un expediente «sobre las actividades de Óscar León». Aunque aseguró que le contaría todo de pe a pa, Lic añadió para sí: «… todo lo que no pueda perjudicar a Jorge Cienfuegos».

El antioqueño acompañó a Salinas en su pequeño jet volando de noche sobre el Atlántico, y llegaron a Barajas a las ocho de la mañana.

Tan pronto como pisó Madrid, el abogado hizo todo lo posible, y más, para poder irse a la masía de Peratallada, y desaparecer por unos días.

La mañana en que aterrizaron, Lic dejó al antioqueño en el «Palace». Se encaminó directamente al Banco, e ingresó el muy respetable talón que le había extendido Jorge «por planear lo del isótopo».

Según Cienfuegos, lo del isótopo había sido «tan bueno como pecar sin concebir».

Marisa puso cara de chupacirios ofendida en cuanto escuchó el «hola y adiós» que pretendía darle Lic. Y se dedicó a solfear durante el resto de la mañana: «Que si tal asunto es importante. Que si tal otro no puede esperar más. Que si vamos a perder cual cliente…».

Los ojos casi se le salieron de las órbitas cuando oyó a su jefe encargar a Chema dos botellas —dos— de cava brut y una caja de cigarros cortados

—no dos o tres cigarros, no, ¡toda una caja!—. Y encima urgiéndole con un

«volando, chaval, volando».

—¡Ay, el estómago! —le advirtió.

—¿Qué estómago? —preguntó Lic, que volvía a digerir como en la infancia.

La secretaria insistió:

—Yo iría con más cuidado… Las recaídas suelen ser aún peores.

Por la tarde, y sin novedad, se firmó la venta de la cadena de hoteles.

Cienfuegos apareció con los cheques al portador de los Bancos exigidos por los vendedores. Y como ya habían pactado con Salinas, la parte del león fue a parar a las arcas de respetables instituciones financieras que se hallaban a varios miles de quilómetros de la península Ibérica.

Como colofón, Lic se embolsó otro cheque que podía competir sin desdoro con el del isótopo.

Al día siguiente Lic y Ana lograron escaparse a Peratallada.

El abogado se despidió de Marisa diciendo:

—No se preocupe…, que no pienso fugarme… Con una buena semanita, como nuevo.

El primer día, ni cruzaron siquiera el muro de cerramiento de la casa de campo. Se pasaron la mañana bajo el sol invernizo del jardín, y la tarde junto a la lumbre de leña.

Luego, empezaron a hacer cortas salidas en el «Volkswagen»

escarabajo. Pasearon por el mercado de Palafrugell. Se fueron a comer angulas a la desembocadura del Ter. A «Cal Pudrit». Y araron mares de plomo navegando en la pequeña barca «chupchup».

Al cabo de pocos días, Ana empezó a añorar el bullicio. No es que se aburriera, no. Pero era mujer de entrar y salir, de charlar con éste y aquél. Y

le gustaba la francachela.

Un atardecer, le propuso a Lic invitar a sus amigos de Barcelona, y organizar una fiesta en la propia masía: «Son diseñadores de moda. Te encantarán. Ya verás…».

Salinas accedió, dudando que le encantaran.

El «Sa Punta» les llevó la cena a la casa de campo, y fue un acierto. Los amigos de Ana, que resultaron ser más de una docena, no sabían qué alabar con mayor énfasis, si las garoinas, si la masía.

Corrió el cava. Corrieron los alcoholes duros. Aquellos personajes habían acudido empingorotados con vestidos que pretendían ser muy simples. «Diseño. Puro diseño».

Una chica muy relamida y muy monina ella, que tenía cara de gato de dibujos animados, salió de la cocina llevando una bandeja de plata. Sobre la bruñida superficie se alineaban varias rayas paralelas de polvillo blanco.

Aunque no dijo nada, fue el centro de muchas miradas ansiosas.

Miradas de connaisseur.

Salinas se había arrimado a un grupo de parlanchines para poder mantenerse callado. Allí, por lo menos, no tenía más obligación que mover la cabeza afirmando o negando, y poco.

Una mujer tintada de bermejo, que vestía blusa transparente y pantalones negros muy bien cortados, se afanaba en explicar la escala de satisfacciones del varón. Que si sexo, que si estornudo. Que si expansiones escatológicas.

La lumbre del hogar y los haces de luz proyectados contra la bóveda de obra vista componían una atmósfera cálida. El aire olía a humo de tabaco rubio y a mescolanza de perfumes femeninos y agresivos.

Los coqueros andaban preparándose ya para aspirar la nieve, e iban enrollando billetes nuevos y crujientes. Los más esnobs los utilizaban de a dólar.

La especialista en satisfacciones masculinas iba por la octava, «cambiar de relaciones». Salinas, harto ya de escuchar, se fue en busca de Ana.

Se la llevó al zaguán y le propuso algo en voz queda. La chica sonrió complacida.

Se situó junto al aguamanil. Dio un par de palmadas para reclamar atención, y anunció con tono sarcástico:

—El abogado Salinas, aquí presente… —Le señaló con todo el brazo, y prosiguió—: El gran Lic Salinas va a hacer una imitación de Woody Allen.

Lic saludó manos en alto. Puso cara de chupado. Se aproximó a la chica muy monina, que vestía una túnica color mostaza, y con mucha solemnidad

le pidió la bandeja con las líneas de cocaína.

El abogado Lic Salinas tomó la bandeja con aire litúrgico y soltó un sonoro estornudo, —¡atchuuusss!— sobre el polvillo blanco, que voló por los aires del salón…

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